Por una enfermedad de la vista hay quien no puede captar los colores en cada cosa: todo queda reducido al blanco y negro, con una escala de grises. No se puede así apreciar la gran riqueza de los colores, de la luz y de la sombra. La luz del sol se vuelve triste y todo carece del resplandor que los demás podemos admirar y gozar.
Hay quien no tiene físicamente ningún problema de visión, pero su espíritu padece una enfermedad similar. Nada les hace gozar, ningún acontecimiento de la vida es capaz de hacerles gustar la hermosura de cuanto sucede.
Es cierto que el trajín de la vida tiene sus etapas oscuras, que llamamos “negras”, pero es también cierto que si procuramos centrar nuestra fe en Dios, si oramos para que aumente nuestra esperanza, si podemos todo nuestro corazón en dar mayor plenitud a la caridad, al amor, incluso lo más negro puede quedar iluminado por un rayo de luz.
Si confiamos sólo en nuestra pobres fuerzas, si no tenemos la confianza puesta en Dios Salvador, cada acontecimiento se nos convierte en negro, cada situación en una dificultad. Los que tenemos fe, ese gran don de Dios, hallamos en la oración toda la energía, toda la fuerza para contemplar con lucidez la hermosura de lo creado, para descubrir en cada circunstancia el bien que Dios nos ofrece a través de ella, aunque no está exenta de sufrimiento, aunque no podamos o no sepamos apreciar los colores que pueden teñir cada momento de hermosura. Texto: Hna. Carmen Solé.
Sábado, 2 de junio
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