Me levanto, empieza el día y con él rutinas y novedades irán llegando con el transcurso de las horas. Los días son siempre distintos, nunca nada se repite totalmente. Un día de invierno no se parece en nada a un día del mes de agosto, un día de trabajo es bien distinto de un festivo, aunque acabemos repitiendo muchas cosas.
Ofrecer a Dios cuanto vamos a vivir desde el inicio de la jornada es como el primer “buenos días”, a partir del cual se irá tejiendo cada hora. Si prescindiendo de cómo sea el “color” del día buscamos ofrecérselo a Dios, al llegar al final de la jornada podremos darnos cuenta de todas aquellas acciones buenas que el Señor nos ha ofrecido y podremos darle gracias por todos los “regalos” que de Él hemos recibido.
Vivir cada día como un regalo de Dios, significa vivir en la alegría. Una alegría que no borra el sufrimiento ni evita la tristeza, pero sabernos amados por Dios nos concede el gozo de una vida en plenitud y nada logra hacer desaparecer de nuestro corazón el gozo de “sabernos hijos amados de Dios”.
Cada día, cada hoy deberíamos estar más atentos a las personas que tenemos más cerca, para poder hacer juntos el camino que nos acerca a Dios Padre. Si intentamos aportar lo mejor que cada uno tenemos, si procuramos sembrar a nuestro alrededor paz y alegría, sin duda que todos aquellos que por cualquier motivo se nos acerquen podrán descubrir a ese Dios a quien amamos por encima de todas las cosas. Será entonces realidad aquel deseo de san Pablo a los Tesalonicenses: “estad siempre alegre en el Señor”. Texto: Hna. Carmen Solé.
Sábado, 2 de junio
Josep Maria Tarragona
Juan Fernandez Krohn
Asoc. Humanismo sin Credos
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