Mi vocación

Una mirada profunda

06.12.17 | 08:00. Archivado en Cosas de Dios y de la vida

ayudarEra la hora del comedor y con los pequeños el tiempo se hace más intenso, requieren de más atención y hay días en los que se va deprisa. En un momento dado, captó mi atención un niño con su cabeza agachada y un rostro serio, muy serio para lo que acostumbro a verle. Me acerqué y le dije: ¿Qué te pasa?... silencio...¿estás enfadado? SÍ... ¿por qué?... le habían regañado porque estaba ayudando a dar de comer a una niña y eso en su corta edad, le llevó a enfadarse.

A veces no podemos dejar pasar cosas que nos parece que no tienen importancia pero de las que se puede sacar una buena lectura. La persona que le llamó la atención, no se percató del hecho en sí, sino de que él no comía. En ese caso, aunque parezca simple o algo sin importancia, es cierto que “lo esencial fue invisible a los ojos”, “lo esencial se nos escapó de nuestra mirada”, a veces, pequeños gestos nos hablan y nos enseñan mucho. Cogí al niño y lo miré, sus ojos estaban casi en lágrimas y no era una tontería, era su realidad en ese momento. Hubo que consolarlo.

Esa mirada me llegó al alma, me conmovió, ¡cuánta ternura, cuánta transparencia y limpieza de corazón! Ojalá a lo largo de su vida sean muchos los gestos de ayuda hacia el otro, de salir de uno mismo y atender a una necesidad mayor que la de nuestro propio yo. El tiempo se paró en aquella pequeña acción, que tocó el corazón de quien estaba haciendo el bien. Hubo un diálogo para intentar hacerle ver que sí que había hecho bien y esa sonrisa tragándose las lágrimas habla de la ternura, del amor que ve más allá.

Señor, ayúdanos a ver tu rostro en tantos pequeños gestos de cada día donde te haces presente, y en cada esquina, como encontramos en esta oración: “Tu rostro en cada esquina”.

Tu rostro en cada esquina
Señor, que vea…
…que vea tu rostro en cada esquina.
Que vea reír al desheredado,
con risa alegre y renacida.
Que vea encenderse la ilusión
en los ojos apagados
de quien un día olvidó soñar y creer.
Que vea los brazos que,
ocultos, pero infatigables,
construyen milagros
de amor, de paz, de futuro.
Que vea oportunidad y llamada
donde a veces sólo hay bruma.
Que vea cómo la dignidad recuperada
cierra los infiernos del mundo.
Que en otro vea a mi hermano,
en el espejo, un apóstol
y en mi interior te vislumbre.

Porque no quiero andar ciego,
perdido de tu presencia,
distraído por la nada…
equivocando mis pasos
hacia lugares sin ti.

Señor, que vea…
…que vea tu rostro en cada esquina.
José María Rodríguez Olaizola, sj

Texto: Hna. Ana Isabel Pérez.


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