El salmo 50 lo compuso David cuando el profeta Natán le recriminó su pecado con Betsabé mujer de Urias. (Cfr. II libro Samuel). David era un hombre con grandes cualidades y grandes debilidades. Su humildad le hace reconocer con sencillez sus errores. Por esta razón el Señor le amó y le perdonó su pecado.
La falta que cometió David la tuvo siempre ante sus ojos es el dolor de no haber estado a la altura del amor que Dios le ha demostrado en tantas ocasiones: Primero salvándolo de de la ira del rey Saúl, luego poniéndolo al mando del pueblo de Israel. Dios es justo en su castigo. Pero el amor de Dios más grande que nuestros pecados.
El salmista implora la misericordia del Señor, que sea Él quien lo lave de su iniquidad. “Ni que tus pecados sean rojos como la púrpura yo los purificaré y quedarán más blancos que la lana del batanero”, dice el profeta Isaías.
El autor se siente destrozado al comprobar su gran desamor hacia su Dios y Señor que es Dios de vivos, y él hizo matar a Urias. Por ello pide que lo “renueve por dentro”, que venga a ser como una nueva creación. Esto es lo que hace el Señor con nosotros cuando por el ministerio de la Iglesia, el sacerdote perdona nuestros pecados en el sacramento de la Reconciliación. Venimos a ser una nueva criatura, y como decía un místico, donde había una mancha en nuestro vestido bautismal, el Señor hace un bordado. La pregunta de Pedro a Jesús de cuantas veces tenía que perdonar a su prójimo queda ahí bien patente: “No siete veces sino setenta veces siete”, es decir tu perdonarás siempre porque yo siempre perdono. La experiencia de sentirnos perdonados nos llena de gozo y nos hace anunciar a los hombres la gran misericordia de Dios: “Enseñaré a los malvados tus caminos”.
Otro aspecto muy sorprendente de este salmo es la invocación que hace del Espíritu. “Crea en mi un espíritu nuevo,… no apartes de mí tu Santo Espíritu”. De esta forma el salmo 50 además de ser un salmo de penitencia es un salmo de invocación al Espíritu Santo. Y, ¿quién fuera de Él nos va a purificar, a santificar? Jesús en la cruz, dando un gran suspiro exhaló. En este suspiro, los exegetas ven como Jesús al entregar su vida por la salvación del mundo, nos entrega el gran don de su espíritu. Este es el que nos anima y conforta en nuestra andadura por la vida.
Y en este contexto, el autor del salmo comprende que los sacrificios expiatorios no es lo que agrada al Señor sino el andar con un “espíritu humilde” porque Dios rechaza a los orgullosos y enaltece a los de corazón sencillo. Texto: Hna. María Nuria Gaza.
Sábado, 2 de junio
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