En Bogotá conocí a una hermana ya mayor que respiraba por todos los poros paz, alegría y amor. Ejercía con mucho amor pequeños servicios apropiados a su edad. Estaba en la cocina de una comunidad muy grande, ella no andaba a entre los pucheros sino entre las verduras que se tenían que preparar o cosas del estilo.
Muchas veces llegaban en este lugar hermanas que regresaban cansadas de su misión, repartidores fatigados de trajinar pesos. Ella estaba atenta a toda persona que llegaba para decirles una palabra de aliento, ofrecerles un “tintito” (café), un vaso de fresquito, un algo. Pero lo importante para la gente que lo recibía no era tanto lo que les ofrecía como el cariño con que era ofrecido.
Cuando no había trabajo en la cocina se iba a echar una mano a la panadería donde también estaba una hermana mayor con una chica que hacían el pan para la casa y otras comunidades. Allí llegaba gentecita pobre del barrio y les daban pan para sus familias. Además de este sustento esencial, siempre se les decía una palabra amable, les preguntaban por los miembros de la familia.
Sábado, 2 de junio
Josep Maria Tarragona
Juan Fernandez Krohn
Asoc. Humanismo sin Credos
Pedro Tarquis
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo
Juan Jáuregui Castelo
JC Rodríguez, A Eisman
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