En el patriarca Abrahán tenemos el modelo perfecto de la hospitalidad.
Nos cuenta el Génesis que Abrahán estaba sentado a la puerta de la tienda cuando arreciaba el calor, y hay que ver lo abrasador que resulta el sol en Oriente hacia el mediodía. Pues bien, nuestro patriarca levantó los ojos y vio unos peregrinos. Él corrió rápido para decirles que aceptarán agua para lavarse los pies y un pedazo de pan y que descansarán a la sombra del árbol. No pregunta quiénes son, ni de dónde vienen, ni a dónde van. Ve a unos hombres que están acalorados y sedientos y los quiere aliviar en su camino.
Abrahán entra dentro de la tienda, pide a Sara su mujer que prepare pan, corre al establo y escoge un ternero cebado y se lo da al criado para que lo prepare. Toma también cuajada de leche, el guiso y el pan y se lo sirve. Él se queda en pie junto la encina mientras ellos comen.
Lo que tenía que ser nada más que un poco de agua y pan, se convirtió en un banquete. Esta es la auténtica hospitalidad: dar lo mejor que se tiene. La generosidad de Abrahán es recompensada al recibir la noticia que dentro de un año tendrá un hijo.
Y es que Dios paga con creces a los que dan desinteresadamente. Texto: Hna. María Nuria Gaza.
Sábado, 2 de junio
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