En el evangelio de San Lucas encontramos el relato de un hecho ocurrido en el camino entre Jerusalén y Jericó. Un hombre fue apaleado por unos malhechores y abandonado en el camino. Más de uno pasó por allí cerca, y pudieron ver su situación doliente. Cada persona que se acercaba por allí era un motivo de esperanza y casi de alivio para el herido, especialmente cuando podía distinguir aquellos de quienes era probable esperar conmiseración y ayuda, pero cada uno significó un desaliento, pasaron cerca pero siguieron su camino sin ofrecer ni un gesto de consuelo.
Vino luego un hombre del que su apariencia delataba como un samaritano, uno de quien un judío nada podía esperar, y sin embargo fue este quien tuvo compasión de él, quien le ayudó, condujo a la posada y buscó quien prosiguiera su obra.
A veces podemos desconfiar de alguien por su apariencia, por sus gestos, como si no supiéramos que Dios ha sembrado la bondad en el corazón de todo hombres, tan solo es necesario que esa bondad pueda aflorar, pueda mostrarse, sin dejarnos llevar por la comodidad o el miedo.
Aquellos que dejaron al herido abandonado a su suerte a mitad del camino, perdieron con su gesto la posibilidad de sentirse útiles al hermano necesitado y al negarse ellos mismos a realizar un gesto de amor y compasión cerraron su alma a la felicidad y se abrieron mismos la puerta de la desconfianza y del desprecio. Texto: Hna. Carmen Solé.
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Los cristianos no deberíamos juzgar a los demás, ni por su apariencia, ni por sus ideas.
Hasta ahí, de acuerdo.
Pero no me negarás, hermana Conchi, que a veces hay que pedirle un pequeño esfuerzo a los "diferentes" para convertirse en algo "más normales".
Las normas sociales, las escritas y las no escritas, se establecen para que todos los ciudadanos puedan convivir en armonía.
Ayer mismo me topé con una pareja de jóvenes con sus rostros repletos de hierros (piercing) cuya presencia imponía.
Sí, ya lo se. Hay que amar al hermano "multitaladrado".
Lo tendré presente.
Sábado, 2 de junio
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Asoc. Humanismo sin Credos
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