El periodismo debe al fallecido ex dictador nada menos que su criminal represión y las condiciones para ser rebajado de profesión a simple oficio.
En 1975 arreciaba la dictadura en Chile. Cientos de personas, entre ellos, por supuesto, periodistas, eran asesinadas, torturadas o hechas desaparecer, mientras el que esto escribe era uno de los jóvenes que ingresaban ingenuamente a la universidad a estudiar periodismo sin sopesar adecuadamente la tragedia. Ni siquiera la ácida oposición al régimen de mis mejores compañeros de curso
–cuatro en particular- logró aliviar esa ceguera, menos aún cuando, poco después, comencé a trabajar en uno de los periódicos incondicionales.
Los resultados de la criminal represión contra periodistas de la derrocada Unidad Popular y de la menguada prensa disidente posterior ya son parte de la historia más negra de Chile. Pero fue sólo el comienzo. La censura previa contra los medios de comunicación sobrevivientes fue, a la larga, menos espectacular pero más efectiva. Los periódicos de derecha adhirieron sin remordimientos al nuevo orden y desviaron rápidamente sus pautas informativas hacia la satisfacción de las autoridades militares y la sobreexplotación de los hechos menos políticos –educacionales, policiales, sanitarios, municipales-.
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