Desde pequeños los niños desean imitar aquellas personas que se les presentan como modelos y desde su visión sin duda superficial aspiran a ser maestros, enfermeros, médicos, papás o abuelos según le llamen la atención los comportamientos y las opciones de las personas mayores que tienen cerca, y buscan imitarles en gestos y opiniones.
Hacer y decir lo que otros hacen o dicen sin pensar más, es una actitud solamente válida en los tiempos de la infancia. El transcurso de los años nos exige un cierto grado de crítica y de comprensión a la vez. Podemos tener a lo largo de toda la vida modelos para imitar, pero el avance de la vida nos hace más lúcidos y críticos para descubrir que el decir y el hacer en los demás no siempre caminan parejos.
También en nosotros mismos la distancia entre cuanto se piensa y cuanto se realiza es en muchas ocasiones grande, porque nos cuesta reconocer las propias limitaciones y en cambio nos es fácil expresar cuanto deseamos alcanzar.
Cuando los israelitas salieron de su tierra iba Jacob en cabeza. Era un grupo pequeño. Emigraron hacia las tierras de Egipto porque el hambre los acuciaba. Al principio no tuvieron problema para instalarse en Egipto, hasta el faraón les ofreció las tierras de Gosen para que habitaran en la región y pastorearan sus rebaños. Fueron bienvenidos en tierra extraña. (Gen. 46-47).
Pero años más tarde aparecieron los problemas: Los israelitas habían crecido mucho, el faraón desconocía el por qué estaban allí aquellos extranjeros y fueron sometidos a dura esclavitud (Ex. 1).
Algo semejante pasó con los emigrantes que vinieron a nuestro país. Durante varios años fueron bienvenidos porque faltaba mano de obra; si lograban permiso de residencia cotizaban en la seguridad social y esto era muy bueno para las arcas de esta institución y para los españoles en general.
Hacían los trabajos que los del país no querían. Poco a poco se fueron situando. Los primeros venidos llamaron a otros que como ellos pasaban mucha necesidad en sus países de origen. De este modo los campos y las ciudades se llenaron de emigrantes que buscaban una mejor condición de vida.
Hay momentos en los que las cosas parecen más fáciles y agradables, en los que todo va transcurriendo con tanta normalidad que incluso parece merecerse. Diría que hay momentos en los que todo sale tal y como nos gustaría pero… cuando nos enfrentamos a otros un poquito más difíciles y contrariados siempre buscamos culpables, y lo cierto es que no siempre han de existir.
Aún ronda esa idea de “sino me lo merezco es un castigo”, y pienso que es un gran error, porque no merecemos… sino que se nos da, se nos ha regalado. Y por otra parte, hemos de aprender a no mirar siempre lo negativo y a asumir la vida tal y como es, con sus momentos buenos y sus momentos de dificultad porque todo ello es lo que va dando forma a la vida y a nosotros mismos.
Miraba la liturgia del domingo y pensaba en la actitud del pueblo de Israel, cuando salen de Egipto hacia la Tierra Prometida. Siempre se requiere un esfuerzo por nuestra parte, y hemos de vivir cada instante como una gracia. Aceptar nuestro momento es el camino para superarlo, sin duda. El pueblo de Israel decía a Moisés: “¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?”.
Para la mayoría el Señor concede el don de la vista, pero no todos lo vemos todo por igual. Hay quien ve todo muy claro, diáfano, sin sombras, con los colores brillantes y bien definidos que llenan de hermosura todo cuanto hay alrededor. Otros carecen de la misma perfección y en su visión hay una mezcla de formas y colores y las sombras cobran un poder que lo limita todo.
En nuestras expresiones coloquiales, lejos del lenguaje científico podemos dividir las personas en dos grandes grupos: unos lo ven todo claro, y en esta percepción imponen a veces sin darse cuenta sus puntos de vista, pero gozan en la contemplación del mundo creado.
Otros ven las cosas poco definidas y han de esforzarse para poder expresar de forma comprensible aquello que perciben, para lograr que los demás compartan sus puntos de vista, y les ayuden a clarificar su pobre visión, y vean renacer la luz del sol.
“En tus manos encomiendo mi espíritu” es una de las frases del salmo 30. Un fragmento de este salmo se reza los miércoles de todas las semanas, en la última oración de la jornada que la Iglesia pone en labios de sus fieles.
Estas fueron las últimas palabras que Lucas pone en boca de Jesús en la cruz: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Dicho esto murió” (Luc 23,44). Es muy posible que nuestro Redentor recitara todo el salmo ya que de salmos se componía la oración de todo buen judío y él fue el mejor de todos los judíos.
Son también las palabras de San Esteban mientras lo lapidaban. San Policarpo, San Basilio, San Bernardo, San Luís, rey de Francia, Lutero, Savonarola, y otros muchos han usado este salmo como testamento espiritual.
Es un canto de confianza en medio de la prueba:
“A ti, Señor, me acojo:
no quede yo nunca defraudado;
tú que eres justo, ponme a salvo,
inclina tu oído hacia mí;
ven de prisa a librarme,
sé la roca de mi refugio,
un baluarte donde me salve,
tú que eres mi roca y mi baluarte;
por tu nombre dirígeme y guíame:
sácame de la red que me han tendido,
porque tú eres mi amparo.
A tus manos encomiendo mí espíritu:
tú, el Dios leal, me librarás”.
La ciudad de Barcelona posee dos basílicas menores que son joyas arquitectónicas dignas de admiración: Santa María del Mar y la Sagrada Familia. Una, del siglo XIV y la otra, del XIX.
La primera construida con un tiempo record para la época, 1329-1385, por el maestro Berenguer de Montagut. Diseñador excepcional que purificó las formas hasta extremos impensables.
Los que trabajaron en su construcción fueron los obreros del puerto. Aportaron su esfuerzo físico, cargando en sus espaldas enormes piedras desde la cantera de Monjuic, y su dinero, ganado con el sudor de su frente. También participaron en su financiación los gremios. Sería su iglesia, la iglesia de la Ribera. Sus habitantes gente sencilla quisieron levantar una “catedral” en honor de Sta. María, la protectora de la gente del mar, a la que invocaban cuando se encontraban en peligro, era su faro de bonanza y a quien recurrir en acción de gracias o para invocar su ayuda antes de ir a la mar. Verían la iglesia al lanzarse a la mar y a su regreso.
Su estilo exterior un tanto vetusto, contrasta con la grandiosidad y esbeltez interior. Cuando entras en la iglesia su claridad suave no hiere a los ojos invita al recogimiento, te entra una sensación de paz que te invade y te lleva a elevar tu espíritu a lo alto.
La imagen diminuta de la Virgen con su Hijo en brazos, que la preside, recuerda las palabras de María en el magníficat: “Ha mirado la pequeñez de su esclava”. Sí, ella se hace pequeña ante Dios. Ella está presente pero con sencillez, con discreción, no quiere entorpecer la grandeza de Dios. Es lo que se nos enseñaba antaño y que es cierto siempre: “A Jesús por María”.
Contemplar el rostro tranquilo de un niño dormido, poder pararse ante un mar azul quieto y hermoso, puede llevarnos a imaginar que cuanto vemos se mantiene para siempre, que ambas visiones son duraderas y reflejan algo estable, y sin embargo nuestra experiencia nos dice que el niño despertará, reirá, llorará, jugará, crecerá, y se parecerá bien poco el bebe que pudimos contemplar dormido; y el mar dejará de estar tan quieto y trasparente y llegarán los vientos y los fríos de invierno y nada recordará aquel mar en calma azul intenso y con sol que he contemplado en ciertos momentos.
En la vida ocurre lo mismo, vivimos etapas de serenidad, de gozo y alegría y otras en cambio de dolor, de sufrimiento o de pena. Pero sabemos por experiencia que todo irá cambiando. Nada en la vida de cualquier persona, de cualquier familia es demasiado duradero, a los días de gozo suceden los de pena, y a estos vuelven los tiempos buenos, donde el dolor parece casi olvidado, o por lo menos no se halla presente a flor de piel.
¿Podemos parar el ruido de la naturaleza? Es decir, ¿puedo yo frenar la corriente de un río, el silbar del viento o el canto de los pájaros?... difícilmente podemos llegar a hacerlo. Hay cosas que forman parte de nuestra vida, de nuestro silencio interior, de nuestro ser. Pero, lo cierto es que sí hay otras que podemos realizar. “Cuando des limosna, no lo vayas pregonando delante de ti… cuando ores, no lo hagas como los hipócritas, a ellos les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos por los hombres… Tú, en cambio, cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto”.
Dios, que está en todas partes, no nos abandona nunca, a pesar de que en ocasiones tengamos la sensación de vacío u abandono; todos hemos tenido experiencia de ello, pero también hemos constatado su presencia, su misericordia y su amor.
Sino le conocemos bien podemos dejar pasar de largo la importancia de que cuando sentimos su ausencia es cuando realmente está más presente que nunca, porque Él jamás nos deja. Él permanece en lo “secreto”, en lo más íntimo de nuestras vidas porque es allí donde sólo Él puede llegar, porque sólo Él nos conoce como y quienes somos.
En Bogotá conocí a una hermana ya mayor que respiraba por todos los poros paz, alegría y amor. Ejercía con mucho amor pequeños servicios apropiados a su edad. Estaba en la cocina de una comunidad muy grande, ella no andaba a entre los pucheros sino entre las verduras que se tenían que preparar o cosas del estilo.
Muchas veces llegaban en este lugar hermanas que regresaban cansadas de su misión, repartidores fatigados de trajinar pesos. Ella estaba atenta a toda persona que llegaba para decirles una palabra de aliento, ofrecerles un “tintito” (café), un vaso de fresquito, un algo. Pero lo importante para la gente que lo recibía no era tanto lo que les ofrecía como el cariño con que era ofrecido.
Cuando no había trabajo en la cocina se iba a echar una mano a la panadería donde también estaba una hermana mayor con una chica que hacían el pan para la casa y otras comunidades. Allí llegaba gentecita pobre del barrio y les daban pan para sus familias. Además de este sustento esencial, siempre se les decía una palabra amable, les preguntaban por los miembros de la familia.
A todos nos gusta tener la “razón” cuando compartimos nuestras ideas o nuestros puntos de vista, cada uno intentamos expresar los motivos por los cuales estamos convencidos de que “la razón” está de nuestra parte. Hay quien sabe expresar bien sus planteamientos, y otros en cambio que carecen de este don, pero la mayoría actuamos desde la seguridad de nuestras propias ideas, pero manteniéndonos abiertos a la “razón” de los demás.
Es cierto, sin embargo, que en todos los ámbitos familiares o sociales, podemos encontrar personas que piensan, hablan y actúan como si sólo ellas tuvieran siempre la razón en todo, como si sólo ellas pudieran, por un don especial, hacer avanzar la vida de los demás en todos los sentidos, y según su entender, en el buen sentido, en el mejor sentido posible.
Son personas a quienes su propio convencimiento lleva a vivir en una actitud como de superioridad con respeto a los demás, son personas que por su modo de actuar parecen desconocer totalmente la virtud de la humildad, personas que carecen de la posibilidad de reconocer la acción de Dios en los demás, porque de cada uno tienen su visión y no reconocen los cambios que la vida misma va imprimiendo en cada uno.
Dejaron su tierra y sus familias para poder sostener a los suyos. Creo que serán muy pocos los que abandonan su país como aventureros, sino que se aventuran por necesidad.
Me estremece la situación de tantos extranjeros esperando salir de Libia. Algunos indocumentados, muchos olvidados de sus países, algunos que por razones étnicas no pueden volver a su tierra. Esperan hacinados en el desierto donde las noches suelen ser muy frías, con la incertidumbre encima y con miedo, otros esperan un barco que se los lleve si hay suerte. Seguramente que algunos conocieron los horrores de la guerra y otros sólo de oír esta palabra, se angustian. Aguantando hambre y sed porque ya no queda dinero en sus bolsillos. Su esperanza de lograr una situación mejor ha quedado truncada.
Este es el calvario de miles de extranjeros que buscaban un porvenir mejor. ¿Qué será de estos hombres y sus familias?
El salmo 126 es una exhortación a la confianza en Dios. Nosotros podemos cansarnos hasta los límites pero como dice el refrán “no por mucho madrugar amanece más temprano”.
“Si el Señor no construye la casa en vano se cansan los albañiles”. El trabajo humano, y mucho más en el plano espiritual, es fecundo en la medida en que Dios está presente, por esta razón en vano se cansan los albañiles si Dios no bendice su esfuerzo. Jesús lo dijo claramente: “Sin mí no podéis nada”.
Los amigos del Señor, los que viven abandonados en su bondad y misericordia, aunque no posean muchos bienes materiales, vivirán felices porque la ambición no roerá sus corazones: “Es inútil que madruguéis, que veléis hasta muy tarde, que comáis el pan de vuestros sudores: Dios lo da a sus amigos mientras duermen”.
Jueves, 16 de febrero
Vicente Luis García
Asoc. Humanismo sin Credos
Vicente Haya
Manuel Mandianes
Urbano Sánchez García
Josemari Lorenzo Amelibia
Religión Digital
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Jesús Mauleón
Javier Madrazo Lavín