El evangelio, del buen samaritano (Lc 10,25-37) que se leyó el domingo pasado en la Eucaristía da mucho que pensar. También hoy como en tiempos de Jesús hay muchas personas que quedan tiradas en la cuneta. Tanto en sentido literal: Conductores que atropellan y se dan a la fuga. Algunos coches pasan por el lado del herido y no se paran porque tienen mucha prisa, y otros que con corazón misericordioso se paran, llaman a la policía de tráfico y se quedan al lado del herido.
Pero también en sentido figurativo: hay muchas maneras de dejar la gente en la cuneta. Haciendo la zancadilla a otro para lograr su puesto de trabajo, estafando a personas que por su honradez no piensan que hay quienes no conocen esta virtud, los que gestionan negocios en los que hay personas que van a quedar destrozadas de por vida como el negocio que tiene relación con el mundo de la prostitución.
Pero de una forma más solapada en nuestro mundo hay muchas formas de dejar gente tirada en la cuneta: El tráfico de armas, el hambre en el mundo.¡Cuántas personas hay que sufren las desigualdades de norte sur! Y también gente que aguanta hambre muy cerca de nosotros.
Ahora hace seis meses del terremoto de Haití. Es cierto que en pocos desastres la gente se ha hecho tan solidaria, y muchos con pocas posibilidades, dieron de lo que no les sobraba. Pero ahora Haití ya pasó de moda. Y allí hay millares de personas que malviven peor de lo que vivían antes del terremoto, que es mucho decir. Es muy poco lo que se ha hecho hasta el momento y una se pregunta donde han ido a parar tantos donativos, algunos reales y otros que los gobiernos prometieron. ¿No es esto dejar a las personas tiradas en la cuneta? ¿Se estará repitiendo lo que dijo Fray Antonio de Montesinos en la isla Española en el sermón del primer domingo de Adviento de 1511 al dirigirse a los encomenderos que trataban tan duramente a los indígenas?: “Estos, ¿no son hombres? ¿No tienen almas racionales?”.
Muchas veces nos escudamos en que los pobres ya están acostumbrados a la dureza de la vida. Esto es dejar en la cuneta a la gente que sufre. ¿No hay en nuestro corazón un deseo de ser los buenos samaritanos? Suerte que también en Haití y en todas partes del mundo hay buenos samaritanos que hacen lo posible por aliviar el sufrimiento humano. ¡Benditos seáis de Dios porque hacéis presente el rostro de Dios Padre! Texto: Hna. María Nuria Gaza.
Sábado, 2 de junio
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