Cuando nuestra Constitución fue redactada, la sociedad española creía en la bondad de los partidos políticos y asumió un documento que depositaba en esos partidos demasiado poder, más del que era prudente, según ha demostrado la Historia.
Cuando la actual Constitución fue redactada y aprobada, la democracia española daba sus primeros pasos y, después de cuatro décadas de Franquismo, confiaba plenamente en la bondad de los partidos políticos. En consecuencia, España asumió una Constitución que entregaba a los partidos políticos demasiado poder y representación, más del que era prudente, según ha demostrado la historia.
Hoy, aquellos partidos políticos a los que la Constitución otrogó tanto poder y representatividad, incluso el derecho a intervenir en la Justicia y a mediatizar los grandes tribunales, ya no son de fiar, tras haberse convertido en maquinarias implacables de poder y de clientelismo, más fieles a sus propios intereses que al bien común y a los intereses de la nación.
Amaparados en las ventajas y poderes que les otorgaron los incautos españoles, los partidos han reforzado su poder, se han acorazado de inmunidad e impunidad y han invadido demasiados espacios de la sociedad, incluso aquellos que les están vedados en democracia: universidades, sindicatos, religiones, empresas, instituciones, asociaciones, cajas de ahorro, medios de comunicación, etc., acabando así con la independencia y colocando en coma profundo una sociedad civil española que, en democracia, debe ejercer como firme contrapeso independiente del poder político y como fuerza controladora del poder del Estado.
En consecuencia, la Constitución debe ser reformada si se quiere limpiar España de escoria corrupta e instaurar en serio una verdadera democracia.
Se habla desde hace meses de un cambio en la orientación del poder y en posibles pactos entre el PSOE y el PP para consensuar políticas como la Justicia y la lucha contra el terrorismo. Desgraciadamente, esos pactos no van a solucionar el problema porque el problema son los partidos políticos, que, sin controles ciudadanos y dueños absolutos del Estado, se han transformado en el peor enemigo de la democracia y en el mayor obstáculo para que se termine la degradación de la política española.
Un ejemplo claro del descontrol antridemocrático reinante en España es las reformas que propone la Fiscalía General del Estado, orientadas a convertir a los fiscales en una especie de custodios de los jueces, una medida que encadena todavía más el poder Judicial a la política de partidos y que se orienta justo en el sentido contrario del que establece la verdadera democracia.
Encomendar a los partidos políticos españoles la regeneración de la democracia española es como pedir a la zorra que cuide de las gallinas. ¿Quien puede ser tan imbecil para creer que los partidos políticos, que son auténticas organizaciones autoritarias, verticales y antidemocráticas, siempre sometidas al poder y al capricho de las élites, en cuyo interior se imponen el sometimiento al lider y el miedo a debatir libremente, puedan democratizar este país?
La unica regeneración auténtica y saludable de la democracia española pasa, inevitablemente, por limitar el poder de los partidos políticos y por restaurar los controles ciudadanos al poder, controles que obliguen a los poderes a competir entre sí, a que los representantes rindan cuentas a los ciudadanos, no a los partidos, como ahora hacen, y a restaurar el protagonismo que el ciudadano y la sociedad civil deben tener en el sistema, el cual les ha sido ilegítimamente arrebatado por los insaciables y degenerados partidos políticos.
Cualquier reforma debe partir de cambios profundos en la injusta y antidemocrática Ley Electoral española, cambios que eliminen las listas cerradas y bloqueadas que confeccionan los partidos y ante las que los ciudadanos únicamente pueden decir "sí" o "no", sin poder elegir a sus preferidos. No menos urgente es garantizar el valor igual de los votos, evitando que unos partidos necesiten 50.000 votos para lograr un diputado y otros casi 400.000. Y sin olvidar la que quizás sea la reforma más urgente y necesaria, la de conseguir que los políticos electos respondan ante los ciudadanos que los eligen, no ante las élites de sus respectivos partidos, como ahora ocurre en esta democracia española sin entrañas, sin justicia y sin ciudadanos soberanos.
Al conmemorarse el 20 aniversario de la caída del Muro de Berlín, conviene saber que muchos déspotas, muy parecidos a los comunistas derrotados, están gobernando nuestras democracias, tras haberse camuflado y travestido con trajes de demócratas.
La política mundial está empezando a ser dominada por un espécimen nuevo y letal, el de los nuevos déspotas travestidos de demócratas. Tienen una clara vocación autoritaria, pero les gusta vestir su liderazgo con la legitimidad que confiere el voto popular. Han asimilado la lección histórica de que las masas no toleran la tiranía, pero saben que, debidamente camuflada, esa tiranía puede avasallar y pervivir. Se declaran demócratas y, aparentemente, aceptan la democracia como terreno de juego, pero la manipulan, la pervierten y la utilizan en beneficio propio. En realidad son depredadores totalitarios, pero bien disfrazados de demócratas fervientes, actúan como prestidigitadores y son expertos en demagogia y otros trucos que le sirven para ocultar su verdadera naturaleza ante el ciudadano. Están floreciendo por doquier, en África, en Asia, en América y hasta en la vieja Europa que inventó la democracia, y amenazan con convertirse en la peor pesadilla política del siglo XXI.
Odian a los ciudadanos libres porque reflexionan, son exigentes, tienen criterio y resultan peligrosos. Por eso los exterminan poco a poco y los sustituyen por masas incultas y por grupos fanatizados y sometidos, entrenados para defender sus colores políticos con pasión y sin lógica. Han descubierto que la educación, bien manipulada y desprovista de eficacia, predispone para la esclavitud y, en consecuencia, están convirtiendo las escuelas públicas en fábricas de corderos. Así consiguen que su poder se sostenga, no sólo sobre la legalidad manipulada, sino también sobre el miedo y sobre pandillas peligrosas de ciudadanos descerebrados que les defienden y votan fielmente.
No creen en la división de poderes y, desde el poder Ejecutivo, manipulan y controlan el Parlamento y la Justicia, pero los muy hipócritas afirman en público que los poderes tienen que ser independientes y libres.
Obsesionados por el control del poder a toda costa, utilizan la mentira y el engaño sin límites. Su estrategia de poder les lleva a utilizar demasiadas veces la palabra "democracia" en sus discursos, para sólo lo hacen para esconder su alma autoritaria y su cinismo.
Son perfectamente capaces de aplastar al enemigo sin ni siquiera sentir remordimiento, pero prefieren comprar con dinero público al adversario porque han aprendido que crear mártires, a la larga, es peligroso.
Utilizan el dinero público como si fuera propio y siempre terminan endeudando a sus países hasta límites insoportables y ruinosos. Reparten el dinero entre los amigos y premian con monedas el sometimiento y el servilismo. Son hábiles creadores de clientelismo y dependencia, exterminadores de la libertad y del libre albedrío. El erario público les sirve para afianzar su poder, comprar voluntades y corromper, políticas que siempre se traducen en debilitamiento de la sociedad, hundimiento de los valores, pérdida de competitividad y retroceso económico. Los fondos públicos son también utilizados para ganar votos, pero encubren esa nefasta política con palabras engañosas y programas falsos: igualdad, ampliación de derechos, lucha contra la crisis, defensa del Estado... y, sobre todo, "progreso", la palabra mágica de la nueva especie política depredadora.
Algunos de ellos se sienten tan seguros que se atreven, incluso, a modificar los padrones electorales y a conceder el derecho al voto a los ciudadanos extranjeros partidarios de su proyecto. Los más salvajes y gorilas están dispuestos, incluso, a alterar los resultados electorales, pero esa "fechoría", por el momento, sólo es posible en países tercermundistas, muy dominados y degradados.
Conscientes de que el control del poder Judicial es vital para que sus desmanes estén dentro del marco legal, intervienen la Justicia en nombre del pueblo, violando así la esencia de la democracia, y procuran realizar ese atentado en coalición con otros partidos políticos, para demostrar a la ciudadanía que el sometimiento de jueces, magistrados y tribunales es una práctica legal.
El dominio de las fuerzas armadas es vital y lo consiguen eliminando en la milicia el sentido del honor y del deber, sustituyéndolo por el sometimiento a lo que llaman "la voluntad popular", que no es otra cosa que la voluntad y los intereses de ellos mismos y de sus aliados.
La sociedad civil es corrompida primero y después ocupada, maniatada y castrada, hasta dejarla casi en estado de coma. Los santuarios vitales de esa sociedad civil que, en democracia, debe ser independientes y servir de contrapeso al poder del Estado, son sistemáticamente controlados: colegios profesionales, sindicatos, organizaciones patronales, universidades, asociaciones, religiones, medios de comunicación, fundaciones, cajas de ahorros y hasta empresas.
Se sienten tan seguros y dominadores que hasta renuncian a la austeridad que caracterizaba a sus predecesores del "socialismo real". No tienen miedo de exhibir ante sus pueblos, generalmente empobrecidos y asustados, lujos, confort y privilegios que consideran con descaro atributos del poder.
Una de sus obras maestras es haber creado una clase empresarial parásita y dependiente del Estado, cuyos dirigentes les votan y se hacen millonarios al servicio del poder político.
Pero su verdadera obra de arte ha sido el control de los medios de comunicación, a los que necesitan para vestir de legitimidad sus dictaduras camufladas y obscenas. Con el dinero del Estado prefieren comprar medios de comunicación que periodistas porque saben que los periodistas suelen someterse y autocensurarse voluntariamente. Con los grandes medios de su parte, sobre todo con la televisión, el medio que más influye en los imbéciles, utilizan abiertamente las nuevas tecnologías, la psicología, el marketing y la sociología política para engañar, sojuzgar y envilecer.
Francisco Rubiales
Hace 20 años que cayó el Muro de Berlín, pero esa caída solamente significó el fin del Imperio Soviético, no el fin de los déspotas ni de la peor secta de la Historia de la Humanidad, la de los adoradores del Estado.
Hace 20 años, cuando cayó el Muro de Berlín, muchos demócratas y defensores de los derechos humanos se dejaron llevar por la euforia y creyeron como idiotas que los déspotas y la peor de las sectas de la Humanidad, la de los adoradores del Estado, habían sido derrotados, cuando lo único que ocurrió es que desapareció el Imperio Soviético. Lo peor de la especie humana, aquellos que anteponen el Estado al indivíduo y sus intereses personales al bien común, los derrotados en la URSS, los que se sienten a gusto practicando la opresión y el dominio, siguen más vivos que nunca y continúan practicando sus dos deportes favoritos: la caza de la libertad y del ciudadano libre.
En 1989, ante la imposibilidad de seguir manteniendo el control de unos estados injustos, opresores, que tenían en contra a sus propios pueblos y que eran económicamente inviables, los déspotas y sátrapas que se habían refugiado en el comunismo deidieron emigrar hacia la democracia, infiltrarse en los estados democráticos y dinamitarlos desde dentro.
La democracia, en manos de estúpidos y mediocres engreídos, solo celebró la fiesta de la "Caída del Muro" y ni siquiera advirtió ese movimiento de infiltración que, en apenas dos décadas, iba casi a destruirla.
Veinte años después, vemos los frutos de aquel enorme descuido y contemplamos cómo nuestras democracias se han pervertido y cómo el espíritu totalitario que anidaba en la URSS y en sus satélites se ha transformado en la "nueva izquierda" y se ha apoderado de muchos partidos políticos y democracias de occidente, convirtiéndo la política en otro estercolero, quizás peor del que construyeron en el indecente "Bloque Soviético".
La gran victoria de los déspotas y de los adoradores del Estado no ha sido travestirse de demócratas y, desde la izquierda, pudrir el sistema, sino infectar también a la derecha con su estatalismo y desprecio al ciudadano, hasta lograr que la única esperanza de los demócratas hoy no sea ya la alternancia, logrando que un partido de derecha sustituya al frente del Estado a la izquierda despota travestida, sino que sea el propio pueblo, con su rebelión, el que limpie la política infectada, corrupta y degradada.
Muchos ciudadanos, frustrados ante el dominio que ejercen los peores, saben ya que la división correcta en política no es entre derechas e izquierdas porque, lamentablemente, unos y otros han abrazado el despotismo, son corruptos y se parecen demasiado, sino entre demócratas y totalitarios. Los primeros creen en el individuo, dueño y soberano de la verdadera democracia, y en sus deberes y derechos, mientras que los totalitarios adoran al Estado y se refugian en él porque lo han transformado en el instrumento útil para dominar y perpetrar sus abusos y crímenes.
Pero el ciudadano consciente también sabe ya que el Estado es un monstruo frío, siempre inclinado a ejercer el poder absoluto y con recursos suficientes para imponer un dominio aplastante. En nuestros tiempos, con la ayuda de los totalitarios enrolados en su servicio, el Estado ha reforzado su arsenal con armas de especial eficiencia, capaces ya de controlar las mentes y corromper las almas a través de la desinformación y la propaganda. Hitler confesó que sus mejores armas para controlar al pueblo alemán habían sido “la confusión mental, los sentimientos contradictorios, la indecisión y el pánico”.
Frente a ese monstruo no existe más defensa que la democracia, pero la democracia, gestionada por canallas, mediocres, cobardes y sinvergüenzas, se ha vuelto abstracta y débil, desarmada de valores e incapaz de ejercer la influencia necesaria en el mundo. Los dirigentes políticos ya no están capacitados para plantarle cara al mal que encierra el Estado porque están incrustados en él y borrachos del boato y de los privilegios que emanan del mismo Estado. Ellos han encontrado justificación para todo, incluso para lo injustificable, y han permitido el florecimiento de la mentira por todas partes.
Ante la cultura de la desesperación a la que nos ha llevado el poder desmoralizado e ineficiente, sólo nos queda la sociedad civil como defensa y esperanza y el ciudadano libre e indomable como único recurso para la victoria.
La adhesión al Voto en Blanco crece como la espuma en España, impulsada por la frustración política, la decepción ciudadana ante sus líderes, la degeneración de la democracia y el rechazo a los dos grandes partidos políticos, marcados por la corrupción, la ineficiencia y el escaso apego a la democracia.
Según las últimas encuestas, el PP, que pierde una gran masa de votantes, aventajaría al PSOE en cinco puntos si las elecciones se celebraran hoy. Los más beneficiados serían el Voto en Blanco, un voto de protesta y de castigo a la partitocracia, que podría superar el 7 por ciento de todos los sufragios, y UPyD, el partido de Rosa Diéz, que supearía el 5 por ciento, colacándose ya por delante de Izquierda Unida.
No es cierto como inducen a pensar los porcentajes, que el PP esté ganando votos en medio de sus estremecedores escándalos de corrupción. Los está perdiendo, y en proporción apreciable (un 6% de su voto de 2008), pero el PSOE, que además de escándalos de corrupción sufre un deterioro serio por su pésima gestión del gobierno y de la crisis, está experimentando una pérdida mucho mayor, nada menos que casi un 23 por ciento del propio voto que le apoyó en el 2008.
Zapatero desciende en valoración y está ya empatado con Rajoy, lo que evidencia su desgaste profundo y el rechazo que su política de fracaso y ruína está generándole. Por vez primera, Rosa Diéz es la política más valorada de España.
Los datos indican que el PSOE parece haber iniciado ya la caída que todos los expertos y analistas le vaticinaban desde hace meses. La intensa y eficaz propaganda socialista está retrasando el hundimiento, pero no ha podido evitar el rechazo de los ciudadanos, sensibles siempre frente al mal gobierno y a los errores del liderazgo. La verdad y la justicia terminan siempre por imponerse.
Los expertos creen que el ciudadano, exeptuando a los millones de fanáticos que apoyarían a los socialistas en cualquier situación, incluso dentro del desastre y el fracaso total, se está dando cuenta ya que el culpable de que España sea el único país de Europa que no se recupera de su crisis económica, que continúa en recesión y perdiendo empleo de manera masiva es de José Luis Rodríguez Zapatero y de su gobierno, cuyas medidas han sido desafortunadas y, en algunos casos, contraproducentes.
También creen que el incesante acoso del PSOE al también corrupto PP podría estar produciendo un efecto contrario y que muchos ciudadanos, ante la persecución implacable a la derecha y ante la sospecha e que los socialistas están utilizando en esa cacería recursos del Estado que deberían ser neutrales, como la Fiscalía, algunos jueces y parte de la policía, tienden a apoyar al PP, al debil frente al fuerte, a la víctima frente al verdugo.
En ese ambiente de degradación y de falta de esperanzas, ilusiones y metas, muchos españoles se refugiarán en el Voto en Blanco, un voto de protesta, profundamente democrático, que fustiga a los partidos y a sus programas, pero aceptando el rito del sufragio universal y enviando a la casta política un mensaje claro de rechazo y de repulsa.
Francisco Rubiales
Nos hablan a diario de la pandemia de la gripe A para que no fijemos la atención en la verdadera pandemia que está asolando el mundo: la del poder inepto, la de una casta de tiranos camuflados de demócratas, desprovista de ética, que ha tomado el poder en muchos paises y está liquidando conceptos tan vitales para la democracia como la decencia, la verdad, el bien común y la eficiencia, sustituyéndolos por el privilegio, la arrogancia, la mentira y el fracaso.
El mayor preblema de nuestro mundo es el mal gobierno. El liderazgo político es tan deficiente que, a pesar de contar con todos los recursos del Estado y con la posibilidad de sacarnos el dinero del bolsillo, no ha solucionado durante siglos ni uno solo de los grandes problemas de la sociedad mundial: injusticia, hambre, pobreza, desigualdad, indefensión de los débiles, opresión, inseguridad,...
Es una pandemia que no es vírica sino política, letal para los ciudadanos, que germina en el caldo de la inmoralidad, de la incultura, de la mentira, de la traición, de la corrupción y de la desesperación, propagada por gobiernos materialistas y relativistas cuya única obsesión es controlar el poder y disfrutar de sus ventajas y privilegios.
Nuestro mundo es tan absurdo y frágil que siente pánico ante una epidemia de gripe A que causa menos muertos que la diarrea o que el tráfico rodado, mientras se siente a salvo rodeado de los lobos que ocupan el poder, ignorando que la peor pandemia de la Humanidad es el mal gobierno, el dramático hecho de que muchos de los que dirigen el mundo y nos representan sean ineptos, peligrosos ególatras dispuestos a todo y, según demuestra la historia, hasta capaces de convertirse, en circunstancias especiales, en asesinos locos que exterminan a decenas de millones de ciudadanos.
Muchos creen que la epidemia más destructiva de la historia humana y el motivo principal de las muchas desgracias del hombre ha sido la guerra, causante de cientos de millones de muertos, más de cien millones sólo en el siglo XX; otros creen que fue el totalitarismo, encarnado en fantasmas como la tiranía, el absolutismo, la plaga asesina bolchevique y el totalitarismo enloquecido nazi y fascista, culpables de opresión y de exterminios ideológicos y culturales masivos; otros señalan al egoismo, el odio y la violencia como las plagas humanas que nos han llevado al desastre.
Sin embargo, el virus más letal y dañino de la Historia ha sido y es el mal gobierno, el verdadero causante de la guerra, del hambre, de la violencia, la injusticia y casi la totalidad de los males de la raza humana.
El mayor drama de la historia humana ha sido el fracaso del liderazgo y de los políticos, que, a pesar de contar con todo el poder, los privilegios y los recursos, han sido incapaces de cumplir con su misión de mejorar el mundo y de solucionar los grandes problemas de la Humanidad.
Si alguien duda de esta tesis que señala al gobierno como el principal causante de los males del hombre, que analice cómo está siendo gestionada la actual crisis, una de las peores de la Historia, y comprobará toda la injusticia y la ineficiencia del poder, intervencionista, parcial, inepto e incapaz de atajar el mal, arbitrario a la hora de repartir los recursos comunes, que están siendo desviados hacia la banca y la gran empresa, dejando desamparados a las pequeñas y medianas empresas y a las familias y ciudadanos, mientras que los líderes de la comunidad exhiben su blindaje ante el drama colectivo subiendose sus sueldos, asegurando sus cargos e incrementando sus privilegios, que ya antes eran hirientes e injustos.
No es cierta la sentencia, alimentada desde la política, que dice que “los pueblos tienen los gobiernos que se merecen”. No conozco un solo pueblo que sea peor que el gobierno que padece. Lo que sí es ciertos es que los ciudadanos tienen que implicarse en solucionar los problemas del planeta, ya que los políticos son incapaces de hacerlo. La sentencia que dice que “la política es algo demasiado importante para dejarla en manos de los políticos” se convierte cada día en más infalible.
Son los malos gobiernos los que han llevado a los pueblos hacia la guerra, los que han empujado a los pueblos europeos a pelear unos con otros durante más de veinte siglos. Carlos I de España y Francisco I de Francia, dos bravucones irresponsables, pelearon durante décadas y causaron decenas de miles de muertas sólo para demostrar cual de los dos era más chulo. Fueron los políticos los que embarcaron a la Europa próspera y alegre de 1914 en una guerra absurda que empujó a generaciones enteras hacia las trincheras, donde millones de vidas fueron segadas por las ametralladoras y los gases. Malos gobiernos fueron los que enfrentaron a los españoles en una guerra civil que era perfectamente evitable. Fueron los malos gobiernos los que perfeccionaron el totalitarismo y asesinaron a poblaciones enteras a mediados del siglo XX, dentro y fuera del frente bélico de la Segunda Guerra Mundial. Fueron los malos gobiernos los que inventaron la guerra fría, los que sembraron de conflictos bélicos el siglo, los que asesinaron sistemáticamente al adversario bajo la excusa de la seguridad nacional, los que derrocaron a los gobiernos populares y los que jamás dedicaron un esfuerzo a derrotar el hambre, la miseria y la injusticia.
Dicen los gobernantes en su descargo que la responsabilidad de los errores corresponde a toda la sociedad, pero no es cierto porque son ellos los que tienen el poder, sus lujos, sus privilegios y sus recursos: el presupuesto nacional, el monopolio de la violencia, el ejército, la policía y la fuerza de la ley. Nosotros sólo somos culpables de haberlos elegido sin exigirles casi nada a cambio. Ni siquiera los exigimos que sepan idiomas, que posean títulos superiores o que hayan demostrado en sus vidas poseer valores humanos.
Francisco Rubiales
Francisco Rubiales
Ayer impartí una conferencia sobre "Periodismo, democracia y control del poder público a través de la comunicación", en la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla, en la que defendí que en España no funciona ni una sóla de los reglas y leyes básicas necesarias para que existe democracia. Intenté demostrar que todos los cerrojos y controles de la democracia han sido violados y que el sistema que nos gobierna es una oligocracia que no merece respeto alguno y frente al cual los ciudadanos deben oponerse y ejercer presión cívica para obligar a los políticos a ser demócratas.
Analicé, uno por uno, el estado de los siete grandes cerrojos que, en democracia, tienen la misión de controlar al Estado y a encerrar sus tendencias opresoras en una jaula de acero. Analizamos la marginación del ciudadano, soberano del sistema (primer cerrojo), la nula defensa activa de los derechos fundamentales del ser humano (segundo), la violación de la regla que exige división e independencia en los poderes básicos del Estado (tercero), las elecciones universales, que no son libres sino mediatizadas y controladas por los partidos políticos (cuarto), la configuración de un Estado de Derecho con leyes impuestas en lugar de asumidas por todos y que en lugar de ser iguales para todos son desiguales y parciales (quinto), el escandaloso desequilibrio existente entre las esferas pública y privada, con una sociedad civil acupada y sometida por el poder político (sexto) y la inexistencia de una prensa libre e independiente, al servicio de la democracia y garante de las libertades a informar y a ser informados verazmente (septimo).
La terrible conclusión final fue que cada uno de esos sellos había sido violado precisamente por quienes tienen en democracia el deber de custodiarlos: los partidos políticos y los representantes del pueblo.
Los expliqué a los estudiantes que, probablemente, de los siete sellos que, en democracia, encierran al monstruo del Estado en una jaula de acero, el más eficaz de todos, en el siglo XXI, es el de la existencia de una prensa libre, independiente y vinculada a la verdad, porque los poderes tienen fotofobia y el periodfismo aporta luz y taquígrafos a la política, a la convivencia y a la democracia, impidiendo corrupciones, abusos y traiciones y desmanes.
Juntos, llegamos a la conclusión de que ninguno de los grandes escandalos que han visto la luz en las dos últimas décadas de la Historia de España habrían sido conocidos y alcanzado el nivel de escándalos si no hubieran sido aireados por los medios de comunicación.
Les expliqué a los alumnos que es falso lo que dicen los políticos de que la antítesis de la democracia es la tiranía. Esa es una afirmación falsa porque no se atreven a decir la verdad: que lo contrario a la democracia es justo lo que ellos han creado, la oligocracia, que suele ser una oligocracia de partidos (partitocracia) y de políticos profesionales.
Al final llegamos a la conclusión de que la fotofobia del poder es tan intensa, que si únicamente funcionara la prensa libre y veraz, aunque hubieran sido violados todos los demás cerrojos, todavía quedaría algo de esperanza y el corazón de la democracia seguiría latiendo. El pánico del poder ante la luz de la verdad y su baja tendencia a operar en la oscuridad y el engaño hacen de la prensa libre el mejor antídoto contra las tendencias totalitarias y opresoras del poder público.
Pero constatamos con dolor que el periodismo en España, salvo pocas excepciones, ha sido comprado o sometido, con el agravante de que muchos periodistas se han sometido voluntariamente, en espera de ser recompensados por el poder. En las tertulias y análisis, la mayoría de los periodistas defiende a los suyos o interpreta la actualidad desde la óptica del partido en el que milita o al que sirve. Los periodistas independientes y libres, capaces de cumplir con el deber de fiscalizar a los grandes poderes (no solo al poder político), cada día más escasos y están cada vez más debilitados y acosados por la oligocracia.
Otras conclusiones paralelas fueron que en España se puede comprar impunidad en la mayoría de los medios a cambio de inversión publicitaria y que el panorama del periodismo español está dramáticamente corrompido, con nueve de cada diez periodistas alejados del concepto de "verdad", transformados, voluntaria o involuntariamente y con más o menos intensidad, en "policías del pensamiento", en "agitadores de masas", en "correas de transmisión del poder", en "propagandistas" o en cualquier otra cosa, salvo en lo que deberían ser en democracia: gente férreamente vinculada a la verdad, aliada de la democracia y de los ciudadanos, garantes del derecho a informar y a ser informados verazmente, insurrecta frente a los abusos del poder e indomable frente a la corrupción, la desverguenza y el antidemocrático comportamiento de muchos miembros de las castas poderosas que se han apoderado del Estado.
Al final hubo ovación, emoción y unos hermosos y efímeros sentimientos de felicidad colectiva porque las ideas de libertad y de resistencia frente a la opresión y el abuso, ideas que siempre hicieron progresar a la sociedad y que convirtieron en digna y noble a la raza humana a lo largo de la Historia, avanzaron unos centímetros en una pequeña aula de una universidad sevillana, en la tarde-noche cálida de un martes y trece de octubre.
El PP de Rajoy está empantanado en el lodo de la corrupción y, a pesar del desprestigio de un Zapatero fracasado, inepto, mentiroso y sin imagen, es incapaz de avanzar en intención de voto. En calle Génova no se explican lo que ocurre y no entienden por qué razón el PP no despega ya y se proyecta claramente como el ganador de las próximas elecciones. No saben que el gran culpable de su tragedia se llama José María Aznar, cuya herencia pesa sobre Rajoy y sobre la derecha española como una losa de plomo.
Dicen los psicólogos que cuando alguien tiene un enemigo acérrimo y lo combate tenazmente, termina pareciéndose a él. Eso es, tal vez, lo que le pasó a José María Aznar, el cual, cuando por fin logró echar a Felipe González de la Moncloa, copio su modelo de partido leninista e impuso al PP una disciplina y una dictadura interna que acabó con el debate y convirtió al partido de la derecha española en una eficaz fábrica de esclavos y de mediocres.
Si hubiera sido un demócrata, Aznar habría cambiado el triste destino de la democracia española, pero fue tan autoritario y truculento como sus predecesores socialistas. Al fin y al cabo, los socialistas no creen en la democracia porque nunca renunciaron al leninismo, pero la derecha está obligada a creer en el sistema de las libertades y derechos, sobre todo si se mantiene fiel a sus raices liberales. Pero Aznar hizo suyos todos los vicios del socialismo, convirtió al PP en un partido "gemelo" del PSOE, capaz de convivir con la corrupción y atenazado por el autoritarismo verticalista, y terminó pareciéndose a González como si fueran hijos de la misma madre.
Muchos creen que su mayor error fue implicar a España en una guerra de Irak que el pueblo no quería, pero aquello fue solo la consecuencia de una arrogancia muy anterior.
Aznar pudo haber cumplido su promesa de regenerar la democracia, demostrando así que su gobierno era distinto y mejor que el de la izquierda, pero no lo hizo y en lugar de hacerlo doblegó todavía más la frágil democracia española con el Pacto por la Justicia, una iniciativa liberticida que asesinó lo que quedaba de democracia en España y convirtió a la partitocracia en un fortín inexpugnable. Pudo haber reformado la enseñanza para que de las escuelas españolas volvieran a salir hombres y mujeres libres, formados y reflexivos, pero sólo planteó una tímida reforma al final de su mandato, sin empuje ni ilusión, reforma que Zapatero arrojó a la basura sin pena ni gloria. Ni siquiera fue capaz de devolver a la prensa la libertad que necesitaba para que fiscalizara a los grandes poderes. Para desgracia de España, Aznar odiaba la crítica y la verdad todavía más que González. Ni siquiera se atrevió a devolver la independencia y el vigor que necesitaba la sociedad civil para que sirviera de contrapeso al estado, como mandan los cánones democráticos. Aznar le puso a la sociedad civil el pie en la cabeza y por poco la descuyunta. Para colmo de males, utilizó el látigo como si fuera un cuatrero del Far Werst y aterrorizó a todos sus adversarios y críticos demonizándolos sin piedad, arrojándoles encima todo el peso del Estado, incluyendo una Justicia que ya no era igual para todos.
Con esa "herencia" dramática, el PP perdió las elecicones, a pesar de sus brillantes éxitos en economía y de haber convertido a España en un país próspero. La herencia de Aznar es el soporte principal de Zapatero, al que los españoles perdonan su torpeza, sus mentiras y sus pésimo gobierno tal vez porque estaban tan cansados del bigote furibundo que siguen prefiriendo la sonrisa falsa y torpe del nefasto socialista.
Rajoy, que no es un político brillante, ni especialmente atractivo, está castrado y lastrado por la herencia de Aznar. Se debilidad le hace incapaz de mantener con la necesaria mano de hierro el orden interno en un partido del que Aznar hizo un monolito. Como consecuencia, los barones, que han perdido el miedo, se le rebelan. En apariencia, el partido solo sabe adular al líder pero la realidad es que el partido está castrado y que sus mecanismos internos han dejado de funcionar. Nadie se atreve en la derecha a debatir con libertad creativa el drama de España. Gracias a la "herencia" de Aznar y a la debilidad de su heredero, el PP no es capaz de despegarse de la corrupción, ni dar ejemplos de democracia, ni asociarse con la verdad, ni siquiera es capaz de desplegar otra estrategia que la pobre y lastimosa que aconseja el "estratega" Arriola: esperar a que el gobierno se desgaste para ocupar su sitio en el cielo del poder.
Aunque a los del PP no les guste oirlo, la sentencia es tan cierta como la vida misma: "José María Aznar es el verdadero padre político de Zapatero". .
En España están pasando cosas muy importantes sin que nuestros dirigentes lo adviertan. La gente se está alejando de los políticos no por desencanto sino por algo mucho más profundo. Las élites intelectuales del país están dejando de creer en el sistema, tras haber adquirido la conciencia de que la corrupción no es ya un problema periférico, sino el núcleo mismo de la política. El pueblo comienza a dar un importante salto cualitativo y, por primera vez desde que murió Franco, se cuestiona seriamente el orden establecido.
Muchos se desesperan al no poder hacer nada para detener el mal gobierno, el despilfarro y el abuso del poder. Ese sentimiento de impotencia frente a los que nos conducen hacia la ruina provoca que el inconformismo y la rebeldía estén creciendo de manera exponencial en la sociedad española y el descontento trascienda ya los ámbitos de la política y se adentre en el propio marco legal.
La clave del problema no es ya el convencimiento de que los políticos y sus partidos no son trigo limpio. Esa fase de la crisis se ha superado rápidamente. El problema, ahora, es que el ciudadano está dejando de sentirse representado.
Ese sentimiento, todavía minoritario pero que ya florece en las élites más conscientes e influyentes de la sociedad, abre las puertas, de par en par, a la enfermedad más grave de la democracia, la desconfianza, la única que es mortal, un mal que dispara el recelo ciudadano en el sistema político, el cual, sin apoyo de las masas, deja de ser legítimo.
El foso que separa a los ciudadanos del sistema político no deja de agrandarse en España como consecuencia de dos factores decisivos: el primero de ellos es que en realidad nunca se hizo la transición desde la Dictadura a la Democracia, sino que, simplemente, el poder de los partidos se superpuso a la vieja y agotada estructura franquista, ocupando el poder sin que los ciudadanos participaran en el cambio, sin que nadie tuviera la honradez de explicar al ciudadano que era el protagonista del nuevo sistema. El segundo es que los partidos políticos españoles y sus dirigentes han ido demasiado lejos en su obsesión por acaparar poder y han perpetrado contra la democracia agresiones letales, entre ellas la marginación del ciudadano de la política, el acoso a la sociedad civil, el nulo respeto a la independencia de los poderes básicos del Estado y, en general, la voladura de las cautelas y limitaciones que el propio sistema posee para controlar al siempre insaciable poder político.
El sistema está tan dañado que ya es casi imposible recuperarlo. Lo realmente dañino no es que los ciudadanos piensen que la mayoría de los políticos son deshonestos, sino que la gente se siente engañada y no ve ya garantías ni seguridades en el propio sistema.
Los sondeos e investigaciones sociológicas arrojan resultados cada vez más alarmantes. El número de descontentos con el sistema crece constantemente, pero crece todavía más la cifra de los que han perdido la confianza en la democracia, lo que es mucho más grave.
No se trata ya de disentir con respecto a medidas de los gobiernos, como haber participado en la guerra de Irak contra la opinión pública mayoritaria, haber otorgado un estatuto privilegiado e inconstitucional a Cataluña, negociar desde el entreguismo y la debilidad con una banda de asesinos como ETA o haber negado la existencia de la crisis y mentido sin escrúpulos para ganar las elecciones del 2008, sino de algo mucho peor: tomar conciencia de que la democracia, secuestrada por los políticos y sus partidos, ha dejado de existir en España.
La gente no es tonta y empieza a darse cuenta que los privilegios del rey y de la clase política no son democráticos, como tampoco lo son el irrespeto a la independencia de los poderes legislativo, judicial y ejecutivo, o esas listas cerradas y bloqueadas que arrebatan al ciudadano su derecho constitucional a elegir a sus representantes, a las abismales desigualdades que separan, cada día más, a ricos y a pobres, o la constante pérdida del poder adquisitivo de los trabajadores, o la ocupación de la sociedad civil por parte de los partidos, o la manipulación y el engaño que se practica desde el poder, o la desaparición de la prensa libre, o la descarada e inmoral pugna por el poder, a cuchillo corto, que practican sin pudor los partidos políticos españoles, o el bochornoso espectáculo de la corrupción generalizada, o el todavía más insoportable espectáculo de una Justicia que opera de un modo con los poderosos y de otro muy distinto con los humildes.
Los ciudadanos más conscientes saben ya que la democracia ha sido trucada y está siendo manipulada por los poderosos para incrementar sus privilegios. La gente sabe que la burocracia se multiplica sólo porque los políticos necesitan pagar favores a diestro y siniestro. El pueblo sabe que España, con la décima parte de su actual estructura de poder, podría funcionar incluso mejor. Todos sabemos que las instituciones crecen innecesariamente, que el Senado es un geriátrico de lujo y que es país está plagado de instituciones innecesarias y sumamente costosas que sólo cumplen el papel de grandes apeaderos de lujo para políticos decadentes, para premiar lealtades inconfesables o pagar silencios vergonzantes.
Mucha gente no está dispuesta a seguir soportando la indecente falta de austeridad que practican los poderes públicos frente a una crisis que exige ahorro y sacrificio, ni el enriquecimiento descarado de los altos cargos, ni esa ostentación impropia de una democracia ciudadana, ni la sustitución del servicio por el privilegio en la función pública.
Los ciudadanos más conscientes e informados sienten bochorno al contemplar el triste e inmoral espectáculo del poder, de los bailes de comisiones, del enriquecimiento veloz, del urbanismo corrupto, del blindaje de los gestores, que jamás reconocen fallos ni saben dimitir, del incumplimiento sistemático de las promesas electorales.
A todo este tétrico panorama pueden agregarse actuaciones del poder todavía más miserables y rastreras, como son el incumplimiento permanente de la Constitución, de la supresión descarada y delictiva de derechos constitucionales como el acceso a una vivienda digna, el derecho a tutela judicial efectiva, el de la inmediata puesta a disposición de la justicia, la práctica de malos tratos a detenidos, la impunidad con la que el sistema judicial se pliega a los intereses políticos de turno y hasta presiones que se traducen en censura a periódicos, emisoras de radio y televisión, páginas de Internet y autores de libros.
Tenemos un gobierno inepto y nocivo que nos lleva hacia el precipicio y una oposición incapaz de convertirse en alternativa ilusionante, pero es más que probable que la culpa de este drama la tengamos los españoles, posiblemente los campeones mundiales de la imbecilidad política, por no ser exigentes con nuestros líderes, por elegir en las urnas a gente sin preparación ni solvencia, por haberlos aplaudido en lugar de expulsarlos del poder cuando asesinaban la democracia y la sustituían por una oligocracia indecente, una especie de dictadura "legal" de los partidos políticos y de sus élites profesionales.
La imbecilidad política nos llevó a reírnos cuando el socialista Tierno Galván dijo aquella sinvergonzonería de que “las promesas electorales están para no cumplirlas” y cuando el mismo alcalde madrileño invitaba a nuestros hijos a “colocarse” con porros, alcohol y quien sabe si con cualquier otra basura en las noches felices de Madrid.
También aplaudimos cuando Alfonso Guerra nos anunció que “Montesquieu ha muerto”, ignorando que lo que estaba diciendo es que se acabó la separación de los poderes básicos del Estado, lo que equivalía a autorizar, como ciudadanos, las puñaladas que los políticos socialistas ya le estaban dando a la joven democracia española.
También sonreímos y nos sentimos estúpidamente orgullosos cuando Felipe González instauró el reino del “Pelotazo” y cuando Solchaga afirmó aquello de que “España es el país del mundo donde uno puede hacerse más rico en menos tiempo”.
Cuando Julio Anguita, que ya conocía desde dentro las puñaladas y hachazos que nuestros líderes asestaban al sistema democrático, rompiéndole los cerrojos que servían para limitar el poder de los partidos y del Estado, repetía una y otra vez aquello de “programa”, “programa”, también lo ridiculizamos, creyendo que el comunista era un visionario iluminado, ignorando que lo que quería decirnos es que la inmoral casta política española ni siquiera tenía la vergüenza suficiente para cumplir lo que prometía.
Y lo soportamos todo, desde mentiras a engaños, sin ahorrarnos vejaciones y ríos de corrupción y desvergüenza. Admitimos que la izquierda pactara con la derecha para gobernar, que los que defendían la idea de España, siempre para gobernar, se aliaran con los enemigos nacionalistas de España. Admitimos aquella vergonzosa ley electoral que otorgaba grandes dosis de poder a partidos nacionalistas minúsculos, permitiendo que nos chantajearan desde Cataluña y el País Vasco.
Ni siquiera respondimos con un puñetazo en la mesa cuando nuestros dirigentes, a los que pagamos el sueldo y elegimos para que sean eficientes y justos, comenzaron a gobernar de espaldas al ciudadano, en contra de los deseos y anhelos de la mayoría. Aznar nos implicó en una guerra como la de Irak, a pesar de la oposición de los españoles. Zapatero nos metió con calzador el Estatuto de Cataluña, anticonstitucional, insolidario y una bomba de relojería en el corazón de la Constitución Española, y le permitimos, además, que nos engañara como a bobos cuando negociaba en secreto en ETA y aseguraba que era mentira, cuando otorgaba a la banda tratamiento de privilegio y cuando negaba como un tahúr la existencia de la crisis económica.
Hemos soportado la corrupción, hemos cerrado los ojos ante el enriquecimiento delictivo de miles de políticos, hemos abierto la mano, por si caía algo de dinero, ante el urbanismo salvaje que destruía nuestras costas y hemos permitido, sin rechistar, el cáncer de la financiación ilegal de los partidos políticos, permitiendo que se atiborraran de dinero sucio, que sus recaudadores visitaran nuestras empresas pidiendo comisiones y que nos cobraran dinero a cambio de subvenciones a las que tenemos derecho.
Ante nuestros ojos han convertido España en un basurero que hoy ocupa puestos de cabeza en el ranking mundial del desempleo, el avance galopante de la pobreza, el alcoholismo, el tráfico y consumo de droga, la prostitución, el incremento de la delincuencia, la densidad de la población encarcelada, el fracaso escolar, la pérdida de calidad en la enseñanza y el deterioro de la confianza y la fe en la democracia como sistema.
Ahora, cuando contemplamos impotentes cómo nuestros líderes políticos nos llevan hasta el abismo y cómo la sociedad española está perdiendo a chorros la prosperidad que con tanto trabajo se ganó en las pasadas décadas, quizás ya sea demasiado tarde porque los políticos se han blindado y, en la práctica, no existen mecanismos para arrojar del poder a los ineptos, ni para regenerar una vida política que ya está infectada hasta el tuétano.
Algunos ilusos, cuando lean esta información, quizás piensen que se trata de un capítulo más de la "Conspiranoia" mundial, pero, si reflexionan e investigan, descubrirán que es algo rigurosamente cierto, todo un proyecto de poder ideado por Fidel Castro y financiado por el petróleo venezolano, cuyo fin último es derrotar al binomio "democracia-capitalismo", sustituyéndolo por un neocomunismo más sutil e inteligente, aunque igual de totalitario, que el que fracasó y fue derribado en la vieja URSS.
Los desinformados creen que Fidel Castro ha abandonado el gobierno de Cuba porque está enfermo y cansado, pero lo cierto es que lo ha dejado en manos de su hermano Raúl para dedicarse en cuerpo y alma a lo que él define como su verdadera y más grandiosa obra revolucionaria: la resurrección del comunismo en el siglo XXI, bajo el impulso de Cuba y el dinero de Venezuela. Cuba es ya una pieza cazada y sometida y el viejo Fidel, ambicioso e iluminado, necesita emociones fuertes. Ahora quiere cazar al mundo entero.
Fidel cree que lo más importante que le ha ocurrido a la revolución mundial comunista, desde la toma del Palacio de Invierno, es su "amistad estratégica" con Hugo Chávez, el gorila rojo de Venezuela, con cuyos petrodólares se está reconstruyendo el comunismo, después de lo que Fidel describe como "la traición de Rusia", ocurrida cuando Moscú, tras la caída del Muro de Berlín, abandonó el comunismo y permitió que se desmoronara el bloque soviético.
El nuevo comunismo de este siglo XXI habla español, está dirigido por dos líderes de habla hispana, Fidel y Hugo, cuenta con el apoyo del español Zapatero y pretende renacer en América Latina, un territorio que están asaltando sin que Estados Unidos, en manos de un líder confundido como Obama, con escaso apego a la democracia e incapaz de defender los valores de un Occidente al que él, racialmente, no pertenece, mueva un solo dedo para impedirlo.
El primer gran asalto a la democracia y al capitalismo se está perpetrando en América Latina y Europa, dirigido por Fidel Castro, con el dinero de Venezuela, con la colaboración activa los dirigentes de Bolivia, Ecuador, Nicaragua, Paraguay, Brasil y Argentina, con la complicidad de los países más radicales del mundo islamista y con la colaboración del español Zapatero, que actúa como quintacolumnista en el corazón de la Europa democrática, el otro bastión a batir, junto con Estados Unidos, por el neocumunismo resucitado.
La batalla en América Latina ya se está librando en el terreno diplomático y financiero. Hay muchos millones de dólares venezolanos comprando voluntades y alianzas, pero el capítulo decisivo se dará en Bolivia, reeditando un viejo sueño de Fidel y el "Che" Guevara, según el cual desde Bolivía, situada en el corazón del subcontinente americano, puede desestabilizarse fácilmente todo el continente, utilizando su situación geográfica, la pobreza y el nacionalismo irredento de los indígenas.
El "Che" fracasó en su intento y encontró la muerte en las selvas bolivianas, pero ahora la operación, ideada por un Fidel plenamente dedicado a la geopolítica y a la geoestrategia, es más sofisticada y está mejor preparada. Con el dinero venezolano, van a crearse cinco bases militares en cada una de las fronteras de Bolivia con Argentina, Chile, Paraguay, Perú y Brasil. Allí operarán militares y entrenadores cubanos, dotados con pasaporte venezolano, algunos de los aviones recién adquiridos por Venezuela en Rusia y empezarán también a utilizarse las armas y equipos que ha adquirido Hugo Chávez en los últimos años, por valor superior a los 20.000 millones de dólares, una cifra que convierte a Venezuela en el primer comprador mundial de armamento.
Fidel y el gorila rojo están fraguando una importante alianza estratégica con todos los enemigos de la libertad y de la democracia en el mundo. Se presentan en público como el "Socialismo del Siglo XXI", pero eso es puro marketing que oculta el resurgimiento de aquel comunismo, de ignominiosa memoria, que asesinó a decenas de millones de personas bajo el liderazgo sangriento de Mao (en China) y Stalin (en la URSS), y que fue derribado por el propio pueblo al que decía servir.
Muchos de los dictadores y sátrapas adscritos a esa alianza estuvieron recientemente concentrados en la venezolana isla Margarita, invitados por Hugo Chávez. Además del brasileño Lula da Silva y de la chilena Bachelet, quizás los únicos aceptables en la reunión de "forajidos", allí estuvieron el dictador libio, Muamar el Gadafi, Robert Mugabe, tirano de Zimbawe, Teodoro Obiang, dueño de Guinea Ecuatorial, el mariscal de campo Alí Abdulah Saleh, dictador de Yemen, coronel Ibrahim Baré Mainassara, dictador de Niger, Yahya Jamneh, de Gambia, Joseph Kabila, cleptócrata del Congo, General Mohamed Abdelazzis, presidente de Mauritania gracias a un golpe de Estado, Faure Eyadima, sátrapa e Togo, también elevado al poder tras un golpe de Estado, y Abdelasis Bouteflika, líder de la totalitaria Argelia.
A ese inigualable "aquelarre" faltaron algunos amigos y aliados, como los sátrapas amigos latinoamericanos, especialmente el "nica" Ortega, el ecuatoriano Correa y el boliviano Morales, además de los sátrapas de Siria, Irán y Bielorrusia, el dubitativo Putín, que juega las dos cartas, las de la democracia y la de los dictadores, y el enigmático español Zapatero, del que se dice que nadie en el mundo sabe lo que realmente piensa, probablemente el mejor actor y quintacolumnista del grupo, en quien Fidel y Chávez confían para que sepa "vender" el proyecto en la Unión Europea y "lavar" la imagen internacional de la conspiración y de los forajidos y liberticidas que participan en ella.
Julio Anguita, el que fuera coordinador general de Izquierda Unida en la década de los 80, cuando todavía quedaba decencia en la política española, da en la diana cuando dice a los españoles que se den cuenta de que se acabó la época del “dinero fácil”, y que al a hora de votar a los políticos hay que hacerlo a los “honestos”, porque la gente, “cuando vuelve a votar al ladrón, también colabora con el robo”.
Y referiendose a los actuales políticos socialistas, casi todos ellos millonarios y afincados en el lujo y el privilegio, agregó: "Para mí, un señor que levanta el puño y tiene tres Cadillac es un farsante, pero la gente lo vota”.
Las declaraciones del ex coordinador general de IU tuvieron lugar a mediados de septiembre , en la clausura del curso sobre Derechos Humanos, celebrado en la "patria" de Zapatero, en el Ayuntamiento de San Andrés del Rabanedo (León).
Según Anguita, la “única” bandera posible para cambiar el mundo son lo derechos humanos. Aseguró que en España los derechos humanos están en crisis, aunque “nadie se lo cree”. A nadie le interesan derechos humanos que no se respetan, como el derecho al trabajo o a la seguridad social, agregó.
Anguita manifestó también que un político, para ser de izquierdas, tiene que predicar con el ejemplo. “Para mí, un señor que levanta el puño y tiene tres Cadillac es un farsante, pero la gente lo vota” insistió.
El ex coordinador de IU aprovechó la ocasión para hablar de otros temas de actualidad, como la trama de corrupción que ha salpicado a distintos cargos del PP. En su opinión, el hecho de que el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) acordara archivar la última queja del PP contra Garzón por su instrucción en el ‘caso Gürtel’ se debe a un “acuerdo mezquino y cobarde” entre conservadores y socialistas para “no meter mano a delincuentes y criminales”.
En este sentido, Anguita señaló que lo que le hace falta a España es que la ciudadanía se dé cuenta de que se acabó la época del “dinero fácil”, y que al a hora de votar a los políticos hay que hacerlo a los “honestos”, porque la gente, “cuando vuelve a votar al ladrón, también colabora con el robo”.
El PSOE se enroca, cierra los ojos y defiende a Zapatero, negándose a ver la evidencia de que el líder socialista está conduciendo a España hacia el precipicio. No es facil saber si lo que escenificó ayer el comité federal del PSOE es el silencio cobarde de los corderos o la defensa desesperada del privilegio, pero, en cualquier caso, es una postura políticamente indecente que deja a España abandonada y sin esperanza, en manos de un inepto.
El comité federal del PSOE cerró filas en torno a Zapatero, el peor dirigente político que ha tenido España desde Fernando VII, a pesar del evidente fracaso de su liderazgo, que está conduciendo a España hacia el precipicio.
No es fácil discernir si los jerarcas socialistas fueron ayer vergonzosamente cobardes o simplemente defendieron sus privilegios y ventajas en un tiempo terrible de crisis, que ellos no perciben desde sus coches oficiales y sueldos estelares. De cualquier modo, lo de ayer fue un espectáculo triste de borregos sometidos, incapaces de anteponer el bien común a sus intereses de casta, ciegos frente a lo que les rodea.
En lugar de debatir sobre el sufrimiento de España, sobre la pérdida de la prosperidad, la corrupción que infecta al Estado y a la sociedad y sobre el drama que representa el crecimiento imparable del desempleo y la pobreza, cada una de las 35 intervenciones comenzaba con proclamas de fidelidad. «No estas sólo. Los tuyos estamos aquí sentados. Ya les gustaría a algunos estar tan solos como dicen que estás tú», llegó a decir el extremeño Guillermo Fernández Vara.
Lamentable espectáculo que demuestra el alto grado de degeneración del sistema democrático en España, transformado por los partidos políticos en una sucia partitocracia que margina al ciudadano, que aliena a las élites políticas en una burbuja de lujo y arrogancia y que es capaz de anteponer los intereses y privilegios de "la casta" política al bien común.
Truculento, como es su estilo, el presidente se presentó ante el comité federal como el defensor de los débiles que ha dicho no a los poderosos, sin un gramo de autocrítica, sin debate libre, sin reconocer que España, bajo su mandato, se empobrece, se desmembra y ha perdido la alegría, la confianza y la fe en su futuro como pueblo.
El PSOE tenía ayer motivos más que suficientes para abrir un debate libre y para afrontar la autocrítica. pero prefirió "hacer una piña" en torno al lídeer, sin reconocer que los españoles no queremos en este momentos adhesiones inquebrantables que recuerdan al franquismo, sino un liderazgo eficiente y lúcido que nos devuelva la properidad y la esperanza.
En ese debate que no se celebró, el PSOE debería haber analizado por qué España, bajo el gobierno de Zapatero, ha subido al podio europeo del desempleo, de la pobreza, del consumo y tráfico de drogas, del fracaso escolar, de la falta de calidad en la enseñanza, del crecimiento de la delincuencia, del alcoholismo, de la inflación de coches oficiales, de los privilegios y arrogancia de la clase política, del crecimiento desordenado del Estado, del deterioro de la confianza de los ciudadanos en la política y en los políticos. También debería debatir por qué razón en las encuestas del CIS, debidamente "maquilladas", aparecen ya los políticos como la quinta preocupación de los ciudadanos, por delante del terrorismo. Por último, deberían analizar por que no paran de crecer las colas en los comedores de caridad, por qué Cáritas está asumiendo un enorme protagonismo en la vida de los españoles y por que razón el PSOE se parece cada día más a las antiguas Conferencias de San Vicente de Paul, cuya misión central era repartir caridad entre los pobres, hermosa tarea, pero impropia de un gobierno democrático, cuyo deber principal, antes que "repartir limosnas", es solucionar problemas, generar confianza, evitar la pobreza, garantizar la unidad, ayudar a que los ciudadanos sean felices, crear empleo y tomar decisiones lúcidas y eficaces.
Sábado, 21 de noviembre
Juan Fernandez Krohn
Manuel Molares do Val
Francisco Rubiales
Vicente A. C. M.
Vicente Torres
Vilagarcía na Rede
José Luis Palomera Ruiz
Antonio Javier Vicente Gil
Pedro Fernández Barbadillo
JUAN JULIO ALFAYA