El más pacífico de América Latina

Permalink 14.06.07 @ 21:19:45. Archivado en Sociedad, 3. Chile, Desarrollo, Bicentenario

Chile ha sido construido principalmente por elites. La intervención política popular ha sido secundaria y sus escasos intentos protagónicos abortaron por golpes de estado. Así, cualquiera es pacífico.

El Global Peace Index estudió 121 países para detectar cuán pacíficos eran y las causas y fundamentos de esa tranquilidad. Noruega ocupó el primer puesto y Chile se ubicó en el decimosexto, convirtiéndose, de acuerdo con el trabajo, en el más tranquilo de América Latina.

El estudio explica que la paz está correlacionada con indicadores sociales como los niveles de ingreso, educación e integración regional. Sostiene, además, que los países pacíficos suelen compartir altos niveles de transparencia gubernamental y baja corrupción, y que los pequeños y estables que forman parte de bloques regionales mejoran mucho su ranking.

Curiosamente, y pese a la imagen de este país en el exterior, Chile no muestra un desempeño sobresaliente en todos esos indicadores.

Si bien su nivel de ingreso ha subido sustancialmente –cerca de nueve mil dólares per cápita-, lo mismo que la inversión estatal en educación, no ha podido superar una brutal desigualdad económica ni las periódicas crisis estructurales de la enseñanza. Sin ir más lejos, la Presidenta Bachelet acaba de proponer una nueva Ley General de Educación luego que la vigente fuera objetada por diversos sectores y muy especialmente por los estudiantes secundarios, cuya movilización del año pasado fue trascendente.

Mientras, sucesivos fraudes al Fisco aclarados sólo a medias, así como negligencias gubernamentales que perjudican a millones de habitantes, mantienen en entredicho la probidad pública. En cuanto a integración regional, no sólo persisten antiguas controversias limítrofes –ahora también energéticas, con Argentina-, sino también políticas e ideológicas: el neoliberalismo y el libre mercado chilenos ante el progresismo no exento de populismo de sus vecinos.

Como el océano

Pese a todo ello, el estudio internacional no deja de tener razón. Si bien no exactamente dentro de los parámetros que éste cita, Chile ha tenido generalmente un pueblo pacífico, como el océano que baña su interminable costa. Es cosa de dar un vistazo a sus calles y avenidas, y, para tiempos idos, de hojear unos cuantos libros de historia. La independencia de España, la formación y deformación de la república, la conformación sociocultural predominante y gran parte de su historia económica han sido dirigidas por oligarquías cuyos miembros, de tendencia conservadora o liberal, se alternaron en el poder o bien lo compartieron a través de alianzas mutuas y hoy, con la adhesión de un centrismo condescendiente, administran la herencia de un régimen autoritario. Los sectores populares han dado, además de sus votos, chispazos.

De “roto” a consumidor

La primera irrupción popular se produjo quizá a fines de la década de 1830 cuando, tras su valiente participación en la guerra contra la Confederación Perú-Boliviana, sus integrantes recibieron como premio la denominación simbólica de “Roto Chileno”. Pero después hubo un largo bajón, mientras la aristocracia seguía construyendo el país, con luchas intestinas de vez en cuando, pero favorecida enormemente por el auge económico basado en la exportación de materias primas. Esto, sumado a la elección de autoridades mediante sistemas cerrados o bien acuerdos entre sí, dio margen a una estabilidad de hecho durante varias décadas.

Tampoco la revolución político-social del Presidente Arturo Alessandri (1920) –segada también por un golpe de estado- tuvo una trascendencia inmediata para los sectores populares. Y cuando, a partir de los gobiernos radicales (1938-1952), se creía que el país había logrado tomar un camino irreversiblemente democrático, sobrevinieron la polarización ideológica y el golpe de 1973.

Durante la dictadura, con excepción de determinadas protestas callejeras, no hubo grandes explosiones masivas. El peso de la disidencia se lo llevaron antiguos dirigentes políticos y unos cuantos nuevos, quienes, tras una larga campaña contra el régimen militar y en pro de la democratización de la sociedad, lograron convencer a la mayoría de los votantes de que el plebiscito de 1988 daba las garantías necesarias y que debía rechazar al candidato único. No obstante, el 44 por ciento de los chilenos prefirió a Pinochet.

Retirada la dictadura, la democracia llena de trabas que ésta legó no mereció grandes reparos al grueso de la nueva ciudadanía, que se entusiasmó con las inéditas y múltiples oportunidades consumistas que el sistema le ofrecía a cambio, en una actitud y conductas que adormecieron el espíritu crítico recientemente recuperado. Desde entonces, su participación cívica se ha limitado a elegir periódicamente de entre las dos ofertas electorales mayoritarias, de la derecha y la Concertación centrista; exceptuando, claro, las manifestaciones públicas de quienes se sienten perjudicados por una decisión gubernamental o empresarial determinada.

Gabriel Salazar, Premio Nacional de Historia 2006, es lapidario:

Las masas populares han desaparecido de las calles. Tanto así, que no pocos intelectuales de pasado socialista y presente neoliberal han proclamado con cierta alegría secreta el fin de los movimientos sociales. Y denuncian con júbilo: “Las masas están ahora comprando en los malls y en los grandes supermercados, haciendo debido uso de sus tarjetas de crédito y de sus respectivos celulares”.

Así, por ejemplo, millones de habitantes del país más pacífico de América Latina soportan hoy, con un estoicismo insólito y lastimero, un nuevo sistema de transporte público avergonzantemente fracasado, mientras otros tantos adquieren más y más deudas sin certeza de que serán capaces de pagarlas. U observan con cierta indiferencia las reiteradas denuncias sobre malversación de fondos públicos o el gigantismo de los grupos económicos y las empresas transnacionales que atropella sus derechos laborales. O el aislamiento, en cuanto comunidad de intereses, respecto de sus propios vecinos del subcontinente.

El Indice de Paz Global no pudo o no le interesó, seguramente, profundizar en cada país. Si lo hubiera hecho en Chile, habría descubierto que el pacifismo o la tranquilidad reinante no obedece tanto a los parámetros técnicos que señala el estudio sino a un antiguo, arraigado y penoso déficit de participación política y social.

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