Contemplar el rostro tranquilo de un niño dormido, poder pararse ante un mar azul quieto y hermoso, puede llevarnos a imaginar que cuanto vemos se mantiene para siempre, que ambas visiones son duraderas y reflejan algo estable, y sin embargo nuestra experiencia nos dice que el niño despertará, reirá, llorará, jugará, crecerá, y se parecerá bien poco el bebe que pudimos contemplar dormido; y el mar dejará de estar tan quieto y trasparente y llegarán los vientos y los fríos de invierno y nada recordará aquel mar en calma azul intenso y con sol que he contemplado en ciertos momentos.
En la vida ocurre lo mismo, vivimos etapas de serenidad, de gozo y alegría y otras en cambio de dolor, de sufrimiento o de pena. Pero sabemos por experiencia que todo irá cambiando. Nada en la vida de cualquier persona, de cualquier familia es demasiado duradero, a los días de gozo suceden los de pena, y a estos vuelven los tiempos buenos, donde el dolor parece casi olvidado, o por lo menos no se halla presente a flor de piel.
Sábado, 2 de junio
Josep Maria Tarragona
Juan Fernandez Krohn
Asoc. Humanismo sin Credos
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