“Trata de ser el portero de tu corazón”. Esta frase de un autor espiritual del siglo IV, tiene mucha miga. Un buen portero no dejará entrar en la casa a nadie sin preguntarle quien es y qué desea.
Del mismo modo en el ámbito espiritual tenemos que vigilar la puerta de nuestro corazón para que no entre ningún intruso indeseable. Y los hay muy listos que saben usar artimañas para penetrar en nuestro recinto interior. Si fueran descarados no los dejaríamos pasar pero si son sutiles pueden penetrar sin casi enterarnos y cuando están dentro viene el desorden y la turbación.
Claro está que hay más lugares que la puerta de nuestro corazón para poner el desorden en nosotros. Están los ojos, los oídos y todos los otros sentidos. Por ello San Pedro dice: “Sed sobrios, estad alerta, que vuestro enemigo, el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quien devorar; resistidle firmes en la fe”.
Tenemos enemigos de nuestra vida interior por fuera y por dentro que son tanto o más peligrosos que los exteriores. Es la explicación que dio Jesús a sus discípulos a raíz de que los fariseos lo criticaban porque sus discípulos comían sin lavarse las manos, él les replicó: “Entended bien esto lo que sale del hombre, eso sí que lo hace impuro. Porque de dentro del corazón del hombre, salen los malos pensamientos, la inmoralidad sexual, los robos, los asesinatos, los adulterios, la codicia, las maldades, el engaño, los vicios, la envidia, los chismes, el orgullo y la falta de juicio. Todas estas cosas malas salen de entro y hacen impuro al hombre”. Texto: Hna. María Nuria Gaza.
Sábado, 2 de junio
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