El escándalo de Bankia, una entidad financiera que reclama nada menos que 24.000 millones de euros de los fondos públicos para salir a flote, ha indignado a grandes sectores de la población española y ha puesto al descubierto los abusos y carencias de una clase política española que no está a la altura, que ha perdido con toda justicia el respeto de los ciudadanos y que no merece gestionar una nación como España. Castigar o no castigar a los ladrones que han desvalijado las cajas de ahorro española; esa es la cuestión y la gran prueba para Mariano Rajoy como gobernante, de la que surgirá como un verdadero líder decente y democrático o como otro dirigente fracasado, inmoral y cómplice del latrocinio y del saqueo perpetrado por la clase política en España.
Rajoy ha ordenado al Fiscal General del Estado que investigue lo ocurrido en las cajas de ahorro españolas, pero nadie se cree que esa investigación vaya en serio, entre otras razones porque la responsabilidad del oscuro y sucio saqueo de las cajas alcanza de lleno a los principales partidos políticos españoles.
Pero el ciudadano, abrumado por los impuestos y angustiado por los recortes, exige justicia y no soporta que los jefes de las Cajas quebradas se hayan llevado 93,2 millones, ni que muchos partidos políticos hayan recibido préstamos, después condonados, de las cajas arruinadas, que las indemnizaciones y jubilaciones de los diretivos fracasados se cuenten en millones de euros y quiere conocer qué ha ocurrido en esas entidades para que hayan desaparecido tantas decenas de miles de millones de euros, cantidades astronómicas que, de no haber sido saqueadas, nos habrían salvado del desastre actual.
La reciente dimisión de MAFO, máximo responsable del Banco de España, no calma la ola de indignación de unos ciudadanos que exigen que las responsabilidades del Banco de España, organismo encargado de la vigilancia y control de las entidades financieras, deben ser investigadas y castigadas con especial rigor y ejemplaridad.
El castigo de los ladrones y saqueadores del sistema financiero español es, en estos momentos, la asignatura pendiente más importante para Rajoy y su gobierno y la prueba que el mundo espera y observa para discernir si España tiene futuro como economía y democracia modernas o si es mejor dejarla caer para que se pudra en sus propios excrementos y sirva de ejemplo en el despreciable planeta de los delincuentes políticos.
Si Rajoy no es drástico y severo en la lucha contra los saqueadores y no depura todas las responsabilidades penales, el pueblo no le va a perdonar y su partido será arrasado en las próximas elecciones, quedando todavía más degradado y desprestigiado que el PSOE de Zapatero, principal causante de la ruina y del desprestigio internacional de España.
Los ciudadanos se preguntan por qué el Estado tiene que poner tanto dinero, cuando muchos directivos han salido de las Cajas de ahorro con grandes indemnizaciones tras una gestión que más que dudosa debe calificarse de calamitosa.
La gente quiere ver sangre y está cansada de que los poderosos tengan bula en España para robar y abusar del poder.
Muchas reformas, recortes y sacrificios, pero al gobierno de Rajoy debería caérsele la cara de vergüenza por no atreverse a realizar la gran reforma que España necesita, la de reducir drásticamente la clase política, que es la más numerosa de Europa, la más insostenible, la más inepta y la más odiada por su pueblo. La masiva, incosteable y abusiva clase política genera rabia en la ciudadanía y representa el mayor escándalo de España y su mayor obstáculo para salir de la crisis.
Nada es mas urgente en la política española que reducir su abultada, innecesaria, incosteable y abusiva nómina de políticos, convertidos en una "casta" innecesaria que actúa como el mayor lastre del país y su rostro mas indecente. España, doblegada por el desempleo y la pobreza, tiene nada menos que 445.000 políticos, mas que Grecia, mas que ningún otro país de Europa, mas del doble de los que tiene Italia, que es el que tiene mas políticos, después de España, nada menos que 300.000 políticos mas que Alemania, un país con el doble de población que España y mucho más rico y solvente.
Los grandes medios de comunicación españoles nunca lo reflejan, porque están sometidos al poder y dependen de los contratos de publicidad y subvenciones públicas, pero en los pasillos de Bruselas y Estrasburgo se dice ya abiertamente que con el inmenso océano de políticos que España tiene que mantener, las finanzas públicas españolas son inviables. Nadie entiende en la Unión Europea que España tenga el doble de políticos que Italia, que es el segundo país con más políticos de Europa.
Los 445.568 políticos españoles, todos ellos viviendo del Estado y arruinando las arcas públicas, están convirtiendo a España en un país arruinado y sin futuro, obligado a pagar mas impuestos que cualquier otro estado en Europa, impuestos que no sirven tanto para financiar servicios avanzados como para pagar sueldos, pensiones y privilegios a esas legiones de parásitos mantenidas por los partidos políticos en contra de la voluntad popular, de manera injusta, abusiva y despótica.
Mientras que los médicos en España son 165.967, los policías son 154.000 y los bomberos 19.854, el número de políticos no para de crecer, a pesar de la crisis, y se acerca veloz al medio millón, una cifra insostenible que refleja la arrogancia, la indecencia y la injusticia de un sistema ideado para beneficiar mas a la "casta" de los políticos que al ciudadano, que debería ser el "soberano" en democracia.
La llegada al poder del Partido Popular no ha representado, como ese partido prometió cuando era oposición, un drástico descenso en las filas de enchufados y personal innecesario colocado en el Estado, sino todo lo contrario. Sin haber expulsado a los que estaban, salvo unas pocas excepciones sin peso, ha engrosado las filas de enchufados y mantenidos colocando también a miles de los suyos.
España necesita con verdadera urgencia un profundo y drástico ERE que reduzca la clase política en dos tercios y que la deje en no más de 150.000 personas, lo que colocaría a España en niveles similares de políticos a los de países de nuestro entorno como Francia, Alemania, Portugal, Holanda, Gran Bretaña y otros.
España es un país arrasado por sus políticos, en el que sólo funciona lo que los políticos no controlan: el clima, el paisaje, el viento... Todo lo demás, incluso la esperanza, lo ha destruido una clase política que, para colmo de descaro y de oprobio, está atiborrada de privilegios que no merece, que cobra sueldos desmesurados y pensiones vitalicias de sueño. Los ciudadanos empobrecidos, sus víctimas, siguen aclamándoles y votándoles como estúpidos esclavos. ¡Pobre país!
España asistirá dentro de pocas horas, con la habitual pasividad, a un nuevo espectáculo bochornoso de autodestrucción y desvergüenza, cuando miles de nacionalistas vascos y catalanes, desplazados a Madrid con motivo de la final de la Copa del Rey de fútbol, contaminen el estadio del Manzanares y hieran al resto de los españoles con pitadas, pancartas de desprecio y otras hostilidades exhibidas contra el himno común, la bandera de todos, los representantes de un Estado español al que han aprendido a odiar y a vejar y los espectadores del resto de la nación, que tendrán que soportar impotentas cómo el nacionalismo excluyente, insolidario, disgregador e independentista disfruta con su morboso y obsceno show.
Las huestes nacionalistas presentes en el estadio de fútbol realizarán su hiriente espectáculo espoleados por políticos nacionalistas manipuladores y sembradores de odio, que, gracias a la Ley Electoral española, una de las más injustas y desequilibradas del mundo, disfrutan de un poder desproporcionado que les permite practicar la insolidaridad, el chantaje y la amenaza al resto de los españoles, contando apenas con un puñado insignificante de votos.
Esa espectáculo, que no puede darse en otro país del mundo y que sólo es posible en esta España arrasada y dividida, es una obra más de la clase política española, una de las más ineptas, corruptas y perniciosas del planeta, experta en autodotarse de sueldos, pensiones y todo tipo de privilegios, mientras ha saqueado el sistema financiero español y ha conducido a los ciudadanos hasta la ruina, el desempleo masivo, la pobreza, la desesperación, la división y el odio entre las regiones y pueblos que conforman España..
Cuando los españoles contemplen el espectáculo de la final de la Copa, a pesar de que la televisión procurará ocultar la dimensión de la provocación con imágenes escogidas y con una megafonía a toda pastilla, comprenderán que el Real Madrid hizo bien al negarse a prestar su estadio para tamaña profanación.
En España ya sólo funciona lo que los políticos no controlan: el clima, la gastronomía, el paísaje, las mareas, el viento... Todo lo demás lo han roto. Hasta han tergiversado el pasado, envilecido el presente y convertido el futuro en una amenaza de terror. Casi nada escapa a los estragos de una de las peores clases políticas del mundo ¿Cómo escapar de esa pesadilla? Es casi imposible porque ellos se han blindado en el poder y permanecen allí aunque no se les quiera, ayudados, eso sí, por una masa abducida de millones de españoles imbéciles que cada cuatro años siguen votando a sus verdugos, a pesar de que saben que nos conducen hacia el matadero.
El mayor problema de España es su clase política, culpable de haber forjado desde el poder un país acosado por problemas y dramas. Esa clase política a la que votamos cada cuatro años y le entregamos el poder es la que ha creado un Estado insolidario, dividido en 17 reinos de taifas cada día más enfrentados entre si, la que ha acabado con la prosperidad y abierto las puertas a la pobreza y al sufrimiento, la que ha saqueado las cajas de ahorro y las finanzas públicas, la que nos ha endeudado hasta la locura, convirtiendo a cada español en un moroso despreciado por el mundo, la que ha despilfarrado hasta niveles de delito, construyendo aeropuertos sin aviones, trenes sin viajeros y carreteras que no llevan a ninguna parte, la que se ha atiborrado de privilegios, sin merecerlos, la que ha sembrado el odio y la división entre los ciudadanos y la que ha perpetrado mil fechorías sin otro objetivo que incrementar su poder.
Nuestros políticos son los culpables principales de que España sea hoy el pordiosero de Europa, de que hayamos perdido el viejo prestigio y la admiración internacional y de que los índices de suicidio y de demencia se hayan disparado. Bajo esta clase política despreciable España ha ganado fama internacional como país corrupto, como paraíso de las mafias, como espacio casi libre para el tráfico y consumo de drogas, lugar donde más de la mitad de los jóvenes carecen de trabajo y donde cada día miles de personas se incorporan a la pobreza.
España se encuentra al borde del abismo, sintiendo ya el vértigo del fracaso, y los españoles, las víctimas, culpan a los políticos del desastre. Nos han mentido, nos han engañado y no han sido capaces de solucionar los problemas. Ninguno de ellos ha pedido perdón, ni han pagado con prisión sus engaños, corrupciones y estragos causados. El pueblo, ya sin esperanza, piensa claramente en cambiar un sistema que considera injusto, ineficiente y opresor. Ciudadanos y políticos ya están enfrentados, luchando por el futuro.
La crisis económica y el desprestigio de lo público están consiguiendo que el ciudadano se sienta abandonado y piense que ni los políticos, ni los periodistas, ni los jueces, ni los gobernantes en general, incapaces de solucionar los problemas, sirven para nada. La sociedad, desamparada y frustrada ante el fracaso del liderazgo, avanza con pie firme hacia formas de autogestión cada día más amplias y complejas, que prescinden de lo oficial y se refugian en un mundo semiclandestino de trabajo negro sin facturas, de trueques, de crítica feroz a los poderes que han fracasado y de consumo de información alternativa y libre.
Los ciudadanos cada día creen menos en lo público y están tejiendo una red que poco a poco se autorregula, un milagro de autogestión que se expande a partir de una gran pregunta: ¿para que coño sirven tantos enchufados y parásitos travestidos de los “padres de la patria”?
Muchos ciudadanos, ante el fracaso de los gobernantes, el avance de la pobreza, el imperio de la injusticia y el implacable aumento de los impuestos, empiezan a comprender que ni periódicos, ni políticos son representantes de nada. Las tendencias y opiniones se forjan dentro de la red, sin que nadie las dirija. Cada día es más evidente que los grandes poderes han dejado de controlar la opinión pública, algo que lograron en las últimas décadas gracias a la prostitución de los medios de comunicación, que abandonaron el servicio democrático a los ciudadanos con la verdad para entregarse al dinero y a las concesiones de los poderosos.
Los grandes medios de comunicación apenas informan del avance de la autogestión en España, cuya principal manifestación es una economía sumergida cada día más fuerte y subterránea, aunque si refleja, como simples curiosidades, algunos nuevos rasgos de la sociedad, como el auge del trueque,el creciente protagonismo de ONGs despolitizadas como Cáritas, el crecimiento de las bolsas comunes, la ayuda social comunitaria a los necesitados y otras muchas actuaciones de la sociedad cuyo denominador común es que se realizan al margen de cualquier autoridad gubernamental y que huyen de los políticos como si fueran diablos, por razones de salud y supervivencia.
El avance de la autogestión asusta enormemente al poder, que no sabe ya cómo dominar las tendencias y opiniones de la sociedad. Las redes sociales e Internet tienen ya más fuerza que los medios de comunicación a la hora de forjar los grandes criterios y opiniones, algo que causa inseguridad y pánico entre los poderosos.
La mentira tiene cada vez menor recorrido y las soflamas y consignas duran lo que duren las “40 primeras opiniones publicadas”. Si no convences, si no hay seguimiento, te hundes en pocas horas. La sensación de algunos poderosos habituados al dominio es desoladora. Se sienten todavía poderosos, pero cada día descubren con más claridad que también están muertos.
La frustración ante el mundo oficial es el motor de la autogestión que avanza y genera libertad. El nuevo mundo, autogestionado por el ciudadano sin más autoridad que su conciencia y libre albedrío, avanza desde el convencimiento de que toda ese ejército de padres de la patria no es otra cosa que una legión de aprovechados que hace mucho tiempo que olvidó sus deberes y razón de existir, sobre todo su obligación de servicio al bien común, para transformarse en una tropa de depredadores, generalmente enferma de avaricia, corrupción y arbitrariedad.
Es como si el ciudadano hubiera descubierto de pronto que estaba siendo gobernado por canallas y que sólo él puede solucionar los dramas que le acosan. Contempla como las grandes verdades y pilares del mundo se tambalean, desde la información veraz a la honradez del poder, sin olvidar conceptos básicos como la limpieza, la unidad y la Justicia, y ha decidido organizarse por su cuenta. Contempla con horror como se hunden pilares tan sólidos en apariencia como la sanidad pública y la justicia social y teme que pueden caer otros sustentos básicos del sistema, como las pensiones para los ancianos y hasta el concepto de nación.
Este movimiento creciente de una sociedad que vive y subsiste cada día más al margen de la autoridad representa un peligro mortal para el sistema político actual, ya que se basa en la desconfianza de los ciudadanos frente al poder instituido y, sin confianza, no puede existir jamás la democracia, que es un asistema que se dota de objetivos comunes, leyes y gobierno para convivir y crecer.
La desconfianza frente a un poder que no ha dado la talla y que se ha ganado a pulso el desprecio de los ciudadanos, cuyos dirigentes, los políticos, por sus abusos, corrupciones y fechorías, han caído en el desprestigio y el descrédito, está generando una especie de "ciudadanos nuevos", más indignados, más autónomos, más libres, más desconfiados frente al poder público y mas conscientes de que nadie le va a salvar del hundimiento, si no lo hacen ellos mismos.
Justo cuando la nacionalización de Bankia demuestra la pésima gestión de los políticos en las cajas de ahorro y cuando la sociedad española reclama que los políticos y sindicalistas abandonen los consejos de administración de las entidades bancarias españolas, al flamante y trasnochado gobierno socialcomunista andaluz que preside Griñán se le ocurre crear un banco público andaluz. Muchos ciudadanos se preguntan si quieren crearlo para saquearlo.
Una de las propuestas estelares del nuevo gobierno socialcomunista andaluz es la creación de un "banco público" que supla en Andalucía las carencias de la banca comercial privada, estigmatizada por la "progresía" como culpable de muchos de los males y ruinas que asolan a la soceidad española. Los incautos andaluces creen que es una buena propuesta porque no la analizan en profundidad. Si lo hicieran, descubrirían que los auténticos culpables del drama financiero son los políticos, que no han controlado a los bancos, como era su deber, y que los mismos que ahora piden un banco público ya tuvieron a su disposición todo un próspero y eficaz sistema bancario, el de las cajas de ahorro andaluzas, que saquearon sin piedad hasta llevarlas a la ruina y la desaparición.
Muchos andaluces, ante la propuesta de una banca pública en Andalucía se preguntan hoy si los políticos la quieren para hacer lo mismo que hicieron con las cajas de ahorro andaluzas, unas instituciones que saquearon y condujeron a la ruina desde que coparon los puestos en sus consejos de administración, junto a sus "colegas" sindicalistas.
El sistema andaluz de cajas de ahorro era pujante y boyante hace apenas dos décadas, pero hoy es una ruina cargada de dramas, deudas y problemas. Las cajas andaluzas, destrozadas por los políticos y sindicalistas, tuvieron que ser intervenidas o abducidas por otras cajas mayores, hasta el punto de que el sistema se esfumó, con miles de millones de euros desaparecidos, y ya sólo queda una, Unicaja, con cierta impronta andaluza, tras el asesinato de joyas como El Monte, Caja San Fernando, Caja Sur, Caja Granada y algunas otras de menor tamaño.
La responsabilidad de políticos y sindicalistas en la ruina del sistema de cajas andaluzas no es una opinión sino un hecho constatado. Los políticos y representantes sindicales, desde sus sillones en los consejos y desde su dominio sobre las obras sociales, han influido sobre los técnicos que dirigían las cajas y los han suplantado para imponer prestamos que no se devolvían a partidos políticos, ayuntamientos y amigos del poder, ayudas irracionales a gente insolvente y créditos que se perdonaban por "influencia" del poder, todo un saqueo organizado por el que, vergonzosamente, nadie ha pagado, a pesar de que lo ocurrido es un delito de expolio y corrupción de extrema gravedad.
Con esos precedentes, sorprende ahora que el nuevo gobierno socialcomunista pida un nuevo banco público, una iniciativa que muchos andaluces, con malicia, interpretan como la creación de otro fondo de dinero para que los políticos puedan también esquilmarlo.
Los periodistas están abandonando su silencio cobarde y salen a las calles, convirtiéndose ellos mismos en noticia, pero no lo hacen para defender la verdad, reclamar independencia, pedir perdón por sus traiciones o poner fin al vergonzoso sometimiento a la publicidad, al poder político y al imperio de lo políticamente correcto, sino para manifestarse por el declive de la profesión, por los bajos sueldos, porque mas de 6.000 periodistas han perdido su puesto de trabajo en los últimos tiempos y porque todos tienen miedo de sumarse a las largas e inhóspitas filas del desempleo.
Muchos de los que han estado en las manifestaciones y actos de protesta son rostros conocidos, en su mayoría culpables del drama que sacude y aplasta hoy a la profesión, donde no todo es, como dicen, descenso de la publicidad y cuya principal causa es haber dejado de informar con independencia y veracidad al ciudadano, lo que ha generado un periodismo mediocre, poco elaborado, menos libre y con poca investigación, incapaz de cumplir su misión principal en democracia, que es fiscalizar a los grandes poderes, ofreciendo al ciudadano la información veraz y crítica que necesita para conocer el mundo y tomar decisiones correctas.
Muchos de los que ahora tienen la osadía de pedir ayudas públicas para la profesión periodística, como si los periodistas fueran banqueros, han vivido cargado de privilegios y ventajas, arrimados a los poderosos, a los que servían manipulando la realidad y confundiendo a la audiencia. Muchos de ellos hace mucho tiempo que dejaron de ser notarios veraces del acontecer para convertirse en bufones del poder y en servidores de partidos políticos, administraciones públicas y grandes empresas. Su abandono de la verdad libre e independiente ha sido causa importante del deterioro de la democracia, del abuso de poder y del hundimiento del prestigio de la política y de lo público en España.
El argumento principal que esgrimen, que "sin periodismo no puede haber democracia", es falso porque lo que la democracia demanda no es periodismo sometido, sino verdad, valentía y crítica independiente, tres valores escándalosamente ausentes en un periodismo español que ha cometido el grave error de abandonar al ciudadano para servir al poder.
Hace dos décadas, la profesión de periodista todavía era admirada y respetada por la sociedad, pero la cobardía y la incapacidad de defender la verdad y el rigor profesional hicieron posible que los periodistas perdieran el poder en las redacciones, entregarán la independencia a las empresas y se dejaran dominar y guiar por marketinianos obsesionados por el dinero y por editores vinculados al poder por pactos inconfesables que incluían dinero, concesiones, subvenciones y ventajas de todo tipo, siempre a cambio de difundir silencios y mentiras. Hoy, los periodistas, junto a sus amigos los políticos, son profesionales despreciados y rechazados por la ciudadanía, con razón.
La mayoría de las razones que las asociaciones de la prensa y los periodistas esgrimen para explicar la crisis son falsas. Basta ver las portadas de los diarios y las informaciones de cualquier medio para descubrir que la verdadera razón de la crisis del periodismo es que ha desaparecido la crítica, que se redactan panfletos y que la verdad, la investigación y el análisis crítico han sido sustituidos por un servicio al poder vergonzoso y sin valor añadido. Antes del suicidio de la profesión, la esencia del periodismo consistía en sacar a la luz aquello que alguien estaba muy interesado en que nunca se supiera, algo que ya casi nunca se hace porque priman el miedo, la autocensura y el morbo, se hace pornografía de las bajas pasiones y hasta se empuja al populacho para que tome partido por la causa del editor.
Muchos de los que han inundado los medios de basura se encuentran hoy en el paro y se dan ahora golpes de pecho, pero ya es tarde porque la audiencia ha decidido escapar del ya desprestigiado e inútil basurero mediático.
La consecuencia lógica es que los ciudadanos han dejado de leer periódicos y que ya buscan la información veraz y crítica en internet, antes que en la prensa, la radio y la televisión.
Lógicamente, las empresas, conscientes de la pérdida de audiencia y de poder de los medios, dejan de publicitarse o buscan otros espacios mas rentables para sus anuncios.
Internet, donde funciona un periodismo ciudadano y amateur que ha sabido llenar los espacios de investigación, independencia y osadía informativa abandonados por el periodismo tradicional, gana adeptos y cuotas publicitarias cada día en un mundo que está cambiando a marchar forzadas y en el que, por fortuna, los mentirosos, los cobardes y los ineptos no tendrán futuro.
Francisco Rubiales
Señalar al banquero como el gran culpable de los desastres de España es un engaño y una estafa del poder político, interesado en que no se culpe a los políticos, los verdaderos y principales responsables del gran drama que está viviendo nuestro país y buena parte del mundo. Los banqueros no son santos, ni están libres de culpa, pero, comparados con los políticos, casi parecen ángeles.
La última reforma financiera del gobierno de Rajoy, por su dureza y profundidad, ha puesto de rodillas a los bancos españoles, que no se esperaban un incremento tan grande de las provisiones y garantías. Esa reforma, que obliga a la banca a sacrificios muy dolorosos, demuestra que la tesis inventada y difundida por la izquierda de que los banqueros son los que dominan el mundo y los principales culpables de la actual situación de crisis es una burda falsedad.
La del "banquero culpable" es, probablemente, la mentira mejor forjada y más oportunista de la izquierda. Decir que son los banqueros los que mandan y los principales culpables del actual drama de España es una falacia en toda regla, inventada para liberar a los verdaderos culpables del desastre, los políticos, de la merecida y justa ira popular. Los banqueros no son santos, pero existe la ley para controlarlos, una ley que el gobierno no utiliza ni para frenar a la banca, ni para erradicar la delincuencia, ni para acabar con la corrupción y la violencia.
No existe en el mundo un sector mas regulado y vigilado por el poder político que las finanzas. Ni un sólo producto financiero puede salir al mercado sin la aprobación de los órganos reguladores, bajo control político. Ningún banco puede vender un producto o aprobar sus cuentas sin la autorización de los bancos centrales. Si miles de personas han sido engañadas con ese producto basura llamado "participaciones preferentes" y si el mundo ha sido inundado con una lluvia intensa de "activos tóxicos" es porque los políticos, cuyo deber era vigilar al sistema para que no cause daños a la economía y al ciudadano, no ha cumplido con su deber.
Los incautos, azuzados por los activistas de la izquierda, culpan ingenuamente a los banqueros de problemas cuyos únicos culpables son los políticos, liberando así de culpa a la clase política, que es la verdadera plaga y la peor pesadilla para el pueblo desde hace milenios.
En tiempos de Zapatero, la hábil propaganda del PSOE consiguió que las protestas sindicales se dirigieran más contra la banca que contra el gobierno socialista, principal culpable del desempleo masivo, la pobreza y la injusticia generalizada.
Que le pregunten a los encarcelados Mario Conde y Javier de la Rosa o al recién dimitido Rodrigo Rato si los que mandan son los banqueros o los políticos. Que se lo pregunten a los cientos de banqueros que han sido destituidos y juzgados en todo el mundo por sus errores en la gestión de la crisis, una crisis que apenas ha provocado juicios de políticos, a pesar de que ellos eran los grandes responsables de los estragos.
La reforma financiera aprobada por el gobierno de Rajoy el viernes 11 de mayo obliga a la banca española a realizar esfuerzos muy dolorosos y costosos para reforzar sus garantías, provisionando miles de millones de euros que tendrán que salir de sus propios beneficios, del bolsillo de sus accionistas o pedirlos prestados al Estado, que los entregará a cambios de intereses altos, cercanos al 10 por ciento, castigando duramente el valor de los bancos y condenando a los accionistas a ejercicios sin beneficios. Si después de ese duro castigo al sistema todavía hay ingenuos que creen que son los banqueros y no los políticos los que mandan, es porque les interesa propagar esa burda mentira, cuyo único fin es preservar de la merecida ira popular a una casta política que es merecedora de desprecio y castigo por sus errores, arbitrariedades, corrupciones y fechorías.
El principal rasgo del Estado actual es la concentración desproporcionada y antidemocrática de poder en manos de los gobernantes y de la clase política en general. Es un fenómeno viejo, quizás tan viejo como la Historia, pero que en el siglo XX alcanzó proporciones desmesuradas y muy peligrosos. El Estado se hizo tan fuerte que aplastó al ciudadano, lo sometió, lo anuló y hasta lo asesinó en masa. Los estados mataron en el siglo XX a mas de cien millones de civiles en todo el mundo, siendo los más asesinos aquellos que concentraron más poder, empezando por la China de Mao, seguida de la URSS de José Stalin y de la Alemania nazi de Adolf Híler.
Pero no fueron esos los únicos países que practicaron el asesinato de civiles y la eliminación étnica y la ingeniería social más cruel en ese siglo XX aterrador, que pasará a la Historia como "el siglo del Estado". Países aparentemente democráticos como Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y otros muchos cometieron crímenes en América Latina, Vietnam, África, Asia y la misma Europa, donde los Balcanes fueron testigos de asesinatos masivos de una crueldad demencial.
Aquel Estado asesino es el mismo que hoy nos gobierna en el siglo XXI. Ha aflojado la presión, pero sigue siendo igualmente poderoso y está dispuesto a resistir las demandas y anhelos del pueblo marginado con sus fuerzas policiales, manteniendo el férreo control del poder. Ese Estado, que ha traicionado la democracia incumpliendo sus normas y dinamitado sus controles y cautelas hasta convertir la democracia en una sucia oligocracia de partidos, afirma ahora que son los banqueros y no los políticos los culpables del drama de un un mundo cada día más injusto, desigual, desprotegido y corrompido.
La mentira del político que sigue los dictados de la banca es tan burda que sólo los descerebrados y abducidos por el poder se la creen ¿Hay algo más ridículo que pensar que los que tienen bajo control las leyes, los ejercidos, la policía, las armas, los servicios de inteligencia y cientos de miles de servidores va a dejarse dominar por una pandilla de banqueros, a los que el Estado podría borrar del mapa sólo aprobando un par de leyes?.
Mucha gente no es capaz de ver que si los desahucios de producen no es porque los banqueros sean implacables e inmisericordes, sino porque los pérfidos políticos han aprobado en los parlamentos leyes que los permiten y que si los créditos bancarios no llegan a las empresas y familias no es porque los bancos los nieguen, sino porque el Estado les exige operaciones de solvencia garantizada y porque los gobiernos acaparan todo el dinero disponible en los bancos para mantener su costosa e inútil maquinaria de poder.
Sin duda, la mentira del "banquero culpable" es la mejor forjada por el poder político, la más eficazmente difundida por la propaganda y la más burda y estúpidamente creída por los ciudadanos abducidos y engañados en estos tiempos de engaño y mafia.
Francisco Rubiales
Cada día son más los españoles que se sienten políticamente huérfanos, alejados de la izquierda y de la derecha, incapaces de depositar su confianza en ninguno de los dos grandes partidos políticos del país. Saben que el socialismo, con Zapatero, fue una pesadilla, pero han perdido también la confianza en la derecha que lidera Rajoy, al que acusan de cobarde, mentiroso e injusto por su política de reformas y ajustes.
En fenómeno es nuevo y nunca se había producido en España desde que murió Franco. Anteriormente, cuando los ciudadanos rechazaban a un partido de derecha, entonces votaban a la izquierda y viceversa, pero ahora el rechazo de los españoles a Zapatero es demasiado profundo para que pueda borrarse en muchos años, a pesar de que la confianza en Rajoy se está diluyendo como un azucarillo.
El resultado es la orfandad política, un fenómeno que rechaza a cualquier partido político con opción de gobernar y a toda la clase política en general, producto del desencanto y del fracaso de los político profesionales, sean de derecha o de izquierda, en la gestión del Estado.
El sistema democrático carece de defensas y de recetas para afrontar esa desconfianza ciudadana en la oferta política. Los ciudadanos, a pesar de que rechazan al PP y al PSOE, tendrán que acudir a las urnas, cuando lleguen las elecciones, con esos dos mastodontes ocupando la escena y sin dejar sitio a otras formaciones más decentes que pudieran generar ilusión y esperanza en el decepcionado electorado.
Pero lo grave es el presente de terrible orfandad de una ciudadanía que ha comprobado que tanto el actual gobierno de derecha como la oposición de izquierda están dominados por ineptos que carecen de lucidez y liderazgo para solucionar los graves problemas de España, en su mayoría creados por la misma clase política: corrupción, despilfarro, endeudamiento, tamaño desmesurado del Estado, arrogancia, abuso de poder, arbitrariedad, impuestos insoportables, desconfianza en los dirigentes y un profundo miedo al futuro.
El sentimiento de rechazo masivo a la clase política, cada día más intenso en España, dificulta enormemente la salida de la crisis y se convierte en un problema para el país, ya que sin confianza en el liderazgo y sin ilusión política, la sociedad es incapaz de entregar el esfuerzo suplementario que demanda la terrible situación de la economía.
¿Cual es la causa real de la horfandad política en España? Sin duda es el fracaso de la clase política, un drama que, unido a la perversión del sistema, que ha perdido sus rasgos democráticos, y al poder desmesurado de los partidos políticos, ha convertido el sistema político español en un auténtico basurero.
Destaca en el panorama la vertiginosa caída de la confianza en Mariano Rajoy, en apenas cuatro meses de gobierno, todo un record mundial. Rajoy y el PP lo tenían todo porque el pueblo los elevó hasta el poder, dotándolo de una amplia mayoría absoluta, como antídoto al drama de Zapatero, pero en apenas unos meses, el triste Mariano ha demostrado ser un discípulo aventajado del nefasto Zapatero, casi tan inepto, injusto y mentiroso como el denostado socialista. Rajoy ha incumplido casi todas sus promesas electorales, lo que, en términos estrictamente democráticos, convierte a su gobierno en ilegítimo, ya que su ascenso al poder se ha basado en la mentira y el engaño. Pero su principal "pecado" ni siquiera es su incumplimiento de las promesas electorales, sino su incapacidad para combatir los grandes dramas de España, sobre todo la corrupción política, los injustos e inmerecidos privilegios de la clase política y el insoportable e incosteable tamaño del Estado, donde todavía hay casi medio millón de enchufados políticos agarrados a la teta pública, arruinando al país, sin otro "mérito" que ser familiares o amigos del poder y sin aportar absolutamente nada al bien común.
Pep Guardiola, al abandonar voluntariamente como entrenador del Barcelona club de fútbol, se ha convertido en todo un ejemplo a seguir para los políticos españoles, famosos en el mundo no sólo por su ineptitud y pésima capacidad de liderazgo, sino también por su fácil convivencia con la corrupción, por el rechazo que despiertan entre sus administrados y porque jamás dimiten, ni siquiera cuando el pueblo se lo reclama como castigo a sus errores y abusos. La dimisión de Guardiola es toda una bofetada a la "casta" política española, una de las peores del mundo, muchos de cuyos miembros, ya agotados y sin nada que ofrecer a la comunidad, se aferran a sus cargos con uñas y dientes y llevan más de tres décadas subidos en el coche oficial y disfrutando de privilegios inmerecidos.
Pep Guardiola, entrenador del Barcelona, probablemente el mejor club de fútbol del mundo, ha decidido abandonar su puesto después de cuatro años de trabajo brillante porque afirma que ha perdido la frescura y la energía que tenía cuando asumió el puesto. Su salida en el cénit de su carrera representa todo un ejemplo para muchos profesionales, sobre todo para los políticos españoles, incapaces de abandonar sus puestos, incluso cuando han perdido no sólo la frescura y la energía iniciales, sino también la decencia y la honradez necesarias para ejercer el liderazgo en democracia.
Guardiola ha dejado su cargo cargado de éxitos y de laureles, de una manera ejemplar y cuando su liderazgo continua siendo deseado por sus jugadores y por el club que lo contrató, otra diferencia fundamental con los impresentables políticos españoles, que ni siquiera abandonan del todo cuando son rechazados masivamente por el pueblo, como ha ocurrido recientemente con el presidente socialista Zapatero, que sigue "instalado" en el Consejo de Estado, disfrutando de privilegios, a pesar de haber acumulado una carga de derrotas, fracasos y rechazo popular que ningún profesional con pudor podría resistir.
Guardiola fue presentado como nuevo entrenador del FC Barcelona 17 de junio de 2008, con 38 años, en sustitución de Frank Rijkaard. En tan sólo 4 años ganó 13 títulos y se colocó como el mejor entrenador del mundo. Hoy se va por la puerta grande, ofreciendo a muchos profesionales, en especial a los políticos españoles, un claro ejemplo de comportamiento decente y honrado.
Alemania, Europa y el FMI se están equivocando con las recetas que imponen a España porque no la conocen. Creen que España es como Francia, Inglaterra, Holanda o cualquier otro país democrático de Occidente, pero España no es eso sino una partitocracia de golfos habituados a arruinarlo todo, como ya han arruinado las cajas de ahorro, la prosperidad, el Estado de Derecho y buena parte de los valores, principios y decencia que poseía la sociedad.
Para salvar a España no son suficientes el equilibrio presupuestario, el control del déficit y los recortes, unidos a medidas de estímulo que reactiven la economía y la hagan más competitiva. España necesita de una terapia previa diferente y más radical: que la liberen de las bandas de políticos parásitos e ineptos, sin capacidad de liderazgo ni escrúpulos morales, que se han apoderado de los grandes partidos políticos y del Estado y que se instaure en el país una verdadera democracia.
El mundo occidental no es consciente de hasta que punto España está minada por la corrupción y el abuso de poder. Ni siquiera pueden imaginar lo que los políticos y sindicalistas han hecho con el sistema financiero que controlaban, esas cajas de ahorro que eran instituciones sanas y pujantes hasta que los políticos se sentaron en sus consejos y empezaron a desvalijarlas sin piedad. Han construido aeropuertos sin aviones y trenes de alta velocidad sin pasajeros, enriqueciendo a los amigos y embolsándose comisiones secretas. Han llenado las administraciones de familiares y amigos, tirando los billetes públicos como si fueran confetis. Todos los depredadores, saqueadores y despilfarradores se han escapado de la Justicia sin pagar su deuda, muchos de ellos inmensamente ricos, atiborrados de dinero público. No saben que mientras en España subsista una clase política así, ninguna receta tradicional surtirá efecto.
Hay dos ejemplos que demuestran cómo España también en política es diferente. El primero es el descalabro de Zapatero, un dirigente que cosechó un nivel de rechazo ciudadano tan grande que tuvo que ser apartado de la política por su mismo partida para evitar un desastre electoral, que al final se produjo, aunque atenuado. Zapatero destruyó España durante sus siete años de mandato, no sólo en su economía, sino también en su moral, confundiendo, desmoralizando, mintiendo, esparciendo corrupción desde lo público y creando millones de seres que ya no saben distinguir entre el bien y el mal. El segundo ejemplo es el vertiginoso deterioro de Mariano Rajoy, que pierde apoyos a un rítmo fulgurante, como consecuencia de que su gobierno es cobarde, mentiroso e injusto. No sólo ha hecho pagar la factura de la crisis a las clases medias y a los que tienen un puesto de trabajo, sino que ha dilapidado la credibilidad, agotado la legitimidad y frustrado a millones de españoles que le dieron su voto al no atreverse a acabar con el gran cáncer del país, que es un Estado enorme, corrupto, inepto y tan costoso que ningún país podría financiar sin arruinarse.
Los norteamericanos son los únicos que lo tienen medianamente claro: Ellos piensan que España es un país inviable mientras subsistan dos dramas terribles en el corazón del Estado español: el primero es la pésima calidad de sus políticos, egoístas, sectarios, ineptos e incapaces de anteponer el interés general al bien común, más interesados en destruirse mutuamente que en trabajar por la nación y por sus ciudadanos; el segundo es el inmenso coste del Estado Español, probablemente el más irracional y caro de todo el Occidente, dividido en 17 reinos de taifas, con miles de parásitos aferrados a la teta pública y con miles de instituciones y administraciones que realizan el mismo trabajo y que no aportan absolutamente nada al bien común.
En una país normal, la receta que se está aplicando a España funcionaría. Primero hay que reducir los gastos y realizar recortes y reformas que hagan al país competitivo, para después empezar a trabajar para recuperar la prosperidad. Pero en España esa receta no sirve porque cualquier despegue, ajuste o reforma será boicoteado por una clase política dividida e invadida de enfermedades terminales como la corrupción, la avaricia, la golfería y la insolidaridad. Los enemigos de España no están fuera, sino dentro del Estado y quien no se lo crea que analice hoy la política socialista, animadora de la trifulca y del enfrentamiento, o la de los nacionalistas vascos y catalanes, felices de que España se debilite porque así piensan que será más fácil independizarse.
Los socios y aliados de España en el mundo deberían hacer un esfuerzo para entender hasta que punto este país se ha deteriorado en los últimos treinta años. Si no creen en estas tesis, que contemplen las estadísticas y descubrirán con sorpresa que esta España que se autoproclama "democrática" es líder internacional en casi todas las lacras y vergüenzas, campeona de muchas calamidades y dramas: tráfico y consumo de drogas, blanqueo de capitales, despilfarro, arbitrariedad de los grandes poderes, impunidad del poder político, refugio de dinero mafioso, trata de blancas, prostitución, alcoholismo, fracaso escolar, deterioro de la democracia, desprestigio de la clase política, desahucios, destrucción de tejido productivo, desempleo, avance de la pobreza... y un largo etcétera que demuestra, con implacable certeza, que España es un país pésimamente gobernado, una auténtica partitocracia de golfos que más que recetas económicas necesita una inmensa purga que llene las cárceles del país de indeseables y delincuentes con poder.
Sábado, 18 de mayo
Juan Fernandez Krohn
Vicente Torres
Rufino Soriano Tena
Manuel Molares do Val
Toni García Arias
Antonio García Fuentes
Vicente A. C. M.
Francisco Rubiales
Paco Sande
Juan Ramón Moscad Fumadó
Pedro Fernández Barbadillo
José Pómez