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Otra forma de aplacar periodistas

Permalink 06.06.19 @ 10:00:41. Archivado en 1. Periodismo, 2. Medios, Sociedad, 6. Chile

Casi cien periodistas fueron asesinados en 2018 y hay muchos más encarcelados, informó el secretario general de la ONU en el pasado Día Mundial de la Libertad de Prensa. Cuando se les ataca, advirtió, “pagan el precio las sociedades en su conjunto”. Pero terminó ahí. No fue parte de su mensaje una forma “pacífica” de sojuzgar hoy la información y la crítica periodísticas: la fuerte coerción político-económica, que inculca un concepto deforme de noticia, tergiversa la misión profesional, desvía hacia funciones particulares o, simplemente, arroja a la cesantía, para poner esta profesión al servicio de emergencias puntuales, los negocios, el consumo y la ficción.

La reciente intervención del secretario general de las Naciones Unidas, Antonio Guterres, en el Día Mundial de la Libertad de Prensa (3 de mayo) fue bienintencionada, pero, como habitualmente en estas ocasiones, exigua y “políticamente correcta”. Alertó sobre la violencia contra los periodistas y llamó a defender sus derechos, pero no ahondó en la importancia de su llamado y tampoco ilustró sobre la dimensión del problema que abordaba.

Partió certeramente, enmarcado en la libertad de prensa, en primer término, de los periodistas que realizan su ejercicio profesional en forma individual, con criterio personal, precediendo a las empresas de información en las que muchos de ellos se emplean. Enseguida, lamentó “la violencia y el hostigamiento” contra periodistas, citando el asesinato de casi un centenar en 2018 y el encarcelamiento de muchos más, advirtiendo que cuando se les ataca, “pagan el precio las sociedades en su conjunto”.

Y agregó:

En el Día Mundial de la Libertad de Prensa, hago un llamamiento a todas las personas para que defiendan los derechos de los periodistas, cuyos esfuerzos nos ayudan a construir un mundo mejor para todos.

Hubiese sido interesante también escucharle sobre si considera atingente o no el caso del activista y editor digital australiano Julian Assange, reconocido como periodista, que participó en la divulgación de hechos de alta connotación pública -función básica del periodismo– y aun internacional declarados confidenciales por autoridades gubernamentales, que utilizó para ello la informática y el ciberespacio, y que enfrentaría cargos por presunta conspiración y la posibilidad de una muerte segura en la cárcel (175 años de presidio).

Aludió además Guterres, sin dar detalles, a una “retórica” contra los medios de comunicación y un mal uso de la tecnología (digital, se subentiende) cuando “engaña” a la opinión pública o “alimenta” la violencia y el odio. No explicó, sin embargo, por qué se sigue matando y encarcelando a periodistas y en qué consisten dichos ataques a los medios -a los que no identificó- y dicho engaño a la opinión pública. Quizá, porque se ganaría otro tipo de problemas, como, precisamente, los del periodismo de primera línea, que ha tenido que confrontarse con los poderes oficiales y “fácticos” históricamente y en desventaja, por tener por misión no solamente relatar hechos y circunstancias sino también informar, esto es, “darles forma” añadiendo interpretación personal acerca de su sentido social y humano.

Hacia la “reconversión”

Aunque distanciados de las dictaduras y su brutalidad desatada, los aparentemente civilizados regímenes neoliberales y globalizados de hoy tampoco se pueden librar del cargo de “hostigamiento” o presión contra periodistas en funciones informativas y contra la libertad que éstos ejercen.

Sus elites en el poder, aun legitimadas por el voto popular y aplicando una fuerza mediática incontrarrestable hasta ahora, han asumido un concepto de libertad de prensa como una facultad de carácter institucional, predominantemente empresarial y comercial, que supedita el derecho a informar y ser informado a los intereses y el criterio económicos con que esos líderes conducen la nueva sociedad de consumo, como si la libertad de prensa correspondiera prioritariamente a las empresas periodísticas.

En uso de tal convicción y tal poderío, han inoculado a la información diaria una cuota cada vez mayor de farándula, sensacionalismo y censura “blanca”, que deforma la noticia para restarle trascendencia pública y administrarla como una mercancía más. Han creado incluso una especialidad determinada, la del periodista-anunciador, un periopublicista o algo así que promueve a su auspiciador mientras informa y comenta noticias, un recurso ideal para fundir la realidad informativa con la ficción publicitaria, comprometer personalmente a ese informador con objetivos secundarios que debiera mantener a distancia, y evitar que el informado “escape” de los mensajes comerciales. Un profesional originalmente distante de negocios ajenos convertido ahora en un poderoso aliado de los mismos.

El periodista ha quedado inserto en el engranaje del mercado, sujeto a sus vaivenes y comprobando cómo su tarea informativo-crítica es hecha fácilmente innecesaria y su puesto de trabajo, prescindible o reemplazable, al tiempo que se le estimula con una forma de subsistencia y progreso más lucrativa y con mayor demanda: las asesorías comunicacionales privadas. Dichas funciones transforman complicadas e ingratas condiciones laborales en auspiciosas expectativas profesionales, remuneracionales y de ascenso social, no importando que ello contribuya a ceder progresivamente a empresas e instituciones, generalmente las de mayor envergadura, la interpretación y la comunicación del acontecer de la sociedad que deberían corresponder prioritariamente a la investigación y el enfoque fiscalizador del periodismo. Quedan restringidas así la libertad, la independencia, la contingencia y la subjetividad profesional con que debe tratarse una noticia.

El ejercicio informativo independiente sólo responde a sus propios parámetros y no tiene más estrategia que comunicar una hecho noticioso a la audiencia, parte de ella o la sociedad como tal y tan oportunamente como le fuere posible. El efecto o resultado no debe, en este caso, ser proyectado con antelación.

Al reorientar y limitar su relato examinador, despojarle de su autonomía como primer bastión de la información pública y la libertad de prensa, convertirle en cómplice de la desinformación y la ignorancia populares, desperfilar a los mejores exponentes atrayéndoles a empleos más estables pero inocuos al sistema examinado y poner a los “rebeldes” en el camino de la obsolescencia, también se “mata” o reprime al periodista y sus noticias. No se trata esta vez de agresiones físicas, asesinatos y encierro dispuestos por agentes gubernamentales o por terroristas, sino de coerción política, económica y social sustentada en simples, no violentos y legalizados consensos partidistas.

País-espejo

¿Qué podría impedir que una compacta alianza política-negocios diera al ejercicio periodístico independiente el mismo destino terminal que ha dado o quiere dar a otras disciplinas incómodas a su doctrina, como la reflexión filosófica, el análisis histórico y la educación cívica? Probablemente, si lo lograra, su administración mejoraría mucho aunque fuera sólo en tranquilidad, su clientela megaempresarial lograría más y superiores negocios con menos trabas, y los disidentes tendrían menor difusión aún. Y el grueso de la población seguiría avanzando a ojos cerrados en la búsqueda interminable de la prosperidad individual, convencido de que su pobre deber colectivo parte por informarse únicamente de lo que sus conductores indican o permiten como de interés público.

En Chile, país pequeño pero espejo, que celebra su reciente invitación a uno de los grupos de acción de naciones desarrolladas, la población dispone de sólo dos periódicos de cobertura nacional y de sus respectivas ediciones farandulescas, ve noticiarios televisivos recargados de tragedias sin contexto y escucha informativos radiales llenos de voces periopublicitarias, mientras se acaba de enterar de que el ramo de Historia no será obligatorio para todos los estudiantes secundarios. No es necesario prohibirle los debates políticos, económicos y sociales en los medios de comunicación de mayor alcance ni su correspondiente confrontación pluralista de ideas opuestas; basta negar el indispensable financiamiento publicitario, muy generoso, en cambio, con el consumismo y la diversión.

El mismo periódico que azuzó el golpe de estado y actuó como vocero de la dictadura es hoy el más próspero y continúa siendo el más influyente del país; las cadenas de televisión abierta están en manos transnacionales y la estatal las imita; la única estación radial santiaguina crítica del sistema, financiada por la Universidad de Chile, no puede tener servicio informativo 24/7 (ni 12/12), rechazada por los avisadores comerciales; y la multiplicidad informativa de la Internet ya está siendo cuestionada por los medios tradicionales, que se alarman por la facilidad de la transmisión anónima de ciertas noticias falsas o tendenciosas, como si varios de sus exponentes no tuvieran dicha experiencia.

La formación académica del periodista, como consecuencia, también sufrió el influjo. Dado que debía responder a un mercado desconectado de los principios universitarios clásicos, la enseñanza superior se hizo cargo como pudo y con niveles muy disímiles entre sí del creciente número de postulantes a la carrera de Periodismo (entre otras). Abrió una fuente de trabajo para periodistas con aspiraciones docentes y se dedicó a enseñar y dotar de conocimientos teóricos a alumnos enfrentados finalmente a un campo práctico “moderno”, materialista, individualista y desconfiado del basamento crítico y pluralista de este oficio, aunque consonante, por supuesto, con los requerimientos tecnológicos, publicitarios, apolíticos y consumistas de esta época.

Las universidades que imparten Periodismo tratan de cumplir su deber académico, no obstante que sus egresados encuentren las puertas de las asesorías privadas y los servicios tecnológicos mucho más abiertas que las de la información pública independiente, escrutadora y correctiva. Pareciera el terreno preparado para el cambio de nombre de esta carrera por uno acorde con las funciones impuestas desde fuera.

Elefantes de colores

Porque, ¿qué sentido tendría sostener una profesión con ideales tan ferozmente debilitados por la ambición de los negocios? ¿Qué necesidad habría de preservar intacta la opinión pública y mantenerla adecuadamente informada si ésta ha sido fragmentada para alejarla de los temas mayores, parece haber renunciado a derechos superiores como su facultad constituyente y deja que unos pocos decidan cuáles son demandas ciudadanas y cuáles no? ¿Y que tiene enfrente al gran empresariado empleador, a políticos gobernantes y legisladores “transversales”, y a la mortal indiferencia de la industria de la información como estrictos guardianes?

La rutina diaria del comprar-vender-lo-que-fuere se ha extendido inexorablemente por los estamentos de este país-espejo, deprimiendo las ideas no económicas, las visiones políticas, el comportamiento comunitario, las actitudes patrióticas y los preocupaciones culturales. Cada vez hay mayor aceptación de las ficciones, las falsedades e incluso las irracionalidades en la comunicación social.

Con este ritmo, ¿por qué no informadores dando cuenta de monumentales y graciosos elefantes de colores e informados dándolo por real?

Julio Frank Salgado

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