Durante estas últimas semanas, en la liturgia dominical, hemos ido observando que Dios sigue llamando. Samuel escuchó la voz del Señor y cuando lo reconoció dio su vida para lo que Dios le confiaba. Jonás es también un llamado, y aunque no le fue fácil vivir la misión, sí fue capaz de enfrentarse para cumplir con lo que llevaba entre manos.
Después de ver la vida y reacciones de tales personajes se nos invita a que seamos nosotros los profetas. Sencillamente, Dios nos invita a ser portadores de su Palabra. Nos ha mostrado que existen distintas formas de llamada y por supuesto, diferentes maneras de responder. En el libro del Deuteronomio nos sigue insinuando la llamada a una vocación concreta pero de una forma más explícita, nos da el cómo hemos de hacerlo.
Ser profeta es un voto de confianza por parte de Dios. El profeta no es el que posee la Palabra sino que es la Palabra la que posee al profeta, por eso la importancia de aceptar libremente y con actitud de servicio y alegría, sino… no tiene valor. Todos estamos llamados al Amor de Dios y todos somos importantes porque cada uno tiene un camino que hacer. Las cosas grandes se hacen de pequeñas, y todo el bien que seamos capaces de vivir será la construcción de toda una vida.
“Jesús enseñaba con autoridad…” Mc 1, 21. Si nuestra confianza fuese un poquito madura podrían ver en nosotros la seguridad en Aquel que nos ama y conforta. Hemos de vivir convencidos, transmitiendo la alegría de ser “escogidos” y amados por Dios para proclamar que sólo Él puede dar la felicidad plena. Texto: Hna. Conchi García.
Sábado, 2 de junio
Josep Maria Tarragona
Juan Fernandez Krohn
Asoc. Humanismo sin Credos
Pedro Tarquis
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo
Juan Jáuregui Castelo
JC Rodríguez, A Eisman
Religión Digital