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El periodismo se nos está yendo (III)

Permalink 02.01.18 @ 10:00:00. Archivado en 1. Periodismo, 5. Política, 3. Chile

“Los periodistas (de hoy) no intrusean y no encuentran nada”, afirmó recientemente el nonagenario y legendario Alberto “Gato” Gamboa, Premio Nacional de Periodismo 2017. Pero sí hacen paralelamente vocerías publicitarias y protagonizan hechos noticiosos institucionales como “invitados”. Ese papel, de apariencia pública pero a beneficio particular, comercial y político, contribuye a la desinformación “emotiva” de la audiencia y favorece el control ideológico de la comunicación.

(Anterior)

El periodista Ramón Ulloa, conductor de noticias televisivas y radiales, anteriormente en CNN Chile, ofició como maestro de ceremonias durante la reciente inauguración de la Línea 6 del Ferrocarril Metropolitano de Santiago. “Me pareció importante estar presente ahí”, explicó vagamente, aludiendo al aspecto informativo del acto, organizado por dicha empresa estatal.

A las presiones editoriales, comerciales e ideológicas sobre el periodista y el periodismo se ha incorporado la de compartir el protagonismo en hechos informativos generados por empresas o instituciones a las que éstos deben observar, comentar y fiscalizar periodísticamente desde una posición independiente, lo que contraría además la regla que “el periodista en sí no es noticia”. El principal favorecido fue, en ese caso, un servicio estatal, el Metro de Santiago, cuya presentación encabezó la Presidenta de la República en persona. Ulloa ejerce actualmente en Canal 13 y Teletrece Radio, pertenecientes a uno los principales grupos económicos chilenos (Luksic).

Ningún político u opinólogo comentó públicamente lo ocurrido. Ni siquiera intervino el Colegio de Periodistas. Los únicos “sensibles” fueron algunos comentaristas virtuales del artículo que lo informaba.

Prensa según mercado

Ese trastoque de la mentalidad periodística histórica fue incubándose desde que un decreto de la Junta Militar convirtió los colegios profesionales en asociaciones gremiales en 1981, reduciendo drásticamente su respectivo tutelaje ético y concentrándoles en asuntos internos e individuales. Desde entonces, ningún profesional, como cualquier trabajador, está obligado a someterse a normas de entidades gremiales para poder desempeñar su labor.

Derrotada la dictadura, esta situación no fue revertida por los políticos triunfantes, que la consideraron acorde con la inspiración y las normas libremercadistas impuestas por Pinochet, que decidieron conservar.

“Con la disminución actual de las atribuciones del Colegio, la ética está expuesta a ser voluntariamente valorada o no por los periodistas y, desde luego, por las empresas periodísticas, sobre todo si a éstas las mueve mucho más el afán mercantilista que la defensa de grandes principios de carácter social”, alerta Emilio Filippi en “La profesión de periodista (una visión ética)” (1991). Ramón Reig, profesor de la Universidad de Sevilla y autor de “Los dueños del periodismo” (2011), coincide en que la mercantilización es una de las principales causas del deterioro profesional.

Si bien es cierto que existen en Chile libertad de expresión, periodismo de investigación y frecuente publicación de denuncias sobre ilícitos en política, economía, negocios y administración pública, se limitan a una constatación testimonial y enmarcada en una línea editorial coincidente entre los medios predominantes, no persistiéndose en los grandes temas para promover desenlaces concretos, clarificatorios, sancionatorios para los responsables y ejemplarizadores para la sociedad. Todos los medios tradicionales pertenecen al sector privado y comercial, hegemonizado por grandes consorcios de intereses multinacionales y empoderados política y legalmente en el país, lo que les permite orientar el curso de las actividades sociales más importantes, tanto masivas como de elite. En la prensa nacional prosperan sin competencia dos grandes grupos económicos y la televisión abierta es dominada por industrias extranjeras, al igual que el dial radiodifusor de mayor presencia.

Todo ello impone a la libertad de prensa un significado meramente económico. La Concertación contribuyó a afianzar ese principio durante sus cuatro períodos gubernamentales y su sucesora, la “Nueva Mayoría”, nada ha hecho para revertirlo.

El derecho a ser informado queda en manos del abismante, asombroso, no universal todavía ni totalmente confiable, aunque prodigioso, ciberespacio.

Censura y relajación

La línea editorial mediática se adscribe preponderamente al sistema de mercado y se encuadra estrictamente en sus reglas autoprotectoras. Noticias especialmente “molestas” y amenazantes para ella -además de la eventualidad de una Asamblea Constituyente- son las huelgas o protestas laborales en el voluminoso sector del retail, cliente preferente de los medios, las que simplemente son omitidas en la televisión.

En la información radial, aunque nutrida por relatos sobre corrupción política, colusión empresarial y protestas callejeras, prevalece, con algunas excepciones, un enfoque aparentemente sobrio e imparcial, pero en realidad frío, esquemático, vago y con un aire displicente que reduce la formalidad básica de una entrega periodística para agregar un tono relajado y distractivo, indicador de la convicción que nada podrá cambiar el curso político-económico neoliberal del país, sustentado en una institucionalidad autoritaria heredada.

De ahí el silencio aprobatorio de la “clase” política chilena ante los rostros y voces periodísticos (“voztros”) que hacen publicidad mientras informan o entrevistan; de ahí que soporte estoicamente que la vapuleen en los medios por sus relaciones indebidas con el empresariado financista de sus campañas sin intentar cuestionar la polémica función adicional y desacreditante de sus censores.

Noticias falsas o sólo “emotivas”

La censura y la manipulación informativa e interpretativa han sido históricamente el recurso más útil de la política para desinformar y facilitar así el control de la ciudadanía. Cuando parecía que la información y el conocimiento libres e instantáneos permitidos por las herramientas tecnológicas de comunicación del siglo XXI ampliaban y democratizaban la sociedad en forma irreversible –aun prestándose a excesos y barbaridades-, otra artimaña ha venido a sumarse a la farandulización de la noticia para evitar una adecuada percepción pública de la realidad social: la llamada “posverdad” o “mentira emotiva”.

Enclaustrado en la embajada de Ecuador en Londres desde hace cinco años y enemistado con el gobierno norteamericano tras las revelaciones políticas de WikiLeaks, el periodista australiano Julian Assange ha advertido sobre la creciente manipulación oficial de la información, la posverdad y las “fake news” (noticias falsas), aceleradas por el vertiginoso desarrollo cibernético, y también acerca de los riesgos de hacer periodismo de investigación en este contexto. Mediante una reciente videoconferencia para el XVI Encuentro Latinoamericano de Facultades de Comunicación Social, aseguró, según un artículo de Macarena Segovia en Elmostrador.cl, que “nuestra percepción de la realidad descansa sobre un cerro de noticias falsas, información falsa”, las que son publicadas en las primeras planas de medios de comunicación monopolizados por sectores políticos e intereses económicos.

A Assange preocupa también que “ciertas fuerzas poderosas en la prensa” se reúnan con organizaciones aún más poderosas utilizando dicho fenómeno para generar un sistema de filtros de información y legitimar su interferencia en todas las actividades ciudadanas.

Sobre el mismo tema, en el artículo “Faride Zerán desmitifica la posverdad en Chile”, la periodista y vicerrectora de Comunicaciones de la Universidad de Chile califica la “mentira emotiva” como “la expresión del mal periodismo o de la muerte del periodismo si no nos ponemos serios”. En el medio citado, agregó que “desde que el periodismo existe ha tenido que lidiar precisamente con la permanente tentación de quienes lo asumen como instrumento para falsear los hechos, alterar la realidad, mentir, omitir, censurar o construir realidades a partir de premisas falsas”, afirmó.

La falsedad como método de control de la información y de la percepción ciudadana pueden tomar formas aparentemente inocentes como el simple vocabulario, mediante el uso de términos “amigables” para disfrazar sucesos comprometedores o ideas resistidas, como “error” por ilicitud o “tolerancia” por acatamiento –tan propios de la demagogia política, pero no sólo de ella-, hasta llegar a falacias como justificar la devastación discrecional de un país por otro mayor debido a la supuesta existencia en aquél de armas de destrucción masiva, como el caso de Irak, recordado también por Assange.

Noticia falsa o al menos sólo “emotiva” es también parapetarse informativamente detrás de la estabilidad macroeconómica de un país para oponerse a sus demandas populares por una mejor condición social; un “proceso constituyente” restringido y controlado destinado en realidad a evitar la opinión orgánica y plural de la ciudadanía; una enérgica apología de la ley y el estado de derecho cuando éstos no interpretan el consenso ciudadano; una campaña internacional pro democracia dirigida a una nación pequeña o poco influyente mientras se tolera la represión y la corrupción generalizadas en grandes potencias. Lo es incluso en actividades menos políticas, cuando se hace creer que el negocio privado es indispensable para la subsistencia de la actividad socio-deportiva más arraigada en la población, como el fútbol, y, por supuesto, un anuncio publicitario o promoción institucional realizados por un periodista como si fuera parte de su responsabilidad de informador y comentarista de noticias independiente.

En todo esto, los medios de comunicación tradicionales, encabezados por grandes cadenas de prensa, televisión y radio, nacionales y transnacionales, han sido altavoces formidables, privilegiados y universales.

Ya no “intrusean”

“Los periodistas (de hoy) no intrusean nada. Y no encuentran nada”, declaró a la revista Sábado de El Mercurio en septiembre pasado Alberto “Gato” Gamboa, una de las estrellas del llamado “periodismo de trinchera” previo al golpe de estado de 1973, opositor a la dictadura, Premio Nacional de Periodismo 2017 y ya de 96 años de edad. Cuando se le preguntó si admiraba a algún colega actual, respondió secamente: “No admiro a nadie”.

Atraídos y presionados, directa o indirectamente, por empresas comerciales y grupos económicos que han logrado reglas políticas y sociales afines, los periodistas que publicitan sin hacer la diferencia, así como aquellos que se incorporan a la noticia no para informarla desde dentro sino para hacerse parte de ella en beneficio de sus gestores, contribuyen a la entrega de un tajante mensaje en el sentido que los principios y funciones originales del periodismo ya no sirven o no importan para desarrollarse profesional y socialmente. Ese pragmático sinsentido les obliga a convertirse en peculiares servidores privados con apariencia pública si quieren aspirar a mayor estabilidad laboral, reconocimiento social y futuro personal optimista; a golpear mortalmente a su propia profesión y dejar a la ciudadanía desorientada ante la gigantesca mole de información de distinto origen, temática, intención y grado de credibilidad que hoy la abruma, a merced no precisamente de un razonable sentido crítico y reducida a la categoría de simple consumidora.

No es absurdo temer que este espiral, inflamado por las “posverdades”, pueda terminar con los teóricamente más perspicaces observadores de la realidad diaria, los periodistas, dando como noticia que, por ejemplo, elefantes de colores surcan efectivamente el cielo de la ciudad si eso ha sido debidamente planificado, producido y “emotivizado” por otros para su asimilación por una población ya entrenada y, lo más importante, para su venta.

Como admitía Ralph Barney, profesor emérito de la Universidad de Brigham Young, pocos pueden sentirse tan solos como un periodista aferrado a una estricta ética personal…

Julio Frank S.


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