Cuando era joven trabajaba en un barrio extremo de Barcelona en el cual había muchas antiguas alumnas que venían a prestar sus servicios en nuestra misión. Pero cuando llegaba el verano nos quedábamos sin voluntarias por aquello de las vacaciones.
Había sin embargo una señora de las más acomodadas que venían que me dijo: “Hermana cuente conmigo, yo no me voy de Barcelona, porque verá los hijos no tienen tantos días de vacaciones como mis nueras ellas se van con los niños y ellos se quedan por aquí. Pienso que los hombres solos no es plan. Yo les digo venid a comer en mi casa así os podéis encontrar con vuestros hermanos y estar un rato en familia Así que, hermana, cuando necesite algo yo estoy aquí y le puedo echar una mano".
Un día que estaba despidiendo los últimos niños de la guardería, me vino a encontrar una señora hecha un mar de lágrimas. Me contó el motivo de sus lágrimas: Su marido era cobrador de facturas de una compañía muy importante. Un día al llegar a su casa en una tarde calurosa de verano salió a tomar el fresco con unos vecinos y dejó la puerta abierta con tan mala suerte que le robaron la cartera con la recaudación del día. El hombre con el susto en vez de decir la verdad a la empresa empezó con tapujos hasta que dijo la verdad pero como no fue al momento, la compañía aseguradora ya no admitió el caso ni tampoco lo veía claro. Así que el hombre o tenía que dar una fianza de 250.000 ptas. o se iba a la cárcel y como no tenían tal cantidad, que para la época era un “pastón” para gente trabajadora, el hombre se fue a la cárcel. Quedaba en su casa la mujer con cuatro hijos pequeños. ¿Qué hacer? Yo en el mes de julio no podía dedicarme a trámites pues en la guardería hacíamos turnos con las educadoras y aquellos días me tocaba a mí. Se me ocurrió acudir a Josefina, la buena señora que no hacía vacaciones. Y de verdad que le tocó hacer un sin fin de pasos pero sin éxito. Se tenía que pagar la fianza.
Mañana celebramos la fiesta de San Pedro y San Pablo, dos hombres muy distintos pero que la Iglesia los considera, con razón, sus columnas.
Pedro, un hijo de Galilea, región despreciada por los jerarcas de Jerusalén. Pescador de oficio, al que Jesús cambió su nombre: “Te llamarás Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Del oficio de pescador de peces en el mar de Tiberiades el Señor le predijo que lo haría pescador de hombres. Un judío con poca cultura que el conocer a Jesús quedó fascinado por él. De carácter espontáneo, timorato ante el peligro que en vez de declararse discípulo de Jesús lo negó por tres veces: “No conozco a este hombre” Y al que en las apariciones de Jesús, después de la resurrección, el Señor confirmó en su primado: “¿Pedro me amas?”. Por tres veces le hizo repetir el Maestro su amor hacia él como en el momento de la pasión lo había negado por tres veces. De este modo el espontáneo Pedro que con su carácter parecía que se iba a comer el mundo, tuvo que reconocer que no podía ir de valiente por la vida: “Señor tú lo sabes todo tú sabes que te amo”. Y la humildad lo hizo ser valiente, apacentó las ovejas que Jesús le había confiado y dio la vida por confesar su fe en Jesús.
Puede que sea bonito pero no es fácil hacerse pan. Significa que ya no puedes vivir solo para ti, sino también para los demás.
Significa que ya no puedes poseer nada, ni las cosas, ni el tiempo, ni los talentos, ni libertad como algo exclusivo. Todo lo tuyo, no es ya solo tuyo, es también de y para los demás. Significa que tenemos que estar, enteramente disponibles a tiempo completo. Ya no puedes protestar de cualquier modo, por cualquier cosa. No puedes refunfuñar si te requieren, te molestan o te llaman a cualquier hora, o para cualquier cosa. Significa que debes tener paciencia y mansedumbre…
La pintura de Madonna della Strada (Nuestra Señora del Camino) que se venera en la iglesia llamada comúnmente del Gesù en Roma, está en los orígenes de la Compañía de Jesús. San Ignacio de Loyola tenía una gran devoción a esta tela pintada de mediados del siglo XIII. Muchos de los miembros de la recién fundada Compañía iban orar ante este lienzo de la Madre de Dios antes de partir en misión. Ahora la han restaurado y devuelto a su estilo original.
Cuando viví en Roma, me gustaba mucho entrar en esta iglesia para orar a nuestra Señora ante este cuadro. Su mirada serena con su Hijo en brazos, un auténtico pantocrátor sosteniendo el libro con la mano izquierda y bendiciendo con la derecha, me infundía mucha paz. Todavía conservo una estampa de esta Virgen en el libro de la Liturgia de las Horas y ahora como entonces, pido a María que guíe el camino de los que con paso ligero unas veces, y otras con dificultad, recorremos la ruta de la vida a menudo tortuosa para que nos conduzca hasta la puerta del cielo y allí nos muestre el fruto bendito de su seno, Jesús. Texto: Hna. María Nuria Gaza.

¿Quién no se da cuenta a lo largo del día, de la gran cantidad de cosas, que recibe gratuitamente y que van constituyendo la trama del día completo?, sin haberlo planeado, ni imaginado, recibimos como “regalos” que nos llegan de los demás, desde una sonrisa o una colaboración impensada en el trabajo que vamos realizando. Y regalos que nos llegan de Dios, el día hermoso, el sol que luce, la salud que nos permite hoy realizar nuestro trabajo y cumplir nuestro deber.
Nos ayudamos mutuamente para hacernos la vida más fácil cuando cada uno mira de ofrecer a los demás aquello que les puede dar gusto, una palabra amable, o estar atento a las expectativas de cada persona, ofrecer un rato de conversación o un tiempo de compañía.
Una de las acepciones que aparecen en el diccionario sobre la palabra verdad es: “Conformidad de lo que se dice con lo que se siente o se piensa”. Podrían ser muchos los significados, por supuesto, pero creo que éste que acabamos de leer, en muchas ocasiones nos puede cuestionar. Vivimos en el mundo de la imagen y es muy sencillo caer en el huir de la sinceridad, ya que nos interesa más dar la imagen que no somos que la que realmente es la nuestra. Pero… ¿yo soy así realmente? ¿se corresponde mi hacer con lo que de verdad pienso? Tal vez sea un caballo de batalla, pero éste, precisamente, hemos de pelearlo.
Dicen que quien más te quiere te hará llorar, y ¡claro!, eso pasa porque nos duele, porque la persona cercana nos importa y porque la queremos. Pero estos momentos son los que, a la vez, nos hacen crecer no sólo en conocimientos sino en experiencia, en la vida. Platón afirmaba que “cada lágrima enseña a los mortales una verdad”.
A los discípulos de Jesús, que somos todos los bautizados, el Señor nos asigna una misión. Ser cristiano no consiste sólo en estar adherido a la doctrina de Jesús sino en hacer la voluntad del Padre celestial tal como el propio Jesús nos dio ejemplo.
Aceptar esta misión, por nuestra parte, no es siempre fácil. Esto lo vemos en muchos personajes bíblicos:
Yahvé dice a Moisés en el Horeb: “Ve yo te envío a Faraón para sacar de Egipto a los hebreos”. Ante una tal hazaña Moisés encuentra una cantidad de excusas: “¿Quien soy yo para ir a Faraón y sacar a los israelitas de Egipto? No soy hombre de palabra fácil, soy torpe de lengua…”. Excusas para escudarse de lo que le parecía una difícil misión (Ex 3-4).
A Gedeón se le aparece el ángel del Señor para decirle que él salvará a su pueblo de la opresión. Este pobre no hace otra cosa que poner una serie de inconvenientes a lo le piden: “Mi clan es el más pobre de Manasés, yo soy el último en la casa de mi padre”(Jc 6).
Jeremías respondió: “¡Ah Señor Yahvé! Mira que no sé expresarme, que no soy más que un muchacho" (Jr 1).
Ante nuestra cobardía como en la de los personajes citados, Dios insiste. Hace crecer un Pepito grillo en nuestro interior que no nos deja tranquilos, y que al fin, si tenemos un mínimo de buena fe, nos hace exclamar como al profeta Isaías: “Envíame Señor”.
Un libro del carmelita Jaime García, expone la diferencia que hay entre “recibir” y “acoger” y pone el ejemplo de las dos hermanas del evangelio Marta y María. Como lo he encontrado muy interesante lo voy a transmitir:
Marta y María reciben contentas la visita de su amigo Jesús. Y se plantea el problema de la acogida entre las dos hermanas. Marta recibe al Señor de todo corazón, pero no llega acogerlo. Hay una clara diferencia entre “recibir y acoger”. Marta está completamente acaparada por su deseo de recibir y de recibir bien. Pero no llega a acoger a Jesús. No lo acoge, y no sabe no sabe acoger tampoco a su hermana. Dirigiéndose a Jesús le dice: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude” (Lc 10,40).
Marta no se queja de tener demasiado trabajo sino de que su hermana la haya dejado sola y de que María no haga nada. Totalmente prisionera de su trabajo, he aquí que es incapaz de llamar a su hermana por su nombre, es como si fuera una extraña. Habla de ella no con la ternura de alguien querido sino para llamarla a su obligación. No busca otra cosa sino que su hermana María haga lo mismo que ella. Se presenta como referente y modelo, de esta forma se cierra a su hermana y se cierra a su visitante.
Si nos referimos a términos culinarios, la sal es una de los elementos más necesarios y menos nombrados en la preparación de cualquier alimento. La sal ha de añadirse a cualquier guiso en su justa medida, para realzar el sabor de cada uno. A un guiso preparado sin sal le falta “algo”, decimos, quizás la sal no sea lo más importante, pero su presencia modifica todo un conjunto. Si la ausencia de la sal deja todo soso, el exceso de sal hace también que las cosas pierdan su gusto, sólo somos capaces de apreciar el sabor fuerte de la sal y perdemos el buen sabor de cada ingrediente. Y es que la sal debe estar presente en su justa medida.
El evangelio de S. Mateo en el capítulo 5 nos dice: “Vosotros sois la sal de la tierra, pero si la sal se vuelve insípida, ¿cómo podrá recuperar su sabor?, la sal que carece de sabor es echada fuera para ser pisada”.

“Los ordenadores son inútiles.
Sólo sirven para dar respuestas”. (Picasso)
Lo que a alguien le llevaría una hora lo hace el ordenador en medio minuto, pero eso es porque otra persona se ha pasado varias horas enseñándole al ordenador lo que tenía que hacer. La respuesta que da una máquina no vale nada, porque ya antes la había dado otro. Si no, no estaría en la máquina.
La verdadera respuesta es la que brota de mí mismo, la que encuentro yo por mi cuenta, la que invento, la que imagino al menos que es respuesta, y lo es para mí porque yo la he hallado. No quiero preguntas fáciles ni atajos prestados. No quiero fórmulas de máquina ni andares de robot. No quiero máquinas. Quiero la libertad creativa de arriesgar mis respuestas. No quiero depender de la pantalla fría de dígitos iguales. No quiero preguntarle nada.
En un chiste alguien teclea en un ordenador el cortés ruego: “Díganos algo sobre usted mismo.” Y en la pantalla aparece la respuesta: “Pienso, luego existo.” ¡Qué más quería! Texto: Magua.
En estos días no se oye otra cosa que si hay recorte de salarios para los ministros, los funcionarios... Recortes en los presupuestos de las alcaldías. Sí, muchos recortes, no queda más remedio. Pero recorte para el presupuesto de armamento no lo he oído ni leído. Claro es uno de los mayores negocios: Fabricar artefactos para matar y vender estos artefactos para engrosar algunas arcas con grandes sumas de dinero. Es aquel verso de la Edad Media que venía en castellano antiguo en un libro de historia del colegio: “Don dinero es don caballero, que al mudo hace hablar y al cojo andar” y que tanto me llamaba la atención.
En diversos pasajes de la Escritura leemos: “Sal fuera”.
Una de ellas es cuando Elías huye de la malvada reina Jezabel y se esconde en una cueva en el monte Horeb. Yahvé le pregunta: “¿Qué haces aquí Elías? El profeta responde que huye porque le buscan para matarlo. Yahvé le dice: “Sal fuera y ponte ante Yahvé” (I R 19). En el Nuevo Testamento en la resurrección de Lázaro Jesús llamó a su amigo Lázaro con fuerte voz: “Lázaro sal fuera” (Jn 11). También a nosotros Dios nos llama a salir fuera cuando estamos encerrados en nosotros mismos. No queremos que nos interrumpan en nuestros quehaceres, o estamos mal humorados, disgustados o el egoísmo nos encierra para no ver que pasa a nuestro alrededor. Nos decimos a nosotros mismos: que me dejen la paz, ya tengo bastante, estoy harto.
Un niño pasa por la edad de las preguntas, su primera idea del mundo que el envuelve llega rodeado de un montón de “¿por qué?”, repetidos a veces hasta la saciedad o hasta agotar la paciencia de quienes asumen la misión de irle educando, enseñando, mostrando las cosas de cada día. Hallar a cada pregunta del niño la respuesta cierta es una desafío para los padres, para la familia.
A los mayores nos suelen quedar muchos “por qué” sin que nunca consigamos una respuesta por ellos. Preguntamos, y nos preguntamos el por qué del dolor y del mal, de las desavenencias en las familias y del hambre, de las angustias y las penas. Casi siempre nuestros interrogantes van referidos a ciertos aspectos que nos hacen sufrir. Casi nunca pretendemos esclarecer con nuestros interrogantes aquello que nos resulta positivo, agradable, bueno.
Domingo, 3 de junio
Jesús Rojano
Josep Maria Tarragona
Juan Fernandez Krohn
Asoc. Humanismo sin Credos
Pedro Tarquis
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo
Juan Jáuregui Castelo
JC Rodríguez, A Eisman