Vivir acontecimientos especiales que nos llenan de un gozo muy intenso u otros que nos sumergen en el dolor más íntimo y sincero, decimos que no nos deja indiferentes. Cada uno de estos acontecimientos que nos toca vivir, es como una marca que queda en el alma y se refleja en el rostro.
Quien ha experimentado un gozo intenso, quien ha podido experimentar la paz y la alegría más profundas, queda marcado por aquel acontecimiento, su forma de ver la vida, cambia, y desde aquel momento seguro que las cosas más habituales pierden casi su razón de ser porque lo más importante es gustar del bien que se nos ofrece.
Ocurre lo mismo con una experiencia de dolor, un sufrimiento propio, o ver sufrir a los que se ama, deja marcado también el rostro de aquél que ha de contemplarlo sin tener en sus manos ningún medio para aliviar el trance que se vive, la rotura que se experimenta.
Muchas veces esos rostros transfigurados por el dolor o el gozo quedan gravados en la memoria, unos nos gustaría tenerlos siempre presentes, otros preferiríamos olvidarlos para siempre.
Pienso que los apóstoles llamados por Jesús para acompañarle en su oración en el monte Tabor nunca pudieron olvidar aquel “rostro cuyo aspecto cambió y cuyos vestidos brillaban de blancos”, aquella visión de Jesús en oración, debió se algo imborrable en la experiencia de esos discípulos de Jesús. Tan imborrable que significó una de las fuentes de gracia para seguir a Cristo, dispuestos hasta dar la vida como Él hizo. Texto: Hna. Carmen Solé.
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Realmente, hermana Carmen, creo que Jesús nos gastó una broma cuando nació en aquella época, hace veintiún siglos.
En mi juventud recuerdo que llegué a preguntarle a sacerdotes, teólogo famoso uno de ellos, por el rostro de Jesús.
Si lees algunos párrafos de los evangelios, encuentras algunos que pueden sobrecogerte. Por ejemplo, el del sermón de la montaña. ¿Tan potente y con tanto poder de convicción era su voz?.
¿Y su mirada, cuando hablaba con los niños?.
Yo he visto el dolor, y es feo.
He visto la enfermedad y la muerte, y ambas son feas. Únicamente la fe me ha permitido soslayar esas visiones, para convertirlas en esperanza.
...¡El rostro de Jesús!...
Nos lo ha dejado a deber.
Espero que disfrutemos de él cuando nos veamos todos juntos.
Un abrazo, y feliz domingo.
Sábado, 2 de junio
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