El Voto en Blanco masivo, provocado por el pésimo liderazgo y los abusos de la "casta" política, será, probablemente, la primera gran revolución pacífica del siglo XXI.
A un demócrata español sólo le quedan dos opciones ante las urnas: si cree que debe luchar contra Zapatero para eliminar el mal gobierno y la degradación que acosan a España, que se tape la nariz y vote al PP; pero si cree que su deber es luchar contra la partitocracia y contra el maloliente sistema político español, entonces debe votar en blanco o anular su voto con un reproche contundente, dirigido a la "casta política.
No hay otras opciones aceptables para un demócrata.
El Voto en Blanco crece por todas partes, impulsado por la indignación de los ciudadanos frente a los políticos y por el deseo de regenerar una política podrida y plagada de corruptos e inútiles. En algunos países víctimas del mal gobierno, como México, en los comicios de julio de 2010, el voto en Blanco logró la victoria en algunas ciudades y porcentajes muy altos en algunos estados. En algunas democracias teóricamente avanzadas, como la española, crece sin parar y ha llegado a superar el 10 por ciento de los votos en comunidades autónomas como Cataluña. El fenómeno es mundial y responde tanto al asco que sienten los administrados como al deseo de regenerar la democracia, de recuperar el protagonismo del ciudadano en el sistema y de castigar a la infectada a inútil "casta" política.
El Voto en Blanco sólo cede ante los muchos domócratas españoles que están convencidos de que la prioridad suprema es expulsar cuanto antes a Zapatero del poder para impedir el hundimiento de la patria y la degradación. Sólo entonces, con la nariz tapada, ante un drama de rasgos dramáticos como es la presidencia de Zapatero, un demócrata puede votar al PP sin perder la dignidad, aun sabiendo que así alimenta un sistema podrido y degradado.
Algunos pensadores políticos empiezan a identificar el rechazo a los políticos y el desprecio a la "casta" como un "índice" revelador del deseo de libertad y de regeneración. También es, claramente, un signo de la salud y fortaleza de las sociedades, hasta el punto de que aquellas que reflejan en las encuestas el desprecio y hasta el odio a los políticos, como la española, reflejan en realidad salud democrática y deseo de regeneración.
El voto en blanco es el mejor símbolo de ese rechazo en las urnas a esos políticos que se han vuelto arrogantes, que se han apropiado de la democracia y que, con un descaro intolerable, han expulsado al ciudadano de la política, a pesar de que es el "soberano" del sistema.
La sensación de que los políticos han llegado "demasiado lejos" en su arrogancia y de que sus fracasos no pueden seguir siendo tolerados por la sociedad crece cada día más en el mundo y se conforma como una corriente de rechazo abierto a la "casta".
Todo parece indicar que los ciudadanos sorprenderán a la "casta" política en las próximas elecciones y que el voto en blanco será la gran estrella del movimiento mundial de rechazo a los políticos.
El voto en blanco se impondrá a la abstención por su contundencia y claridad. Mientras que la abstención puede ser calificada de "desinterés" y justificada por los políticos con el sucio argumento de que "los ciudadanos se dedican a sus asuntos y dejan la política a los políticos", el voto en blanco es siempre una bofetada a los pol´tiicos y a sus propuestas, propinada por ciudadanos que, conscientes de su derecho y del valor del voto, acuden a las urnas precisamente para demostrar su desprecio y rechazo a una casta que es la principal culpable de los grandes dramas del mundo actual: caida de los valores, degeneración de la democracia, desigualdad creciente, fracaso del Estado de Bienestar, desempleo masivo, crisis económica y financiera, violencia, hambre, avance de la pobreza y decenas de lacras y dramas, entre los que sobresalen la escasa calidad de la enseñanza´, la corrupción y la utilización arbitraria y mezquina del poder público.
Los políticos, que aspiran a seguir siendo los únicos dueños del poder, pretenden convertir al ser humano en una entidad fatalista, esclava del guión que otros escriben para él, desmotivada y víctima del virus del "no vale la pena hacer nada" y del "no se pueden cambiar las cosas". Sin embargo, existe un reducto rebelde y libre que no acepta ser esclavo ni asume el que "todo el pescado ya esté vendido". Es cierto que la libertad agoniza en una sociedad que los políticos han sembrado de gente acobardada, pero no es menos cierto que cada día somos más los que nos negamos a ser "súbditos" y anhelamos ejercer de "ciudadanos", los que sentimos que las campanas de la libertad vuelven a repicar por todo el orbe, llamando a la rebelión contra la mediocridad, la indecencia, la corrupción y la ineficacia de los poderosos. Cada día somos más los que soñamos con una regeneración que arroje al basurero a los actuales amos del mundo.
El voto en blanco es una manifestación de rebeldía al alcance de todos los ciudadanos y, al mismo tiempo, un primer paso significativo y didáctico en el camino hacia la regeneración de un sistema corrupto e ineficiente, configurado para que beneficie a los poderosos y no al pueblo, al servicio de intereses partidistas, nunca del bien común.
Voto en Blanco descansa durante el mes de agosto
Hemos actualizado a diario el blog Voto en Blanco durante los últimos 11 meses, etapa en la que hemos publicado unas 500 informaciones y análisis, aproximadamente.
Ahora descansaremos durante el mes de agosto.
Si alguien quiere aprovechar el tiempo libre para impregnarse de espíritu crítico, libertad e información veraz, libre de toda censura e interés partidista, que se sumerja en las entrañas de Voto en Blanco y utilice su buscador para encontrar artículos sobre política. sociedad, derecho, cultura y, sobre todo, democracia.
Hemos colocado en portada un artículo especial, sobre la posibilidad de que el Voto en Blanco se convierta en la primera gran revolución pacífica del siglo XXI, para que presida el blog durante todo este mes de vacaciones.
Buen descanso para todos los demócratas que leen este blog.
F. Rubiales
Algunos participantes en los debates de Voto en Blanco defienden la tesis de que cada país tiene los políticos que se merece y que la actual degradación de la política española es consecuencia directa de la degradación de la sociedad. Si eso es así, ¿cómo explicar que la misma España que cuenta con los peores políticos de Europa, consiga éxitos deportivos que son la envidia del mundo? ¿Tenemos los deportistas que nos merecemos como sociedad?
Las victorias españolas en los campeonatos mundiales de fútbol, en Wimbledon, en los mundiales de motociclismo, en baloncesto internacional y en el Tour de Francia constituyen un impresionante éxito del deporte español, que es envidiado en todo el mundo. Esa misma España que triunfa en el deporte padece un liderazgo fatal y se encuentra en el pozo del desprestigio mundial por el escaso valor de su política, degradada por la corrupción, el desacierto, el mal gobierno y por una catarata de errores que ponen en peligro la cohesión, la prosperidad, el presente y el futuro de un país que, por culpa de sus malos dirigentes políticos, ha perdido la confianza y camina hacia la frustración y la derrota como pueblo.
La última "trastada" antidemocrática ha ocurrido en Cataluña, donde el nacionalismo, cada día más dictador y siempre sediento de odio, separación, victimismo y revancha, ha prohibido las corridas de toros, no tanto por la crueldad que encierran como porque "huelen" a España. Otras fiestas populares genuinamente catalanas, en las que se maltrata al toro con más saña que en la tauromaquia, no han sido prohibidas.
¿Cual de las dos caras refleja la España real, la que triunfa en el deporte o la que se revuelca en la pocilga política? Si es cierto que ´cada país tiene los políticos y los éxitos que merece, por qué cosechamos éxitos en deporte y fracasos en política?
La única explicación rigurosa del fenómeno está en la estadística, que establece que cada país, cada dos siglos, aproximadamente, tiene la mala suerte de que lo peor de su sociedad, la escoria, alcance el poder y lo ocupe. Es lo que le ocurrió a la España de Fernando VII, rey traidor y felón cuyos desmanes y errores todavía pasan factura, y es lo que le está ocurriendo a la España actual que, con Zapatero, está alcanzando el cénit de la corrupción, el despropósito, el fracaso y el desprestigio mundial, culminando así un camino que empezó tras la muerte de Franco, cuando en lugar de instaurar una democracia, España se limitó a sustituir el agonizante "Franquismo" por una "partitocracia" que en realidad no tenía nada de democrática.
Adolfo Suárez era un franquista reciclado sin la menor idea de lo que era la democracia. Su Partido, UCD, escandalizó a los españoles cuando se autodestruyó, víctima de las rencillas y enfrentamientos internos, ofreciendo un espectáculo degradante de dirigentes que se despedazaban en público y que anteponiían su egoísmo al interés general.
Felípe González tampoco sabía lo que era la democracia, ni le interesaba, pero era un experto en manejar la partitocracia y, como buen socialista, creía más en el Estado que en la sociedad y el individuo. Cuando su gobierno arrebató a Ruiz Mateos su imperio empresarial de RUMASA, cuando Roldán, el jefe socialista de la Guardia Civil, robó los recursos de los huérfanos del cuerpo, y cuando el Ministerio del Interior atravesó la línea roja y se dedico a matar terroristas, practicando un nauseabundo terrorismo de Estado, los españoles percibieron que las mafias y lo más depravado del país habían tomado el poder y que cualquier robo o abuso empezaba a ser lícito en aquella España sucia.
Aznar, líder de la derecha española, pudo haber cambiado el curso de la historia de la democracia española introduciendo reformas democratizadoras en aquella sucia partitocracia de partidos políticos totalitarios y de políticos profesionales endiosados, pero hizo todo lo contrario y alimentó todavía más un sistema de partidos que se hizo todavía más arrogante, despreciable y odioso. Sin pudor ni decencia, incumplió sus promesas de regenerar la democracia y se autoatribuyó el derecho a nombrar jueces, eliminando lo poco que quedaba de la independencia del poder judicial. Aznar terminó su mandato como un faraón casi totalitario, designando "a dedo" a su sucesor, Mariano Rajoy, quien desde entonces se arrastra por la política con ese estigma ,que le resta legitimidad y solvencia democrática.
Cuando descubrieron que la derecha se comportaba como la izquierda, los ciudadanos españoles empezaron a perder el respeto y el aprecio por los políticos y por el mismo sistema. La democracia española empezaba ya a apestar a cadaver.
Con Zapatero, el deslizamiento de la política española hacia el pozo del cieno y de los excrementos ha llegado a extremos vomitivos. Su gobierno ha elevado el nivel de la corrupción y de la mentira hasta limites intolerables en el Occidente democrático, Sus errores han empobrecido a España y llenado la sociedad de parados y nuevos pobres. La antigua prosperidad española, forjada durante los tiempos de Aznar, se ha ido a pique, como también se han hundido los valores, la cohesión y el respeto por un clase política que ya aparece en las encuestas como uno de los grandes problemas de la nación. Su compra de votos a los nacionalistas, a cambio de dinero público, su desenfrenado despilfarro y su endeudamiento atroz quedarán en la memoria de España, formando parte de su historia más trágica y despreciable.
La política española es lo peor de una sociedad desigual que tiene en sus deportistas lo mejor. El deporte y la política, en España, son las dos caras opuestas de la misma moneda. En la política dominan la mentira, la sumisión, la arrogancia, la terquedad, el mal gobierno, el desprecio a los ciudadanos, los privilegios desproporcionados e inmerecidos y la corrupción en todas sus facetas, mientras que el deporte debe entenderse como la reacción de la parte más sana de la atribulada sociedad española ante la decadencia y degradación del país, pésimamente gobernado por unas castas deleznables de dirigentes. En el deporte funcionan, precisamente, los valores que están ausentes de la política: esfuerzo, humildad, excelencia, unidad, espíritu de lucha y amor al pueblo al que se pertenece.
Comparar a Nadal con Zapatero, a Contador con Rubalcaba o a Iker Casillas con Montilla es como querer comparar el sol con la noche o a San Juan de la Cruz con un asesino en serie. Son los dos extremos del espectro, irreconciliables, separados por años luz de distancia.
Es absolutamente imposible trasladar los valores del deporte a la politica española porque a políticos y deportistas les separan un infinito de ideas y conceptos. Habrá que luchar con todas las fuerzas para que termine pronto el ciclo maldito de la política española y los dirigentes vuelvan a demostrar honradez, dignidad y solvencia.
Las mismas razones que se esgrimen para suprimir la corrida de toros sirven para justificar la prohibición de los numerosos malos políticos de España.
La Cataluña política, cada día más proclive a la prohibición y al totalitarismo, ha suprimido la tauromaquia por voluntad parlamentaria, con 68 votos a favor, 55 en contra y 9 abstenciones, sin que esa prohibición responda a demanda popular alguna. Lo han hecho en realidad porque la lidia "huele" a España, pero las razones esgrimidas son otras, básicamente dos: la llamada "fiesta nacional" tortura a los animales y el espectáculo taurino es contraproducente y poco recomendable para una sociedad moderna.
Es curioso, pero esos mismos argumentos sirven para prohibir a los malos políticos, causantes de la tortura diaria de los ciudadanos españoles y protagonistas del obsceno y deleznable espectáculo de la "democracia degradada" española, corrupta, infectada de ladrones y poco recomendable para la ética y para la salud de una sociedad moderna y avanzada.
Suprimir a los políticos sería, además, más popular, rentable y ejemplarizante que suprimir la fiesta taurina. El suplicio que los políticos causan al ser humano no es comparable con el que los toreros y la "industria" que se mueve en torno a la tauromaquia causan al toro de lidia.
Los ciudadanos no derramarían una sóla lágrima por esos políticos que ya aparecen en las encuestas señalados por la ciudadanía como el tercer gran problema de España. Los toros, curiosamente, no aparecen en esa lista, ni quiera entre los cien problemas principales del país.
Por culpa de los políticos, muchos ciudadanos son despojados a diario de su derecho al trabajo, arrojados sin misericordia a la pobreza, despojados de sus viviendas por falta de pago, avergonzados porque no pueden llevar comida y dignidad a sus hogares.
Prohibir las corridas de toros va a costarle a cada ciudadano de Cataluña poco más de 50 euros, pero prohibir a los políticos nos haría prósperos y, probablemente, ricos a todos los españoles, que no tendríamos que pagar sueldos del erario público a cientos de miles de parásitos, que no aportan a la sociedad nada positivo.
Si el espectáculo de los toros heridos y muertos en la plaza es deplorable, el de los políticos es dantesco. La corrupción pública, los privilegios inmerecidos, la arrogancia, el despilfarro, el endeudamiento y el mal gobierno constituyen una exhibición que avergüenza, degrada al ser humano como especie y produce tortura, insatisfacción y rabia a millones de ciudadanos españoles.
La política, cuando está degradada y en manos de dirigentes pésimos, es mil veces más vil y deplorable que la fiesta nacional.
Prohibir a políticos de la estirpe de Carod Rovira y de otros muchos nacionalistas catalanes, despilfarradores, arrogantes, estimuladores de la reivindicación permanente, del odio y de la envidia, empeñados en separar, dividir y enfrentar, tiene más sentido, más dignidad y más alcance ético que prohibir los toros en Cataluña.
Os lo juro.
La conmemoración vergonzosa del décimo aniversario del advenimiento del "Zapaterismo", la peor plaga de la España moderna, nos ha hecho ver a los ciudadanos que Zapatero, cerrando los oídos al clamor creciente que exige su dimisión y la celebración de nuevas elecciones, pretende permanecer en la Moncloa por lo menos hasta que finalice la legislatura, lo que equivale a dos años más de degradación de la democracia española y de angustia cívica.
Ante la perspectiva de tener que soportar dos años más al peor gobernante que ha padecido España desde el traidor Fernando VII, hay dos consideraciones importantes que hacer:
La primera es que el Partido Popular, principal partido de la oposición y el único con posibilidades de suceder a Zapatero, debe abandonar urgentemente su actual política cobarde de "esperar" a que el gobierno socialista se cueza en su propio fracaso, confiado en que los ciudadanos, hartos de Zapatero, castigarán al gobierno votando a la oposición. España se merece una oposición que arriesgue, que sea capaz de ilusionar a los ciudadanos con un programa de regeneración y que se atreva a demostrar ante la ciudadanía, con propuestas concretas y con una apuesta clara por la limpieza, la honradez y el resurgir del proyecto común, que Zapatero ha sido un plaga para la democracia, un cáncer para la decencia y un castigo para España.
La segunda es que los ciudadanos, si el PP, como es probable, sigue apostando por la cobardía de "esperar" sin riesgo a que Zapatero se hunda en sus propios excrementos, deberían reflexionar y no premiar esa actitud antipatriótica y antidemocrática de la derecha. El voto de los ciudadanos honrados debería orientarse hacia la protesta, ya sea mediante el voto en blanco o anulando los votos con reproches concretos a una casta política que no está a la altura, ni el la izquierda, ni en la derecha.
El rechazo al político debe crecer hasta el punto de que los representantes públicos perciban a diario el desprecio del pueblo, indignado por el mal gobierno, por la injusticia reinante, por el despilfarro, por la corrupción y por los privilegios injustos que disfrutan los miembros de "la casta", a pesar de sus muchos errores y fracasos.
Conscientes de que "en España el ciudadano vota pero no elige", los demócratas no deberían caer en la trampa de castigar al gobierno votando a la oposición, una actitud que potencia y refuerza el sistema corrupto que nos asquea, porque aquellos que ganan las elecciones van al gobierno, pero los que la pierden siguen disfrutando de las ventajas y privilegios que la "casta" ha forjado para su propio disfrute, recibiendo dinero público abundante, ocupando puestos bien pagados en las instituciones, cajas de ahorro y en consejos de administración, coches oficiales, subvenciones para el partido, etc.
Zapatero, si pierde las próximas elecciones, en lugar de pagar por el enorme daño que ha causado a España y a los españoles, a los que ha arrebatado la prosperidad, el futuro, la felicidad y la decencia democrática, se sentará en el Consejo de Estado y disfrutará de coche oficial, guardaespaldas, funcionarios a su servicio y unos fondos públicos que le convertirán en millonario de por vida. Un sistema que premia el fracaso carece de dignidad y no merece apoyo ciudadano. Ese destino que el sistema reserva al pésimo gobernante constituye una injusticia tan lacerande e indignante que debería provocar una rebelión cívica contra un sistema que tiene más de opresor que de democrático.
Como demócratas, debemos tener claro que nuestro enemigo no es Zapatero sino la democracia podrida vigente, que Zapatero, Aznar y Felipe González convirtieron en una pocilga.
El PP sólo merecerá el apoyo de los demócratas españoles y de la gente de bien de este país si garantiza una profunda reforma que afecte a la Constitución y a la Ley Electoral, que devuelva al ciudadano el protagonismo que le corresponde en democracia, que erradique la corrupción pública, que ha alcanzado niveles nauseabundos, que establezca controles para limitar el abuso de poder de los partidos y de los políticos, que elimine la vergonzosa capacidad de chantaje de los pequeños partidos nacionalistas, que empuje al país hacia la recuperación de los principios y valores perdidos y que elimine la impúdica impunidad que disfruta la casta política cuando delinque..
Es duro pero cierto: después de "padecer" el mandato de Zapatero, la sociedad española está más preparada que antes para acoger cualquier tipo de fascismo. El desprestigio de los políticos y el divorcio de la sociedad con sus dirigentes, dos rasgos preocupantes de la España actual, suelen ser la antesala de aventuras totalitarias. Los socialistas, al celebrar los 10 años de Zapatero, han ocultado en su balance la gran verdad trágica de una España actual que, moldeada por ZP, con la política, los políticos y hasta el sistema desprestigiados, está mucho más lejos de la democracia y más cerca del fascismo que cuando ZP asumió el poder.
Celebrar la bancarrota y el fracaso como hizo ayer el PSOE en el décimo aniversario del "zapaterismo", es obsceno y, además, cínico. El peor dirigente político de la España moderna, en el parcial y falso balance de sus diez años al frente del socialismo español, habló de conquistas sociales que no existen y de éxitos invisibles, ignorando la gran verdad de su herencia, que la España que él ha construido está más cerca del fracaso y del fascismo que cuando él asumió el poder.
Diez años de Zapatero han sido suficientes para debilitar tanto la política y la democracia y para decepcionar tanto a los ciudadanos que el país ha aprendido a odiar a los "políticos" y a desconfiar tanto del sistema que empieza a estar preparado para recibir con los brazos abiertos a cualquier salvapatrias que se presente ante la sociedad como "antipolítico" y sea portador de una "escoba" que barra los abusos, los privilegios injustos y la arrogancia de la actual casta afincada en el poder.
Es duro pero cierto. El divorcio entre políticos y ciudadanos se ha consumado durante el mandato de Zapatero, como queda reflejado en las encuestas, que señalan al político como el tercer gran problema del país. Sin la habitual "cocina" del poder, esas encuestas revelarían la amarga verdad de que los políticos profesionales actuales son el principal y mayor problema de España.
Zapatero, con sus mentiras, engaños, arbitrariedades y trampas, tras haber arruinado el país, dividido la sociedad y despertado el fantasma de las dos Españas, ha esquilmado el panorama político y democrático español, hasta lograr que el político sea percibido como el carcelero de un pueblo al que el poder teme porque un día podría despertar y descubrir que está siendo oprimido y engañado hasta el abuso.
En su balance falso y arbitrario, los socialistas olvidaron reconocer que la principal herencia de Zapatero ni siquiera es el desempleo, el avance de la pobreza y la destrucción de la confianza y de la riqueza, sino la destrucción del prestigio de la política y la degradación de la democracia, un sistema que en sus manos se ha revelado como una dictadura del partido en el poder, sin controles ni cautelas y con un poder desmedido y peligroso.
La España que dejará Zapatero estará más madura para el fascismo porque la democracia y el prestigio de la política, que son los principales frenos al totalitarismo, han sido degradados por el torpe y arbitrario dirigente socialista. gracias al cual los ciudadanos españoles perden cada día más la confianza en el poder democrático, la esperanza en el futuro y el respeto a la democracia.
La práctica continuada del clientelismo, el nepotismo, el amiguismo, el despilfarro, la arbitrariedad, la ineficacia, la arrogancia y la parcialidad han colmado de oprobio al gobierno y estimulado el desprecio a lo público en millones de españoles, disconformes con el comportamiento de Zapatero y con su labor demoledora del país y de sus riquezas y valores.
El socialismo de Zapatero ha demostrado que nos acerca mas que cualquier otro sistema, incluido el liberalismo salvaje, al mundo esclavo de Orwell, donde la libertad se limita porque unos tienen más derechos que otros y la ley se aplica con rigor al enemigo y d manera magnánima al amigo.
Al igual que los abusos de la II República abrieron las puertas al "Franquismo", los errores, las mentiras y los abusos de Zapatero están abriendo las puertas de España a cualquier futura aventura totalitaria, con tal de que se presente como limpia y enemiga de los "políticastros" y "aprovechados".
Al margen de lo interpretable, ateniéndonos a los puros hechos y estadísticas, la España que puede exhibir Zapatero como balance es triste y preocupante: avance de la pobreza, desempleo masivo, pérdida de confianza en el poder, desprestigio de los políticos y del sistema y un liderazgo despreciable que ha convertido a España en país campeón en ámbitos y sectores como la baja calidad de la enseñanza, el fracaso escolar, la delincuencia de bandas internacionales, el despilfarro público, el endeudamiento atroz, el tráfico y el consumo de drogas, el blanqueo de dinero, la prostitución, la trata de blancas, la violencia de género, el alcoholismo, los privilegios de la "casta" política, el crecimiento insostenible del Estado,y otras muchas lacras que son reflejo y causa, al mismo tiempo, de la decadencia de la sociedad española, de la convivencia y del bienestar general.
Celebrar como un éxito estas desgracias, como acaban de hacer los socialistas, es una verdadera desvergüenza y una ofensa a la verdad y a la decencia.
El problema de la corrupción en España interesa profundamente en las universidades y centros de estudio de todo el mundo por tratarse de un fenómeno de degradación muy acelerado y que, contrariamente a lo ocurrido en otros países, se ha producido de arriba hacia abajo, lo que quiere decir que han sido las élites poderosas, sobre todo los políticos, los que han contaminado y corrumpido a un pueblo que era básicamente honrado y digno.
En la mayoría de los países corruptos, el fenómeno de la corrupción ha funcionado de abajo hacia arriba o en ambos sentidos. En Italia, por ejemplo, el crimen organizado, las mafias y los conglomerados de intereses empresariales terminaron contaminando a los políticos, que se corrompieron y aceleraron el fenómeno de la degradación, mientras que en España han sido los políticos y algunas élites empresariales las que han destruido la fuerza moral de la sociedad y estimulado la corrupción con gran eficacia y eficiencia.
Me lo reveló un colega italiano, profesor en la Universidad de Roma "La Sapienza", experto en Derecho Constitucional que viaja cada año a las principales convenciones y congresos de análisis político que se celebran en el mundo, con el que mantuve una larga y sesuda conversación durante mi reciente estancia en Italia.
Me acribilló a preguntas sobre el fenómeno de corrupción española y argumentó siempre que el caso de España era diametralmente distinto al de Italia, donde se produjo una corrupción que partió de la sociedad y terminó contaminando a las élites, mientras que en España han sido las élites corruptas las que han destrozado la moral y el comportamiento popular.
Coincidí con su tesis y le aporté datos de gran interés para alimentar sus teorías sobre la capacidad de pervertir que tienen los políticos en las sociedades modernas, gracias a la utilización ilegítima e indecente de los medios de comunicación, del dinero público y de recursos del Estado, como las fuerzas de seguridad, los servicios secretos, los departamentos sociológicos y las legiones de asesores, para imponer su voluntad, mantenerse en el poder y generar podredumbre, división y destrucción de la moral en la sociedad.
Los políticos españoles, desde el poder, han ofrecido a la sociedad un ejemplo denigrante de lo que representa una falsa democracia: concursos públicos trucados, subvenciones a los amigos, listas negras de personas y empresas represaliadas, compra de votos con dinero público, amiguismo, nepotismo, clientelismo, despilfarro, desigualdad, injusticia, arrogancia y otros mensajes depravados que han tenido un efecto devastador en la sociedad, convenciendo a los ciudadanos que ser honrados y decentes en España es un "mal negocio".
Cuando los españoles contemplaron atónitos cómo el gobierno de Felipe González arrebataba a Ruiz Mateos su imperio empresarial de RUMASA o cómo Roldán, el director socialista de la Guardia Civil, robaba el dinero de los huérfanos del cuerpo, llegó a la conclusión de que las mafias y la indecencia se habían instalado en el poder y que la consigna era robar lo que cada cual pudiera. En algunas autonomías españolas, como Cataluña, Andalucía, el País Vasco, Galicia, Baleares y Valencia, la corrupción ha llegado a integrarse en el paisaje y los desgraciados ciudadanos no conciben otro poder político que el arbitrario, arrogante y corrupto que rige sus vidas a diario.
Especialmente duro fue el análisis del "profesor" italiano sobre los políticos nacionalistas vascos, catalanes y gallegos: "Ellos han sembrado la discordia, la desigualdad, el descontento y el odio entre sus pueblos, sólo para conseguir votos. Su papel en la corrupción y en la degradación de la sociedad española ha sido especialmente grave".
Ambos coincidimos en que la dotación ética y política del pueblo español que vivió la Transición era mucho mejor que el actual, ya bastante corrompida y degradada por la acción corrosiva e inmoral de la "casta" política. En la España de los años 70 y principios de los 80 la gente era más honrada, solidaria, generosa, esforzada, trabajadora, sacrificada y confiada que en la actualidad. La democracia ha actuado en España como una fuerza corrosiva, por culpa de sus políticos, que han estimulado desde el poder la división, la obsesión por el dominio y el poder, la cultura del dinero, la ley del mínimo esfuerzo, la injusticia y otras muchas lacras.
Mi amigo de "La Sapienza" cree, como yo, que no siempre los gobiernos son el reflejo de la sociedad que los elige y que en algunos casos, como el de España, la clase política está más degradada y degenerada que la sociedad. Me aseguró que por muy intensa y eficaz que haya sido la labor destructiva y corrosiva del poder, la sociedad española debe mantener todavía muchos valores intactos, aunque ocultos por las corrientes generales impuestas desde la cúspide, lo que posibilitaría una reacción ética de la sociedad si se produjera un cambio positivo en el liderazgo. Aseguró que si un gobierno apelara, dando ejemplo, con solvencia y credibilidad, a lo mejor de los españoles, nos encontraríamos con gratas sorpresas, con un pueblo generoso que asumiría retos como el esfuerzo, la moral, la excelencia y la solidaridad. "El problema -dijo- es que a los políticos les interesa gobernar sobre rebaños divididos, embrutecidos y degradados y procuran, desde el poder, fabricar esclavos indecentes y acobardados, útiles para justificar el orden público y el poder del Estado y más fáciles de manejar que un pueblo integrado por ciudadanos libres y pensantes.
El sistema es perverso y desequilibrado porque los partidos políticos, con apenas unos miles de militantes, imperan y se adueñan del poder, marginando a esa masa de ciudadanos inmensa que se agrupa en la "Sociedad Civil", un sector que debería ser decisivo en democracia, por representar a la inmensa mayoría de los ciudadanos, pero que los partidos políticos han ocupado, desarticulado y debilitado, hasta colocarlo en estado de coma.
Un último dato del análisis: los partidos políticos españoles tienen gran parte de culpa en la destrucción de la decencia y la ética. Han dinamitado la división de poderes, los cargos electos no representan a los ciudadanos sino al partido y a sus jefes, lo que pervierte el sistema, mientras que el partido tiene poderes casi ilimitados y los ciudadanos han perdido su derecho a votar libremente, ya que son obligados a votar las listas que los partidos eligen.
Después de haber publicado mi trilogía sobre la democracia moderna ("Democracia Secuestrada", Almuzara 2005; "Políticos, los Nuevos Amos", Almuzara 2007; "Periodistas Sometidos, los Perros del Poder", Almuzara 2009) prometí dedicarme a la narrativa y no escribir más libros de pensamiento político, pero estoy a punto de traicionar mi promesa porque tengo en mi cabeza, pergeñado hasta el detalle, un nuevo libro cargado de fuerza e ilusión, titulado "Democracia Severa", cuyo subtítulo es "El Estado bajo arresto".
He caído en la tentación y es probable que traicione mi promesa. No he podido evitarlo porque creo haber visto la luz con una claridad diáfana. He descubierto que la actual democracia no sirve y no tiene solución, aunque sea parcheada cien veces, porque carece de la fuerza necesaria para mantener el Estado bajo control, lo que la convierte en una presa fácil para los predadores y los canallas. Tras analizar los fallos y la forma cómo los totalitarios y tramposos han hecho saltar todos los controles y cautelas del sistema, he configurado una "Democracia Severa", férreamente controlada por los ciudadanos, un sistema que, sin perder ni un ápice de libertad y manteniendo su valioso espíritu de propiciar la convivencia, dentro de la discrepancia, renuncia al imposible objetivo de controlar al Estado y opta por el más seguro y drástico método de arrestarlo y mantenerlo entre rejas.
La Democracia Severa es el primer sistema ideado por el hombre que asume las terribles experiencias históricas y se atreve a tratar al Estado como un antisocial peligroso, merecedor de cadena perpetua.
El estudio parte del principio de que el Estado, ideado para que organizara y garantizara la convivencia, el orden, la paz y la justicia, ha demostrado ser el gran predador, el gran fracaso de la raza humana, injusto, manirroto y hasta asesino. Tan solo en el siglo XX, que pasará a la Historia como el Siglo del Estado, asesinó con sus propias manos más de 100 millones de ciudadanos, sin contar a los que murieron en los campos de batalla, entrando en el siglo XXI como un monstruo indecente y fuera de control, con sus enormes recursos y fuerzas preparadas para defenderse de sus propios ciudadanos, a los que ya identifica como sus peores enemigos.
El ciudadano del siglo XXI, cansado de perder una y otra vez las batallas de la libertad y de la decencia, debe olvidar todo el respeto reverencial que ha mantenido ante el Estado a lo largo de la Historia y lograr, de una vez por todas, que cumpla las funciones para las que fue creado. Consciente de que el Estado es siempre víctima de sus irrefrenables tendencias despóticas y asesinas, debe arrestarlo y mantenerlo siempre encadenado, bajo controles y cautelas inviolables, bajo la vigilancia de una guardia ciudadana incorruptible.
La tesis central del libro es que la actual democracia, demasiado débil para mantener al Estado bajo control, ha sido secuestrada y prostituida por los predadores de siempre, obsesionados por el poder, hasta convertirla en una vergonzosa oligocracia de partidos políticos y de políticos profesionales, sin ciudadanos y sin que haya sido respetada ni una de las leyes básicas del sistema. Ante ese secuestro criminal del sistema, el ciudadano debe reaccionar e imponer una "Democracia Severa", un sistema blindado e inviolable, a prueba de políticos, que en lugar de someterse a controles y cautelas opta por arrestar al Estado y por mantenerlo encerrado, bajo vigilancia continua. Los que acepten altos cargos en la Democracia Severa también deberán asumir los riesgos inherentes y la posibilidad real de ser castigados con especial dureza, si traicionan las reglas y defraudan la confianza ciudadana.
Tras analizar y demostrar cómo el Estado ha burlado todos los controles y ha violado todas y cada una de sus leyes básicas, desde la "División de Poderes" al "Imperio de la Ley", el "Protagonismo Soberano del Ciudadano", las "Elecciones Libres" y la "Misión Fiscalizadora de la Prensa Libre", entre otras, el libro se adentra en la descripción y justificación de los nuevos controles y cadenas ideados para someter de una vez al Estado, esta vez reducido a su nivel más bajo en la Historia, tratado como un delincuente que sólo puede permanecer bajo arresto.
La columna vertebral de la Democracia Severa es la asunción por parte de los ciudadanos de verdades que ahora nadie se atreve a asumir, como son que "el poder corrompe", que "los partidos políticos son el principal obstáculo para la democracia", que "el Estado tiende a convertirse en depredador" y que "los políticos profesionales deben ser erradicados y combatidos como la peste bubónica", entre otros muchos.
El núcleo de la "Democracia Severa" serán los "Cónsules del Pueblo", representantes populares no adscritos a partido político o facción alguna, elegidos directamente por los ciudadanos en la Sociedad Civil, entre los integrantes de una lista en la que solo figurarán personas de probada honradez, decencia y preparación, eficaces y demócratas por encima de toda sospecha. Los cónsules, que serán controlados a su vez por asambleas ciudadanas, tendrán autoridad suficiente para examinar a los candidatos a ocupar altos cargos, con los que serán altamente exigentes, y deberán vigilar permanentemente su labor. La duración de los cargos públicos, tanto de los Cónsules del Pueblo como de los elegidos para desempañar misiones de importancia, nunca podrá sobrepasar un año, improrrogable.
Un capítulo completo del libro estará dedicado a razonar la necesidad vital de erradicar los partidos políticos, como están concebidos en la actualidad, despojándolo de sus poderes casi ilimitados y sometiéndolos al imperio y a todo el rigor de la ley. Otro capítulo explicará el nuevo y revolucionario papel que la "Democracia Severa" reserva a la Sociedad Civil, organizada, con representantes propios y con papeles decisivos en la nueva democracia.
Hay otro capítulo completo dedicado al análisis de los actuales partidos políticos y de cómo esos partidos, creados para potenciar la participación del pueblo en la política, se han convertido en peligrosas organizaciones de mediocres, con tintes mafiosos, cuya gran obsesión no es ya el servicio a los ciudadanos ni la defensa del bien común, sino el control del poder y la manipulación de los ciudadanos, a los que también identifica como adversarios.
Después de una crítica amplia y documentada a la "Democracia Blanda" y a la "Democracia Fuerte", ambas incapaces de haber controlado a los enemigos de la libertad, de la justicia, de la convivencia y de la paz, el bloque final del libro afronta la descripción y defensa de la Democracia Severa, una evolución revolucionaria, pero también racional y atrevida, de la actual democracia, a la que fortalece y transforma en su núcleo ciudadano y a la que dota de los instrumentos necesarios para que el Estado y sus predadores permanezcan, de una vez por todas, bajo controles ciudadanos invencibles y garantizados.
Si el inolvidable Sir Winston Churchill, que consideraba la Democracia Blanda como "la peor forma de gobierno, aunque mejor que todas las demás", hubiera conocido la "Democracia Severa", la habría considerado como "La única jaula de la que el monstruo del Estado jamás podrá escapar".
Imagen: montaje anti-Zapatero que circula por Internet
Han destrozado su prosperidad; han tenido que permitir una "intervención" externa que convierte a España en un "protectorado"; han dilapidado y arruinado el prestigio que los españoles se ganaron como protagonistas de uno de los milagros económicos más sorprendentes del siglo XX; han convertido la "democracia" española en una pocilga sin ciudadanos, donde los partidos políticos, los políticos profesionales y la corrupción tienen el control absoluto; han hecho de España un líder mundial en prostitución, tráfico y consumo de drogas, desempleo, bandas de delincuentes internacionales, avance de la pobreza, blanqueo de dinero, baja calidad de la enseñanza, fracaso escolar, coches oficiales, privilegios para los poderosos, desigualdad, presión fiscal, población encarcelada y otras muchas basuras.
España es hoy un país destrozado por su casta política, la peor del continente europeo y una de las más ineficaces y corruptas del mundo desarrollado.
La destrucción perpetrada por los políticos españoles es tan intensa que una parte destacada de Europa no se cree que España sea un Estado de Derecho.
El drama actual de España se forjo en la Transición, cuando la democracia fue instaurada como simple sustituta del Franquismo, sin el imprescindible debate sobre lo que esa democracia significaba, suplantándose el Movimiento Nacional por un cóctel de partidos políticos sedientos de poder, sin que el espíritu de la verdadera democracia fuera previamente entendido y asumido ni por los políticos ni por los ciudadanos. El drama se consumó cuando los políticos olvidaron que en democracia el liderazgo conlleva el deber de ser ejemplares. Muchos políticos españoles (no todos, pero s´´i los suficientes para que el sistema quedara seriamente dañado), en lugar de constituirse en el ejemplo a seguir por la ciudadanía, actuaron como portaestandartes de la corrupción, el abuso y la sinvergonzonería.
De todos los daños causados a España por su casta dirigente quizás el peor haya sido el de la corrupción, cuyo capítulo urbanístico ha alcanzado niveles asombrosos, transformando el país en un gigantesco vertedero, lleno de políticos ilegalmente enriquecidos, de promotores catetos circulando en Mercedes y BMW, mientras sus mujeres e hijos cobran el paro, viviendo en chalets de lujo y corrompiendo con su negocio putrefacto a notarios, despachos de abogados, registradores, consultores y, sobre todo, a los partidos políticos, que se han acostumbrado a practicar tres vicios profundamente antidemocráticos: la financiación ilegal, la opresión sobre el ciudadano y la sociedad civil y la aniquilación de los controles y cautelas que la democracia exige para limitar el poder político.
La sociedad española, portadora de valores forjados en los tiempos de la pobreza y de la lucha por la libertad, como la honradez, el respeto, el esfuerzo, la austeridad y la decencia, se ha corrompido al convivir con los políticos y ha comenzado a correr, alocada, en dirección a los paraísos corruptos del planeta: Cuba, Venezuela, Maruecos y algunos países desgraciados de África, Oriente Medio y Asia.
En España no se cumple el axioma de que el país tiene los políticos que se merece porque han sido los políticos los que han empujado a la sociedad hacia el estiércol y la vergüenza. Cuando los españoles, en tiempo de Felipe González, vieron como el gobierno le robaba RUMASA a Ruiz Mateos y como Roldán, jefe de la prestigiosa Guardia Civil, robaba a los huérfanos del cuerpo, entendieron que robar era una consigna pública. Mas tarde, con Aznar, nadie reaccionó cuando el PP y el PSOE pactaron intervenir en la Justicia y acabar con la independencia del Poder Judicial, ni nadie protesta hoy cuando la Fiscalía no actúa contra los socialistas, mientras detiene ante las cámaras de la televisión a los políticos de la derecha, ni nadie vomita cuando el presidente del gobierno promueve, personalmente, leyes anticonstitucionales, como el Estatuto de Cataluña y, probablemente, la ley del aborto..
Es posible que ahora los españoles sí merezcamos los gobiernos sucios que padecemos, pero que conste que no hace mucho, los españoles, masivamente, éramos infinitamente más honrados, decentes, dignos y virtuosos que su mediocre, deleznable y corrupta casta dirigente.
El pasado día 6 de julio, en el Parlamento de Estrasburgo, en la sesión dedicada a hacer balance de la presidencia rotatoria española, una diputada británica preguntó a Zapatero si España se disponía a confiscar las propiedades costeras que los ciudadanos británicos han adquirido, como en su día hizo el régimen de Zimbabwe. Era una pregunta absurda, pero, lamentablemente, demuestra el escaso nivel de confianza que la España de Zapatero despierta en Europa.
Zapatero, indignado, respondió que España no se merece ser comparada con Zimbabwe. El presidente español tenía razón, pero solo en parte porque es evidente que los abusos cometidos por él mismo, por sus insaciables socios nacionalistas y también por una oposición casi tan minada por el autoritarismo y la corrupción como el socialismo, están conduciendo a España, con mano firme y alma antidemocrática, hacia los ámbitos políticos y éticos que hoy ocupan en el planeta Zimbabwe, Cuba, Venezuela, Marruecos y otros muchos países malolientes.
Aunque Javier Arenas es un personaje político que rara vez conecta con los sentimientos de los demócratas españoles, en sus recientes declaraciones lo ha hecho al afirmar con razón que mientras la sociedad española está padeciendo todo el peso de la austeridad y pagando un alto precio por la crisis, el gobierno de Zapatero sigue despilfarrando y negándose a dar ejemplo, una actitud miserable y sin altura ética que escandaliza a los ciudadanos y a los españoles decentes.
Por una vez y sin que sirva de prececedente, Javier Arenas, presidente del Partido Popular de Andalucía, ha dicho algo interesante al acusar al gobierno de Zapatero de seguir despilfarrando mientras la sociedad española está soportando el durísimo peso de la austeridad, asumiendo bajadas de sueldos, subidas de impuestos y un terrible sufrimiento colectivo.
Arenas ha puesto el dedo en la llaga y ha conectado con los sentimientos de la inmensa mayoría de los españoles, sobre todo de los demócratas y de la gente decente, que se sienten escandalizados ante el sucio comportamiento del gobierno que, en democracia, está obligado a ser ejemplar y que, por el contrario, destaca en España por su arrogancia, despilfarro y afición a crispar, a crear conflicto y a aferrarse al poder y a los privilegios, sin mostrar sensibilidad alguna ante el sufrimiento de su pueblo, a pesar de que es el mismo gobierno de Zapatero el que, con su incompetencia, los ha provocado.
La subida del IVA, unida a los anteriores incrementos en los impuestos y tasas y a los recortes en los salarios, pensiones y ayudas sociales, están sumiendo a la sociedad española en un ambiente duro de austeridad y tristeza, mientras el gobierno, demostrando su insolvencia y baja catadura moral, no renuncia a sus coches oficiales, tarjetas de crédito con cargo al erario público y subvenciones superfluas y arbitrarias, negándose también a reducir el número de ministerios y de altos cargos, como le ha ordenado el Congreso, y a licenciar a los miles de innecesarios asesores y enchufados del partidos, que ordeñan a diario las finanzas del Estado sin aportar nada útil a la comunidad.
El comportamiento insolidario y nada ejemplar del gobierno lo convierte no sólo en el peor gobierno que ha tenido España en los últimos siglos, sino también en el de inferior catadura moral.
Con su estilo habitual, alardeando de sus inexistentes éxitos y ocultando sus muchos fracasos y debilidades, Zapatero se despidió de su "presidencia" Europea en el parlamento de Estrasburgo, donde recibió un alud de críticas que le situaron en su sitio, el de un mal dirigente que conduce a su país hacia la ruina y el fracaso y que en Europa ha sido marginado por los grandes países, que han sido los que han tomado las grandes decisiones en el semestre español.
"Hemos generado resultados de gran calado", afirmó Zapatero en su cacareo insulso, pero le responden que "La presidencia ha sido como el Mundial de Fernando Torres: grandes expectativas pero luego decepciona". Esa frase futbolística preside los titulares de la prensa europea e internacional que, con raras excepciones, destaca el fracaso de Zapatero al frente de la Unión.
El habitual Zapatero sonriente, locuaz, optimista y mentiroso compareció ante los parlamentarios para recibir durante una hora y media un intenso chaparrón de críticas, reproches y hasta ironías futbolísticas.
Desde su obsesión por la propaganda, Zapatero quiere que su "presidencia" pase con un "aprobado", pero la realidad es tozuda y demuestra que durante su etapa España se convirtió en el gran problema de Europa y que el fracaso económico y el mal gobierno le obligaron a exhibir todas sus miserias, limitaciones y fracasos ante Europa y el mundo.
Su presidencia pasará a la historia como la etapa en la que Europa, Estados Unidos y el Fundo Monetario Internacional, aterrorizados ante la ruina económica propiciada por Zapatero, decidieron "intervenir" directamente la economía española y obligar al inepto dirigente español a que pusiera en práctica justamente la política que se había negado a desarrollar en los dos últimos años: austeridad, reforma laboral y cortes dramáticos al despilfarro y a la política social española, que ha quedado mutilada y maltrecha por culpa de las veleidades y errores de un inútil gobernante.
Lo más duro de la sesión parlamentaria fue la sorprendente pregunta de una eurodiputada sobre si España va a confiscar las posesiones costeras de los británicos, como ocurrió en Zimbabue, lo que demuestra la confianza y el respeto que despierta el gobierno de Zapatero en Europa.
El presidente español sólo encontró el entusiasta respaldo de los socialistas y también de los presidentes del Parlamento Europeo, Jerzy Buzek, y de la Comisión, José Manuel Durão Barroso, que le prodigaron grandes piropos y elogios. Pero la verdad es que esos apoyos carecen de valor porque son obligados y estaban prescritos por el protocolo.
Hay muchas razones que convierten el voto en blanco en la opción más razonable para cualquier demócrata del planeta, pero hay países, como España, en los que la traición de los políticos al sistema democrático ha sido tan profunda y salvaje que votar en blanco se ha convertido en un deber ciudadano ineludible y una obligación ética.
Cuando la democracia funciona y es justa, el voto en blanco tiene escaso sentido, pero cuando la democracia está degradada y degenerada como consecuencia de la pésima labor de los políticos y de sus partidos, el voto en blanco es revolucionario y un poderoso agente de limpieza. Los políticos no quieren que votemos en blanco porque ese voto representa claramente un rechazo a sus propuestas y a su protagonismo en el sistema. Ellos prefieren que votemos, aunque sea al partido contrario, porque ese voto fortalece el sistema que ellos dominan y controlan. Votar a la oposición para castigar al gobierno es un recurso inútil que alimenta la partitocracia y corrompe todavía más la democracia.
La única salida decente para un verdadero demócrata es lanzarle a la "casta" política la bofetada en el rostro que el voto en blanco representa en democracia, la mejor manera de recordarles que no nos gustan, que han corrompido el sistema, que son arrogantes, que su mal gobierno nos está conduciendo a la ruina, que no aceptamos su corrupción, ni la prostitución de la democracia, ni la expulsión del ciudadano de los procesos de toma de decisiones, una marginación que corrompe la esencia misma del sistema democrático, en el que el ciudadano es soberano y protagonista.
Entre las muchas razones que sustentan el voto en blanco, hay dos que sobresalen:
1.- Los políticos, ineptos y corruptos, merecen un castigo ciudadano por el daño que han causado a la prosperidad, a la convivencia, a la decencia y a la democracia. El voto en blanco es el más duro rechazo a sus propuestas, una bofetada directa a su arrogancia e inutilidad.
2.- Los partidos políticos se han convertido en el mayor problema de las democracia y en el gran obstáculo que impide la regeneración. Ellos tienen el poder y los privilegios y se niegan a reformar un sistema adulterado que les beneficia y consagra como los "nuevos amos". Los partidos son hoy el mayor problema de la democracia y la mayor fuerza esclavizante de la sociedad moderna. Se merecen como nadie que los ciudadanos les golpeen con un diluvio de votos en blanco en las urnas.
Hay una tercera razón no menos importante: las leyes que los políticos han hecho para incrementar su poder y privilegios les otorga dinero por cada voto que reciben en las urnas. Con el voto en blanco no cobrarán ni un céntimo del erario público.
El recién desaparecido Saramago, Premio Nobel de Literatura, lo escribe en su "Ensayo sobre la Lucidez": "El sistema democrático tiene una bomba, y la bomba es el voto en blanco. Un cambio democrático puede nacer del uso consciente, muy consciente, del voto en blanco. Eso sería darle un susto, un susto tremendo al sistema electoral. A mi me gustaría que la ciudadanía le diera un susto muy fuerte a la clase política con el voto en blanco. Así se tenga el 80 por ciento de abstención, el sistema seguirá funcionando, pero qué ocurriría, ¿qué haría un gobierno si se encuentra con un 80 por ciento de votos en blanco?"
Las mismas ventajas y atributos democráticos del Voto en Blanco son extensivos al Voto Nulo con Reproche, consistente en introducir en las urnas una papeleta en la que el ciudadano ha escrito una frase de reproche, un mensaje explícito cargado de denuncia, algo así como "chorizos", "ladrones" o "traidores".
La abstención no es una actitud justificable en democracia porque implica desprecio al sistema. El que se abstiene rechaza la democracia, mientras que el que vota en blanco o anula su voto incluyendo un reproche en la papeleta acepta la democracia y ejerce su derecho al voto, una conquista irrenunciable de la Humanidad, pero rechaza a los políticos que han prostituido ese sistema y se benefician de él.
Los políticos se merecen el reproche y el desprecio de los ciudadanos demócratas, no sólo porque han traicionado y degradado la democracia, sino porque no han sido capaces de mejorar el mundo, ni de solucionar ninguno de los grandes problemas de la Humanidad: hambre, desigualdad, indefensión, inseguridad, pobreza, explotación, violencia...
Entre las muchas razones que justifican la necesidad de despreciar y rechazar a los políticos destaca una que es sustancial y que afecta al núcleo del problema: el robo de la democracia.
Casi todos los males que aquejan a nuestro mundo, desde la actual crisis económica al desempleo masivo, la crueldad, la violencia, el hambre, la injusticia y la desigualdad, tienen su origen en una fechoría histórica de grandes proporciones: "el gran robo de la democracia", que fue soñada e ideada por los hombres y las mujeres libres para que nos liberara de la opresión y que después nos fue arrebatada por los políticos, que se tornaron opresores, como los antiguos señores. Ese es el gran pecado de origen que marca a la actual "casta" política y la convierte en despreciable.
Los dueños de la democracia, sus accionistas, somos los ciudadanos, pero los políticos, que eran nuestros empleados, nos han robado nuestra gran empresa colectiva.
"El robo de la democracia" es uno de los más sucios y vergonzosos episodios de la historia de la delincuencia mundial. Es un capítulo abierto en la Historia de la ignominia que algún día, cuando la Justicia vuelva a reinar, tendrá que ser castigado con todo rigor. Hasta que los ladrones no restituyan lo que un día rapiñaron, no son otra cosa que usurpadores ilegítimos de una propiedad ajena, simples ladrones impunes, amparados por una ley injusta que ellos mismos han dictado.
El "Voto en Blanco" es la respuesta de los ciudadanos despojados a sus verdugos, a los que se han apropiado, mafiosa e indignamente, de nuestra ilusionante empresa común.
Una de las tesis favoritas de Voto en Blanco es acusar a los políticos de ser los grandes fracasados de la Historia porque desde hace siglos luchan contra problemas que no sólo no han solucionado sino que cada día son más crueles y terribles: injusticia, inseguridad, pobreza, violencia, guerra, crimen, mafias, desigualdad, hambre, indefensión ante la muerte, escandalosa diferencia entre ricos y pobres, opresión, abuso, corrupción, etc.
Cualquier análisis libre y objetivo de los logros del pésimo liderazgo político que padece la raza humana conduce a una pregunta dramática: ¿Avanza o retrocede nuestro mundo?
La mejor prueba de que el mundo retrocede en lugar de avanzar es el sobrecogedor balance de la realidad. Los grandes problemas permanecen sin solución, a pesar de que nuestros líderes políticos nos han prometido solucionarlo, siempre que les diésemos a cambio un poder casi absoluto, nuestro dinero, recaudado en forma de impuestos, el monopolio de la violencia y legiones de funcionarios y asesores que les ayuden en la tarea. Sin embargo, el esfuerzo ha sido en vano y las promesas resultaron una estafa porque nuestro mundo sigue siendo tan injusto, violento, desigual y sucio como antes, o quizás mucho más que en muchas etapas del pasado.
El número de reclusos en Estados Unidos, patria de la democracia, alcanza nivel sin precedentes: nada menos que 2,3 millones de personas se encontraban tras las rejas el año pasado, según el Departamento de Justicia. En España y otros muchos países, en teoría democráticos, ocurre lo mismo: las cárceles se llenan cada día más de presos que jamás se reinsertan y que lo único que reciben de la sociedad es castigo y venganza por sus delitos.
La gente, asustada, cada día se encierra más en sus casas, protegidos por puertas blindadas, rejas y, en muchos casos, armas clandestinas. La desconfianza avanza como una mancha de aceite porque no hay líderes de los que el pueblo pueda fiarse. La clase política es despreciada y rechazada por los ciudadanos y aparece ya en las encuestas como un problema. En algunos países, como España, el deterioro de la clase política (a la que llaman "casta") es tan grande que los políticos figuran ya en las encuestas como el tercer mayor problema del país, sólo superado por la situación económica en crisis y el desempleo. El foso que separa a ricos y pobres es cada día más ancho, convirtiendo la desigualdad en una ofensa a la civilización. La desconfianza es una plaga, al igual que la mentira del poder y la indefensión de los débiles. La educación retrocede, víctima de gobiernos que prefieren mandar sobre borregos idiotizados que sobre ciudadanos libres y responsables. La guerra ha dejado de ser una vergüenza para la Humanidad para convertirse en un recurso del poder. La medicina de élite sólo está al alcance de los ricos y los poderosos. La corrupción se extiende por la sociedad como una pandemia y ha penetrado ya en las grandes instituciones del Estado. Los privilegios de los políticos y de sus amigos y aliados constituyen una bofetada a la decencia. El hambre pernanece viva y causa estragos, al igual que la enfermedad, mientras que los países ricos viven den la opulencia y el despilfarro. La paradoja es asquerosa, pero cierta: con las basuras de Nueva York podrían alimentarse casi la cuarta parte de los hambrientos de África. Las mafias se adueñan de las calles, mientras los gobiernos olvidan su deber de garantizar la seguridad de sus ciudadanos y emplea a uno de cada cinco policías en custodiar a los poderosos. Los dineros públicos no se distribuyen con justicia, sino que sirven para premiar amistades y lealtades. Los medios de comunicación, en su mayoría, han sido comprados por los poderosos y ya no difunden la verdad, sino la verdad del poder, que es muy diferente. Los partidos políticos, creados para facilitar la participación del ciudadano en el poder, se han convertido en poderosas mafias que controlan el Estado y que reparten prebendas y ventajas entre los suyos.
El balance podría continuar y llenar decenas de folios con resultados siempre idénticos: el poder miente, los contratos públicos y las oposiciones están trucados, los poderosos escapan de la Justicia, los débiles son aplastados, las constituciones no son respetadas y los derechos fundamentales son papel mojado.
¿Avanza o retrocede nuestro mundo? ¿Es el "progreso" algo más que el slogan favorito de una izquierda que ha perdido la brújula?
Lo único claro que surge del balance aterrador es que el principal problema de nuestro mundo es su clase dirigente, en la que unos pocos honrados y generosos se pierden entre la masa densa de los ineptos, los ineficaces, los corruptos: los incapaces de cumplir con sus deberes y los que están más interesados en sus propios privilegios y ventajas que en el bien común.
La regeneración debe comenzar, pues, por dotarnos de dirigentes honrados y eficientes, preparados y cargados de ética, mucho mejores que los que nos están conduciendo hoy hacia el retroceso, la derrota y el fracaso.
El robo de la democracia es uno de los más sucios y vergonzosos episodios de la historia de la delincuencia mundial. Es un capítulo abierto en la Historia de la ignominia que algún día, cuando la Justicia vuelva a reinar, tendrá que ser castigado con todo rigor.
Una de mis tesis favoritas es que casi todos los males que aquejan a nuestro mundo, desde la actual crisis económica al desempleo masivo, la crueldad, la violencia, el hambre, la injusticia y la desigualdad, tienen su origen en una fechoría histórica de grandes proporciones: "el gran robo de la democracia", que fue creada por los hombres y las mujeres libres y que después nos fue arrebatada por los políticos. Ese es el pecado de origen que marca a la actual casta política y la convierte en despreciable. La historia de ese gran robo merecería estudiarse en todas las escuelas y ser la primera lección de la asignatura "Educación para la Ciudadanía".
Cuando el empleado de una empresa hace mal su trabajo y causa daños a la organización, es despedido sin contemplaciones porque ha fracasado. Nuestros políticos han fracasado y hecho tan mal su trabajo que han arruinado la empresa (España), pero ellos no dimiten porque se han apropiado de la empresa y la gestionan sin ética ni decencia.
Ha tenido que llegar la crisis y la ruina para que muchos descubran la gran traición de la casta política a los ciudadanos, el gran robo de esa empresa común, creada por los ciudadanos, que es el Estado democrático.
"El robo de la democracia" es uno de los más sucios y vergonzosos episodios de la historia de la delincuencia mundial. Es un capítulo abierto en la Historia de la ignominia que algún día, cuando la Justicia vuelva a reinar, tendrá que ser castigado con todo rigor. Hasta que los ladrones no restituyan lo que un día rapiñaron, no son otra cosa que usurpadores ilegítimos de una propiedad ajena, simples ladrones impunes, amparados por una ley injusta que ellos mismos han dictado.
Un día, los ciudadanos libres y responsables del mundo, cansados de ser exterminados por el poder absoluto y de soportar agresiones, vejaciones, injusticias y desmanes de los poderosos, decidieron crear la democracia, un sistema equilibrado, basado en la ética y en la justicia, e ideado para que podamos convivir en paz, a pesar de las discrepancias, y para impedir que el poder volviera a ser despótico y absoluto.
Pero nosotros, los ciudadanos, fundadores de la democracia y también dueños de esa gran empresa común que es el Estado, emanación de la nación de hombres y mujeres libres, hemos vuelto a ser oprimidos tras haber sido despojados de nuestras acciones por los administradores de la empresa (los políticos), que han dejado de ser nuestros empleados para convertirse ellos en los dueños. Han sido desleales, estafadores y ladrones porque se han usurpado la propiedad ajena, se han apropiado de la empresa, han expulsado a los verdaderos accionistas y han cambiado las reglas del juego para manejar la propiedad a su antojo.
La democracia, cuando fue creada por los ciudadanos libres, fue ideada así:
•Los ciudadanos decidieron organizar la democracia en el Estado, que es la empresa común, con el fin de cuidar el bien común y garantizar la convivencia, la justicia y el orden. Sabedores del peligro que encierra el entregar poder a unos administradores, los ciudadanos establecieron numerosos controles y cautelas para evitar que los grandes objetivos dejaran de cumplirse.
•La primera regla y la principal es que la empresa común, el Estado, es propiedad de los ciudadanos, que son los "soberanos (dueños de la soberanía y de las acciones), a los que los administradores, como en cualquier empresa, deben rendir cuentas con lealtad y obediencia.
Otras reglas importantes eran las siguientes:
--- Los administradores son elegidos libremente por los ciudadanos, que procurarán escoger a los mejores sin interferencia alguna. Las elecciones deben ser plenamente libres y los ciudadanos propietarios podrán siempre revocar el mandato a sus representantes elegidos, especialmente si pierden la confianza depositada en ellos. Los ciudadanos son los únicos electores legítimos.
--- Como los ciudadanos no se fiaban de los administradores, decidieron que los grandes poderes delegados (Legislativo, Ejecutivo y Judicial) fueran independientes y que se vigilaran entre sí.
--- Como todavía tenían miedo a ser traicionados, establecieron que los representantes tenían la obligación de defender el bien común por encima de todo y de garantizar los grandes valores y el respeto a los derechos fundamentales del ser humano: igualdad, fraternidad, libertad, limpieza, honradez, pulcritud en el manojo de los asuntos públicos, etc.
--- A pesar de esas cautelas, los propietarios exigieron que existiera también una prensa libre e independiente, dotada de libertades especiales, cuyas dos misiones principales eran informar con veracidad, para que los ciudadanos siempre estuvieran al tanto de lo que ocurre, condición imprescindible para tomar decisiones correctas, y, además, fiscalizar permanentemente a los grandes poderes, apostando luz y taquígrafos, conscientes los propietarios de que la luz y la verdad impiden la suciedad, las mentiras, las traiciones y las trampas, vicios que proliferan en la opacidad.
--- Conscientes de que algún día se producirían problemas, aclararon que la empresa quedaba sujeta al "Imperio de la ley", siendo esa ley igual para todos, para propietarios y para administradores, sin privilegios ni ventajas para ningún miembro de la comunidad.
--- Llenos de desconfianza, a pesar de los muchos controles y cautelas, decidieron que debería existir una sociedad civil fuerte, que funcionara con independencia y al margen de los administradores del Estado, cuya misión principal era servir de contrapeso y de control suplementario al siempre temido poder de los administradores.
--- Finalmente, se advirtió a los representantes que sus mandatos tenían que ser temporales y que sólo podrían intervenir en la vida de la comunidad cuando fuera estrictamente necesario, ya que los ciudadanos propietarios estaban seguros de poder convivir en paz y armonía, sin necesitar interferencias externas.
El final de la historia es trágico y de una gran vileza: como temían los ciudadanos, el desastre se produjo, a pesar de todos los controles y cautelas, Los administradores (los políticos) se organizaron entre ellos, arrebataron el control a los dueños de la empresa y establecieron, a su vez, privilegios, cautelas y nuevas reglas para afianzar el robo de la empresa a sus dueños legítimos.
Comparemos aquella democracia original ideada por los fundadores, transparente, descentralizada, limpia y sometida a sus propietarios legales, al bien común y a la decencia, con el bodrio inmoral, injusto y canalla que los administradores infieles han terminado creando, tras robar la empresa a sus dueños, a los que, además, han sometido y obligado a pagar cada vez más impuestos, que no siempre utilizan para reforzar el bien común y la convivencia, sino que, a menudo, sirven para ampliar las injusticias, las arbitrariedades, las ventajas y los privilegios de los ladrones.
Tras arrebatar la empresa común a sus legítimos dueños, los administradores (los políticos) se organizaron para cambiarlo todo y sustituyeron la democracia original por otro sistema que a ellos les convenía: una dictadura de partidos políticos más o menos disfrazada de democracia representativa y camuflada de legalidad. La fuerza de los ciudadanos fue suplantada por la fuerza de los partidos, convertidos en verdaderas mafias de poder. Las elecciones libres fueron alteradas de manera que son los partidos los que elaboran las listas, arrebatando así a los ciudadanos su derecho original a elegir a los mejores. Los partidos eliminaron la separación de poderes y los controlan todo lo que pueden. Buena parte de la prensa libre ha sido comprada y sometida, impidiéndole sus dos misiones claves: informar con veracidad y fiscalizar a los poderosos. La ley dejó de ser igual para todos y se aplica "según convenga" al poder. Los administradores recaudan el dinero de la comunidad y no siempre lo emplean en el bien común. Algunos administradores han eliminado también el límite de los mandatos y, en la práctica, pueden permanecer en el poder hasta que la muerte les visite. Enumerar la lista de alteraciones y suciedades instauradas por los administradores infieles sería interminable, pero cabe mencionar algunas: la corrupción y la mentira anidaron en su sistema, muchos ciudadanos fueron oprimidos y hasta asesinados a millones por algunos administradores especialmente crueles y delictivos (Hítler, Stalin, Mao y otros) y se autoadjudicaron tantas ventajas y privilegios que llegaron a superar en desmanes y abusos a los antiguos monarcas absolutos y a la nobleza predadora.
Desde que consumaron el robo del Estado, los administradores no han dejado de avanzar por el sucio camino de la deslealtad y de la infidelidad. Se suben los sueldos, no responden de sus errores, engañan a los antiguos propietarios, se autoadjudican una autoridad que no poseen y someten a los antiguos dueños, además de endeudarse hasta la locura, de apropiarse del dinero común y de emplearlo en afianzar su poder y en ampliar sus lujos y privilegios: pensiones, millones de servidores públicos, ejército propio, fuerzas de seguridad, que muchas veces emplean para amedrentar y aplastar a los antiguos dueños, si es que se atreven a protestar y otros muchos privilegios que les convierten ante los ojos de los verdaderos dueños en usurpadores arrogantes, infieles, desleales y opresores.
Esta es, queridos lectores y alumnos, resumida y suavizada, la sucia historia del gran robo del Estado democrático por parte de la actual casta política profesional, uno de los crímenes más horrendos de la Historia.
Sábado, 2 de junio
Vicente Torres
Vicente A. C. M.
Juan Fernandez Krohn
Manuel Molares do Val
Francisco Rubiales
Rufino Soriano Tena
Pedro Fernández Barbadillo
Paco Sande
Julio César Izquierdo
Raúl González Zorrilla
José Pómez
Carlos Ruiz Miguel