“En tus manos encomiendo mi espíritu” es una de las frases del salmo 30. Un fragmento de este salmo se reza los miércoles de todas las semanas, en la última oración de la jornada que la Iglesia pone en labios de sus fieles.
Estas fueron las últimas palabras que Lucas pone en boca de Jesús en la cruz: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Dicho esto murió” (Luc 23,44). Es muy posible que nuestro Redentor recitara todo el salmo ya que de salmos se componía la oración de todo buen judío y él fue el mejor de todos los judíos.
Son también las palabras de San Esteban mientras lo lapidaban. San Policarpo, San Basilio, San Bernardo, San Luís, rey de Francia, Lutero, Savonarola, y otros muchos han usado este salmo como testamento espiritual.
Es un canto de confianza en medio de la prueba:
“A ti, Señor, me acojo:
no quede yo nunca defraudado;
tú que eres justo, ponme a salvo,
inclina tu oído hacia mí;
ven de prisa a librarme,
sé la roca de mi refugio,
un baluarte donde me salve,
tú que eres mi roca y mi baluarte;
por tu nombre dirígeme y guíame:
sácame de la red que me han tendido,
porque tú eres mi amparo.
A tus manos encomiendo mí espíritu:
tú, el Dios leal, me librarás”.
Sábado, 2 de junio
Josep Maria Tarragona
Juan Fernandez Krohn
Asoc. Humanismo sin Credos
Pedro Tarquis
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Francisco Baena Calvo
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