Seguro que cada vez que escuchamos la expresión “dar la vida” nos estamos situando frente al evangelio, es decir, delante de la acción de Jesús cuando entregó su vida por todos nosotros (Jn. 15,13). Sí, dio su vida por puro amor. Nadie se lo pidió… pero Él la ofreció, porque sabía que dándola nosotros seríamos “salvados”.
El amor incondicional es el que hace que cada gesto, cada acto sea un regalo. Cuando esperamos algo a cambio se convierte en otra cosa distinta. Generalmente, al ofrecer al otro algo tuyo es porque quieres hacerlo feliz, que se sienta bien… queremos que se acuerde de nosotros y que se dé cuenta de que hemos pensado en él, que lo acompañamos. Aunque ese amor incondicional no espera ni siquiera un agradecimiento…
El salmo 62 es un salmo que la Iglesia pone en boca de sus fieles con frecuencia. Este salmo se atribuye a David que al estar perseguido por Saúl, se encuentra en el desierto de Judá alejado del templo, lugar de las delicias de todo buen judío; porque el templo era para los israelitas, el lugar donde Dios residía y ahora el salmista se encuentra alejado de Jerusalén.
“Mi alma esta sedienta de ti como tierra reseca, consumida, sin agua”. Este hombre no puede participar de la oración con los hijos de Israel. Está en medio de un desierto árido, sin agua. Su máxima aspiración es poder regresar y gozar de la dicha de la presencia del Dios de su vida. Sólo Él puede saciar su sed y su hambre: “Mi alma está sedienta de ti”.
Sólo si puede gozar de la presencia de Yahvé hallará de nuevo la felicidad. Entretanto pasa las noches pensando en el Dios de su salvación porque este israelita, no olvida que si todavía está vivo es gracias a que “el Dios de su vida” lo protege y ampara. Por ello en ciertos momentos se olvida de su infortunio y se siente como envuelto por la sombra de las alas del Dios providente y misericordioso que lo sostiene con su diestra: “En el lecho me acuerdo de ti y velando medito en ti, porque fuiste mi auxilio, y a la sombra de tus alas canto con júbilo”.
“Entonces los fariseos y los jefes de los sacerdotes, reunidos con la Junta Suprema, dijeron: - ¿Qué haremos? Este hombre está haciendo muchas señales milagrosas. Si le dejamos seguir así, todos van a creer en él, y las autoridades romanas vendrán y destruirán nuestro templo y nuestra nación. Pero uno de ellos llamado Caifás, sumo sacerdote aquel año, les dijo: -Vosotros no sabéis nada. No os dais cuenta de que es mejor para vosotros que muera un solo hombre por el pueblo y no que toda la nación sea destruida. Pero Caifás no habló así por su propia cuenta, sino que, como era sumo sacerdote aquel año, dijo proféticamente que Jesús había de morir por la nación judía, y no solo por esta nación, sino también para reunir a todos los hijos de Dios que se hallaban dispersos. Desde aquel día, las autoridades judías tomaron la decisión de matar a Jesús” (Jn. 11, 47-54).
Este relato de San Juan se sitúa después de la resurrección de Lázaro y justamente porque Jesús le ha dado vida, los jefes del pueblo judío quieren matarle. Pero Jesús no muere sólo por el pueblo judío sino que muere por todos los pueblos para darles la auténtica vida. En este día, de Viernes Santo, agradezcamos a Jesús su amor que va hasta dar la vida y no hay amor más grande que este. Texto: Hna. María Nuria Gaza.
Es comodísimo pulsar un botón y tener luz, una máquina que lava la ropa y la seca, otra que lava los platos. Pulsas un botón y tienes ante ti la pantalla que te da noticias de lo que ocurre en el planeta o te ofrece mil películas a escoger, o toda clase de deportes. Te sientas ante un ordenador y además de comunicarte con medio mundo, Internet te ofrece una infinidad de información. Todo esto es cierto, es una maravilla, pero quizás hemos llegado a lo que dice el dicho francés: “trop c’est trop” (demasiado es demasiado). Nos hemos vuelto ambiciosos, lo queremos todo y ya no sabemos vivir con lo justo necesario.
Tenemos un hecho que llama a gritos en Fukushima: “Sed sobrios”. Dios dio al hombre el mandamiento de cuidar la tierra no de explotarla y poner al género humano a peligros que luego la inteligencia del hombre se ve incapaz de resolver. ¿Qué será de toda esta zona del Japón que por encima de los desastres naturales tiene que sufrir los atómicos?
Esta catástrofe tendría que servirnos de advertencia: Respetemos la naturaleza, conformémonos con tener menos y agradecer lo que la madre tierra nos da. Texto: Hna. María Nuria Gaza.
Algunas veces podemos estar tentados de imaginarnos a Dios sentado en un trono y mirando desde lo alto como actúan los hombres; sin inmutarse, sin tomar partido. No, Dios no es un Dios impasible. Él está en medio de los combates humanos, pero respeta su libertad. Este es el gran drama de la humanidad y también su grandeza. Dios no puede parar la mano del que aprieta el gatillo para disparar si lo hiciera, ¿dónde quedaría la tal libertad?
El Señor dio unas normas para que los hombres las siguieran y de este modo llegar a él al fin de su camino, pero no los contrajo a seguirlas a la fuerza, pueden cumplirlas o dejarlas de cumplir.
Mira, dice Dios: “Las aflicciones humanas no me cogen por sorpresa, o caen sobre mi como un chaparrón, al contrario las acojo con mi amor de Padre. ¿Piensas que me quedo impasible ante el grito de los hombres? Recuerda las palabras que dirigí a Moisés: He oído al clamor de mi pueblo. Los salmistas inspirados por mí dicen que cuando el pobre invoca al Señor, él lo escucha".
Cada uno de los cuatro evangelios nos narran parábolas, hechos y milagros de Jesús, todos ellos encaminados a sernos una ayuda para nuestra vida en el intento de seguirle en la opción por el Reino de Dios.
Pero cada parábola, cada milagro es sólo un relato que no agota las posibilidades de interpretación ni de aplicación, porque después de cada uno de ellos la “vida sigue”, aunque nada sea igual después del milagro salvador de Jesús.
El evangelio de la Resurrección de Lázaro es sin duda uno de estos textos que no queda cerrado, sino que en él aparecen muchos aspectos solamente apuntados pero que pueden sernos el origen de actitudes nuevas para nuestra vida.
Jesús dice en este fragmento del evangelio de San Juan que desaten los pies y las manos de Lázaro, pero ¿quién le retiró el sudario de su cara? ¿Quién fue el primero que vio de nuevo sus ojos? ¿Cual fue el primer rayo de luz que inundó los ojos nuevos de Lázaro?
Poco después de empezar a hablar le llegan al niño la etapa de las preguntas. Todo su vocabulario parece convertido en un montón de “porqués” que va repitiendo ante acontecimientos y cosas que le llaman la atención. Sus preguntas no son siempre fáciles de responder, pero es la misión de los padres proporcionarle las respuestas adecuadas a su edad y a sus posibilidades de comprensión.
Superada la etapa de la primera infancia, no se han agotado las preguntas, al contrario, cada persona sigue preguntando acerca de su vida, de sus opciones y posibilidades, nos hacemos desde preguntas muy simples hasta otras que modificaran quizás la vida entera y siempre esperamos contar con alguien que nos ayude para ir clarificando el camino.
Cada interrogante o cada respuesta es una fuente de vida nueva, de interrogantes nuevos que mantendrán nuestra alma y nuestro corazón entre la alegría de los aciertos y el desconsuelo de los fracasos que cada respuesta ha generado, porque nada es indiferente si nos referimos a lo esencial.
Recuerdo un canto cuaresmal italiano que tiene mucha miga. Su traducción viene a ser:
Han clavado tus manos
pero tú continuas abrazando el mundo.
Han clavado tus pies
pero tú continuas caminando por el mundo.
Han destrozado tu corazón
pero tú continuas amando el mundo.Clava mis manos
para que yo pueda abrazar el mundo.
Fija incluso mis pies
para que pueda llevarte al mundo.
Destroza mi corazón
para que yo pueda amar todo el mundo.Están matando tus profetas
pero tú continúas a ser vida.
Están falsificando tu Palabra
pero tú continuas a ser gozo.
Están debilitando tu Iglesia
pero tú continuas a dar fuerza.
Por mucho que digamos y queramos aparecer como insensibles, la vida se va jalonando de acontecimientos que dejan nuestros ojos nublados por las lágrimas, el corazón decimos, se nos hace un nudo estrecho que dificulta respirar y pensar, pero no todas las lágrimas son iguales.
Hay quien llora de alegría o de emoción ante un acontecimiento esperado o no, que llena el corazón de gozo y la vida de sentido. Es como contemplar el nacimiento de algo nuevo, la maduración de un fruto y aún desconociendo el futuro la satisfacción del momento llena los ojos de lágrimas.
Una pena también nos hace llorar. Hay penas silenciosas, quizás esperadas, como puede ser el dolor que nos genera la separación de un ser querido. En otros momentos lloramos por algún acontecimiento que modifica nuestras perspectivas y las como oscurece, pareciendo incluso que todo ha cambiado de sentido.
Cuando los israelitas salieron de su tierra iba Jacob en cabeza. Era un grupo pequeño. Emigraron hacia las tierras de Egipto porque el hambre los acuciaba. Al principio no tuvieron problema para instalarse en Egipto, hasta el faraón les ofreció las tierras de Gosen para que habitaran en la región y pastorearan sus rebaños. Fueron bienvenidos en tierra extraña (Gen. 46-47).
Pero años más tarde aparecieron los problemas: Los israelitas habían crecido mucho, el faraón desconocía el por qué estaban allí aquellos extranjeros y fueron sometidos a dura esclavitud (Ex. 1).
Algo semejante pasó con los emigrantes que llegaron a nuestro país. Durante varios años fueron bienvenidos porque faltaba mano de obra; si lograban permiso de residencia cotizaban en la seguridad social y esto era muy bueno para las arcas de esta institución y para los españoles en general. Hacían los trabajos que los del país no querían. Poco a poco se fueron situando. Los primeros venidos llamaron a otros que como ellos pasaban mucha necesidad en sus países de origen. De este modo los campos y las ciudades se llenaron de emigrantes que buscaban una mejor condición de vida.
En la cara de los niños se dibuja con facilidad una sonrisa de paz o de satisfacción sin saber quizás demasiado la causa de ello. Para los mayores sonreír no es tan fácil porque los acontecimientos de todas clases se nos van sumando y de forma habitual parece que damos mayor importancia lo que es difícil que a lo más simple y reconfortante.
Cada acontecimiento de la vida va construyendo y marcando nuestro corazón y nuestro carácter. Hay momentos en que sonreír no es fácil, abrumados por quehaceres, por trabajos y situaciones de toda índole, parece que nos cuesta alegrar la vida de los demás y la nuestra con una sonrisa.
Sin embargo hay personas que procuran tener siempre en la cara una sonrisa que anima a los demás, es la sonrisa de aquel que sabe escuchar, que intenta comprender sin juzgar, que busca ayudar a quien lo necesita y presta con dulzura su tiempo para que otros también encuentren la paz.
Uno de los puntales de la cuaresma es la oración y nos podemos preguntar qué es orar.
Orar es ponerse delante del Señor sin parapetos, tal como somos y dejar que él penetre en nuestra casa, puede que ésta no esté demasiado ordenada, no importa, será él quien ponga orden. Lo imprescindible es no dejarlo a la entrada para que no vea nuestras miserias, que además conoce mejor que nosotros mismos.
No es necesario que nosotros hablemos mucho sino escuchar lo que Él nos dice, con tranquilidad, sin prisas como cuando se encuentran dos amigos, lo importante es estar juntos.
En otro momento de nuestra oración podemos presentar al Señor nuestras necesidades y las necesidades de los demás, las de aquellos que más necesitan de su ayuda: Los agonizantes, los enfermos, los solitarios, los tristes, los que sufren los desastres de las guerras y los causantes de las mismas, los que sufren las consecuencias de desastres naturales, los que sufren las injusticias de los egoísmos, los pecadores y tantas cosas que sabemos que son causa de sufrimiento para los hombres.
Sábado, 2 de junio
Josep Maria Tarragona
Juan Fernandez Krohn
Asoc. Humanismo sin Credos
Pedro Tarquis
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo
Juan Jáuregui Castelo
JC Rodríguez, A Eisman
Religión Digital