Otra tarea para chilenos de corazón
02.07.10 @ 10:00:10. Archivado en Sociedad, 3. Chile
Estamos perdiendo nuestro cobre y nuestra agua; el Parlamento no nos representa a todos; nuestra legislación posterga a los trabajadores y los pequeños y medianos empresarios; nuestros medios de comunicación nos bombardean con información parcial y ficción barata; nuestra historia y nuestra cultura están en segundo o tercer plano; impera el negocio sobre el sentido común y el interés personal sobre la convivencia social, y las frustraciones se convierten en temor, apatía y delincuencia. ¿Nada tenemos que decir y hacer en nuestro Bicentenario?
Los miles de hinchas que gritaron “¡Viva Chile!”, agitaron el emblema patrio y agotaron el merchandising durante varios días de fiesta deportiva tenían una gran premisa: Chile debía jugar siempre al ataque. La digna actuación del seleccionado en el Mundial de Fútbol de Sudáfrica cumplió esa exigencia y quedaron, al menos, satisfechos.
No obstante, el representativo nacional ha alcanzado un nivel muy sobre el que la hinchada ha logrado como pueblo y ciudadanía. El grado de preparación, cohesión, dinamismo y compromiso exhibido por jugadores y técnicos poco tiene que ver con el interés cívico –aquel que va más allá de la situación personal- mostrada por la mayor parte de quienes los alentaron con tanto fervor. Bastaría citar el desventajoso estado en que se encuentra la principal riqueza natural del país, el cobre: la administración política ha cedido el 70 por ciento a empresas extranjeras concediéndoles beneficios tributarios perjudiciales para los chilenos. Prima todavía, además, el silencio sobre la institucionalidad que nos rige, herencia de una dictadura y pobre, por lo mismo, en derechos.
Compartir con la elite
Hace dos semanas se debatió en Santiago sobre la “eficacia e impacto político de la sociedad civil”. Se buscaba la “reinvención de la ciudadanía” para que ésta ocupara “un rol protagónico en la discusión de las políticas públicas y del devenir de la democracia”, según la convocatoria del encuentro, organizado por la Asociación Chilena de Organismos No Gubernamentales Acción. Cinco años atrás, esta ONG participó activamente en una campaña por una nueva Constitución; sin embargo, esta vez ese tema no estuvo en sus pautas de discusión.
Si no fuera por su función electoral, la gran población chilena tendría escasa trascendencia política. El Parlamento que elige según un inusual modelo binominal no es fielmente representativo de las diversas corrientes de opinión que la cruzan. La inscripción en partidos políticos bordea el 10 por ciento del total de habilitados para votar, pero las decisiones internas de éstos son habitualmente cupulares y excluyentes. La afiliación a sindicatos apenas supera la décima parte del cuerpo de trabajo y sus dirigentes sufren restricciones políticas. La actividad vecinal está fuertemente influida por las municipalidades y sus alcaldes. Tampoco existe un Defensor del Pueblo y las etnias originarias carecen de un estatuto para sus derechos ancestrales.
A todo esto, la industria de la comunicación suministra implacablemente noticias policiales y ficción truculenta seguidas de diversión ramplona. Ni siquiera el canal de televisión del Estado se exceptúa, obligado por ley a autofinanciarse. Mientras, la publicidad martillea incesantemente la intimidad de modo de dejar absolutamente claro qué es lo que conviene a la sociedad.
Así, el trabajo más trascendente lo sigue haciendo un solo sector, el más pudiente, la elite: políticos y grandes empresarios e inversionistas. El resto, la mayoría, está llamado a participar solamente como elector de sus estrategias, usuarios de sus servicios y materia prima de sus cifras económicas. Es libre sólo para elegir y comprar lo que ellos le ofrecen. Los auténticamente libres, como en toda sociedad oligárquica –no democrática-, son minoría. La Constitución Política del Estado, redactada y promulgada sin democracia, lo consagra.
Para colmo, un prolongado fenómeno sísmico tiene a miles de damnificados con el alma en vilo y dependiendo de la buena voluntad de las autoridades de turno.
Menos palos y mimos
Presionados por un sistema político destinado a evitar que vuelvan al poder los partidos disueltos tras el golpe de estado, los chilenos, en general, resignan gran parte de sus derechos ciudadanos para obtener mejor provecho de su condición de consumidores.
Pero tampoco en este último estatus les corresponde la parte ancha del embudo. Si bien el crédito fácil –incluso “sólo con el carnet”- les ha permitido disfrutar de bienes domésticos a los que sus remuneraciones regulares no tienen acceso, la mora en el pago les significa, también fácilmente, ser penados con una anotación en un registro público que les impide el derecho a nuevos empréstitos y cuya eliminación es engorrosa. Cuando reclaman por abusos o estafas, no existen como colectividad y son tratados como problemas individuales; las demandas judiciales colectivas no han prosperado, en particular aquella presentada por un cuantioso fraude de precios en el negocio de las farmacias. Ni otra por el defectuoso servicio del actual sistema de transporte público de la capital.
Entretanto, sus cuantiosos fondos previsionales penden de los altibajos del mercado y el actual gobierno pretende aumentar las garantías tributarias a las grandes empresas mineras extranjeras.
Hacer historia
A pesar de todo eso y mucho más, el chileno del siglo XXI es todavía un ejecutor de la ideología neoliberal, aquella que dice que el hombre no es un ser social sino individual y que la sociedad humana no está conformada por personas con derechos comunes sino por individuos con libertades personales. Rehúye de la política y ni siquiera se inmiscuye en lo que deciden aquellos por los que ha votado. No ha entendido un llamado a una asamblea constituyente realizado desde un sector de él. Está a merced de una legislación laboral contraria a sus derechos e intereses como personas y trabajadores. No participa del avance de la economía sino que la carga sobre sus hombros y no tiene medios de comunicación social que reflejen lo que es y necesita.
Hastiada de las promesas incumplidas de la Concertación, la mayoría electoral optó por cambiar de gobierno, pero eligió... al mejor representante del sistema.
Pareciera haber olvidado o no importarle su pasado...
A la selección de fútbol pedía “hacer historia” en Sudáfrica, pero ni siquiera aquí la mayoría lleva la voz cantante. El ascenso del balompié chileno no parte de la demanda de los fanáticos del tablón sino de la efectiva estrategia comercial y comunicacional de sus actuales inversionistas y ejecutivos, a cargo hoy de las principales enseñas del país, ayer clubes deportivos.
Chile, mucho más
En definitiva, ese entusiasta apoyo popular exige que la elite haga lo que millones no están dispuestos -todavía- a hacer como ciudadanía: luchar por un bien superior, nacional. Espera que once futbolistas jueguen siempre a la ofensiva en circunstancias que, en su papel más importante, está a la defensiva.
Más allá de los triunfos o derrotas deportivas, lo importante es que la llamada sociedad civil deje de estar convencida de que sólo es una clientela que compra, un trabajador que vende y un ciudadano que cede su destino guardándose su dignidad y comience a hacer su trabajo: contribuir a dar sentido y valores democráticos a la sociedad en que convive. ¿Es mucho pedir? Los pueblos vecinos -incluso algunos a los que suele mirar por sobre el hombro- han mostrado al menos un punto de partida: una ley fundamental que represente el sentir popular.
¿No es patria también gritar “ceacheís” y agitar banderas por que todos los derechos políticos, económicos y sociales estén consagrados al menos constitucionalmente? ¿Por que sean preservados todos los valores culturales de 200 años de vida independiente y no sólo de 37 ó 20? ¿Por que los recursos naturales pertenecientes a todos –cobre, agua y otros- sean efectivamente de todos?
Chile es un equipo y una camiseta, pero también mucho, mucho más.
Julio Frank S.
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Julio Frank Salgado
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