En Bogotá conocí a una hermana ya mayor que respiraba por todos los poros paz, alegría y amor. Ejercía con mucho amor pequeños servicios apropiados a su edad. Estaba en la cocina de una comunidad muy grande, ella no andaba a entre los pucheros sino entre las verduras que se tenían que preparar o cosas del estilo.
Muchas veces llegaban en este lugar hermanas que regresaban cansadas de su misión, repartidores fatigados de trajinar pesos. Ella estaba atenta a toda persona que llegaba para decirles una palabra de aliento, ofrecerles un “tintito” (café), un vaso de fresquito, un algo. Pero lo importante para la gente que lo recibía no era tanto lo que les ofrecía como el cariño con que era ofrecido.
Cuando no había trabajo en la cocina se iba a echar una mano a la panadería donde también estaba una hermana mayor con una chica que hacían el pan para la casa y otras comunidades. Allí llegaba gentecita pobre del barrio y les daban pan para sus familias. Además de este sustento esencial, siempre se les decía una palabra amable, les preguntaban por los miembros de la familia.
De vez en cuando nos escribíamos. Sus cartas rezumaban bondad y una profunda espiritualidad, la de las personas sencillas con teología aprendida en el regazo de sus madres. En la última que recibí me decía ya casi no puedo hacer nada: “Ando con mucha dificultad pero siempre que puedo voy al huerto que está junto a la cocina. Allí contemplo las hortalizas, las flores que se cultivan para la capilla. Me encanta contemplar la belleza y respirar el perfume de las flores. Ver como crecen las verduras que van a alimentar a las hermanas para que puedan trabajar en sus misiones y dar mucha gloria a Dios. Y en todas estas cosas veo al Dios providente que de una pequeña semilla hace germinar las plantas. Por allí también corretean algunas gallinas. El otro día apareció un gato y una clueca que picoteaba con sus pollitos los cobijó bajo sus alas y pensé: Dios Padre hace lo mismo con nosotros, cuando hay un peligro nos cobija para protegernos del mal”. Sí, el Padre nos protege del mal y protegió ya a esta buena religiosa en su sencillo camino de santidad. Texto: Hna. María Nuria Gaza.
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Tierna y preciosa reflexión. Creo que todos, alguna vez, hemos conocido a personas sencillas llenas de bondad que te llena de paz.Su santidad es un bálsamo. Hacen falta muchas como ellas, y que nos vayamos proponiendo también ser así.
Sábado, 2 de junio
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