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Cataluña: de la modernidad a las tinieblas

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Fue un ejemplo de modernidad, libertad y de espíritu emprendedor, pero la sociedad catalana está hoy sumida en las tinieblas del autoritarismo prefascista. Los indicadores son elocuentes y reflejan una sociedad que, espoleada por una lamentable generación de políticos sin valores ni escrúpulos, se desliza hacia la intolerancia y la cobardía, permitiendo abusos nacionalistas que pueden llevarle a la ruina.

Discriminar y hasta perseguir y multar a ciudadanos por hablar el idioma español es fascismo puro, lo mismo que haber alimentado durante décadas, como ha hecho el nacionalismo catalán, el odio a España, sólo para conseguir votos.

La moda de reventar mítines al PP y a Ciudadanos, apedrear autobuses, llamar "puta" a España" o los condones catalanes con la leyenda "fóllate a la derecha" son sólo los últimos eslabones de la cadena que comenzó a forjar Jordi Pujol cuando, hace dos décadas, alimentó desde las sombras el odio a lo español.

Los partidos políticos catalanes han elegido la oscura ruta del victimismo y no han cesado de acumular poder desde la Transición. El ciudadano, que es el soberano de la democracia, ha sido marginado por los políticos y tratado como miembro de un rebaño díscolo al que es necesario controlar mediante la información manipulada, el resentimiento y el odio.

La sociedad civil catalana, en otros tiempos ejemplar y motor del progreso, está hoy ocupada por los políticos e intervenida, con los partidos infiltrados en instituciones, cajas de ahorro, empresas, sindicatos, medios de comunicación, asociaciones, clubes, universidades y otros muchos espacios que, por razones de salud pública, deberían quedar libres de la contaminación del Estado.

El dinero público ha sido utilizado, sin escrúpulos, para comprar favores y adhesiones o para castigar al adversario.

Las famosas comisiones del 3 por ciento, cobradas durante años, los préstamos ventajosos recibidos de las cajas de ahorro, muchas veces no devueltos, el proteccionismo, el intervencionismo y la moda de reventar los mítines y manifestaciones expresivas del contrario son síntomas evidentes de podredumbre social y cultural.

Aunque existe una Cataluña sana y ejemplar, en términos de imagen, la Cataluña ejemplar de antaño, pastoreada por un nacionalismo insaciable, se está convirtiendo en hosca, envidiosa y victimista. Cuando Madrid se adelanta, es porque recibe ventajas y cuando Barcelona está delante, siempre es por mérito propio. El nacionalismo siempre juega con trampas: "si sale cara gano yo y si sale cruz pierdes tu".

Basta echar una mirada desapasionada y neutral a la actual campaña electoral para descubrir en ella las miserias y sombras del fascismo incipiente: mítines reventados, agresiones verbales y físicas al adversario, edición de DVDs para denigrar al adversario, crispación en las declaraciones, luchas fratricidas y marginación del ciudadano catalán, el verdadero protagonista de la prosperidad tradicional de su pueblo, hoy tratado como insignificante borrego por una clase política que ni Cataluña, ni España, ni Europa se merecen.

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