“Dama de hierro” sonriente
10.07.08 @ 21:32:48. Archivado en 5. Política, 3. Chile, Bachelet
La Presidenta Michelle Bachelet anunció que promoverá “decididamente” a Ingrid Betancourt para el Premio Nobel de la Paz, pues considera su resistencia y liberación “un gran éxito de la democracia, la paz y la libertad”.
No es pura emoción del momento. Si bien valora la templanza de una persona vulnerada durante tanto tiempo en sus derechos humanos, también revela el deseo de fortalecer su vapuleada imagen nacional y su reputada presencia internacional evitando temas comprometedores.
Chile integra el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, pero no aún el Tribunal Penal Internacional. Extiende sistemáticamente los tratados de libre comercio con el mundo, pero, en el caso del gigantesco mercado chino, no condena las atrocidades contra los tibetanos ni recibe ella al Dalai Lama.
Bachelet no siempre manifiesta solidaridad de género. En el caso de la médico cubana Hilda Molina, no ha acogido las súplicas personales y del hijo de ésta para que, como Presidenta, mujer y militante socialista, interceda ante el gobierno de Castro para que se le deje salir de Cuba, país de lazos políticos históricos –aunque controvertidos- con Chile.
En el plano interno, la documentalista Elena Varela, quien cubría la situación de las etnias originarias, permanece en prisión y con su material incautado tras ser acusada de cometer actos delictuales, sin que se haya especificado los lugares de los mismos, sus fechas y otros antecedentes legales, según denunció el diputado independiente Alvaro Escobar, miembro de la Comisión Especial de Libertad de Pensamiento y Expresión de la Cámara.
Mientras la Presidenta declara con orgullo que su reciente reforma previsional, uno de los mayores avances de su mandato, ha favorecido a “los más pobres”, no le “tiembla la mano” para reprimir las protestas de profesores y estudiantes ni para obligar a sus partidos, ante todo el país, a comprometer la aprobación sin discusión parlamentaria de un proyecto de ley general de educación acordado con la oposición pinochetista.
El año pasado, respondió insólitamente a cinco de los seis millones de santiaguinos indignados por el nuevo y vejatorio sistema de transporte público que estaba tan molesta como ellos. Hace algunos meses contestó lo mismo al descubrirse que se había montado una falsa inauguración oficial de un hospital rural, que ella había presidido personalmente. Asimismo, numerosos dirigentes de una comunidad regional publicaron una inserción en la prensa acusándola de haber ido personalmente a prometerles diversos adelantos y haberlo olvidado por completo.
Sus homenajes a su correligionario Salvador Allende no conmueven a nadie, como no sea a quienes le enrostran lo que consideran una abjuración de los ideales allendistas cuando ensalza los méritos personales de éste e ignora sus ideas políticas y obras como Presidente (una división similar aqueja a su partido).
No era la idea
Bachelet es una antigua militante del Partido Socialista. Fue torturada junto a su familia durante la dictadura y, tras su retorno del exilio, ejerció una oposición desde una discreta trinchera. Durante el gobierno de Ricardo Lagos (2000-2006) logró un vertiginoso ascenso político, aunque no como líder enraizada en los sectores populares, sino desde la cúpula, como circunspecta ministra de Defensa.
No era eso lo que se esperaba del “fenómeno Bachelet” de 2005. Ni de una mujer Presidenta de Chile por primera vez en la historia del país. Sus promesas de gobierno ciudadano, paridad de género, “caras nuevas”, han quedado en el camino. Sólo fuera, en el extranjero, se le sigue celebrando más allá de su investidura formal.
Aunque afable y sonriente, es una nueva “Dama de Hierro”. Pero no del progresismo ni mucho menos del socialismo, sino de un neoliberalismo apenas disfrazado con subsidios sociales.
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Julio Frank Salgado
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