Los padres cuando sus hijos se acercan a la adolescencia empiezan a tener temores de cómo éstos se van a desenvolver en la vida y si sus hijos van a tomar el buen camino.
Su preocupación crece cuando por razones de estudio o trabajo los hijos tienen que dejar el hogar. Si son de ciudades pequeñas o pueblos su angustia crece cuando tienen que ir a las grandes ciudades. Por ello es tan importante que desde niños los hayan educado para la vida. No en una burbuja porque toda la vida no la podrán pasar en su interior como en las pompas de jabón porque éstas son efímeras y al romperse y encontrarse al aire libre les puede coger una pulmonía psicológica. Yo siempre les decía a los padres que venían a acompañar a sus hijas, en la residencia de una gran ciudad, y que a ellos les parecía que iban a abandonar a su hija en la pervertida Babilonia, que lo importante era que ellos hubieran educado a su hija en buenos principios y que hubieran dado buenos ejemplos en su vivir cotidiano. Éstos le ayudarían a saber elegir lo bueno.
Era el tiempo de soltar amarras. Ellos habían cumplido una misión. No tenían que desentenderse de su hija pero si que había llegado el momento de que ella tenía que coger las riendas de su vida. Su misión era estar atentos a lo que ella les contara y encomendarla al Señor como hizo Santa Mónica con su hijo Agustín, que tantas lágrimas le hizo derramar a esta buena madre.
Es cierto que también vi derramar más de una lágrima a alguna madre cuando veía que su hija andaba torcida. No quedaba más solución que amar a su hija mucho más que antes porque lo necesitaba más y esperar que volviera al buen camino. Nunca desesperar de nadie y menos de los propios hijos. Texto: Hna. María Nuria Gaza.
Sábado, 2 de junio
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