En las idas y venidas de cada día compartimos nuestra parte de mundo con gente de muchas clases, de orígenes diversos y cada uno vive su circunstancia especial, a nivel personal o familiar. La vida para unos se les muestra sonriente, feliz, otros en cambio viven su día a día cargados con preocupaciones por un presente incierto o por el dolor y el sufrimiento de una enfermedad.
Escuché una vez la expresión de que cada persona o cada familia vive como envuelta en “olas” distintas según cada momento. “Olas suaves” de gozo y de paz, etapas en las que el mar de la vida se presenta suave y trasparente, como acariciador. En otras etapas las “olas son encrespadas” por la presencia del sufrimiento moral o físico y el mar se vuelve oscuro, denso y sonoro.
Sea como fuere, con la pesada cruz del sufrimiento o con la suavidad de la tranquilidad, generalmente nos gustaría poder caminar siempre sobre estas olas, hallando a través de la oración la gracia para ir avanzando hacia el encuentro con el Señor. Y es Jesús quien invita, como lo hizo con San Pedro a caminar sobre las aguas si sabemos fiarnos de su presencia y de su promesa salvadora.
Quizás cuando vivimos una etapa en las que debemos avanzar con alguna cruz a cuestas nos es más fácil dirigir la mirada y el corazón hacia Dios que nos salva de todo mal y que nos da fuerzas para vivirlo. Cuando el “mar está calmado” nos puede parecer que esta calma es fruto de nuestro propio actuar y corremos el riesgo de cerrarnos sobre nosotros mismos sin dirigir la mirada hacia el Señor de la vida.
Ojalá tengamos siempre la gracia para descubrir en todo un don de Dios que nos ama y que con este amor nos ayuda sin cesar a caminar con la cruz a cuestas sea cual sea el peso que sintamos sobre nuestras espaldas. Texto: Hna. Carmen Solé.
Sábado, 2 de junio
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