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Gritando goles y triunfos para otros

Permalink 25.05.17 @ 10:00:16. Archivado en Sociedad, 3. Chile, Desarrollo

Dicen que el fútbol es la viva imagen de la sociedad que lo alienta. Pues bien, se celebra en Chile un nuevo título de la empresa comercial que arrienda el nombre de la mayor universidad estatal del país y una de las más prestigiadas de América Latina.

El club deportivo de la Universidad de Chile se constituyó hace nueve décadas precisamente como eso: una agrupación de deportes conformada por miembros acogidos por ese plantel de educación superior, el más antiguo del país (1842). Durante la década de 1960, mientras su equipo de fútbol alcanzaba el esplendor convirtiéndose en el llamado “Ballet Azul” y atraía a todos los estratos, su alma mater había extendido su conocimiento y docencia por el territorio nacional y era, más que nunca, la institución intelectual y social mejor estimada del país.

Sobrevino el golpe de estado, y tanto lucimiento y popularidad inquietaron a la dictadura. La Universidad fue intervenida, despojada de sus sedes regionales y exonerados por motivos políticos muchos de sus académicos. El club deportivo entró en una etapa de inestabilidad, no volvió a ser campeón sino después de 25 años e incluso descendió de categoría en 1988. Pareció renacer después de Pinochet, pero la Universidad -a la que las entrantes autoridades civiles no restituyeron su antigua jurisdicción- ya había disuelto su principal expresión deportiva y ésta funcionaba como una corporación autónoma.

La pérdida de su patrocinador histórico no significó, sin embargo, el fin para la Corporación de Fútbol Profesional de la Universidad de Chile (Corfuch). Este se fraguó en los salones políticos, donde los nuevos contertulios, viejos y jóvenes, coincidieron en mirar de preferencia hacia las oficinas de negocios y la economía internacional como fundamento de la “estabilidad” interna y no los deseos de participación de sus electores en las actividades que debía ofrecer la democracia recuperada. Terminaron aprobando, años más tarde, una ley que permitía transformar a los clubes o corporaciones deportivas en las teóricamente eficientes y productivas sociedades anónimas.

Derechización de lo popular

Arguyendo una deuda de pago de impuestos supuestamente innegociable, el Estado democrático chileno presionó, a través de la Tesorería General de la República, a la frágil Corfuch, la que fue declarada en quiebra en 2006 y, pese a la oposición de la mayoría de sus socios, licitada al mejor postor.

No hubo sorpresas. El ganador fue un grupo de empresarios de derecha, varios de ellos militantes de la Unión Demócrata Independiente (UDI), el partido más identificado con la dictadura de Pinochet e ideólogo de la Constitución Política que, con reformas sólo laterales, rige hasta hoy. La nueva sociedad anónima Azul Azul se adjudicó así la concesión de la segunda organización deportiva y social más popular del país por un período de 30 años, renovable.

Su primer presidente fue Federico Valdés, rector de la Universidad del Desarrollo, plantel privado y bastión de adoctrinamiento neoliberal en Chile en los últimos decenios. Le siguió José Yuraszeck, también militante de la UDI, ejecutivo del sector eléctrico a cargo de la privatización de la firma estatal Chilectra durante la dictadura y sancionado posteriormente por su manejo accionario en el denominado Caso Chispas. El actual presidente es Carlos Heller, adjudicatario de la concesión y el mayor accionista, líder del quinto consorcio económico más rico del país (Bethia) -propietario del canal de televisión abierta Mega y de otras grandes compañías-, quien en su breve administración ya ha hecho sentir su mano: además del título deportivo conquistado hace algunos días, es acreedor de la propia Azul Azul S.A. que preside, a la que otorgó, a través de otras posesiones, dos préstamos por un total de siete millones de dólares para cubrir las abultadas pérdidas que aquélla registra en la actualidad. Pase lo que pase, no perderá.

Si no fuera bastante, otro importante accionista, Carlos Alberto Délano, estuvo en prisión preventiva y quedó luego bajo arresto domiciliario por presunto fraude al Fisco por emisión de boletas ideológicamente falsas, lo que habría aportado además al financiamiento ilegal a la política (Caso Penta). Mario Conca, otro socio de alto nivel, ha recibido alusiones sobre dicha práctica, aunque no acusaciones formales.

Yuraszeck y Délano vendieron finalmente sus acciones y dejaron la sociedad.

Alma mater comprensiva

Los flamantes concesionarios tuvieron, no obstante, que superar un grave e invalidante problema: no sólo el nombre, sino también el emblema –el chuncho- no pertenecían a la quebrada Corfuch, sino a la Universidad. Fue necesario entonces una delicada negociación entre ésta, que decía velar por su histórica e intachable imagen académica y social, y quienes habían asumido el negocio no para crear una entidad distinta y renovada, sino para explotar precisamente una “marca” antigua y de raigambre social masiva, fiel y apasionada, así como la historia y el prestigio de la universidad tradicional a la que simbolizaba. Y ese enorme sector debía convertirse en clientela.

Azul Azul, por lo tanto, tenía que conseguir a toda costa el uso del nombre de la Universidad de Chile y de su chuncho-símbolo. Ante tal demanda, y pensando seguramente en los millones de fanáticos que podían quedar huérfanos de fútbol profesional, las autoridades universitarias accedieron, poniendo sobre la mesa algunas condiciones no muy terminantes sobre preservación de la imagen corporativa, alguna participación en el directorio societario y un porcentaje mínimo de ingresos pecuniarios anuales por el largo arrendamiento de tan significativo patrimonio. La Universidad se comprometía, además, a no desarrollar actividades del mismo giro que llevaran… su propio nombre.

Así, una sociedad privada con fines comerciales administra el llamado “Club Universidad de Chile” y su sitio web oficial tiene el dominio udechile.cl

En Radio Universidad de Chile –que sí depende de la Universidad- se transmite en tanto un espacio diario de difusión muy bien auspiciado, en contrario al resto de la programación de la emisora, que muestra una línea crítica al sistema neoliberal.

Los sufridos del tablón

La hinchada del ex club deportivo de la Universidad de Chile es, después de la de Colo Colo –sometido también al régimen de sociedades anónimas-, la más numerosa del país. Ambas se parecen en cuanto a fanatismo y amor por la enseña, y en ambas también operan persistentes y tenaces agrupaciones que rechazan la administración privatista. En el caso descrito, los “disidentes” son encabezados por la Asamblea Hinchas Azules, cuyo programa de aniversario celebra “90 años de pasión” y lamenta “10 años de usurpación”.

La alegría del triunfo y la congoja de la derrota experimentadas en el tablón (o frente al televisor) parecieran las mismas que las del palco oficial, pero ocurre ahora que cada gol a favor o en contra no sólo estremece los corazones, sino también la Bolsa de Comercio. Cada victoria aumenta la riqueza de los grandes inversionistas concesionarios y cada caída sólo impide, en general, tal aumento, mientras una mayoría de hinchas-clientes debe limitarse a observarlos de reojo, acatar sus unilaterales decisiones y corear un nombre postizo.

Más allá de lo competitivo y lo económico, es el sentido social del deporte lo más amenazado. No se trata de cuestionar que el fútbol sea una de las actividades públicas que generan mayor fanatismo y una de las más desorbitadamente rentables del universo. El verdadero riesgo es la cada vez más evidente correspondencia entre eso y el modus operandi de la política ultraliberal, consumista y globalizante que ataca el bien común y la identidad propia de cada nación, y que instala un pésimo ejemplo por seguir. En Chile, el extravío ético de políticos en ejercicio, la ambición voraz de consorcios económicos nacionales y transnacionales, y el individualismo hedonista a que es empujado el ciudadano corriente han permeado todas las esferas, desde gobernantes hasta vendedores callejeros. Los casos más vistosos provienen precisamente de políticos y legisladores comprometidos con empresas regidas por sus leyes, de grandes empresarios coludidos entre ellos para monopolizar el mercado, de altos funcionarios públicos –militares y carabineros incluidos- investigados por graves desfalcos fiscales, y de seudos inversionistas estafando a ciudadanos anónimos e ingenuos.

Modelos

Si el Partido Socialista -el de Allende y Bachelet, y el más devastado por la dictadura- fue capaz de “suspender” su declaración de principios para someterse a las reglas impuestas por sus adversarios y ganar más dinero, ¿es conducente cuestionar a una institución universitaria estatal, apremiada por financiamiento, por someterse a las normas vigentes y arrendar su nombre y prestigio a una empresa comercial?

Si la mayoría electoral del país ha preferido fluctuar entre un sistema más o menos economicista durante ya 27 años en lugar de “arriesgarse” a una democracia de participación y derechos, ¿es prudente objetar a una mayoría de aficionados al fútbol por preferir un equipo campeón manejado comercialmente que uno socialmente representativo, pero jugando en Cuarta División?

Si no fuera así, daría lo mismo quién gana las elecciones o cómo se llama un equipo.

Julio Frank S.


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