Un niño pasa por la edad de las preguntas, su primera idea del mundo que el envuelve llega rodeado de un montón de “¿por qué?”, repetidos a veces hasta la saciedad o hasta agotar la paciencia de quienes asumen la misión de irle educando, enseñando, mostrando las cosas de cada día. Hallar a cada pregunta del niño la respuesta cierta es una desafío para los padres, para la familia.
A los mayores nos suelen quedar muchos “por qué” sin que nunca consigamos una respuesta por ellos. Preguntamos, y nos preguntamos el por qué del dolor y del mal, de las desavenencias en las familias y del hambre, de las angustias y las penas. Casi siempre nuestros interrogantes van referidos a ciertos aspectos que nos hacen sufrir. Casi nunca pretendemos esclarecer con nuestros interrogantes aquello que nos resulta positivo, agradable, bueno.
Después de los “por qué”, llega aun en la infancia otro tipo de interrogantes, cuando ya parece que el niño conoce algo más y pretende imaginar el mundo, su mundo de otro modo, es la etapa de los “¿y si…?” ¿Y si en lugar de haber vivido aquí hubiese vivido en otra ciudad?, y ¿si en lugar de haber llovido hoy hubiese salido el sol?
Estos interrogantes pueden derivar, dejada atrás la infancia, hacia la propia responsabilidad, hacia asumir el riesgo de las decisiones tomadas adecuadamente, hacia reconocer el riesgo que comporta toda elección, todo aquello que marca para siempre la vida de cada uno.
También a Dios le dirigimos nuestros interrogantes, nos gustaría conocer la respuesta a tantos “por qué” que nublan varias facetas de la vida, quisiéramos conocer qué podría pasar “si…”. La respuesta no la vamos a conocer, la vida es en verdad un entramado de fe y de confianza que nos lleva a vivir en la fidelidad y en la felicidad. Texto: Hna. Carmen Solé.
Domingo, 3 de junio
Jesús Rojano
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Juan Fernandez Krohn
Asoc. Humanismo sin Credos
Pedro Tarquis
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JC Rodríguez, A Eisman