Hay mucho que cambiar
17.12.07 @ 20:12:00. Archivado en 4. Política, Sociedad, 3. Chile, Constitución, Asamblea Constituyente
Una asamblea constituyente no puede cambiar por sí misma la realidad de un pueblo, sino que es un medio, un instrumento eficaz para dar pasos concretos y seguros en tal sentido. Desde luego, parte por concitar la atención de toda la sociedad y convoca con equidad a representantes de sus diversos sectores, con el fin de ponerles a trabajar mancomunadamente en la creación de la mayor obra valórica de un país: la Constitución Política del Estado.
Son justamente el espíritu y el esfuerzo comunes, constantes y coordinados, tanto del pueblo en el momento de postular y elegir a sus delegados como de estos últimos al concordar y redactar la nueva Carta Fundamental, lo que genera en definitiva el rumbo que se desea tomar.
¿Qué cambiar? ¿Hacia dónde encaminar el trabajo de la asamblea, de manera que los derechos y deberes por consagrar contribuyan a resolver los problemas más apremiantes? Aquí hay algunas ideas generales, nada nuevas, por lo demás:
-La abismante desigualdad económica. El diez por ciento más rico de los chilenos obtiene casi la mitad del ingreso nacional y el 10 por ciento más pobre apenas el uno por ciento.
-La inequidad económica. La ideología política en aplicación (neoliberal) prefiere y privilegia a quienes tienen más dinero (capital) y al resto le da sólo la posibilidad de endeudarse para el consumo.
-La inequidad educacional y en la atención médica. También aquí se prefiere y privilegia a quienes tienen más dinero y se posterga o tramita al resto de la población.
-El materialismo del sistema político-económico vigente. Lo que le importa son los buenos negocios, ojalá fulminantes, y menosprecia el progreso lento mediante el trabajo cotidiano.
-El empobrecimiento cultural. Se fomenta la diversión popular rápida, liviana y extranjerizante, postergando las manifestaciones más auténticas y profundas, sobre todo las locales y propias.
-La pobre participación cívica de los chilenos. La mayoría sólo vota en las elecciones y se despreocupa de qué hacen y cómo trabajan sus elegidos. Habitualmente, además, ni siquiera protesta cuando la perjudican.
-La pobre participación social. ¿Nos involucramos en la solución de problemas de nuestro vecindario, de nuestra comuna, de nuestro país?
-La inequidad informativa. Unos pocos, pero bien dotados medios de comunicación nos imponen una visión superficial y sesgada acerca de nuestra propia realidad y la aceptamos.
-El errático sentido de solidaridad social. Me preocupo de mí y de mi familia, y del resto de mis compatriotas cuando los veo por televisión.
-La falta de esperanza, especialmente en los jóvenes. Los ejecutores del sistema político vigente presionan hacia dos metas sociales deshumanizantes: el dinero y el poder.
Un país así no sólo no va en camino al desarrollo, sino que está perdiendo su calidad de tal para convertirse en un territorio sin historia y cuyos moradores luchan por hacerse ricos (una minoría) o simplemente por sobrevivir (la mayoría).
No es lo que nos enseñaron nuestros antepasados ni algo que ofrecer a las próximas generaciones. Y los políticos de hoy, avergonzantemente, se han desentendido de eso y prefieren evaluar el progreso mediante cifras y mirando hacia el extranjero.
Por eso y otras razones se necesita nuevos y genuinos constituyentes.
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Julio Frank Salgado
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