La liturgia siempre nos brinda una nueva oportunidad para conocernos más, para ver un poquito más lejos de lo que hacemos habitualmente y… da la posibilidad de cambiar para mejorar. Quizá, estamos acostumbrados a escuchar que el Evangelio es palabra viva y eficaz, pero eso siempre se constata cuando se vive en primera persona, es decir, cuando se experimenta. Para ello, hemos de darnos el empujoncito y abrir nuestro corazón y nuestra alma a los demás, a Dios.
En poco tiempo hemos escuchado el evangelio de Zaqueo dos veces. El inicio de este relato nos está hablando de lo que ya ha ocurrido y no de lo que ocurrirá, porque comienza diciendo: “En aquel tiempo entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad”. Pienso que Jesús nos conoce hasta lo profundo de nuestro ser y es por eso que desde el amor ha logrado entrar y atravesar la vida de este hombre, nuestra vida en definitiva. La vida de Zaqueo es nuestra vida, a veces no logramos ver todo lo bueno que Dios nos da, aunque sí tenemos inquietudes, la cuales no dejan que nos conformemos con un mínimo y nos llevan a luchar para ver, buscar… y así hallar.
Es ante la palabra de comprensión y confianza que Zaqueo baja de la higuera para hospedar a Jesús en su casa. Jesús sabe quién es, lo conoce, y precisamente por eso no pierde la esperanza, le brinda la oportunidad de cambiar pero siempre desde el lenguaje del amor, porque es lo que permanece.
Confiemos en que la conversión no es algo alejado, sino que forma parte de nuestras vidas, es un paso más en nuestro ser de personas. Al igual que Zaqueo, luchemos, soñemos el cambio y pongámonos en pie para dar aquello que somos, personas comprometidas en la escucha, la comprensión y las ganas de amar. Texto: Hna. Conchi García.
Sábado, 2 de junio
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