A cualquiera se nos ofrece siempre la posibilidad de elegir. Es esta una afirmación muy real, pero que en ocasiones teorizamos y nos parece que esta posibilidad sólo se da en momentos graves y decisivos en la vida de cada uno. Elegimos cada día desde el mismo momento de levantarnos hasta que acabada la jornada volvemos al descanso. Tener la posibilidad de elegir, es tener la seguridad de la libertad.
Con los mismos o similares elementos cada persona optamos por priorizar un aspecto u otro y así poco a poco vamos construyendo nuestro propio mundo, nuestras propias opciones ante el futuro, ante la vida. En cada familia, los padres saben dar a cada hijo las mismas posibilidades, la adecuada preparación para tener las “armas” que permiten hacer frente a la vida. Pero cada persona, cada hijo, vamos eligiendo aquello que nos parece mejor y así construimos la diversidad entre unos y otros. Una diversidad que será sin duda fuente de experiencias personales.
Tener conciencia de cómo los demás van eligiendo sus propios caminos, no nos evita el sufrimiento o el dolor cuando nos damos cuenta de que alguien querido está tomando un camino que según nuestro pensar o nuestra experiencia puede llevarle a un fracaso, fruto de su poco acierto.
Si entonces intentamos ayudar a quien consideramos “equivocado” o “desacertado”, corremos el riesgo de ser incomprendidos y de que nuestro interés se lea como una forma de egoísmo. No es fácil dejar que cada persona vaya eligiendo su camino y a la vez irle dando los elementos que consideramos necesarios para que su decisión sea tomada con objetividad, sin precipitación, libremente.
La fuerza la hallamos poniendo este pensar en la presencia de Dios y rezando para que Él sea siempre luz y fuerza para ir eligiendo libremente todo cuanto nos construye como verdaderos hijos de Dios. Texto: Hna. Carmen Solé.
Sábado, 2 de junio
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Juan Fernandez Krohn
Asoc. Humanismo sin Credos
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