A todos nos gusta tener la “razón” cuando compartimos nuestras ideas o nuestros puntos de vista, cada uno intentamos expresar los motivos por los cuales estamos convencidos de que “la razón” está de nuestra parte. Hay quien sabe expresar bien sus planteamientos, y otros en cambio que carecen de este don, pero la mayoría actuamos desde la seguridad de nuestras propias ideas, pero manteniéndonos abiertos a la “razón” de los demás.
Es cierto, sin embargo, que en todos los ámbitos familiares o sociales, podemos encontrar personas que piensan, hablan y actúan como si sólo ellas tuvieran siempre la razón en todo, como si sólo ellas pudieran, por un don especial, hacer avanzar la vida de los demás en todos los sentidos, y según su entender, en el buen sentido, en el mejor sentido posible.
Son personas a quienes su propio convencimiento lleva a vivir en una actitud como de superioridad con respeto a los demás, son personas que por su modo de actuar parecen desconocer totalmente la virtud de la humildad, personas que carecen de la posibilidad de reconocer la acción de Dios en los demás, porque de cada uno tienen su visión y no reconocen los cambios que la vida misma va imprimiendo en cada uno.
Desde sus puntos de vista que consideran únicos y siempre acertados, no están dispuestos a escuchar a los demás ni a reconocer sus razones porque creen que imponiendo sus puntos de vista ayudan a cuantos viven a su alrededor.
No se puede perder nunca la confianza puesta en Dios para que algún día comprendan mejor los dones recibidos y con dulzura ayuden a los demás en sus capacidades de acceder a cuanto Dios espera de cada uno. Texto: Hna. Carmen Solé
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¡Qué difícil es convivir con personas tan inmaduras!... Es muy importante educar en el diálogo y el respeto desde la infancia, teniéndolo como un gran valor del que saldrán siempre reflexiones enriquecedoras para todos. El buen diálogo pertenece al Reino de Dios, y hemos de trabajarlo como una oración.
Sábado, 2 de junio
Josep Maria Tarragona
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Asoc. Humanismo sin Credos
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