La desintegración familiar, la inestabilidad del trabajo o su inseguridad, la crisis económica, llevan a muchos a vivir en la desazón y la desesperanza. En un mundo que más que de esperanza vive de expectativas, los cristianos debemos dar testimonio de la esperanza cristiana que es un conocimiento sapiencial, no científico, con la confianza de que Dios es capaz de reparar la humanidad. No podemos ser profetas de la devastación.
Esperar un mundo de mayor paz parece una utopía, un sueño irrealizable. San Marcos, en su capítulo cuatro, tiene las parábolas del sembrador, de la semilla que crece sola. La semilla es algo muy pequeño, pero en el Reino de Dios de lo pequeño surge lo grande. Con todo lo que conlleva nuestro mundo en crisis, hay gérmenes de esperanza: La valoración de la dignidad humana, la solidaridad (una caridad sin solidaridad puede convertirse en el opio de los ricos), los movimientos de los sin tierra, la lucha contra la pena de muerte, los movimientos ecologistas. Si sabemos hacer descubrir estos signos a los que nos rodean, les ayudaremos a superar la desesperanza y quizás a encontrar la auténtica Esperanza, la esperanza teologal. Texto: Hna. María Nuria Gaza.
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Le convendría a la autora leer el Blog de Antonio Piñero.
En total acuerdo con el contenido del post.
Creo que los cristianos deberíamos ser algo más abiertos al mundo, vencer nuestras timideces y temores, para mostrar al mundo nuestra satisfacción por ser hijos de Dios.
Y ES QUE no consiste en saberlo, sino en proclamarlo a los cuatro vientos.
Pero no con violencia, ni con exigencias molestas, sino dando ejemplo de amor, de que sabemos perdonar, y de que somos gente de paz y "de confianza".
A veces nos pierde la impaciencia, y queremos ver los frutos de lo que sembramos, olvidándonos que el campo está siempre ahí, esperando nuestras semillas y nuestro cuidado, y que las cosechas llegan "cuando tienen que llegar".
Pero si no somos capaces de salir a los caminos, como hacían los antiguos apóstoles, al menos, demos testimonio de la presencia de Dios en nuestras vidas.
Un abrazo para todas.
Sábado, 2 de junio
Josep Maria Tarragona
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