Muchos habitantes de Irak confiaban que las cosas iban a cambiar con la caída de Saddam Hussein pero las tropas de combate de Estados Unidos salen de Irak siete años después de la invasión que ha servido para dejar un país dividido donde el caos, la inseguridad, la pobreza y la desesperanza están al orden del día.
Las tan cacareadas armas de destrucción masiva, que dieron origen a la segunda guerra del Golfo, no se han encontrado pero si se encuentra actualmente una nación destruida, paupérrima y agónica. Por otro lado uno se pregunta donde está la reconstrucción proclamada a los cuatro vientos donde sólo se encuentran ruinas, miseria y muerte. La población iraquí sigue su calvario sin verle una salida airosa a su desdichada situación.
Si pensamos en vencedores y vencidos, esta guerra en tierras bíblicas, tampoco los americanos pueden cantar victoria porque las pérdidas humanas han sido muchas y muchos los heridos de guerra que difícilmente se van a recuperar. La desdichada frase de George W., Bush “misión cumplida” no se ha cumplido sino que arrastra una maldición sin igual. El pueblo iraquí y entre ellos nuestras hermanas, lo viven a diario: Sin gasolina en el país del petróleo, castigados sin electricidad durante muchas horas del día y por consiguiente sin aire acondicionado ni un triste ventilador, ni un frigorífico que alivie el calor sofocante en un país donde se alcanzan más de los 40 grados. Y lo más preocupante sin seguridad y como dice el ex ministro de asuntos exteriores “los americanos dejan un país entregado a los lobos”.
Y a pesar de estos serios inconvenientes, mis hermanas iraquís continúan su misión con los enfermos que acuden al hospital, con los niños de las escuelas a los cuales intentan por todos los medios darles un ambiente de normalidad y entre las niñas huérfanas que no tienen más hogar que el brindado por las religiosas. ¿Qué futuro espera al pueblo iraquí? Nadie puede predecirlo pero las hermanas hacen todo lo que está en su mano para que sea lo menos duro posible a los que se acercan a ellas y sembrar un rayo de esperanza. A semejanza de Abraham, hijo de esta tierra, hay que confiar que Dios tiene poder de resucitar a los muertos(Cf. He. 11,19). Texto: Hna. María Nuria Gaza.
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Queridas hermanas, las guerras entre potencias nunca dejan nada "reparado", ni sirven para recuperar la libertad, ni para mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos, y menos aún si éstos son pobres.
Las guerras suelen obedecer un capricho de algún poderoso, o más común, acelerar una situación de estrategia comercial.
En el caso de Irak era el petróleo, como en las últimas guerras del golfo.
Con Afganistán sucede tres cuartos de lo mismo.
Muchos países poderosos "necesitan" las guerras para probar sus armas, para venderlas y proyectar nuevos ingenios de muerte.
La industria de la guerra es muy fructífera.
Menos mal que siempre hay monjas en esas zonas en conflicto, que nos hacen recordar que la humanidad tiene cura.
Un abrazo.
Sábado, 2 de junio
Josep Maria Tarragona
Juan Fernandez Krohn
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Pedro Tarquis
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Francisco Baena Calvo
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