No pude conocer al “Che” cuando viví en Cuba porque él ya había muerto, pero seguí su rastro como un podenco y pude comprobar que el argentino era violento, inmisericorde y de gatillo fácil, todo un adicto al asesinato, un personaje en nada parecido al romántico e idealista luchador que se presenta en la película “Che: El argentino”, dirigida por Steven Soderbergh, protagonizada por Benicio del Toro y estrenada recientemente.
La película, basada en la obra del propio Che “Recuerdos de la guerra revolucionaria cubana” (1963), es parcial y escasamente crítica con el revolucionario, cuyos valores destaca y cuyos defectos ignora.
Llegué a Cuba en 1977, con 28 años, como corresponsal de la Agencia EFE, y permanecí allí dos años. Reconozco que llegué admirando la revolución cubana, como tantos jóvenes de mi generación, y que salí de la isla muy distante, tras haber comprobado “in situ” y personalmente que la famosa “Revolución” era un timo que poco tenía de libre, igualitaria o justa.
Buena parte de mi tiempo la dediqué a seguirle el rastro a los antiguos compañeros de armas de Fidel, a Camilo Cienfuegos, Hubert Matos, el Che, Gutiérrez Menoyo y otros. Entrevisté a muchos compañeros de lucha del revolucionario argentino, incluyendo a su padre, Ernerto Guevara Linch, con quien pasé una tarde periodísticamente memorable en el Hotel Habana Libre, y a Jorge “Papito” Serguera, que también era comandante y, junto con el Che, presidía los juicios a los partidarios de Batista.
Tras mis investigaciones, la conclusión sólida fue que “el Che” era un radical peligroso e incómodo, de gatillo fácil, que estorbaba a todos en Cuba, incluyendo al propio Fidel, a Raúl y al resto de los comandantes de la revolución, la élite de la Cuba castrista.
Soy de los que temen que la Tercera Guerra Mundial sea una revuelta desesperada de los pueblos, cansados de explotación, ineficacia, injusticia y corrupción, contra sus propios gobiernos. El presidente francés, Nicolás Sarkozy, cuyo mejor activo político es la intuición, ya ha advertido que el futuro próximo puede traer revueltas populares.
La actual crisis, que no es cíclica sino terminal de un sistema que no funciona porque ya no genera confianza y porque es injusto, podrido y antidemocrático, coloca a la Humanidad frente a un escenario que se parece mucho a los terrores descritos por el Apocalipsis, en el que la desconfianza, el miedo y las revueltas populares de los marginados y los hambrientos se combinarán con el resurgir del totalitarismo y la inmersión en la pobreza de muchos pueblos acostumbrados a la opulencia y ál derroche.
Un grupo de dirigentes destacados del mundo se reunirá el próximo 15 de noviembre en Washington para buscar y aplicar soluciones a la actual crisis demoledora y frenar los desastres que se avecinan. Pero el problema de esa "cumbre" es que nace castrada y que no puede solucionar un problema que han creado los mismos políticos que se reunen para solucionarlo.
Alienados, arrogantes, opulentos, nada demócratas, temerariamente divorciados de los ciudadanos y cargados de ineficacia y fracaso, los políticos profesionales que han conducido el mundo hasta la peor crisis de la era moderna no pueden ser los mismos que la solucionen.
Esta generación de políticos, cuyo mayor pecado es haber asesinado, de espaldas al pueblo, la democracia, para sustituirla por una oligocracia de partidos políticos, arrojando al ciudadano al exilio, no ha sabido solucionar ni uno sólo de los grandes problemas de la Humanidad, a pesar de haber acumulado más poder para el Estado que en ninguna otra época, incluyendo el Egipto teocrático de los faraones. Todo ese poder casi absoluto, inflado por dinero abundante, armas letales, ejércitos de servidores, leyes que le benefician, servicios de inteligencia, medios de comunicación controlados y tecnología punta, no les ha servido para que el mundo que gobiernan sea más justo, menos violento, menos desigual o menos inseguro, ni para erradicar la miseria, el hambre, la guerra, la injusticia y la indecente indefensión de los pobres frente a los poderosos.
La doctrina dominante se ha esforzado con aceptable éxito en negar cualquier alternativa política al capitalismo, en difundir la tesis de que el capitalismo existió siempre y que sus leyes básicas son parte de la naturaleza humana y una consecuencia inevitable del devenir histórico. Aunque esa afirmación no resiste un análisis serio, buena parte de la humanidad ha aceptado que el capitalismo es el sistema económico propio de la democracia. Algunos, incluso, han llegado al extremo de bautizar la democracia dominante como “democracia capitalista”, convencidos de que el capitalismo no puede desarrollarse sin la democracia, ni la democracia si no va unida a un sistema económico capitalista. Sin embargo, capitalismo y democracia son dos sistemas opuestos e incompatibles, como afirma Miliband. El capitalismo es un sistema económico que exige un grupo relativamente pequeño que acumula capital y monopoliza la actividad industrial, comercial y financiera, mientras que la verdadera democracia es lo opuesto, un sistema en el que el poder es ejercido por el pueblo, que garantiza una igualdad de condiciones y de oportunidades y que no admite elite dominante alguna.
La realidad mundial demuestra precisamente que el capitalismo recela y huye cuando la democracia se hace igualitaria, libre y participativa, y prospera allí donde la democracia está más devaluada o, mejor todavía, donde existen dictaduras implacables que no respetan derechos ni libertades. China, un totalitarismo con escaso respeto a los derechos humanos, salarios bajos, poca protección social y menos democracia, es hoy la meca del capitalismo mundial, mas que Estados Unidos o Gran Bretaña. Parece lógico que capitalismo y democracia sean más bien incompatibles si se tiene presente que el capitalismo no tiene como objetivos el bien común, la cohesión social, la libertad, la igualdad de oportunidades, la libre competencia, ni nada que se le parezca, sino, simplemente, ganar dinero, cuanto más mejor, a costa de lo que sea.
Si capitalismo y democracia son incompatibles, ¿cómo explicar entonces que el matrimonio capitalismo-democracia funcione tan perfectamente en nuestros tiempos? La única explicación lógica es que lo que funciona no es el binomio capitalismo-democracia sino el formado por el capitalismo y la oligocracia, una mutación devaluada de la democracia que desprecia a los ciudadanos, les arrebata su derecho al autogobierno y deposita todo el poder en unas elites políticas.
El economista Robert Basso, de Harvard, en un valioso artículo que publicó en 1996 en Journal of Economic Growth, recogía los resultados de un estudio realizado en un centenar de países entre 1960 y 1990 y llegaba a la sorprendente conclusión de que las tasas de crecimiento en esos países eran inversamente proporcionales a su grado de democracia. La estadística demuestra que cuanto más democrática sea una sociedad, más dificultades tiene para crecer en el capitalismo, algo que dinamita la teoría de que capitalismo y democracia son un matrimonio perfecto.
El mundo entero y, especialmente, España, necesitarán altas dosis de sacrificio, quizás hasta de heroísmo, para salir de la presente crisis económica, una auténtica depresión, más profunda y grave que la simple recesión. Sólo los pueblos que sean capaces de realizar un esfuerzo colectivo cargado de ilusión podrán abandonar el pozo. España, en sus actuales condiciones de desconfianza, de rechazo a sus líderes y de desilusión generalizada ante la corrupción y la injusticia reinantes, permanecerá en el foso de la miseria porque será incapaz de realizar el esfuerzo que necesita ¡Que nadie tenga la menor duda!
Los grandes dramas requieren soluciones heroicas. Los españoles trabajamos duro y con ilusión en la última etapa del Franquismo y, sobre todo, después de la muerte del dictador, cuando la sociedad española vivió una etapa de ilusión colectiva y de rearme moral porque todos creíamos que estábamos construyendo una auténtica democracia, un sistema justo por el que merecía la pena esforzarse. Gracias a ese esfuerzo ilusionado despertamos la admiración del mundo y creamos nuestra actual riqueza.
La España actual, postrada en la depresión y sin una economía que funcione, necesita más que nunca del esfuerzo ilusionado y heroico de los españoles, pero ese esfuerzo resulta ahora imposible porque ya todos sabemos que aquella democracia construida ha resultado ser una estafa, porque nadie se fía de sus líderes, ni del sistema político imperante, ni cree que el esfuerzo a realizar sirva para el bien común. La injusticia, la ostentación arrogante del poder, el divorcio creciente entre ciudadanos y dirigentes políticos, el abuso de poder de los partidos y la caída generalizada de los valores actúan como una enorme losa de plomo que impide la esperanza y el resurgimiento de la sociedad española.
Un ejemplo elocuente de la degradación: el actual presidente de las Cámaras de Comercio de España, el exministro socialista Gómez Navarro, ante el dato de que el absentismo laboral casi se ha duplicado en los últimos años, acaba de pedir a los sindicatos, que son los más íntimos aliados del gobierno, que dejen de proteger a los vagos. Ha olvidado decir también que las Cámaras no sirven para nada y que las empresas deben financiarlas de manera obligatoria, contra la voluntad mayoritaria de los empresarios, forzados por el poder político.
El fracasado pintor y denostado político Adolf Hitler regaló en 1939 un Mercedes 540. G-4 al horrible guionista cinematográfico Jaime de Andrade, (Recuerden la película “Raza”) y despreciable o brillante estadista, según quien le mencione, Francisco Franco. Un coche blindado, seis ruedas y gratis. A nadie le amarga un dulce, sobre todo en esa época. El embajador alemán, barón Von Store, nunca podría imaginar que ese coche, años más tarde, sería con el que Franco conduciría, en 1953, al general Eisenhower, convertido ya en presidente de Estados Unidos, desde El Pardo a su lugar de residencia en Madrid.
Pero hete aquí, que otro gallego nos sorprende con megalomanía e inusitadas necesidades de emular y sobrepasar al Abuelo. No uno, sino cuatro coches oficiales necesita Touriño para visitar sus feudos y súbditos, que cuando todos están en casa son 2,6 millones. El reino lo recorres, de norte a sur o de este a oeste, ida y vuelta, en una mañana. Desayunas y comes en casa.
El último coche, de 480.000, euros sale a la luz en pleno plan de austeridad, de congelación de sueldos y dietas, que anuncian los socialistas en reunión en Vigo, a la que asisten José Blanco y el ministro Corbacho. En su resolución, el PSOE destaca que los ciudadanos "exigen" a los gobiernos y los partidos, en momentos de dificultad, la responsabilidad de "aunar esfuerzos y arrimar el hombro" para hacer frente "todos juntos" a la actual crisis económica.
Cuando el país está atenazado por la crisis y miles de españoles engrosan cada día las filas del desempleo y la pobreza, resulta que Emilio Pérez Touriño, político profesional que preside Galicia representando al PSOE, se compra un coche blindado de lujo por 480.000 euros. Es el cuarto que adquiere y su gesto ha provocado en los ciudadanos escándalo e indignación. La Xunta de Galicia predica la austeridad en el gasto aunque es la propia administración la primera que incumple lo que exige a los ciudadanos gallegos.
Ese gesto, tan elocuente como reprochable, es revelador y sintomático de la naturaleza corrupta e indecente de la actual política española.
Comprar ese coche no es ilegal, pero es indecente. Mientras que lo iindecente y lo ilegal no sean sinónimos, la política será un basurero y los que vivan a gusto en esa pocilga no merecerán respeto alguno del ciudadano.
Zapatero, desde Pekín, a donde ha ido para buscar apoyos y poder ir a la cumbre de Washington del 15 de noviembre, afirma que España tiene mucho que decir en esa cumbre para contribuir en la tarea de cambiar el mundo y asegura que "ya está bien de tanta avaricia". Para que sea creíble y demostrar que lo suyo es algo más que palabrería hueca, podría comenzar condenando el comportamiento de su compañero de partido Touriño, simbolo de derroche, arrogancia, avaricia y de otras actitudes inmorales y odiosas en ese liderazgo político que ha conducido a nuestro mundo hasta el caos. Frente a fenómenos tan tristes como el de Touriño, Zapatero debería comprender que el mundo que ellos gobiernan necesita más inyecciones de ética y decencia que de dinero.
Si quiere ir a Washington para proponer decencia en el liderazgo político mundial y cambios éticos, que siga luchando por un asiento en la cumbre, pero si sólo va a apoyar nuevas inyecciones de dinero y más declaraciones arrogantes de los poderosos, en busca de una confianza ya perdida, que se ahorre los esfuerzos y el ridículo internacional que está protagonizando.
Si Zapatero fuera sabio y supiera interpretar los signos de los tiempos, en lugar de atentar contra la dignidad de España al mendigar un puesto en la cumbre sobre la crisis financiera internacional, convocada para el próximo 15 de noviembre en Estados Unidos, en presencia de los líderes del G-20 y llamada a refundar los principios del capitalismo, se sentiría feliz de no asistir a una cumbre que pasará a la historia por su fracaso.
Pero nuestro dirigente no es un analista perspicaz ni se ha distinguido nunca por su capacidad de anticiparse al futuro. Es la suerte la que le salvará, una vez más, del desastre y del fracaso. Su ausencia de esa cumbre quizás le convierta en un héroe para las generaciones futuras.
Sarkozy, que ha visto los riesgos de formar parte del grupo que se reunirá en Washington para fracasar, ya ha advertido del riesgo que representa esa reunión de poderosos: “Esta reunión no debe ser una cita para nada. Y yo no iré para asistir a una cita fallida. Si logramos juntos con todos los responables políticos de los grandes países industrializados y emergentes definir estas nuevas reglas que necesita la economía global entonces habrá una posibilidad para que de esta crisis salga un mundo mejor”, ha dicho el francés que, movido por el miedo, agregó: “No tenemos el derecho de fracasar porque eso significará que el mundo que saldrá de la crisis será peor que el de antes”.
Desgraciadamente, eso es lo que ocurrirá porque, como decían los filósofos primitivos griegos cuando colocaban las primeras piedras de la sabiduría universal, "No puede salir el pelo del no pelo", ni el fuego del agua, ni la tierra del aire. Del mismo modo, los políticos, que son el problema, no pueden producir la solución.
¿Que pueden hacer los líderes de los países ricos y emergentes ante la crisis? Únicamente lo que han hecho ya: inyectar dinero, el que tienen y el de las generaciones futuras, en un sistema que, a pesar de esas ayudas masivas, sigue cadavérico, sin reaccionar, con las bolsas en caída libre y la economía real paralizada y en recesión.
Zapatero, por fin, se quedará fuera de la cumbre mundial que buscará medidas contra la crisis que tiene postrado al mundo. Todos los jefes de Estado y de gobiernos convocados hablan de grandes cambios y algunos, los más osados, hablan, incluso, de "refundar el capitalismo", pero ningún político ha dicho todavía la verdad: que lo más urgente y vital para el planeta es "refundar la democracia".
El capitalismo está fuera de control, pero hay que admitir que los fallos del capitalismo se deben a fallos previos de las democracias más desarrolladas, cuyos gobernantes, responsables de controlar el sistema financiero, han sido incapaces de evitar el caos y la desolación de la banca y de los mercados.
Es cierto que los ciudadanos ya no se fían de los bancos y que el pánico domina a muchos ahorradores, que sacan sus ahorros del sistema bancario, contratan cajas de seguridad para llenarlas de billetes o compran compulsivamente lingotes de oro, pero no es menos cierto que la gente cree todavía menos en los políticos y que los dirigentes, por mucho que lo intenten, no son capaces de generar confianza porque el deterioro de la democracia es decenas de veces superior al deterioro de los bancos.
La mayor diferencia entre la crisis económica y la política es que los políticos quieren salvar a la banca, pero ni siquiera son conscientes de que las democracias que gobiernan están más podridas que el sistema financiero y que ellos mismos tienen menos crédito ante el pueblo que los brokers de Wall Street.
"Un estado totalitario realmente eficaz sería aquel en el que los jefes politicos y su ejercito de colaboradores pudieran gobernar una poblacion de exclavos sobre los que no fuese necesario ejercer coaccion alguna pues amarian su servidumbre." Aldous Huxley, en 1931.
Los partidos políticos actuales han alcanzado en España casi el poder absoluto, un poder que aterroriza a los demócratas, un poder equiparable o superior al que tuvo el dictador Franco en su tiempo. Los partidos políticos son hoy la peor paradoja de la democracia española y su mayor pesadilla porque nacieron para revitalizarla, pero hay se han convertido en el mayor obstáculo para que la verdadera democracia pueda existir.
La aprobación en las Cortes de los planes de socorro a la banca, que empeñan más del 15 por ciento de la riqueza española en el rescate del dañado sistema financiero, demuestra que el poder político en España ha alcanzado un poder casi absoluto y que la incipiente democracia española, cuyas dos principales exigencias son el equilibrio entre los distintos poderes y la vigencia de fuertes controles al Ejecutivo para que no se convierta en un poder arbitrario, descontrolado y absoluto, ha sido asesinada y enterrada en silencio.
Han empeñado buena parte de la riqueza de la nación y han garantizado que las próximas generaciones de españoles vivan endeudadas sin ni siquiera consultar a los ciudadanos, los cuales son, en teoría, los soberanos y dueños del sistema democrático. La asurpación del poder popular, la humillación de la voluntad política ciudadana y la degradación de la democracia no pueden llegar ya más lejos en España.
Del sueño democrático español que se inició con la muerte del dictador ya no queda nada porque los partidos políticos, tras haber acumulado un poder aterrador, han dominado el sistema hasta degradarlo, han subyugado al ciudadano, en teoría el soberano de la democracia, y se han convertido en el mayor problema para que la democracia tenga vigencia. Los partidos no sólo son los principales culpables de la muerte del sistema, sino que han emprendido un camino que conduce directamente al exterminio de la ciudadanía libre y a la dictadura.
Las máquinas de fabricar billetes están funcionando a pleno pulmón, produciendo rios de dólares y de euros, por orden de los políticos, que quieren atajar la crisis como sea. Sin embargo, las soluciones del poder no están funcionando esta vez porque los ciudadanos y la economía en pleno ya no se fían del "dinero político", unos billetes sin relación alguna con el valor y la riqueza real, sin otro respaldo que el de una confianza política, que está hecha añicos.
Los gobiernos, al inundar el mundo financiero con billetes para salvar un sistema que se muere por falta de credibilidad, están consiguiendo el efecto contrario. Dicen que falta liquidez, pero el problema real es que falta solvencia y credibilidad en los que mandan. Por eso las bolsas caen y la economía no se reactiva, a pesar de la verdadera lluvia de dinero que está inundando los mercados y de las cataratas de promesas que realizan los políticos desde cumbres y foros cada vez más numerosos y cargados de grandeza y solemnidad.
Desde que fue eliminado el patrón oro, la moneda es sólo una cuestión de confianza y vale lo que los políticos dicen que vale. Pero esos políticos que tenían que sostener el sistema han perdido ya todo su crédito ante los ciudadanos y ni siquiera la banca y los mercados ya creen en ellos.
La gran verdad que se esconde detrás de esta crisis, distinta de las anteriores porque no es cíclica sino terminal, es que los políticos han acabado con su crédito y han demostrado hasta la saciedad que no son de fiar.
Han acumulado todo el poder posible; han destruido la democracia y la han sustituido por oligocracias de partidos; han expulsado al ciudadano de los procesos de toma de decisiones; han convertido a los partidos políticos en monstruos insaciables de poder; han manipulado las elecciones de manera que sean los partidos los que elijan, arrebatando al ciudadano su derecho democrático a elegir en plena libertad a sus representantes; han logrado la ignominia de que los representantes electos rindan cuentas no al ciudadano sino al partido que los nombra; han violado todos los cerrojos y controles de la democracia, invadiendo la sociedad civil, sometiendo a la Justicia, controlando a la prensa crítica, impidiéndole que cumpla su vital misión de fiscalizar a los grandes poderes; han podrido el sistema financiero mundial mediante abusos de poder, sometiéndolo a controles políticos excesivos e, incluso, sentando a políticos torpes y al servicio de los partidos en los consejos de administración y en las presidencias de muchos bancos y cajas.
La publicación en Voto en Blanco del artículo titulado "¿Cuanto tardaremos en añorar a Franco?" y el posterior "Franquismo y Democracia" han generado nuevos comentarios de lectores de Voto en Blanco que, por su interés, hemos considerado conveniente reproducir:

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Buen artículo Don Francisco. Nací en 1943. Es decir que nadie me puede venir a contarme la Historia reciente. Como dice Dámaso,"...Hoy día hay mucha gente que cambiaría la libertad de decir que el Sr. Rodríguez es un mamarracho o que los del PP son unos "asesinos" por un puesto de trabajo estable, un piso y poder andar tranquilamente a cualquier hora por la calle. Lo demás son demagogias de una privilegiada clase poítica y allegados, cada vez más abundantes..." No añoro a Franco,sino la tranquilidad que su gobierno proporcionó. La libertad estaba como hoy en mi mente.Nunca sentí necesidad de pertenecer a partido político alguno. ¿Que no se votaba,bueno?¿A alguien con dos dedos de frente le produce algún placer el votar cada cuatro años?A alguien que sabe que su voto, no sirve para nada o en el peor de los casos,para que los partidos políticos-esas mafias del enchufismo- se alien con otros de ideología contraría para llevar a cabo sus proyectos.
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Yo creo que el balance del régimen de Franco es altamente positivo para España. Franco sacó a España del subdesarrollo, gracias a convertir al paupérrimo proletariado español, en una pujante clase media. Nunca se hizo más por el obrero: seguridad social, universidades laborales, pagas extraordinarias, vacaciones remuneradas, construcción de infinidad de barriadas para obreros... Todo ello propició una paz social gracias a la cual la Transición se pudo hacer sin grandes sobresaltos. No es casualidad que la democracia cuajara en España en 1.978 y no en 1.931.
Esto, por lo que se refiere a la cuestión social. En lo nacional, ni qué decir tiene que España era entonces España; hoy ya no sabemos ni qué es.
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La forma en que nos representan los partidos políticos quedó bien patente en las declaraciones de la senadora del PP por Valencia en la legislatura 2000-04, Mª José Mora Devis: "lo pasábamos muy bien nos invitaban a fiestas y recepciones al Senado solo íbamos a apretar el botón" y luego añadió "la lealtad se la debes al partido que te ha proporcionado el escaño, no a los votantes"
Más claro, agua
Numerosos lectores de Voto en Blanco, entre ellos algunos que se identifican como portadores de toga o como miembros de los cuerpos de seguridad, nos repiten con insistencia que los delitos son muy superiores en España a lo que reflejan las estadísticas, que son falseadas y manipuladas. Nosotros no tenemos forma de verificar si esa denuncia es cierta, pero somos sensibles a la sospecha y a la duda.
A continuación publicamos la última denuncia recibida en ese sentido:
Desde hace muchos años el ministerio del interior español, a través de la secretaria de estado para la seguridad (in), y de su putrefacta dirección general de la policía (hoy en día compartida- más bien absorbida- con la de la guardia civil):
Llevan falsificando datos sobre el número real de delitos y faltas que se cometen, desde hace muchos años, concretamente desde el mismo año en que se implantaron. Hay incluso comisarios de policía, cuya única misión en sacarse de “encima delitos”, con el fin de que los contabilicen en la comisaría de al lado. Otros tantos hechos delictivos no se contabilizan. Se pierden en el limbo o se disfrazan de simples faltas. E incluso dentro de las faltas, en calificaciones carentes de significado y trascendencia social. Añada que, por diversos procedimientos, se hace desistir a los denunciantes en las mismas oficinas de denuncia o previas a ello, mediante el uso de la palabra, en el ambiente deplorable de esas habitaciones o del aburrimiento en esperas interminables, o les dicen que deben denunciar en otro lugar u organismo, cuando no "se pierde la denuncia" a la que previamente ni se ha registrado, y por lo tanto contabilizado en ningún lugar, y al ciudadano, se le da una supuesta copia con un sello, y con ello va tan contento, y en ningún centro oficial le pondrán problemas en presentarla para realizar otro tramite, como por ejemplo renovar el DNI robado, o la tarjeta de débito.
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Queda más. Muchos ciudadanos que ya fueron víctimas anteriormente de estos delitos, ya ni se molestan en denunciar, si no tienen un seguro de robo que les obligue a hacerlo.
Al final el número real de hechos delictivos cometidos tendría que multiplicarlo por no menos de 4.
Sobre este tema, conozco más de lo que imaginar pueda.
¿Sabe de donde puede sacar datos muy fiables? ¡Le puedo indicar unos cuantos!
Le voy a pedir algo: No sea usted portavoz de los datos falsos que proporciona el ministerio del Interior.
Quizás tenga razón Roger Cohen, del International Herald Tribune, famoso e implacable analista, cuando define al español Zapatero como persona sin valores, poco apasionada por la democracia y con una visión relativista, poco ética, del mundo.
Cohen ha escrito: “A pesar del pasado dictatorial de España bajo Franco, Zapatero me pareció muy complaciente con el totalitarismo y la tiranía. Su discurso leguleyo me trasmitía relativismo moral. Explica por qué Orwell se sintió obligado a decir que no basta con ser antifascista, también debes ser antitotalitario”.
El gobierno español que preside Zapatero se ha mostrado dispuesto a financiar con hasta 400 millones de euros a la dictadura criminal de Cuba. Por lo pronto, ha acordado financiar con 24,5 millones de euros un plan de apoyo a la reconstrucción de las zonas afectadas por los huracanes Ike y Gustav, que, según las autoridades castristas, han provocado pérdidas por valor de 3.600 millones de euros.
El anuncio ha sido realizado con motivo de la visita a España del canciller cubano, Felipe Pérez Roque, que tuvo el atrevimiento de invitar al presidente del gobierno español a visitar Cuba, invitación aceptada, según el ministro español de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, el cual fue corregido inmediatamente por el propio Zapatero, que dijo que tendría que reflexionar sobre esa invitación.
Cuando los observadores en España se esperaban cierta "frialdad" en el trato al "duro" castrista Perez Roque, tras la reciente e inexplicable detención y humillación de una cooperante española en Cuba, surgió la sorpresa del "idilio" y de los regalos millonarios de la presunta democracia española al castrismo, precisamente en el momento en que los disidentes y refugiados denuncian que el régimen comunista de Cuba retorna a sus prácticas más duras y represoras.
Un participante en los debates de Voto en Blanco escribe un comentario que, como es habitual en este blog, lo elevamos al rango de post por su evidente interés:
El comunismo instauró el llamado “capitalismo de Estado”, el capitalismo en su última escena está inaugurando el “comunismo de Estado”. Quieren nacionalizar también las empresas industriales a lo que Trichet se ha opuesto por no existir reglas pero “las estudiarán”. En sus atropelladas reuniones todavía hablan de “democracias” y “Estados” para no decidir conjuntamente y sin “legalidad”, lo que supone un atraco histórico a millones de europeos o norteamericanos y solo hace unos días declararon que
cada uno se las apañe como pueda.
Del mismo modo que el tsunami bursátil ha ido ascendiendo en el rango económico y político hasta llegar a las más altas cimas, también la mentira, el fraude y la estafa alcanzan hoy en el mundo sus más elevadas cotas. Si los primeros en caer fueron los bancos inversores y después los bancos comerciales, las aseguradoras y las empresas industriales, todos han recalado en los bancos nacionales y la última ficha del dominó es la cúspide donde están los propios Estados hechos banqueros: todo el recorrido se ha realizado y no hay montaña más elevada.
También la política ha hecho su trayectoria de abajo arriba: desde los representantes y diputados a los jefes de gobiernos, llegando finalmente a las más altas instancias nacionales y mundiales. La principal receta para este desastre terminal ha consistido siempre en la inyección de dinero en el sistema, y su máxima, definitiva e ilimitada entrega ha sido ayer domingo por medio del Eurogrupo que ha decidido “prestar” a los bancos todo el numerario que precisen, aunque arguyen que “solo” hasta finales de 2009 para enmascarar el delito.
Arquímedes precisaba un punto de apoyo para mover el mundo, pero a los capitalistas no les queda sino crecientes y gigantescas mentiras para tratar de esconder la apocalíptica realidad. Suponiendo que lograran insuflar la confianza que se ha esfumado y las bolsas se recuperaran, no conseguirían más que una ínfima parte del capital que el sistema precisa, pues por mucho dinero que fabriquen, las empresas industriales lo perderían si lo invirtiesen en una producción que nadie consumiría por falta de poder adquisitivo.
Los acontecimientos más recientes de la crisis, en especial la cumbre europea que decidió impulsar y sacralizar el intervencionismo de los gobiernos en las finanzas, son terribles para la democracia y la libertad. El miedo instaurado en la sociedad por la crisis económica ha permitido a los gobiernos y a los partidos acumular todavía más poder y ha hecho retroceder al ciudadano, que sigue perdiendo posiciones en las degradadas democracias europeas, cada día más intervencionistas y sin controles democráticos.
Como ocurre siempre, el miedo, que es el alimento de los cobardes, ha permitido que el poder político avance y ha arrinconado todavía más al ciudadano, que ya no es sino una sombra de lo que llegó a ser en el pasado, cuando fue definido como soberano y señor de la democracia.
La crisis ha permitido a los gobiernos intervenir en la economía y penetrar sin oposición en las instituciones financieras, que son uno de los santuarios decisivos de la sociedad civil, donde, incluso, se disponen a arrebatar el control a los accionistas, sin que nadie proteste, sin resistencia alguna, ante unos ciudadanos vergonzosamente transformados en borregos sumisos.
El silencio del rey Juan Carlos es cada día más inquietante y decepcionante. Silencio frente a la corrupción que envilece a España, ante las negociaciones entreguistas del gobierno con ETA, ante la creciente inseguridad ciudadana, ante el inconstitucional Estatuto de Cataluña, rompedor de la igualdad y de la unidad de España, que el rey debe cuidar por mandato constitucional, silencio ante el auge del nacionalismo disgregador y radical, silencio ante la crisis económica galopante que empobrece a los españoles... ¡Menudo porvenir le espera a una Corona que no se preocupa de los dueños de la misma!
Muchos ciudadanos no entendemos el silencio del monarca ante asuntos que nos preocupan y que a él le competen como Jefe del Estado, sobre todo ante fenómenos tan graves como el anticonstitucional deterioro de la democracia y su transformación en una oligocracia de partidos, el divordio profundo entre políticos y ciudadanos y el desprestigio generalizado de lo público.
El rey permanece incomprensiblemente mudo ante el deterioro de la Justicia española y la descarada e inconstitucional intervención de los partidos en el poder judicial.
Ante la crisis, el presidente del gobierno de España, José Luis Rodríguez Zapatero, ha reaccionado tarde y mal, como corresponde a un gobernante torpe, pero cuando por fin ha reconocido la existencia de la crisis, tras haber negado y ocultado sus indicios y anticipos durante más de un año, ha afirmado que la receta adecuada es más control del Estado sobre las finanzas, más socialismo en definitiva. Su tesis es una nueva gran mentira porque no existe un sector más regulado y controlado por el poder político que el financiero. Echar la culpa a los banqueros del drama actual es cobarde e hipócrita. La culpa principal es de los gobiernos, que tenían la obligación de controlar el sistema y no han hecho nada para evitar la tragedia de la economía porque el dinero fluía con abundancia mientras la burbuja se hinchaba como un globo. Los banqueros y operadores del mercado, con sus fallos, chapuzas y sueldos altos, han obrado siempre con la aprobación o el consentimiento de los organismos reguladores del Estado, que, en todo caso, no intervinieron ni corrigueron el rumbo demente de la economía.
Han sido tan cobardes e hipócritas nuestros gobernantes que ahora echan la culpa de la crisis a los banqueros y brokers, afirmando que los mercados y las finanzas deberían haber tenido mayor control del Estado, todo un engaño a la ciudadanía porque ocultan su propia responsabilidad, que el sector financiero es el más regulado por el poder político y que en la banca difícilmente puede realizar operaciones y movimientos sin la autorización o el consentimiento del poder público.
Los expertos se asombran porque las medidas de los políticos para frenar la crisis no funcionan. En España han garantizado los depósitos hasta 100.000 euros, han creado un fondo de garantía de 50 mil millones de euros y hasta han bajado los tipos de interés, pero el virus de la crisis sigue activo, destruyendo la confianza y el tejido productivo, generando cada día tres mil parados y el cierre de más de más de 300 empresas.
¿Qué está pasando? ¿Por qué esas medidas, que parecen las adecuadas, no surten efecto?
La respuesta es evidente: la gente se fía todavía menos de los políticos que de los tiburones y brokers que han convertido las finanzas mundiales en un basurero.
Pero los políticos se niegan a aceptar que ellos son la parte principal del problema, porque no les interesa. Por eso se resisten a adoptar la media principal, la única que acabaría con la marea de desconfianza y recelo que alimenta a diario la crisis: "castigar a los rufianes" y expulsarlos del poder para "depurar el sistema". No sólo hay que acabar con los que han creado fondos basura y contaminado las finanzas mundiales con humo y engaño, sino que también hay que arrojar fuera del sistema a los aventureros, los corruptos y los aprovechados que viven al amparo del poder, los que ordeñan a diario la teta del Estado y piensan que robar en nombre del partido es lícito.
No es de recibo que el presidente de una caja de ahorros, de esas que están tomadas por los políticos, gane varios millones de euros al año y que, al marcharse, después de haber realizado un trabajo nefasto que beneficia a su partido pero que perjudica a los ahorradores, se lleve indemnizaciones millonarias que solucionan el resto de sus vidas y el futuro de su prole. Permitir que los ineptos y aprovechados al servicio del partido permanezcan en sus puestos sin ser depurados es corrupción con mayúsculas, mientras que apoyarlos y sostenerlos es delito.
En Estados Unidos y en otros países desarrollados se han bajado los impuestos a los ciudadanos y a las pymes para evitar el cierre de las empresas y estimular la economía ante la feroz crisis que conmueve al mundo entero, pero en España el gobierno avariento e insensato de Zapatero tiene otros métodos: sube veladamente los impuestos, no garantiza que los fondos de reserva lleguen a las empresas y ordena a las fuerzas policiales y de inspección del Estado que recauden cientos de millones a través de denuncias, sanciones y multas.
Como consecuencia de esa insensata avaricia, más de 300 empresas españolas, casi todas pymes y negocios de autónomos, están cerrando cada día, lo que produce más 3.000 nuevos parados diarios, una locuraque ninguna economía puede resistir a la larga, pero el gobierno de Zapatero se niega a bajar los impuestos para mantener a toda costa el sobrecargado, absurdo e inutil aparato burocrático, con casi tres millones de funcionarios y trecientos mil enchufados y asesores viviendo del presupuesto, cuando hace dos décadas ese ejército estatal superfluo e inútil tenía apenas la mitad de esos efectivos.
Las noticias de que Zapatero mantiene en la Moncloa a casi 700 aesores personales y que una decena de asesores del presidente de la Diputación de Almería, todos ellos piezas del PSOE, cobraban de esa institución sin trabajar, han indignado a los ciudadanos, que cada día soportan menos la arrogancia, la desfachatez y la corrupción del poder político.
Han elevado el IRPF más del cinco por ciento ocultamente, sin que haya existido debate alguno, por miedo a perder votos ante una medida tan impopolar e inadecuada, porque el gobierno se ha negado a deflactar la inflación, como venía haciendo cada año, mientras que se han elevado enormemente el precio de los servicios públicos y las tasas que cobra la administración a los ciudadanos, lo que implica una presión fiscal todavía mayor para los españoles.
Las medidas, las más inadecuadas en una crisis, cuando lo que se necesita es bajar impuestos para frenar el desempleo y conseguir que la economía se active, reflejan una avaricia insensata por parte del gobierno, que parece preferir el hondimiento del tejido productivo antes que someter al Estado enfermo a la saludable cura de austeridad y adelgazamiento que todos los expertos le recomiendan.
La ciudadanía española, ante esa situación injusta e inconveniente para la nación, se deja esquilmar mansamente, sin protesta ni digna rebeldía.
viñeta de www.lakodorniz.com
No sé si Rosa Díez (R-10) es consciente de que el tiempo y los acontecimientos le ayudan y que ella encarna hoy la luz y la esperanza en el oscuro túnel de la política española. No sé si ella lo sabe, pero el pasado 4 de octubre, cuando su partido, UPyD, celebraba con un acto su primer aniversario, sus seguidores sintieron ese espíritu mesiánico y pionero que suele iluminar las grandes aventuras y gestas.
UPyD nació hace un año en medio del escepticismo y del desprecio, pero hoy es un partido que crece en intención de votos, que concita esperanzas en el desolado panarama político español y que cada día arrebata más adeptos tanto a la izquierda como a la derecha.
El nuevo partido ha sabido conectar con un sentimiento incipiente en España, el del rechazo a la partitocracia y a sus arrogancias y abusos, que hoy es apenas un movimiento que florece entre intelectuales y ciudadanos libres, pero que, como ocurrió en la Italia de los años noventa, pronto se convertirá en la pólvora (Manos Limpias) que se llevará por delante a la corrupta e ineficiente oligocracia de partidos que nos gobierna. El de Rosa Díez es un partido que más que apostar por las ideologías, frágiles y desgastadas, ha apostado por los derechos civicos y los valores, que no se desgastan jamás.
La Iglesia Católica española, acobardada, desorganizada y sin empuje, está desaprovechando una de sus mejores oportunidades históricas al mostrarse incapaz de liderar la recuperación de los valores y de la ética que la sociedad española ansía, tras haberlos perdido en las últimas décadas como consecuencia del mal gobierno, la degeneración de la democracia y la corrupción generalizada del poder político.
Ante el mal gobierno, la degeneración de la política, la caída de los valores y la corrupción, muchos ciudadanos miran a la Iglesia con la esperanza de que, desde los púlpitos y las diócesis, se lance el esperado movimiento de resurrección de España, pero la Iglesia española, acomodada, acobardada y sin empuje, continua manteniéndose en la somnolencia, lejos del activismo regenerador que encarna la doctrina del Maestro Jesús.
El cardenal Rouco Varela, líder de la Conferencia Episcopal, es capaz de decir frases tan interesantes como "o colocamos el poder bajo el imperio de la moral y la ética o vamos al desastre", pero todo queda ahí, sin que las desordenadas y divididas fuerzas católicas sean capaces de liderar el movimiento de recuperación de los valores perdidos que la parte más libre y sana de la sociedad española ansía.
Recientemente me decía un católico practicante y socialmente activo, miembro de Cáritas, que en España existen condiciones similares a las que existían en la Polonía de los años setenta y ochenta para que la Iglesia encabece o, por lo menos, impulse la lucha del pueblo contra el mal gobierno y la recuperación de la decencia, pero se lamentaba de que los curas son incapaces de hacer nada a pesar de que basta entrar en una Iglesia para ver que casi únicamente los viejos que se acercan a la muerte se acuerdan de Dios.
Las medidas de rescate y la subida de las garantías para los depósitos bancarios no detienen las caídas de las bolsas ni frena la crisis, que sigue avanzando imparable y perfilándose como peor que la de 1929 y la más grave de la era capitalista.
Lo peor de esta crisis es que se llevará por delante la prosperidad de España y África volverá a empezar en los Pirineos. No es pesimismo sino análisis sin miedo y sin peajes. Sin una industria competitiva, con un Estado hipertrofiado donde sobran más de dos millones de funcionarios, asesores, enchufados y compañeros colocados del partido, con una formación inedecuada de los jóvenes, minada por el mal gobierno y presa de la corrupción y de la caída de los valores, España no es viable como país próspero y avanzado.
Las crisis son procesos dolorosos que sirven también para hacer limpieza y colocar a cada uno en su sitio. De esta crisis, con esfuerzo y cambios profundos, saldrán adelante los países que tengan las bases sanas, pero no los que están enfermos. España, sin otra riqueza real y competitiva que su turismo e infectada de males tan terribles como el despilfarro público, la insoportable obesidad del Estado, la corrupción, la caída de los valores, la pérdida del sentido del esfuerzo, la degradación de la democracia y el mal gobierno, es un país sin sitio en la prosperidad.
Nuestras credenciales reales son tan preocupantes como vergonzosas: primer consumidor y distribuidor de drogas en Europa; primer consumidor de alcohol; número uno en prostitución, líder en impuestos; los índices de delincuencia, inseguridad, fracaso escolar y retraso en innovación disparados; primer puesto en decepción ciudadana frente a la política y un Estado insaciable que se lleva el 37 por ciento del PIB en forma de impuestos, atosigando al ciudadano y al tejido productivo.
El gobierno de Zapatero, abrumado por una crisis que empobrece en masa a los españoles, con miles de empresas cerrando y millones de ciudadanos perdiendo prosperidad, ha logrado el milagro de compartir toda esa mugre con la oposición más inepta de la historia moderna de España. Zapatero ni podía soñarlo, pero ha conseguido que, ante los ojos del ciudadano, Rajoy sea tan responsable como él del desastre de España. Ahí están las encuestas para demostrarlo. A pesar del drama y de su probada incompetencia, el PSOE sigue por delante en intención de voto.
Si se contempla la "lucha" entre Zapatero y Rajoy, entre gobierno y oposición, uno tiene la sensación de estar viendo un combate de boxeo entre un púgil viejo, cansado y marrullero (ZP) contra un niño de seis años (Rajoy) al que, indefenso y torpe, le dan golpes por todas partes. Y entonces descubrimos que la mal llamada "democracia española" no sólo carece de atributos claves como la independencia de la Justicia, el respeto al ciudadano, el imperio de una ley igual para todos o la existencia de una sociedad civil vigorosa y capaz de operar como contrapeso del poder político, sino que le falla también la esencia del juego del poder: una oposición crítica, capaz de controlar al gobierno.
El gobierno de Zapatero debería estar desgastado y al borde del colapso, víctima de su nefasta gestión de una crisis económica que está arruinando a España a velocidad de vértigo y de sus múltiples fracasos: en política exterior, donde es poco apreciado y respetado, en política autonómica, donde alimenta la disgregación de España, y en casi todos los campos que toca, pero la oposición que lidera Rajoy es incapaz de capitalizar esos fracasos, ni de causar el más mínimo desgaste al peor gobierno que ha tenido España desde la muerte de Franco y, probablemente, también desde los tiempos del nefasto Fernando VII.
Si algo está quedando claro en la presente crisis es que el mundo debe cambiar porque tal como está organizado funciona mal y de manera injusta. La clave del asunto es que la política mundial, el liderazgo, la sociedad y el poder están construídos de manera bastarda sobre la abrupta falacia de que los partidos políticos representan a toda la sociedad, cuando en realidad sólo representan a sus propios afiliados.
Amparados en que los partidos representan a toda la sociedad, los políticos acaparan todo el poder, tras haber tomado y ocupado la sociedad civil, penetrando y controlando espacios e instituciones que la democracia, por razones de salud y de control del poder, les prohibe expresamente, como son las universidades, las cajas de ahorros, las asociaciones, fundaciones y empresas de interés público, etc. Cada vez que invaden uno de estos territorios vedados por la democracia, lo hacen afirmando que ellos son "la expresión de la soberanía popular", toda una mentira gigantesca.
La democracia es clara al establecer que la sociedad civil debe existir al margen de la vida política y con independencia, precisamente para que sirva de contrapeso al poder político. Pero los partidos, ambiciosos e irrefrenables, han ocupado la sociedad civil y la han asfixiado hasta dejarla al borde del coma, con lo que han prostituido la democracia.
Si se abandona el bastardo principio de que los partidos políticos tienen el monopolio de la representación y se admite el más justo y democrático principio de que únicamente representan a sus afiliados, entonces las cosas pueden cambiar y este mundo, transformado en oligárquico por los partidos políticos, podría llegar a ser democrático.
El principio de que "todos los males de la democracia se solucionan con más democracia" tiene ahora una vigencia plena.
La publicación en Voto en Blanco del artículo titulado "¿Cuanto tardaremos en añorar a Franco" ha generado una lluvia de análisis y comentarios de los lectores con interés suficiente para ser resumidos en un nuevo post.
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... aquel régimen tenía cosas despreciables (la prepotencia y los abusos de la guardia Civil de la época, por ej., etc.), pero tenía bastantes cosas buenas, visto así en la distancia. Tantas, que renuncio en este momento a enumerarlas, pero que favorecían no solo a los de siempre, sino que iban también a favor de la clase obrera (curiosamente en el mismo sentido que en la URSS: paternalismo y necesidades básicas, seguridad, estudios y promoción para los más capaces...) que renunciaba, a cambio a la "libertad" formal que es la que tenemos ahora. Pero los que luchamos por la libertad auténtica vemos lo que actualmente tenemos, la degeneración de los servicios sociales, educativos y sanitarios que contribuimos con nuestros padres a crear -ojo, para nuestros hijos, no para dilapidarlos en solidaridades impuestas-, vemos la inseguridad y la delincuencia, la corrupción y el pillaje que afecta hasta los cuerpos de seguridad..., vemos que el subtrabajo es la norma, que "el mercado" no tiene cortapisa alguna y se pisotea laboralmente todos los días a quienes no tienen otra cosa que ofrecer que su fuerza de trabajo con la complicidad de los secuestradores de la democracia (politicastros que solo están por la perpetuación en el cargo y por su particular bolsa...)
¡Para qué seguir!"
¿Este es el precio que hay que pagar por la libertad?
No, creo, porque en Europa hay libertad con orden, equilibrio y justicia más o menos logrados y no este CAOS organizado, salvaje, con la excusa de la globalización o mundialización que nos han encasquetado.
Aquí prima la ley del más fuerte. A la explotación económica se añade ahora la inseguridad física. Y no hay inspector ni polícia, ni justicia que controle nada.
Pero esto no es nada con lo que se ve venir.
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Yo he vivido 25 años de mi vida bajo el franquismo, y los treinta siguientes bajo la democracia. No siento ninguna añoranza de mi juventud, que, por razones que no vienen al caso, no fue nada feliz. Por todo eso creo que puedo opinar sobre antes y despues del "hecho sucesorio" desde una razonable imparcialidad.
Es tan escasa la confianza que los ciudadanos tienen en los políticos que ha bastado que Solbes dijera el martes 30 de septiembre que los ahorros de los españoles están garantizados para que miles de ciudadanos acudieran a los bancos para retirar sus fondos. Todavía no es una estampida, pero se ha notado, según nos lo han confirmado en numerosas instituciones financieras, donde saben que los políticos, como los banqueros, han perdido ya todo el crédito ante la ciudadanía.
Durante la otra gran crisis económica, la de los años treinta del pasado siglo, los políticos perdieron también su prestigio y credibilidad, aunque el deterioro de su imagen no llegó a ser tan grave como ahora. El desprecio de los ciudadanos a los políticos llegó a ser tan intenso que el presidente de Estados Unidos, F.D. Rooselvet, se vio obligado a salir al paso con esta recomendación: “Tenemos que luchar para que la palabra político deje de ser un insulto”.
En España, el gobierno está llegando a extremos inéditos y hace méritos para ser considerado por muchos ciudadanos como un adversario. Falta poco para que lo consideremos como nuestro peor enemigo. La última prueba: Zapatero beneficia con más dinero a las autonomías gobernadas por el PSOE y penaliza con menos inversiones a las gobernadas por el PP. También sirve como ejemplo el que Rubalcaba aumente un 20 por ciento los "fondos reservados", a pesar de la crisis, mientras que las empresas están asfixiadas y a Solbes no se le ocurre otra cosa que ordenar a Hacienda inspecciones a malsalva. Algunos empresarios, desesperados por el acoso de los impuestos en estos tiempos de angustia, piensan en la objección fiscal o en cerrar sus empresas.
Las víctimas, como siempre, son los más débiles. Cada día, casi setecientos jóvenes pasan a engrosar el paro, mientras que Zapatero ni siquiera es capaz, como han hecho otros países, de garantizar los depósitos bancarios o de subir el mínimo garantizado para los ahorradores, que en España es de 20.000 euros, uno de los más bajos del mundo desarrollado. El presidente, alienado y víctima del famoso "síndrome de la Moncloa", que hace de los presidentes ineptos arrogantes en su segundo mandato, habla ahora del sentido del humor y sigue alardeando de la fortaleza de un país que, mal gobernado, cada días es más pobre, más desigual y más injusto.
Existe una nueva izquierda millonaria que es furiosamente antiyanky (todavía más anti Bush) y que considera al cristianismo un enemigo más peligroso que el mismísimo islamismo radical. Nadie sabe de donde ni cómo ha surgido esa nueva izquierda, ni hacia donde se dirige, pero sí se sabe que no es obrera, que ama la buena vida, que está tan lejos de la lucha de clases como la derecha tradicional, que a sus líderes les gusta mucho el dinero y que no está contenta con el mundo globalizado, de inspiración liberal, que les ha tocado vivir.
Es una izquierda nueva que se abre camino en Europa y en el mismo corazón del imperio americano, que lee a Noam Chonsky y se siente calurosamente identificada con el nuevo libro de George Soros “The Age of Fallibility – Consequences of the war on terror”.
Es una izquierda que ya no considera como sus predilectos a los obreros y a los desamparados, sino que dirige su discurso a las masas de ciudadanos más incultos y manipulables, donde están los caladeros de votos que otorgan lo que a ellos de verdad les interesa: el poder.
En Europa, donde está encarnada por el español Zapatero y por otros líderes con menos proyección, esa nueva izquierda es antiyanky y más próxima al islamismo radical que al catolicismo, cuyo poder temporal e influencia social y cultural les enerva. En Estados Unidos, se oponen al presidente Bush, al que consideran un fascista peligroso, se alinean con el candidato demócrata Obama y critican el “estúpido” sueño estratégico americano de expandir la democracia a través de la guerra, entre otras razones porque dicen que los valores no se pueden exportar, sobre todo porque no existen las condiciones adecuadas. Pero la verdad oculta de su antiamericanismo es que, en el fondo de sus almas, odian la democracia porque es un sistema que controla el poder y limita la ambición de los dirigentes.
Hace pocos días escuché en Sevilla a un dirigente socialista andaluz pontificar con cierta lucidez acerca de que el mercado y el sistema financiero tendrán que estar bajo control en el futuro. Afirmaba que, cuando superemos esta crisis, no podemos permitir los excesos de un mercado libre y sin control, ni de un sistema financiero que ha ido demasiado lejos vendiendo opciones, opciones de opciones, bonos y basura sin respaldo real alguno. Decia que, en España, por ejemplo, no podemos permitir en adelante que se construyan cada año más del doble de las viviendas que se necesitan, aunque las demande el mercado. "El gobierno tiene que controlar esos abusos", afirmó
Al escuchar quien iba a ser "el controlador" me indigné y le repliqué de inmediato que la crisis actual no es sólo económica sino también política, porque el liderazgo ha fallado en todo el mundo y no ha sabido detener la locura hasta que ha estallado. Y le dije: "Los políticos, al igual que los banqueros, ya han agotado su crédito en este mundo que se derrumba. Si vuestra receta es que sea el Estado el que controle el mercado, entonces vamos directo hacia el fracaso porque los que controlan el Estado han perdido la confianza de los ciudadanos porque sólo cuidan su bolsillo y sólo luchan por más poder y privilegios".
Empezó a gritar y hasta pronunció la palabra "antisistema", pero todos los presentes en la mesa se pusieron de mi parte, lo que le obligó a retroceder. Le expliqué entonces que la burbaja inmobiliaria española ha sido alimentada no sólo por los empresarios insaciables del sector, sino también por el mismo Estado, que se financiaba y se enriquecía con el "boom", y, sobre todo, por los ayuntamientos, que, abandonados por el gobierno central, sobrevivían gracias a las licencias de obras e impuestos del ladrillo. Le dije que al lado de un empresario especulador casi siempre hubo un político corrupto, generalmente un alcalde o un concejal, además de un recaudador del partido.
Domingo, 23 de noviembre
Manuel Molares do Val
Lourdes Muñoz Santamaría
Pedro Fernández Barbadillo
Emilio Castellote Madrid.
ADIÓS AYER
Francisco Rubiales
Rufino Soriano Tena
Doctor Shelanu
Vicente A. C. M.
Rafa Esteve-Casanova