La cuaresma que yo quiero dice el Señor, no son sacrificios ni holocaustos, sino que destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia. Que partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente. Si haces esto, el día de Pascua brillará la luz, la oscuridad se volverá mediodía.
El profeta Isaías en el capítulo 58, 9 ss., es sumamente gráfico y nos pone en guardia de creer que vamos a vivir una buena cuaresma absteniéndonos de comer y beber, en una palabra: sacrificándonos. Es cierto que esto también lo podemos hacer y la Iglesia lo recomienda. Pero lo más importante es el amor y la misericordia.
El libro del Eclesiastés en el capítulo 3 recoge ese texto tan conocido que va desgranando el paso del tiempo, y nos dice como en la vida de cualquier persona hay un tiempo para cada cosa, desde el nacimiento hasta la muerte, acontecimientos y situaciones que en cierto modo se van dando uno a continuación del otro aunque puedan parecer contrapuestos.
Un tiempo que presenta a la vez facetas repetidas y nuevas y que se van sucediendo a lo largo de los días y los años, pero que en cada momento nos va presentando cual es la voluntad de Dios para cada uno y cómo esta voluntad afecta el propio entorno.
Nos movemos siempre entre un tiempo determinado y concreto, en un ambiente específico en el que nacemos y crecemos, y con variaciones causadas por la misma diversidad de las situaciones. Todo se repite, pero nada es igual, todo es distinto, pero todo es lo mismo. Pero debemos intentar vivir cada instante con el pleno convencimiento de que ahí mismo se manifiesta el querer de Dios.
Parece mentira… cuesta trabajo creer que la raíz de muchos males sea siempre la misma. El miedo, en muchas ocasiones, no es tan pasajero como creemos, todo lo contrario, cuando llega procura instalarse en nuestra vida para manejarnos a su antojo.
Cuando digo miedo, no me refiero exclusivamente al que puedan tener los seres humanos el uno al otro, sino el que se tiene a TODO. Y ese todo, llega hasta la pérdida de confianza en uno mismo. No es la desconfianza en lo que otra persona pueda hacer sino en lo que uno mismo puede hacer contra uno mismo. De alguna forma, ese miedo “es demasiado poderoso para afrontarlo conscientemente, pues nos hace ver nuestro propio mal en los demás y nos incapacita para verlo en nosotros mismos”.
En el momento de la convocatoria conciliar la Iglesia católica estaba en paz, no había en su interior herejías, habían surgido gérmenes de renovación y se encontraba segura para afrontar una seria revisión de su propia vida. Con todo, había dentro de la Iglesia, entre los años 1945-1959, frecuentes tensiones entre conservadores y progresistas. La necesidad de un giro religioso se manifestó en el contexto del cambio social y cultural vertiginoso generado después de la II Guerra Mundial y observable en a) el final del colonialismo y la presencia activa y creciente del Tercer Mundo; b) la industrialización de los países nordatlánticos, con sus consecuencias de emigraciones, turismo, ocaso del mundo rural, urbanizaciones gigantescas y nacimiento o aparición de la sociedad de consumo y c) la difusión de la televisión, con un fuerte impacto en la cultura y pautas de comportamiento.
Ciertos problemas acuciantes de la humanidad se hicieron presentes en el Concilio: el hambre en una gran parte del planeta, la escasa vigencia de los derechos humanos en innumerables países y la carrera de armamentos.
AGGIORNAMENTO
El Vaticano II, a diferencia de otros concilios, no se convocó para rechazar una herejía o superar una crisis profunda. Su primer propósito, según el pensamiento de Juan XXIII, fue muy claro: no habría condenas, ni siquiera del marxismo o del comunismo. Pero aunque el Papa convocante no había dibujado el programa del Vaticano II, su objetivo más evidente era el aggiornamento de la Iglesia, expresión que sustituía al término reforma, impronunciable en la convocatoria conciliar por su apropiación protestante. Se trataba de renovación, adaptación, y sobre todo, de diálogo y apertura.
Destacamos en este trabajo diversos temas esenciales del Concilio a partir de algunos artículos del libro de Alberigo-Jossua, eds.
La vida de este intrépido personaje es apasionante. Nacido en Sevilla en 1484, conoció de adolescente a un indio que Cristóbal Colón había regalado a su padre. De joven pasa a estudiar latín y leyes en Salamanca.
El 15 de abril de 1502, siguiendo los pasos de su padre que había participado en el segundo viaje de Colón, llega a la isla Española. Durante 1503 se dedicó a extraer oro, participando en la campaña de conquista del gobernador Nicolás de Ovando, y bajo las órdenes del capitán Diego Velázquez de Cuellar, recibió una encomienda.
Ordenado de sacerdote en Roma en 1507, vuelve a Las Indias, donde continúa en posesión de una encomienda. Él mismo confiesa que hizo trabajar duro a sus indios, siguiendo las condiciones de trabajo del lugar y tiempo, aunque no los maltrató ni los castigó abusivamente. En 1512 interviene en la conquista de Cuba como capellán del conquistador Diego Velázquez, recibiendo también una encomienda de indios.
En la historia de la humanidad ha habido muchas revoluciones. Ninguna es tan importante como la revolución del amor que se basa en la fraternidad, en el saber pensar en el otro.
Cuando estuve en la India, hace muchos años, una de nuestras hermanas me contó lo que habían iniciado para combatir el hambre existente en el lugar: Entregaban una cabra a una familia cuando ésta tenía una cría se la debía entregar a las hermanas y cuando estaba crecida, ellas la entregaban a otra familia. De este modo ellos no acaparaban para enriquecerse sino que tenían que pensar en sus hermanos que sufrían el hambre que a ellos mismos les había acosado. De este modo sacaron de la miseria a varias familias. Nadie podía ser egoísta porque entonces se rompía la cadena de la solidaridad y se evitaba el egoísmo tan propio del ser humano.
En las idas y venidas de cada día compartimos nuestra parte de mundo con gente de muchas clases, de orígenes diversos y cada uno vive su circunstancia especial, a nivel personal o familiar. La vida para unos se les muestra sonriente, feliz, otros en cambio viven su día a día cargados con preocupaciones por un presente incierto o por el dolor y el sufrimiento de una enfermedad.
Escuché una vez la expresión de que cada persona o cada familia vive como envuelta en “olas” distintas según cada momento. “Olas suaves” de gozo y de paz, etapas en las que el mar de la vida se presenta suave y trasparente, como acariciador. En otras etapas las “olas son encrespadas” por la presencia del sufrimiento moral o físico y el mar se vuelve oscuro, denso y sonoro.
Sea como fuere, con la pesada cruz del sufrimiento o con la suavidad de la tranquilidad, generalmente nos gustaría poder caminar siempre sobre estas olas, hallando a través de la oración la gracia para ir avanzando hacia el encuentro con el Señor. Y es Jesús quien invita, como lo hizo con San Pedro a caminar sobre las aguas si sabemos fiarnos de su presencia y de su promesa salvadora.
“Trata de ser el portero de tu corazón”. Esta frase de un autor espiritual del siglo IV, tiene mucha miga. Un buen portero no dejará entrar en la casa a nadie sin preguntarle quien es y qué desea.
Del mismo modo en el ámbito espiritual tenemos que vigilar la puerta de nuestro corazón para que no entre ningún intruso indeseable. Y los hay muy listos que saben usar artimañas para penetrar en nuestro recinto interior. Si fueran descarados no los dejaríamos pasar pero si son sutiles pueden penetrar sin casi enterarnos y cuando están dentro viene el desorden y la turbación.
Claro está que hay más lugares que la puerta de nuestro corazón para poner el desorden en nosotros. Están los ojos, los oídos y todos los otros sentidos. Por ello San Pedro dice: “Sed sobrios, estad alerta, que vuestro enemigo, el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quien devorar; resistidle firmes en la fe”.
El Concilio Vaticano II quiso que la liturgia volviera a ser el centro de la vida espiritual de los bautizados. A lo largo de la historia, especialmente en Occidente, la liturgia había quedado desplazada por las devociones y las prácticas de piedad.
La Sacrosanctum Concilium demuestra que todavía queda mucho por hacer. La liturgia transmite la fuerza para llegar a ser testigos del Misterio pascual de Cristo pero muchos desconocen cuestiones fundamentales de la vida litúrgica y aún no es el centro de su vida espiritual.
La SC 43 afirma que el «El celo por promover y reformar la sagrada Liturgia se considera, con razón, como un signo de las disposiciones providenciales de Dios en nuestro tiempo, como el paso del Espíritu Santo por su Iglesia». Pasada la euforia de las formas se debe buscar la euforia de los contenidos, para que la liturgia todavía sea la fuente de espiritualidad de los bautizados.
Sacrosanctum Concilium supuso la cristalización de las líneas fundamentales del movimiento litúrgico. El sujeto de la celebración ya no es “el celebrante” o “presidente” sino la asamblea litúrgica. Los fieles que la forman no son espectadores ni se unen sólo espiritualmente al celebrante sino que todos son “actores”, todos son “celebrantes”, y toda su existencia debe quedar comprometida con lo que se ha celebrado (cf. SC 48). La finalidad de la liturgia es conseguir que la vida espiritual de los fieles quede plenamente inserta en el misterio de Cristo, cosa que a la vez implica ser y sentirse parte viva del Cuerpo eclesial, y, por lo tanto, que el modo de actuar sea testimonio.
La reforma litúrgica es paso del Espíritu y la liturgia fuente del verdadero espíritu cristiano, en consecuencia, la liturgia debe ser fuente de espiritualidad. El Sínodo de los Obispos de 1985 afirma que dónde se vive más intensamente la realidad de la Iglesia como “misterio” es en la liturgia y que dónde se asimila más la dimensión espiritual y el llamamiento a la santidad es también en ésta.
Del Concilio se desprende que “la liturgia es el ejercicio del sacerdocio de Cristo” hoy. La liturgia es también el lugar donde la Iglesia manifiesta y comunica a los fieles la obra de la salvación, llevada a cabo por Cristo, de una vez por todas. La liturgia es pues “el lugar” privilegiado del encuentro de los cristianos con Dios y con su enviado, Jesucristo, en la Iglesia reunida por el Espíritu Santo. La liturgia es un hecho de orden espiritual.
El evangelio de San Marcos en el capítulo 4 recoge el milagro de Jesús que calma la tempestad del lago y salva a de los discípulos. Ellos han constatado entre la oscuridad de la noche y las fuertes ráfagas de viento como su vida corre peligro, y les resulta difícil comprender como en medio de su angustia Jesús parece tranquilo durmiendo entre unos almohadones en la popa de la barca.
Muchos no vivimos cerca del mar ni de un lago, ni nuestra vida está relacionada directamente con las dificultades que la vida marinera genera. Pero aun los que no vivimos cerca del mar o de un lago, sabemos qué es una tempestad y muchos hemos podido sentir el pánico que genera hallarse en una situación de catástrofe cuyas consecuencias desconocemos.
Las catástrofes naturales no agotan todas las tempestades. A lo largo de la vida todos hemos vivido etapas o épocas de tempestad. Las dificultades que se generan a nuestro alrededor o las que nosotros mismos generamos desembocan a veces en tempestades que no sabemos o no podemos calmar. La enfermedad propia o de los seres queridos, los contratiempos que afectan la vida de tantos, la incapacidad o la imposibilidad para proseguir el camino iniciado, suelen desembocar en zozobras que amenazan la débil barca de cada uno.
Los salmos dan para mucho: Son oraciones, lamentos, e incluso enfrentamientos con Dios del pueblo de Israel. Expresan el estado de ánimo de su compositor. En la vida, como dice el autor sagrado, hay momentos para reír y otros para llorar.
El salmo 111 es un salmo que describe la felicidad del justo. El salmista asegura que el que teme a Dios es feliz, bienaventurado, porque amar a Dios es el principio de a sabiduría.
Para ser bienaventurado hay que temer a Dios porque cumplir sus mandatos da una paz que no pueden conocer los impíos.
“Dichoso quien teme al Señor
y ama de corazón sus mandatos”.
Su linaje será poderoso en la tierra,
la descendencia del justo será bendita”.
La segunda parte del verso del salmo está ligada a la creencia del Antiguo Testamento que se pensaba que tener descendencia era una bendición de Dios y el no tenerla un castigo.
Durante estas últimas semanas, en la liturgia dominical, hemos ido observando que Dios sigue llamando. Samuel escuchó la voz del Señor y cuando lo reconoció dio su vida para lo que Dios le confiaba. Jonás es también un llamado, y aunque no le fue fácil vivir la misión, sí fue capaz de enfrentarse para cumplir con lo que llevaba entre manos.
Después de ver la vida y reacciones de tales personajes se nos invita a que seamos nosotros los profetas. Sencillamente, Dios nos invita a ser portadores de su Palabra. Nos ha mostrado que existen distintas formas de llamada y por supuesto, diferentes maneras de responder. En el libro del Deuteronomio nos sigue insinuando la llamada a una vocación concreta pero de una forma más explícita, nos da el cómo hemos de hacerlo.
Estuve pensando en lo importante de saber elegir. Pero mientras estaba reflexionando sobre esto y en la suerte de que mi elección para la vida era la apropiada para mi, me vino en mente lo que dijo Jesús: “No sois vosotros los que me habéis elegido sino que soy yo quien os he elegido”.
El caso es que después de elegir o de ser elegido, uno sepa decidirse. Porque algunos se han quedado a medio camino y luego les pesa toda la vida el no haber sabido a dar el paso.
Tengo bien presentes dos ejemplos. Una amiga de colegio, ella como yo nos sentimos llamadas a la vida religiosa pero ella no supo enfrentarse a la oposición que le ponían sus familiares. Ahora cuando nos encontramos, de tiempo en tiempo, en un momento u otro de nuestra conversación me dice: “Que suerte tuviste. Tu, contra viento y marea seguiste el camino al que te sentías llamada, yo fuí cobarde y ahora mi vida es un sin sentido”. Por más que le digo que ya no le de más vueltas, continua dándolas.
Sábado, 2 de junio
Josep Maria Tarragona
Juan Fernandez Krohn
Asoc. Humanismo sin Credos
Pedro Tarquis
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo
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