La Palabra de Dios nos enseña, por encima de todo, a amar. Amarnos a nosotros mismos, amar al otro y por supuesto, amar a Dios con todas nuestras fuerzas. A pesar de todo hemos de aprender que lo único que permanece íntegro en la vida es ese amor, todo lo demás pasa con el tiempo…
Por ello, en muchas ocasiones pienso que o sabemos aprovechar los momentos que se nos regalan en la vida, y que son muchos. Toda la vida es una acción de gracias, un regalo y una oportunidad para realizarnos según el proyecto de cada uno. La felicidad no la da nada material, eso sólo puede dar comodidades y estatus; la verdadera felicidad proviene de los momentos y de las vidas que se entregan por completo a amar.
Creo que aunque vengan momentos de dificultad debemos responder para luchar contra ello, es el único camino que tenemos para crecer y ser personas fuertes.
Aunque la sinceridad te haga vulnerable… sé sincero de todos modos.
Aunque se olvide el bien que hayas hecho… haz el bien de todos modos.
Aunque no se valore tu trabajo… sigue trabajando de todos modos.
En su carta a los Romanos, San Pablo cita algunos de los dones que recibimos de Dios y entre ellos cita el don de hacer limosna y dice “el que reparte limosna, hágalo con agrado”.
Entendemos muy a menudo que la limosna se refiere sólo a los bienes materiales que podemos entregar a quienes lo necesitan más que nosotros. En la calle podemos encontrar personas pidiendo limosna que reclaman nuestra atención con su porte o con sus palabras. Personas que reclaman nuestra limosna. Este es un tipo de limosna muy importante, pero la limosna en el sentido de dar a los demás aquellos de lo que están necesitados no se agota en lo material. Todos tenemos algo de “indigentes”, todos necesitamos la ayuda de los demás y también buscamos con palabras o con gestos que su atención se fije en nuestra necesidad.
Pronto hará un año del terremoto de Haití. ¿Nos acordamos de este país o habrá pasado ya de moda? El hambre y la miseria no pasan de moda en Haití. Están ahí cada día en miles de personas que después de tantos meses su único cobijo son unos plásticos sostenidos por unos palos, sin unas mínimas condiciones. Viven entre escombros que todavía huelen a muerte, aguas encharcadas, en medio de montañas de basura, con un calor sofocante y una humedad del 94%. El polvo, las casas medio derruidas con hierros retorcidos de los que cuelgan pedazos de cemento, gente que va y viene sin rumbo porque lo ha perdido todo y a todos, es una visión apocalíptica. Colchones, almohadas, ropa todavía colgando de los edificios medio derrumbados, nada se toca en espera de que sea clasificado por zonas.
Con todo se ven las ganas de sobrevivir, entre la runa aparecen pequeños vendedores porque hay que ingeniarse para ganar algún céntimo. En medio de este panorama nuestras hermanas, Dominicas de la Presentación, que sufrieron como todo el pueblo, luchan para mejorar la situación. Ya hace unos meses que funciona la escuela mixta San Carlos Borromeo con 500 niños de 4 a 14 años. Se les da una comida al día que para la mayoría de los alumnos es la única. Lo admirable es que van bien aseados y el agua hay que cargarla de Dios sabe donde. Picológicamente están bastante recuperados y se les ve con la sonrisa en sus rostros. Los inicios de la vuelta a la escuela fueron duros para todos. Los pequeños tenían miedo de entrar en el edificio, los profesores estaban todavía traumatizados. ¿Cuál de ellos no había perdido algún ser querido?
Cuando yo era joven, la familia era el ámbito más normal para crecer y vivir. Era tan normal que parecía el único ámbito donde una persona podía desarrollarse y crecer. Nacer y desarrollarse en una familia que nos apoya y nos sostiene es tener como un regalo, una facilidad para crecer, para aprender a tomar pequeñas o grandes decisiones adecuadas a cada edad y a cada momento y que van forjando la personalidad y el futuro de cada uno.
La familia nos apoya, corrige y alienta en los compromisos que se van tomando, nos ayuda a reconocer los riesgos que comporta cada decisión, nos sostiene ante las dificultades y problemas.
Actualmente el modelo de familia ha cambiado, ha dejado de ser estable como era y con ello se ha transformado todo, porque no sólo ha cambiado lo inmediato en la educación de cada miembro de la familia, sino que se han modificado los valores, y especialmente ha desaparecido todo cuanto hacía referencia a la estabilidad y al sacrificio necesario para lograr cada una de las metas propuestas.
Pensar en los otros, mirar a los lados, levantar la vista al cielo... son maneras y actitudes que parecen pasadas de moda. Nuestra sociedad con tantos valores altruistas, deviene egoista cuando se trata de analizar personas. Te das cuenta que mucha gente sólo ve su pequeño espacio, su vida,... sus hechos son demasiadas veces rutinarios y instintivos, sin usar la cabeza y pensar que esa cosa tan simple puede ser un incoveniente para los que le rodean.
Hay quien dice que la crisis actual relanzará actitudes y valores perdidos, capacidad de lucha y esfuerzo que necesita de los otros y mira para y con los otros. ¡Ojalá! Lo que es claro es que debemos batallar y educar en esta cultura y ayudar a que quien nos rodea no piense sólo en él, ni haga las cosas sólo para su beneficio... Es un vivir constamente pensando en los otros, salir de uno mismo, limar egoismos, y saber levantar los ojos al cielo.
La verdad ha sido y es un concepto utilizado con frecuencia, tanto en el ámbito académico como en la vida cotidiana. A todos nos gusta que nos digan la verdad pero no que “nos canten las verdades”. Para aceptar lo que se nos dice con ira o con rabia requiere de nuestra parte una gran dosis de humildad. Y lo que ocurre en estos casos, es que aquello que se nos decía que era en realidad cierto, sea rechazado y no acerque posiciones sino que las aleje. Como decía el dominico francés Congar, “una verdad que no cura las divisiones no es una verdad cristiana. Corre el peligro de convertirse en simple ideología o política de partido”.
Tampoco une el que quiere imponer su verdad frente al otro. Porque además la Verdad absoluta solamente la posee Dios. Los humanos tenemos que tender a esta Verdad, es un camino de toda la vida acercarnos a ella. Hay que ayudar al otro para que descubra la verdad y salga del error.
La verdad, incluso en minúscula, es una fuente de alegría, un descanso para el que se esfuerza a vivir en ella. Su conciencia no le remuerde, vive serena, sin temor porque se sabe en el camino recto. Texto: Hna. María Nuria Gaza.
En una mesa redonda organizada por la comunidad de Sant’Egidio, le preguntaron al arzobispo latino de Bagdad cómo oraban los cristianos en Irak. Respondió: “El pequeño grupo de cristianos se siente cada vez más acosado y cada vez es más reducido. Ante esta situación, los cristianos se unen para rezar y pedir al Señor la fuerza para permanecer firmes en su fe. Les tengo que confesar que durante los días en que Bagdad fue constantemente bombardeada en la última guerra, ningún día celebré la Eucaristía solo en mi catedral de Bagdad. El único refugio bajo las bombas era orar para que el Señor se apiadara de los que sufrían injustamente. Era su fuerza en la debilidad”.
Hoy que ha desaparecido el “tirano” pero han aparecido muchos pequeños tiranos que extorsionan, secuestran o matan. En una tal situación han surgido grupos de oración para pedir la paz. Los padres carmelitas en Bagdad han organizado varios grupos de oración, la gente acude a pesar que no siempre es fácil movilizarse. Cuando uno sale de casa se pregunta si volverá. También religiosas dominicas tienen el Santísimo expuesto para pedir la paz y la concordia en el país.
Muchas personas de nuestra sociedad viven, según parece, teniendo borrada de su vida cualquier referencia a Dios. Pero no por ello dejan de utilizar en muchas ocasiones un lenguaje marcado por expresiones de fe, sin saber qué dicen, desconociendo el sentido creyente de algunas expresiones, se utilizan sin demasiada preocupación por aquello que expresan.
Decimos, por ejemplo, “Adiós” sin que muchos recuerden que la expresión completa era “vaya con Dios”, o se repite sin pensar “Virgen santa”, desconociendo la referencia y la invocación a la Virgen María cuya protección se implora con esta expresión. Cuando llega, por ejemplo, la Navidad, se compran regalos, se celebran fiestas familiares, pero en nuestra ciudad pocos se acuerdan de cuál es el verdadero motivo de la fiesta, y otros intentan hacérnoslo olvidar. Y así nos pueden venir a la memoria muchos otros ejemplos.
Hace unos días un conocido que se reconoce completamente indiferente ante el tema religioso me comentó un texto breve que le había llegado a sus manos y que definió como un deseo que toda persona lleva en su interior. El texto decía: “Confío en lograr la luz necesaria para buscar la solución a mis problemas, la paz para hacerles frente y la fuerza para superarlos”.
De mis estancias en Irak hay cosas que quedaron grabadas para siempre en mi memoria. Eran los tiempos de la guerra Irak-Irán. Como casi todos los iraquíes jóvenes estaban movilizados, hubo cantidad de extranjeros que fueron a trabajar a este país. Entre ellos había muchos coreanos varones y también algunas mujeres. Muchos de ellos católicos, venían todos los domingos por la tarde en dos buses a la misa que se celebraba en inglés en nuestra capilla de Bagdad. Como en esta misa, nuestra capilla quedaba casi completamente llena de coreanos, mis hermanas iraquís, la llamaban la misa de los coreanos. Y es que la lectura del Evangelio y algunos cantos eran en coreano. El sacerdote que presidía la Eucaristía era un padre redentorista sumamente misionero y que se sabía adaptar a las costumbres de los fieles. Decía siempre que se debía acoger a todo extranjero y hacer lo posible para que no sintieran tanto la lejanía de su país y la de su familia.
La Sagrada Escritura cita con frecuencia la imagen del pastor y de las ovejas. El pastoreo fue en la antigua Palestina y aún hoy día, un oficio muy común, conocido por todos. Por ello los profetas, los salmistas y el mismo Jesús sacan con frecuencia la imagen del pastor y las ovejas.
Jesús en el capítulo 10 del evangelio de San Juan se presenta como el buen pastor: “Yo soy el buen pastor que da la vida por sus ovejas”. Pero no todos los pastores son buenos pastores. El profeta Ezequiel, en el capítulo 34, amenaza a los dirigentes de Israel porque ellos no actuaban como buenos pastores que cuidan de su rebaño con esmero: “¿No deben los pastores apacentar su rebaño? Vosotros os habéis tomado la leche, os habéis vestido con su lana, habéis sacrificado las ovejas más gordas, no habéis apacentado el rebaño. No habéis cuidado las enfermas, ni habéis tornado la descarriada, ni buscado la perdida.” Y es que las ovejas son animales que necesitan del pastor porque si se extravían no saben encontrar el redil, no pueden sin la ayuda del pastor encontrar pastos. Por esto el salmo 22 dice: “El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar”.
El pastor que está identificado con su rebaño, conoce sus ovejas y las llama por su nombre, no así el mercenario porque no tiene interés por las ovejas, le interesa sólo el salario que percibe.
Tanto en el Antiguo, como en el Nuevo Testamento, muchas veces se utiliza la siembra como una forma de expresar la obra de Dios en el mundo y en el hombre. Dios siembra en todos el deseo del bien, y a todos nos corresponde hacer crecer esta semilla recibida. Sembrar es gesto de generosidad y de confianza. Se siembra cuanto se es y se tiene, y se aguarda el fruto que no será nunca igual a lo que se sembró.
Sembrar es un gesto dinámico que comporta esfuerzo, que se arropa en la esperanza y que no permite desfallecer. Quien siembra está luego atento a cuanto dejó cubierto en la tierra, para que ni el sol o el agua excesivos ahoguen aquella que desea ver crecer. Sembrar es también mantener el espíritu vigilante para no permitir que las malas hierbas malogren el fruto justamente esperado.
Un día Jesús pidió a San Francisco de Asís que estaba orando en la iglesia de San Damián: “Francisco repara mi Iglesia”. Y en nuestro tiempo que no es mejor que aquel, también Jesús nos dice a cada uno: “Repara mi Iglesia”. Hay muchos cristianos desorientados, muchas personas de buena voluntad que no tienen quien les guíe, buscan la paz interior donde no pueden hallarla, porque no encuentran guías capaces de mostrarles el buen camino.
Jesús no tiene otros brazos que los tuyos y los míos para llevar a cabo su obra de salvación. Necesita de nosotros para hacer resplandecer en el mundo su obra de misericordia, de comprensión, de amor desinteresado, que es el único auténtico amor.
Es preciso que sepamos trillar caminos nuevos de acercar a Dios a los jóvenes, a los que la Iglesia no les dice absolutamente nada, a tantas personas que su único dios es el egoísmo, la riqueza, el placer y tantas cosas que luego les dejan un gran vacío y un mal sabor de boca.
Si a lo que ya existe le añadimos un elemento nuevo, un ingrediente distinto, se modifica el valor o el gusto de lo que constituía el punto de partida. Ejemplos bien fáciles pueden venirnos a la imaginación: un guiso, por ejemplo, cambia completamente si le añadimos sal o azúcar. Pues lo mismo ocurre con las cosas de cada día.
Si a cualquier comentario, o cualquier noticia, les añadimos buen humor, una sonrisa, una palabra. Intentar añadirle este gramo agradable a cada cosa, hace que la vida resulta más fácil para todos. Hace unos días una persona mayor con un estado de salud débil que se halla en una situación de dependencia casi total decía: “estoy bien, no me falta nada, lo tengo todo”, luego tras un momento de silencio, pensativa añadió “pero me gustaría ver en la cara de quienes me cuidan más sonrisas”. Es cierto que cualquier cosa realizada o dicha con una sonrisa en los labios se convierte en algo mucho más fácil.
Seguramente muchos recordamos aquella canción de la película Mary Poppins: “con un poco de azúcar, la píldora que os dan…”. Le pido al Señor que nos conceda saber poner este poco de azúcar en la vida de los demás y que los demás lo pongan también en mi vida. Texto: Hna. Carmen Solé.
Sábado, 2 de junio
Josep Maria Tarragona
Juan Fernandez Krohn
Asoc. Humanismo sin Credos
Pedro Tarquis
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo
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