La ciudad de Barcelona posee dos basílicas menores que son joyas arquitectónicas dignas de admiración: Santa María del Mar y la Sagrada Familia. Una, del siglo XIV y la otra, del XIX.
La primera construida con un tiempo record para la época, 1329-1385, por el maestro Berenguer de Montagut. Diseñador excepcional que purificó las formas hasta extremos impensables.
Los que trabajaron en su construcción fueron los obreros del puerto. Aportaron su esfuerzo físico, cargando en sus espaldas enormes piedras desde la cantera de Monjuic, y su dinero, ganado con el sudor de su frente. También participaron en su financiación los gremios. Sería su iglesia, la iglesia de la Ribera. Sus habitantes gente sencilla quisieron levantar una “catedral” en honor de Sta. María, la protectora de la gente del mar, a la que invocaban cuando se encontraban en peligro, era su faro de bonanza y a quien recurrir en acción de gracias o para invocar su ayuda antes de ir a la mar. Verían la iglesia al lanzarse a la mar y a su regreso.
Su estilo exterior un tanto vetusto, contrasta con la grandiosidad y esbeltez interior. Cuando entras en la iglesia su claridad suave no hiere a los ojos invita al recogimiento, te entra una sensación de paz que te invade y te lleva a elevar tu espíritu a lo alto.
La imagen diminuta de la Virgen con su Hijo en brazos, que la preside, recuerda las palabras de María en el magníficat: “Ha mirado la pequeñez de su esclava”. Sí, ella se hace pequeña ante Dios. Ella está presente pero con sencillez, con discreción, no quiere entorpecer la grandeza de Dios. Es lo que se nos enseñaba antaño y que es cierto siempre: “A Jesús por María”.
Sábado, 2 de junio
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