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La Constitución española no sirve

Cuando nuestra Constitución fue redactada, la sociedad española creía en la bondad de los partidos políticos y asumió un documento que depositaba en esos partidos demasiado poder, más del que era prudente, según ha demostrado la Historia.

Cuando la actual Constitución fue redactada y aprobada, la democracia española daba sus primeros pasos y, después de cuatro décadas de Franquismo, confiaba plenamente en la bondad de los partidos políticos. En consecuencia, España asumió una Constitución que entregaba a los partidos políticos demasiado poder y representación, más del que era prudente, según ha demostrado la historia.

Hoy, aquellos partidos políticos a los que la Constitución otrogó tanto poder y representatividad, incluso el derecho a intervenir en la Justicia y a mediatizar los grandes tribunales, ya no son de fiar, tras haberse convertido en maquinarias implacables de poder y de clientelismo, más fieles a sus propios intereses que al bien común y a los intereses de la nación.

Amaparados en las ventajas y poderes que les otorgaron los incautos españoles, los partidos han reforzado su poder, se han acorazado de inmunidad e impunidad y han invadido demasiados espacios de la sociedad, incluso aquellos que les están vedados en democracia: universidades, sindicatos, religiones, empresas, instituciones, asociaciones, cajas de ahorro, medios de comunicación, etc., acabando así con la independencia y colocando en coma profundo una sociedad civil española que, en democracia, debe ejercer como firme contrapeso independiente del poder político y como fuerza controladora del poder del Estado.

En consecuencia, la Constitución debe ser reformada si se quiere limpiar España de escoria corrupta e instaurar en serio una verdadera democracia.

Se habla desde hace meses de un cambio en la orientación del poder y en posibles pactos entre el PSOE y el PP para consensuar políticas como la Justicia y la lucha contra el terrorismo. Desgraciadamente, esos pactos no van a solucionar el problema porque el problema son los partidos políticos, que, sin controles ciudadanos y dueños absolutos del Estado, se han transformado en el peor enemigo de la democracia y en el mayor obstáculo para que se termine la degradación de la política española.

Un ejemplo claro del descontrol antridemocrático reinante en España es las reformas que propone la Fiscalía General del Estado, orientadas a convertir a los fiscales en una especie de custodios de los jueces, una medida que encadena todavía más el poder Judicial a la política de partidos y que se orienta justo en el sentido contrario del que establece la verdadera democracia.

Encomendar a los partidos políticos españoles la regeneración de la democracia española es como pedir a la zorra que cuide de las gallinas. ¿Quien puede ser tan imbecil para creer que los partidos políticos, que son auténticas organizaciones autoritarias, verticales y antidemocráticas, siempre sometidas al poder y al capricho de las élites, en cuyo interior se imponen el sometimiento al lider y el miedo a debatir libremente, puedan democratizar este país?

La unica regeneración auténtica y saludable de la democracia española pasa, inevitablemente, por limitar el poder de los partidos políticos y por restaurar los controles ciudadanos al poder, controles que obliguen a los poderes a competir entre sí, a que los representantes rindan cuentas a los ciudadanos, no a los partidos, como ahora hacen, y a restaurar el protagonismo que el ciudadano y la sociedad civil deben tener en el sistema, el cual les ha sido ilegítimamente arrebatado por los insaciables y degenerados partidos políticos.

Cualquier reforma debe partir de cambios profundos en la injusta y antidemocrática Ley Electoral española, cambios que eliminen las listas cerradas y bloqueadas que confeccionan los partidos y ante las que los ciudadanos únicamente pueden decir "sí" o "no", sin poder elegir a sus preferidos. No menos urgente es garantizar el valor igual de los votos, evitando que unos partidos necesiten 50.000 votos para lograr un diputado y otros casi 400.000. Y sin olvidar la que quizás sea la reforma más urgente y necesaria, la de conseguir que los políticos electos respondan ante los ciudadanos que los eligen, no ante las élites de sus respectivos partidos, como ahora ocurre en esta democracia española sin entrañas, sin justicia y sin ciudadanos soberanos.

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Alakrana: chapuzas, engaños y opacidad

18.11.09 | 18:30. Archivado en Gobierno Zapatero, Política, Democracia, España, Zapatero

La gestión del secuestro del Alakrana por parte del gobierno español ha puesto en evidencia la incompetencia de Zapatero, su afición a la chapuza y, sobre todo, su tendencia a la opacidad, un rasgo preocupante en un gobernante europeo e incompatible con la democracia.

Despreciando el derecho fundamental del ciudadano a ser informado con veracidad, Zapatero compareció ante las cámaras para apuntarse el "tanto" político de la liberación de los secuestrados del atunero Alakrana, pero sin informar sobre los múltiples detalles oscuros de la operación.

Desde el principio, la operación ha sido opaca, sin que esa opacidad tenga nada que ver con la prudencia y discreción que requiere una negociación. El gobierno español parece ignorar que la democracia, más que un sistema de votos y de elección de representantes, es un sistema basado en la confianza y la limpieza en el que el derecha a informar y ser informado es fundamental. Un sistema opaco, sin transparencia ni verdad, es tiranía en estado puro.

La operación no estará finalizada hasta que no se aclaren las numerosas incógnitas del caso: ¿Que bandera llevaba el barco cuando fue apresado? ¿Quién y por qué se detuvo a los dos piratas y se trajeron a España? ¿Quién lo ordenó? ¿Quién pagó el rescate? ¿Se entregó dinero por error, como de ha dicho, a una facción pirata equivocada? ¿A que se debió el enfrentamiento entre la Audiencia Nacional y el gobierno? ¿Que significa lo que ha dicho el ministro de Justicia, de que el gobierno no paga "como tal" un rescate? ¿Qué le dijo Zapatero a los familiares de los secuestrados para que guardaran un silencio sepulcral? ¿Por qué se enfrentaron unos ministros con otros? ¿Qué se va a hacer con los dos piratas detenidos? ¿Existe el compromiso de liberarlos? ¿Vamos a tener que sufrir como pueblo la humillación de indultarlos? ¿Que hará el gobierno para que no vuelvan a secuestrar otra nave española? ¿Por qué no se embarcan militares españoles en los pesqueros, como ya han hecho otros países?

El propio Zapatero, exhibiendo un desprecio intolerable a la transparencia y a la verdad, parece que ha cerrado el caso afirmando eso de que "hemos hecho lo que debíamos", sin admitir error alguno, sin un atisbo de autocrítica.

Ni siquiera está claro el extraño incidente de los disparos realizados por la armada española a los piratas, ni se sabe si fue un montaje para salvar el honor ante la opinión pública o si simplemente se fue incompetente con el uso de las armas. No se sabe si tenían orden de no causar bajas. Tampoco se sabe que razones sustentan el malestar existente en el seno de las fuerzas armadas.

Quedan muchas más preguntas sin respuesta, además de flecos judiciales que sustanciar, responsabilidades políticas sin adjudicar y lecciones que aprender.

Aunque todavía falta distancia y demasiada información para realizar un análisis completo del asunto Alakrana, sí hay suficientes datos para afirmar que de todos los errores cometidos, el peor de todos no es la incompetencia del gobierno, ni la bisoñez de los ministros implicados, ni la preocupante mediocridad del liderazgo español, sino la opacidad demostrada, el miedo a la verdad y a la luz, una siniestra e inquietante afición a la oscuridad por parte de Zapatero y sus acólitos que nada tiene que ver con la democracia y que, desgraciadamente, apesta a raíces totalitarias, a tiranía camuflada.

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Escapar de la cultura "progre" dominante

13.11.09 | 17:49. Archivado en Gobierno Zapatero, Política, Democracia, Corrupción, Cultura, España

La inepta torpeza del gobierno español, que vuelve a quedar demostrada en el asunto del pesquero vasco Alakrana, secuestrado por piratas somalíes, está generando más descontento en la sociedad, más rechazo a los políticos y una sensación general de fracaso que, unida a los demoledores efectos de una crisis económica, también mal gestionada, y a la corrupción generalizada, desquician y deprimen a la sociedad.

Vivimos tiempos de indecencia y de vergüenza ciudadana en España. La necesidad de regenerar la política se vuelve obsesiva y crece junto con nuestras ganas de erradicar la corrupción y la indecencia de muchos de nuesttros líderes políticos. Son horas de lucha en las que los demócratas deben distinguirse por su capacidad de combatir. Si la sociedad española quiere salir de la crisis, regerarse y recuperar la senda de la prosperidad, lo primero que debe hacer es sacudirse el dominio de la cultura "progre" dominante y propiciar una política en la que el protagonista sea el ciudadano, no el Estado, y una cultura donde el mérito sea tenido en cuenta, se ensalce el esfuerzo y los auténticos valores, arrasados en la España actual, se recuperen y ocupen la cúspide de la pirámide.

Quien consiga escapar de la propaganda y del narcótico que desde el Estado se esparce por la sociedad, principalmente a través de los medios de comunicación, advertirá fácilmente que la España que han creado los "progres" dominantes es un verdadero desastre: la democracia ha sido sustituida por una oligocracia de partidos; los valores han sido suplantados por privilegios y derechos, muchos de ellos falsos y bastardos; el esfuerzo ha sido erradicado y la sociedad está bajo el control de políticos mediocres, muchas veces corruptos, cuyo obra maestra es haber eliminado al ciudadano libre para sustituirlo por semiesclavos fanatizados, incultos y capaces hasta de defender a los suyos hagan lo que hagan.

Esta España, obra de la "progresía" dominante es un país en declive que ocupa la cabeza del ranking europeo en los capítulos más vergonzosos y dramáticos: desempleo, pobreza, prostitución, alcoholismo, consumo y tráfico de drogas, baja calidad de la enseñanza, fracaso escolar, destrucción del tejido empresarial, deterioro de la democracia, desencanto con el fucionamiento de la Justicia, corrupción política, privilegios para los políticos, coches oficiales, tamaño desproporcionado del Estado, despilfarro, televisión basura y vertiginoso crecimiento de la inseguridad ciudadana, la desconfianza, la división, el odio y la desesperación.

Mientras los ciudadanos toleren que el dinero público sea despilfarrado por los políticos y se emplee injustamente en colocar y subvencionar a los amigos del poder, la España "progre" será una cloaca.

Los ciudadanos deben ser conscientes de que el primer deber de un demócrata español es sustituir la cultura del falso progresismo por un progreso verdadero, en el que la sociedad pueda crecer en valores, respeto, prosperidad y decencia, sin tener que someterse al sucio dominio de los que han minado las entrañas del Estado de corrupción y fracaso.

Por eso, además de expulsarlos del poder, utilizando para ello la fuerza de las urnas, que es el único poder que le queda al ciudadano en esta democracia degenerada, los demócratas deben despreciar y avergonzar a los que, con su actuación corrupta e inepta, nos han arrebatado los valores y el futuro.

El primer deber de un ciudadano libre es utilizar el voto para regenerar el sistema y crear una sociedad mejor. Pero no hay que esperar a que se abran las urnas para regenerar la sociedad. Al ciudadano, además del voto, le quedan otras muchas armas y recursos.

En la hora de las urnas, el demócrata debe apoyar a las formaciones políticas decentes y democráticas, aunque sean pequeñas y poco conocidas. Seguir votando a la derecha para castigar a la izquierda o votar a la izquierda para que no gobierne la derecha es perpetuar la partitocracia y arrojar más basura sobre el suelo de España. Si no se encuentran partidos dignos y merecedores de confianza, entonces se debe votar en blanco o depositar en la urna una papeleta que contengan una leyenda de reproche, algo así como "Delincuentes" o "Chirizos", para que la repulsa masiva inunde las urnas y los sinvergüenzas sientan en su pellejo todo el desprecio del pueblo.

Pero, además de utilizar el voto para regenerar la democracia, el ciudadano puede practicar erl boicot; puede manifestarse; puede reunirse para debatir, puede actuar como promotor del cambio político, social y cultural, puede practicar y difundir los valores y puede hacer sentir todo su desprecio y asco ante los que hoy, desde el poder político, nos conducen hacia el fracaso, la pobreza y la vergüenza.

En la práctica, puede apagar las cadenas de televisión autonómicas, innecesarios juguetes creados por los políticos para su propia gloria, apagar también las emisoras que se distingan por su sumisión al poder, por el servicio a la mentira y por la propagación de basura televisiva y modelos sociales repugnantes. Puede dejar de ver películas españolas, injustamente subvencionadas, a pesar de su baja calidad, solo porque los actores son amigos del régimen. Puede dejar de comprar periódicos sometidos. Puede escribir un blog, participar en blogs críticos solventes y aprovechar la fuerza de Internet para propagar la decencia y la democracia. Puede dejar de comprar productos de regiones españolas que se empeñan en ser superiores y en acumular ventajas insolidarias. Puede dejar de acudir a los actos públicos, donde muchos políticos ineptos e indecentes se exhiben ante las masas, apareciendo como héroes y logrando así ocultar su fracaso e incapacidad. Puede, también, realizar campañas regeneradoras, como colocar sobre las ventanas y balcones de sus hogares pancartas y carteles con leyendas de reproche o regeneración, como "Queremos políticos decentes" o "Que dimitan los chorizos" o "Desprecio para el poder político inepto"...

Algunas cosas cambiaron en México cuando, en los tiempos donde el PRI era la fuerza corrupta dominante, miles de mexicanos se manifestaron en el DF, por la gran avenida de Insurgentes, exhibiendo una gigantesca pancarta que decía "Que nos gobiernen las putas porque sus hijos han fracasado".

Para un ciudadano demócrata, lo importante es luchar por la demnocracia, con independencia de que esa meta se alcance o no. La democracia exige una lucha permanente por mantenerla limpia de sinvergüenzas y en España el ciudadano ha dormido durante tres décadas, permitiendo que el poder sea acaparado por demasiados mediocres, torpes y corruptos.

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"En las grandes crisis, el corazón se rompe o se curte" (Honorato de Balzac)

La feroz crisis multipolar que padece España tiene algunas facetas positivas: está convenciendo a los españoles de que no tienen una democracia sino una dictadura de partidos; esta abriendo los ojos de los ciudadanos para que vean la baja calidad de muchos de sus dirigentes, ineptos y poco solventes; está generando reacciones positivas en la sociedad, entre individuos libres y conscientes, decididos a luchar contra la corrupción del poder y por la regeneración de la política, la economía y la ética.

Ya lo dijo Honorato de Balzac: "En las grandes crisis, el corazón se rompe o se curte". En España, país donde grandes masas de ciudadanos tienen el corazón podrido por la propaganda política y por la división, fanatismo y odio que se estimula desde los partidos, la crisis está curtiendo a otros muchos ciudadanos y fortaleciendo el deseo de una patria mejor, que recupere el esfuerzo, el servicio y el sentido del bien común, tras erradicar la plaga de sinvergüenzas y parásitos que infectan el Estado.

Con una izquierda que no es demócrata porque nunca abandonó el leninismo y con una derecha que tampoco lo es porque se averguenza del liberalismo, España es un país sin ilusión ni horizonte político, una sociedad enferma de dos tipos de cáncer mortales: el mal gobierno y la desconfianza.

España se hunde cada día más, pero también aumenta a diario el número de ciudadanos conscientes de que están mal gobernados, que sus dirigentes no son de fiar y que es necesario refundar la democracia para hacerla auténtica y dotarla de los imprescindibles controles y cautelas que los políticos han dinamitado.

Conscientes de su pobreza de ideas y de su escasa fe en la democracia, los partidos se han dedicado a fabricar fanáticos y zombies, en lugar de propiciar la ciudadanía. Los políticos, especialmente los mediocres, saben que es más facil gobernar a un rebaño de esclavos engañados y sometidos que a una sociedad de hombres y mujeres libres.

El miedo al ciudadano libre, ese que participa en la política y toma decisiones, el que es incapaz de delegar la voluntad política, algo que es indelegable para un ser humano, es el gran pecado de los políticos españoles y de sus partidos. Porque prefieren una sociedad esclava y narcotizada que una sociedad libre, la enseñanza no tiene calidad en España y desde el poder no se hace nada por combatir nuestros peores males: el fracaso escolar, la droga, el alcohol, la prostitución, la corrupción, la delincuencia y otras lacras que envilecen al hombre y facilitan el dominio de los políticos.

La ciudadanía española es cada día más consciente de que son tan ineptos que es necesario erradicarlos.

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Efectos secundarios de la crisis

10.11.09 | 18:06. Archivado en Política, Democracia, Economía, Corrupción, Cultura, España

Todo el mundo sabe que la crisis destruye empleo, comprime la demanda, empobrece a muchos y dinamita el tejido productivo de un país, pero lo que pocos saben es que posee otros muchos "efectos secundarios", no todos negativos, capaces de transformar la sociedad y de alterar la economía, la cultura y las costumbres.

La crisis estimula el ahorro, vuelve a convertir al norte en más importante que el sur, alarga las faldas de las mujeres (la abundancia tiende a acortarlas), baja los precios de casi todos los productos del mercado, estimula la práctica religiosa, incrementa la solidaridad y las donaciones para ayudar a los más necesitados, fortalece a la familia y hace que la gente valore más el estudio y la preparación profesional e intelectual para la vida. Especialmente importante es el auge que produce de la ética, que se convierte en una exigencia, de las prácticas religiosas y de la trascendencia porque el ser humano, ante la adversidad, suele buscar consuelo y explicación en el más allá.

El ejercito crece porque miles de desempleados se enrolan en sus filas. Al consumir menos, la gente permanece más en sus hogares, lee más y está más tiempo delante del televisor, lo que facilita el adoctrinamiento y dispara la capacidad de influencia del Estado y de otros poderes sobre los individuos, que generalmente ven como sus libertades y derechos retroceden.

La crisis es fatal para las relaciones humanas y para la democracia porque aisla a las personas, que, sin dinero para gastar, tienden a encerrarse en sus hogares y dejan de conversar, de debatir y de intercambiar ideas y opiniones, ejercicios de gran valor para las libertades y el civismo.

La brecha que separa a ricos y pobres se ensancha con la crisis porque hace más ricos a los ricos y más pobres a los pobres. La sociedad se hace más injusta. Las clases medias son diezmadas. Los trabajadores fijos se convierten en una especie de "élite laboral" que es defendida por los sindicatos y desprecia a los trabajadores eventuales y autónomos. Los sindicatos pierden afiliados y suelen convertirse en odiosos ante la opinión pública mayoritaria porque solo protegen a sus afiliados y chantajean a las empresas y al Estado para consolidar abusos y privilegios.

La crisis fortalece el poder del Estado y resta poder al individuo y a la sociedad. Cuando millones de ciudadanos ven como sus ingresos disminuyen, el Estado sigue teniendo dinero porque aumenta los impuestos y ordena a sus inspectores y agentes recaudar sin piedad. El ciudadano se convierte, para el Estado, en una presa a la que hay que sacarle el dinero del bolsillo y, si es necesario, esquilmar mediante sanciones, denuncias, multas y expedientes. En la España actual, hay agentes de la policía de tráfico que, obligados a recaudar mediante denuncias, ya sancionan por "conducir distraído" o "por hablar con el copiloto", una forma abusiva de interpretar la ley por parte de la autoridad.

El foso que separa la sociedad del Estado se agranda, hasta el punto de que la mayoría de los ciudadanos, dentro de una crisis grave, suelen contemplar al Estado como un enemigo. El Estado en crisis se hace implacable y peligroso, deja de pagar sus deudas y facturas y tiende a ser más corrupto porque el escaso dinero existente tienta a los administradores públicos y gobernantes. Solo los más desposeídos contemplan al Estado con esperanza, porque reciben de él subsidios y pagas de subsistencia.

Esta es la primera gran crisis mundial con Internet convertida en un poderosos medio de comunicación al alcance de muchos. Los expertos creen que el consumo de Internet crecerá y que los gobiernos, durante la crisis, contemplarán a la "red" como un enemigo a batir porque les resta control y dominio sobre el ciudadano.

Pero quizás el efecto más beneficioso de la crisis sea que los ojos y la mente de los ciudadanos se abren y les permiten ver el drama que representan sus gobernantes, generalmente ineptos, ociosos, corruptos e incapaces de cumplir con la misión que el ciudadano les ha encomendado: la de utilizar la fuerza del Estado y los recursos comunes para solucionar los problemas de la ciudadanía y hacer que el mundo sea mejor.

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Nuevos déspotas travestidos de demócratas

Al conmemorarse el 20 aniversario de la caída del Muro de Berlín, conviene saber que muchos déspotas, muy parecidos a los comunistas derrotados, están gobernando nuestras democracias, tras haberse camuflado y travestido con trajes de demócratas.

La política mundial está empezando a ser dominada por un espécimen nuevo y letal, el de los nuevos déspotas travestidos de demócratas. Tienen una clara vocación autoritaria, pero les gusta vestir su liderazgo con la legitimidad que confiere el voto popular. Han asimilado la lección histórica de que las masas no toleran la tiranía, pero saben que, debidamente camuflada, esa tiranía puede avasallar y pervivir. Se declaran demócratas y, aparentemente, aceptan la democracia como terreno de juego, pero la manipulan, la pervierten y la utilizan en beneficio propio. En realidad son depredadores totalitarios, pero bien disfrazados de demócratas fervientes, actúan como prestidigitadores y son expertos en demagogia y otros trucos que le sirven para ocultar su verdadera naturaleza ante el ciudadano. Están floreciendo por doquier, en África, en Asia, en América y hasta en la vieja Europa que inventó la democracia, y amenazan con convertirse en la peor pesadilla política del siglo XXI.

Odian a los ciudadanos libres porque reflexionan, son exigentes, tienen criterio y resultan peligrosos. Por eso los exterminan poco a poco y los sustituyen por masas incultas y por grupos fanatizados y sometidos, entrenados para defender sus colores políticos con pasión y sin lógica. Han descubierto que la educación, bien manipulada y desprovista de eficacia, predispone para la esclavitud y, en consecuencia, están convirtiendo las escuelas públicas en fábricas de corderos. Así consiguen que su poder se sostenga, no sólo sobre la legalidad manipulada, sino también sobre el miedo y sobre pandillas peligrosas de ciudadanos descerebrados que les defienden y votan fielmente.

No creen en la división de poderes y, desde el poder Ejecutivo, manipulan y controlan el Parlamento y la Justicia, pero los muy hipócritas afirman en público que los poderes tienen que ser independientes y libres.

Obsesionados por el control del poder a toda costa, utilizan la mentira y el engaño sin límites. Su estrategia de poder les lleva a utilizar demasiadas veces la palabra "democracia" en sus discursos, para sólo lo hacen para esconder su alma autoritaria y su cinismo.

Son perfectamente capaces de aplastar al enemigo sin ni siquiera sentir remordimiento, pero prefieren comprar con dinero público al adversario porque han aprendido que crear mártires, a la larga, es peligroso.

Utilizan el dinero público como si fuera propio y siempre terminan endeudando a sus países hasta límites insoportables y ruinosos. Reparten el dinero entre los amigos y premian con monedas el sometimiento y el servilismo. Son hábiles creadores de clientelismo y dependencia, exterminadores de la libertad y del libre albedrío. El erario público les sirve para afianzar su poder, comprar voluntades y corromper, políticas que siempre se traducen en debilitamiento de la sociedad, hundimiento de los valores, pérdida de competitividad y retroceso económico. Los fondos públicos son también utilizados para ganar votos, pero encubren esa nefasta política con palabras engañosas y programas falsos: igualdad, ampliación de derechos, lucha contra la crisis, defensa del Estado... y, sobre todo, "progreso", la palabra mágica de la nueva especie política depredadora.

Algunos de ellos se sienten tan seguros que se atreven, incluso, a modificar los padrones electorales y a conceder el derecho al voto a los ciudadanos extranjeros partidarios de su proyecto. Los más salvajes y gorilas están dispuestos, incluso, a alterar los resultados electorales, pero esa "fechoría", por el momento, sólo es posible en países tercermundistas, muy dominados y degradados.

Conscientes de que el control del poder Judicial es vital para que sus desmanes estén dentro del marco legal, intervienen la Justicia en nombre del pueblo, violando así la esencia de la democracia, y procuran realizar ese atentado en coalición con otros partidos políticos, para demostrar a la ciudadanía que el sometimiento de jueces, magistrados y tribunales es una práctica legal.

El dominio de las fuerzas armadas es vital y lo consiguen eliminando en la milicia el sentido del honor y del deber, sustituyéndolo por el sometimiento a lo que llaman "la voluntad popular", que no es otra cosa que la voluntad y los intereses de ellos mismos y de sus aliados.

La sociedad civil es corrompida primero y después ocupada, maniatada y castrada, hasta dejarla casi en estado de coma. Los santuarios vitales de esa sociedad civil que, en democracia, debe ser independientes y servir de contrapeso al poder del Estado, son sistemáticamente controlados: colegios profesionales, sindicatos, organizaciones patronales, universidades, asociaciones, religiones, medios de comunicación, fundaciones, cajas de ahorros y hasta empresas.

Se sienten tan seguros y dominadores que hasta renuncian a la austeridad que caracterizaba a sus predecesores del "socialismo real". No tienen miedo de exhibir ante sus pueblos, generalmente empobrecidos y asustados, lujos, confort y privilegios que consideran con descaro atributos del poder.

Una de sus obras maestras es haber creado una clase empresarial parásita y dependiente del Estado, cuyos dirigentes les votan y se hacen millonarios al servicio del poder político.

Pero su verdadera obra de arte ha sido el control de los medios de comunicación, a los que necesitan para vestir de legitimidad sus dictaduras camufladas y obscenas. Con el dinero del Estado prefieren comprar medios de comunicación que periodistas porque saben que los periodistas suelen someterse y autocensurarse voluntariamente. Con los grandes medios de su parte, sobre todo con la televisión, el medio que más influye en los imbéciles, utilizan abiertamente las nuevas tecnologías, la psicología, el marketing y la sociología política para engañar, sojuzgar y envilecer.

Francisco Rubiales

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Cayó el Muro de Berlín, pero no el despotismo

Hace 20 años que cayó el Muro de Berlín, pero esa caída solamente significó el fin del Imperio Soviético, no el fin de los déspotas ni de la peor secta de la Historia de la Humanidad, la de los adoradores del Estado.

Hace 20 años, cuando cayó el Muro de Berlín, muchos demócratas y defensores de los derechos humanos se dejaron llevar por la euforia y creyeron como idiotas que los déspotas y la peor de las sectas de la Humanidad, la de los adoradores del Estado, habían sido derrotados, cuando lo único que ocurrió es que desapareció el Imperio Soviético. Lo peor de la especie humana, aquellos que anteponen el Estado al indivíduo y sus intereses personales al bien común, los derrotados en la URSS, los que se sienten a gusto practicando la opresión y el dominio, siguen más vivos que nunca y continúan practicando sus dos deportes favoritos: la caza de la libertad y del ciudadano libre.

En 1989, ante la imposibilidad de seguir manteniendo el control de unos estados injustos, opresores, que tenían en contra a sus propios pueblos y que eran económicamente inviables, los déspotas y sátrapas que se habían refugiado en el comunismo deidieron emigrar hacia la democracia, infiltrarse en los estados democráticos y dinamitarlos desde dentro.

La democracia, en manos de estúpidos y mediocres engreídos, solo celebró la fiesta de la "Caída del Muro" y ni siquiera advirtió ese movimiento de infiltración que, en apenas dos décadas, iba casi a destruirla.

Veinte años después, vemos los frutos de aquel enorme descuido y contemplamos cómo nuestras democracias se han pervertido y cómo el espíritu totalitario que anidaba en la URSS y en sus satélites se ha transformado en la "nueva izquierda" y se ha apoderado de muchos partidos políticos y democracias de occidente, convirtiéndo la política en otro estercolero, quizás peor del que construyeron en el indecente "Bloque Soviético".

La gran victoria de los déspotas y de los adoradores del Estado no ha sido travestirse de demócratas y, desde la izquierda, pudrir el sistema, sino infectar también a la derecha con su estatalismo y desprecio al ciudadano, hasta lograr que la única esperanza de los demócratas hoy no sea ya la alternancia, logrando que un partido de derecha sustituya al frente del Estado a la izquierda despota travestida, sino que sea el propio pueblo, con su rebelión, el que limpie la política infectada, corrupta y degradada.

Muchos ciudadanos, frustrados ante el dominio que ejercen los peores, saben ya que la división correcta en política no es entre derechas e izquierdas porque, lamentablemente, unos y otros han abrazado el despotismo, son corruptos y se parecen demasiado, sino entre demócratas y totalitarios. Los primeros creen en el individuo, dueño y soberano de la verdadera democracia, y en sus deberes y derechos, mientras que los totalitarios adoran al Estado y se refugian en él porque lo han transformado en el instrumento útil para dominar y perpetrar sus abusos y crímenes.

Pero el ciudadano consciente también sabe ya que el Estado es un monstruo frío, siempre inclinado a ejercer el poder absoluto y con recursos suficientes para imponer un dominio aplastante. En nuestros tiempos, con la ayuda de los totalitarios enrolados en su servicio, el Estado ha reforzado su arsenal con armas de especial eficiencia, capaces ya de controlar las mentes y corromper las almas a través de la desinformación y la propaganda. Hitler confesó que sus mejores armas para controlar al pueblo alemán habían sido “la confusión mental, los sentimientos contradictorios, la indecisión y el pánico”.

Frente a ese monstruo no existe más defensa que la democracia, pero la democracia, gestionada por canallas, mediocres, cobardes y sinvergüenzas, se ha vuelto abstracta y débil, desarmada de valores e incapaz de ejercer la influencia necesaria en el mundo. Los dirigentes políticos ya no están capacitados para plantarle cara al mal que encierra el Estado porque están incrustados en él y borrachos del boato y de los privilegios que emanan del mismo Estado. Ellos han encontrado justificación para todo, incluso para lo injustificable, y han permitido el florecimiento de la mentira por todas partes.

Ante la cultura de la desesperación a la que nos ha llevado el poder desmoralizado e ineficiente, sólo nos queda la sociedad civil como defensa y esperanza y el ciudadano libre e indomable como único recurso para la victoria.

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Ser español ya no es un privilegio

05.11.09 | 18:25. Archivado en Política, Democracia, Corrupción, España, Zapatero

La propaganda dice que España es un paraíso y que sus ciudadanos disfrutan de una envidiable calidad de vida. Todo es mentira, excepto el clima, que es una bendición. Los políticos han hecho de España un mal sitio para vivir y los españoles son, probablemente, los ciudadanos más esquilmados por el Estado en toda Europa. Los españoles pagan impuestos como en Suecia y reciben del Estado servicios como en Nigeria, trabajan cuatro meses para pagar impuestos y dedican casi la mitad de su sueldo anual para pagar un sector público monstruoso, enfermo de obesidad mórbida, que se niega a adelgazar y que impide al país salir de la crisis.

La España de Zapatero es una estafa, un producto falseado por la propaganda, que la presenta como un oasis donde merece la pena vivir y donde los ciudadanos disfrutan de una envidiable calidad de vida, cuando en realidad es un país infectado por la corrupción y la injusticia, donde los ciudadanos son esquilmados por un Estado monstruoso, enfermo de obesidad mórbida, que se niega a adelgazar y que constituye hoy todo un drama para la ciudadanía y el mayor obstáculo para salir de la crisis.

Los últimos estudios y estadísticas revelan que los españoles trabajan casi cuatro meses (desde enero hasta la tercera semana de abril) sólo para pagar sus impuestos a un Estado que le cuesta a cada español uno 10.000 euros al año. Teniendo en cuenta que el sueldo medio es de unos 20.00 euros, los españoles dedican la mitad de sus ingresos para financiar unas administraciones públicas enfermas de obesidad, que se niegan a adelgazar, que despilfarran el dinero y tan ineptas que no saben como sacar a España de la crisis.

La realidad es que los españoles son un pueblo desgraciado, no esos ciudadanos felices que pinta la propaganda oficial. Tienen, probablemente, la democracia más degradada de la Unión Europea y sus políticos son los más poderosos, incontrolados, inmunes e impunes del continente. El liderazgo no funciona y el sistema político se deteriora cada día más. Los ciudadanos creen cada día menos en una democracia que ha sido asesinada en secreto y transformada por los políticos en una oligocracia de partidos que no merece respeto alguno.

A cambio de los impuestos desmedidos que el Estado cobra y que, para colmo de males, ha decidido subir de nuevo en plena crisis, los españoles apenas reciben servicios valiosos y eficientes. La Justicia funciona con tanto retraso e irregularidad que deja de ser justa; la educación está considerada como una de las peores del planeta. Los ciudadanos son asesinados y asaltados por unos delincuentes cada día más armados y mejor organizados en bandas, sin que la policía pueda hacer mucho por defender a los que el Estado está obligado a proteger en democracia. La sanidad pública, orgullo del sistema, no tiene dinero, debe cientos de millones a sus proveedores y ya está por detrás de muchos servicios sanitarios públicos europeos. Las ciudades están sucias, las carreteras mal mantenidas, la riqueza mal distribuida, el país mal gobernado y la economía está siendo aplastada por un gobierno cuya politica está causando la destrucción masiva del tejido productivo, con cientos de miles de empresas desaparecidas y cientos de miles de pequeños empresarios y autónomos expulsados de la producción y los servicios. El gobierno, incapaz de generar puestos de trabajo, se dedica a dar limosnas a los desempleados y pobres, generando inseguridad y desconsuelo en la ciudadanía.

La verdad estadística de España es muy diferente a la que pinta la propaganda oficial: España ostenta un vergonzante liderazgo europeo en capítulos como el desempleo, el avance de la pobreza, la prostitución, el fracaso escolar, el tráfico y consumo de drogas, el alcoholismo, población encarcelada y avance del crimen y de la delincuencia. España es líder en coches oficiales, en privilegios para sus políticos y también en crecimiento desproporcionado del Estado, que hoy cuenta con casi tres millones y medio de servidores, si a los tres millones de funcionarios existentes se agrega la "casta" privilegiada de los políticos, sus asesores, familiares, amigos y enchufados que viven del erario público.

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El ranking mundial del crimen está acaparado por políticos y servidores del Estado

03.11.09 | 17:34. Archivado en Política, Democracia, Corrupción

A nuestros desprestigiados políticos se les acusa de corruptos, ineptos, despilfarradores, arbitrarios y de anteponer sus propios intereses a los del pueblo, pero pocos conocen la faceta más siniestra de la política, que la lista de los mil peores asesinos de la Historia de la Humanidad está completamente acaparada por políticos y servidores directos de los grandes poderes, sobre todo del poder estatal.

El ranking mundial del crimen está encabezado por el chino Mao Tse tung, seguido del soviético Stalin y del alemán Adolf Hitler, pero lo más notable e inquietante de esa lista mundial de criminales sanguinarios es que los mil primeros puestos están ocupados por políticos y servidores del Estado, sin excepción alguna.

¿Qué fuerza desconocida convierte en criminales inmisericordes a algunos servidores públicos que, según las normas, deberían haberse sacrificado por el bien de sus pueblos? ¿Qué extraño y maligno virus hace que los grandes asesinos en serie y exterminadores del género humano sean siempre políticos o servidores del Estado.

En la lista hay emperadores, reyes, presidentes, ministros, gobernadores, generales, jueces, jefes de policía, señores feudales, nobles, jerarcas religiosos y otros muchos cargos que, en teoría, deberían haber sido líderes ejemplares y cuidadores de sus pueblos, pero que, en la práctica, sustituyeron el servicio y la entrega por la depredación y el asesinato.

Los campeones universales del crimen, los comunistas Mao Zedong y José Stalin, los emperadores romanos Nerón y Calígula; Adolfo Hitler, Pol Pot, el príncipe Vlad Tepes Drácula de Valaquia, conocido como el empalador, que llegó a torturar hasta la muerte a más de 100.000 personas; la condesa Elizabeth de Bathery, que desangró a casi un millar de niñas para bañarse en su sangre, creyendo que así obtendría dosis de juventud, Ivan el Terrible, Robespierre, Idi Amín Dadá, el doctor Mengele y otros muchos seres de crueldad desproporcionada tienen como denominador común su condición de estadistas o de servidores del Estado. Comparados con estos criminales "estatales", cualquier otro famoso asesino civil de la historia, como Jack el Destripador o el Carnicero de Rostow, ofrecen balances de víctimas tan reducidos que parecen aficionados de tercera categoría.

Si se quiere ampliar la lista de los grandes asesinos de la humanidad siguen apareciendo representantes de Estados o jefes de naciones, como Lenin, Troski, algunos faraones del antiguo Egipto, emperadores hititas y persas, Atila, rey de los hunos, Filipo de Macedonia, Alejandro Borgia, Benito Musolini, Enver Hoxha, Francisco Franco, Nicolai Ceaucescu y Fidel Castro. Una tercera ampliación permite incorporar a nuevos servidores del Estado, como Gengis Kan, Kublai Kan, Mobutu Sese Seko, Robert Mugabe, el dictador portugués Oliveira Salazar y otros muchos, todos ellos vinculados al poder público en sus respectivas naciones.

Pero caben nuevas ampliaciones de la lista, incorporando a sicarios y ejecutores al servicio de grandes criminales, como Beria, Goebbels, Martín Borman y otros muchos, hasta superar el millar de grandes criminales de la historia sin que aparezca un solo caso de alguien que no haya tenido estrechos vínculos con el poder político o con el servicio al Estado.

Dicen los expertos que la principal causa de que muchos políticos y gobernantes se transformen en asesinos radica en el error de creer que el Estado está por encima del individuo. Un estudio realizado en Norteamérica defiende la tesis de que líderes políticos y criminales comparten el mismo perfil psicológico: seguridad, incapacidad para el arrepentimiento, anteponer el fin a los medios, ausencia de remordimiento, osadía, arrogancia y una capacidad de decisión que no admite la duda ni la reflexión.

El principio nefasto de que "el fin justifica los medios" encierra la esencia del crimen y del abuso de poder porque se transforma fácilmente en otro similar: "todo vale con tal de servir al Estado" o en el no menos peligroso "lo importante es transformar la sociedad; todo lo demás es secundario". Ahí está el origen de la patología asesina política. Desgraciadamente, muchos de nuestros políticos siguen afirmando que lo importante es transformar la sociedad, sin que tengan importancia los métodos, y creen en algo que no es identico, aunque posee la misma raiz macabra: "En política vale todo". ¿Quien no ha oído alguna vez esa burrada pronunciada por políticos y dirigentes aparentemente democráticos?

Nosotros, sin rechazar esa tesis, creemos que el poder, además de corromper, envilece y que detrás del crimen de los estadistas está siempre el deseo de dominar, la mayor de las pasiones humanas, que convierte el liderazgo en el mayor problema de la especie, un problema nunca resuelto cuyo principal resultado ha sido muchos gobernantes indecentes, muchos mediocres al frente de naciones y demasiados depredadores pastoreando el rebaño humano.

Otros conocidos asesinos de la gran lista de la sangre fueron:

Leopoldo II de Bélgica: genocidio en Congo (8.000.000 de muertos)

Enver Pacha: responsable del genocidio turco contra el pueblo armenio(1.500.000. muertos)

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Los partidos políticos, el peor problema de España

02.11.09 | 18:34. Archivado en Partido Popular, PSOE, Izquierda Unida, Política, Corrupción

El Círculo de Economía, poderoso lobby español, económico y empresarial, culpó hace días a los políticos de la actual parálisis del país en su último informe de opinión de actualidad, titulado "Horizonte 2012. Cambio económico y responsabilidad política", y pide también reformas urgentes, no sólo económicas sino, sobre todo, políticas.

Tras afirmar que "España se enfrenta a una grave crisis económica e institucional que pone en serio riesgo los grandes avances alcanzados durante la democracia", en Círculo señala a los partidos políticos como los grandes culpables del drama español y sostiene que España "sufre una crisis institucional" derivada de determinadas prácticas de los partidos que desprestigian la política y de la parálisis en instituciones del poder judicial o la "aparente falta de misión" del Senado. Por ello, exige una reforma "en profundidad" de la ley electoral y de la financiación de partidos.

La opinión del Círculo coincide con la de los ciudadanos, que en las encuestas señalan ya a los políticos como su cuarta gran preocupación, por delante del terrorismo, y con la de miles de comentaristas políticos, intelectuales y analistas, que miran a los partidos y a los políticos profesionales como el más grave problema de España y como el principal obstáculo para el resurgimiento y la regeneración.

Ciertamente, aunque no todos los políticos son corruptos e indeseables, la densidad de los malos es tan alta que contamina al colectivo por completo, hasta el punto de que muchos ciudadanos piensa que los políticos y sus partidos son hoy el mayor drama de España, su mayor lastre y la peor amenaza ante el futuro.

Lo han invadido todo y han acumulado un poder casi ilimitado, antidemocrático y generador de desigualdades, desequilibrios y abusos; han destruido la democracia y la han sustituido por una sucia oligocracia que no merece respeto alguno; han aplastado a la sociedad civil, colocándola en estado de coma; han abierto las puertas de la democracia a la corrupción y han nutrido sus filas de corruptos e indecentes; han expulsado al ciudadano de la política, que han acaparado como monopolio; con su mal ejemplo, han degradado el sistema y debilitado los valores y principios que regían la convivencia; se han apoderado de todo lo que generaba poder y dinero, penetrando en todos los rincones de la sociedad, incluso en santuarios donde su presencia es nociva e indeseable. Son los partidos políticos, concebidos en un principio como piezas claves de la democracia, pero transformados hoy, después de un lamentable proceso de degradación, en los principales culpables del drama español y en los mayores obstáculos para la regeneración económica, social, cultural y política de España.

Ya es hora de reconocer la verdad. Los partidos políticos fueron admitidos en democracia con grandes cautelas porque no eran fiables. En la Revolución Francesa estaban proscritos y en el nacimiento de los Estados Unidos fueron rechazados como agrupaciones que tendían al dominio y al comportamiento mafioso. Se les permitió entrar en el sistema siempre que sirvieran para incrementar la participación de los ciudadanos en la vida política y para llevar la voz del pueblo hasta el poder, pero los partidos han abandonado sus espacios intermedios de puente para apoderarse del Estado y de la sociedad, convirtiéndose en los grandes dramas de la sociedad moderna y en los peores enemigos de la ciudadanía.

Se han apoderado de las universidades, de las cajas de ahorros y de multitud de asociaciones ciudadanas culturales y sociales. En la enseñanza, sector clave por su influencia en niños y jóvenes, han doblegado la independencia y subyugado la libertad, imponiendo asignaturas doctrinarias, colocando a sus "enviados" para que dirijan los centros y doblegando a los privados a través de subvenciones y conciertos. Donde todavía no se atreven a penetrar, compran voluntades y maniatan la independencia a través del dinero, pactos, concesiones y privilegios, muchas veces opacos y generalmente inconfesables. En la sociedad civil, un reducto que la democracia exige que sea independiente y libre para que sirva de contrapeso al poder, ya lo dominan casi todo y pugnan por doblegar a los que resisten: medios de comunicación, iglesias, fundaciones, asociaciones, colegios profesionales y hasta asociaciones de consumidores y de vecinos.

Los partidos políticos se han convertido en "el problema" de España. Se reparten el poder, lo politizan todo y se ponen de acuerdo entre ellos para incrementar constantemente su poder. Nombran presidentes en las cajas de ahorros y en decenas de instituciones que deberían ser libres y profesionales, mientras ellos se dotan de sueldos de lujo y de pensiones que cuadruplican en ventajas a las de los profesionales más destacados.

Son un cáncer y España no podrá salir del foso al que está siendo conducida por sus políticos hasta que la democracia no sea instaurada realmente y los déspotas, corruptos y sinvergüenzas, muy abundantes en las filas de los partidos, no sean expulsados, encarcelados o arrojados al basurero del desprestigio y del desprecio cívico.

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¿Se merece la España fracasada de Zapatero presidir Europa?

29.10.09 | 10:48. Archivado en Política, Democracia, Economía, Europa, Corrupción, España, Zapatero

La España del fracaso económico, del deterioro democrático, del divorcio entre políticos y ciudadanos y de la trifulca y la desunión política y territorial se dispone a presidir la Unión Europea, un privilegio que Zapatero, principal artífice del "fracaso español", tal vez no se merezca.

La presidencia de la Unión Europea que le corresponde a España en el primer semestre de 2010, más que un "acontecimiento planetario", como la definió la imprudente dirigente socialista española Leire Pajín, quizás constituya un gran riesgo para los europeos. De hecho, la presidencia de Zapatero significa colocar al frente de Europa al político que lidera el único país de la Unión que no sabe salir de la crisis y que ocupa los primeros puestos europeos (y en algunos casos mundiales) en deterioro profundo de la economía, en avance del desempleo y de la pobreza, en tráfico y consumo de drogas, en prostitución, alcoholismo, fracaso escolar y crecimiento de la decepción ciudadana frente a la democracia y a sus líderes políticos. Zapatero es también un líder que ha logrado dividir a España en lugar de unirla y que ha impuesto un desquiciante enfrentamiento con la oposición que se traduce en retroceso y deterioro de la convivencia.

La España que presidirá Europa en 2010 es, también, la que encabeza las estadísticas de población encarcelada, incremento de la inseguridad, coches oficiales al servicio de las élites políticas y la que posee una densidad mayor de funcionarios, asesores, enchufados y amigos del poder cobrando del casi agotado erario público, además de ser la nación que más intensa y velozmente se endeuda e incrementa su déficit público y la que posee el Estado más sobredimensionado y, según no pocos expertos, también el más monstruoso e insostenible de toda la Unión.

Las estadísticas y sondeos también revelan que el Zapatero que representará a Europa durante todo un semestre es, igualmente, el líder político de la sociedad europea que más rápidamente está perdiendo su antigua ilusión por Europa, la que deteriora con mayor velocidad el respeto por sus dirigentes políticos, la que acumula más decepción y rechazo ante su "degradada" democracia y la que amplia más intensamente la fosa que separa a los ciudadanos y a sus políticos.

Pero los datos dramáticos que el futuro presidente podrá "ofrecer" a Europa no se detienen ahí. La España de Zapatero es también la que más intensamente está padeciendo la plaga de la inseguridad ciudadana y la que menos confía en su Justicia. Los españoles que lidera Zapatero señalan en las encuestas a los partidos políticos, a la policía y a la Justicia como las instituciones más corruptas.

Existe, además, un problema de "sintonía" entre la España de Zapatero y la Unión Europea, que parecen transmitir en distinta onda en política exterior, en cooperación militar, en política económica y hasta en ideología. La disonancia es especialmente intensa en política exterior: los mejores amigos internacionales de Zapatero no son sus "colegas" demócratas europeos, sino sátrapas y tiranos tan sanguinarios como los hermanos Castro, de Cuba, y sus socios de Venezuela, Bolivia, Nicaragua, Libia, Siria, Irán y otros muchos de similar pelaje.

La lista de dramas distancian a España del "alma" de Europa y parecen querer establecer de nuevo la frontera sur de África en los Pirineos. Para terminar, podemos aportar otros seis records "made in Spain": España es el país europeo más dañado por el nacionalismo excluyente, independentista y disgregador; también es el paraíso que las bandas internacionales señalan como el mejor de Europa para delinquir con mayor impunidad; la sociedad civil española, que en democracia debería tener la salud suficiente para servir de contrapeso al poder del Estado, está tan ocupada y manipulada por el poder político que languidece casi en estado de coma; el índice de periodistas sometidos al poder no para de crecer en España, lo que impide al país disfrutar de la sana fuerza de la crítica y de la fiscalización de los grandes poderes por una prensa libre; la pobreza crece en España actual a ritmo endiablado, hasta el punto de que las filas de los nuevos pobres esperando su turno en los comedores de caridad se están convirtiendo en una parte siniestra del paísaje; y, por último, la democracia española es, según numerosos expertos y analistas, la más desprestigiada ante sus ciudadanos y la que padece la más intensa degradación en toda la Unión.

España, que también es la única nación de la vieja Europa que todavía se enfrenta a un terrorismo alzado en armas, el de la banda vasca ETA, es una nación enferma y la única manera de curar una enfermedad parte de que previamente sea diagnosticada y asumida por el enfermo. La mentira, la propaganda más descarada, el autobombo y la adulación, propagados desde el gobierno, cuando afectan a la salud pública, siempre son suicidas.

Los últimos acontecimientos de la política española todavía descalifican más a Zapatero como futuro presidente de la Unión. El líder socialista español se ha empeñado en subir los impuestos y en facilitar todavía más el aborto a pesar de la más que evidente oposición de la mayoría de la sociedad española, mientras es acusado por el Partido Popular de espionaje telefónico, de utilizar la política para desprestigiar a la oposición y de intentar presentar ante los españoles al PP como un partido de delincuentes, acusaciones que, si se confirmaran, serían claras violaciones de los derechos humanos que en cualquier país democrático justificarían la dimisión del actual gobierno y unas nuevas elecciones.

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España: la pesadilla del talante arrogante

El verdadero talante de Zapatero, arrogante y autoritario, aflora cada vez que el pueblo le planta cara. Ahora está despreciando a la mayoría de la sociedad española, que se opone a dos de sus inciativas: la ampliación de la ley del aborto y la subida de impuestos. Pero Zapatero es un experto en despreciar la opinión mayoritaria de los ciudadanos, que también se oponen a su despilfarro y que quieren un profundo plan de austeridad en el gobierno. Si la democracia es, como algunos afirman, "la voluntad de la mayoría", Zapatero es uno de esos enemigos de la democracia a los que en la Grecia clásica llamaban "oligarcas".

El presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, se niega a ceder ante los casi dos millones de españoles que se manifestaron recientemente en Madrid contra la reforma de la actual ley del aborto, que lo facilita hasta el grado de permitir que las adolescentes de 16 años puedan abortar sin conocimiento de sus padres. Pero se niega también a retirar otras medidas de su gobierno que las mayorías rechazan, como la subida de los impuestos y el despilfarro de su gobierno en tiempos de crisis.

La decisión de Zapatero revela su verdadero talante arrogante, autoritario y antidemocrático, pues no hay peor pecado en democracia que gobernar contra la voluntad popular mayoritaria.

Sabedor de que gobierna en contra de la voluntad de la mayoría, Zapatero se niega a someter la reforma de la ley del aborto a referendum y engaña de nuevo al apoyarse en encuestas que reflejan no el apoyo a su reforma sino el apoyo de la sociedad al aborto.

Prefesional del engaño y político taimado, Zapatero desvía el núcleo del debate hacia el "aborto sí o aborto no", cuando lo que se discute en la España actual no es eso sino otra cosa muy diferente: si se apuesta por la vida o por la muerte, si se ayuda a las madres a que tengan a sus hijos y, si lo desean, lo den en adopción, o si se facilita, como quieren Zapatero y sus seguidores, la cultura de la muerte y el poder público empuja a las mujeres hacia el aborto.

Su reacción altiva ante la mayor manifestación de protesta cívica de la sociedad española desde la muerte de Franco demuestra que la "democracia" de Zapatero es un timo, como lo es también su falso talante dialogante y sonriente. En la hora de la verdad surge siempre el talante arrogante y autoritario de un político sin grandeza, nada democrático, decidido a imponer su voluntad a las mayorías y a dividir la sociedad española, enfrentandola de manera temeraria, siempre para mantenerse en el poder.

Felipe González se enfrentó en una ocasión claramente a la mayoría de los españoles, cuando, después de criticar a la OTAN, propuso la permanencia de España en la alianza, pero tuvo la decencia de convocar un referendum, defender sus tesis y someterse al electorado, que cambió de opinión y le apoyó. Aznar fue menos demócrata y abrió la espita de la arrogancia en el poder cuando implicó a España en la guerra de Irak, en contra del criterio de la mayoría, y cuando, en lugar de cumplir su promesa de regenerar la democracia, la prostituyó proponiendo al PSOE el nefasto Pacto por la Justicia, gracias al cual los partidos políticos violan hoy la independencia judicial y nombran jueces y magistrados en España. Pero el campeón indiscutible del enfrentamiento con las mayorías es Zapatero, que ha humillado la voluntad popular de los españoles en demasiadas ocasiones: al negociar con ETA, al negar la existencia de la crisis, al promover el Estatuto de Cataluña, al imponer una nueva ley sobre el aborto, al subir los impuestos, al despilfarrar los fondos públicos... y en un largo etcétera.

Con Zapatero, la burla a los criterios mayoritarios se ha convertido en una indecencia del sistema y en una clara manifestación de antidemocracia que, por salud pública, es necesario erradicar antes de que el mal se consolide y acabe con lo poco que queda de la democracia española.

Lo correcto en democracia es obedecer los deseos de las mayorías y, cuando el gobierno no está de acuerdo con esos criterios, someter la cuestión a referendum. Si lo gana, el gobierno impone su política, pero si lo pierde, debe dimitir. Así se comportan todavía algunas democracias occidentales, pero no la española, que constituye hoy una vergüenza mundial para el sistema de libertades y derechos.

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