Desde la cruz poco antes de expirar, Jesús nos hizo un gran regalo al decir a Juan: “Hijo aquí tienes a tu madre”. Desde aquel momento el discípulo que tanto quería Jesús, la recibió en su casa. ¿Y nosotros sabemos acogerla en nuestra casa, sabemos apreciar este gran don que nos hizo Jesús de darnos a María por madre?
Ella es la mujer que nos comprende, que sabe que son las preocupaciones por las que pasamos porque ella también las pasó y mucho más grandes. María vivió como todas las mujeres de su tiempo ocupada en atender a su familia, a que su casa estuviera ordenada, a lavar, a buscar agua a la fuente, preparar la comida, intentar no gastar más de la cuenta porque José su esposo, como era un obrero honrado, no ganaba demasiado; como suele ocurrir a toda la gente honrada de nuestra época. Quien amasa mucho en poco tiempo no siempre lo hace de forma correcta.
María como toda buena madre estuvo junto a su Hijo, estuvo junto a los discípulos de su Hijo y está también junto a cada uno de nosotros. A ella podemos acudir cuando pasamos por momentos difíciles, cuando nos sentimos tristes o alegres, cuando no vemos con claridad cual tiene que ser nuestra actuación ya que ella vivió situaciones en las que tuvo que dar un paso al vacío y confiar plenamente en Dios: “Hágase en mis según tu palabra”. ¿Habrá quien pueda comparar su situación a la que el Señor le propuso? ¡Ser madre sin conocer varón! ¿Qué pensaría José? Su futuro quedaba completamente comprometido pero se fió y por ello todas las generaciones la llamarán bienaventurada. Aprovechemos este gran regalo y cobijémonos bajo el amparo de María, madre de Dios y madre nuestra. Texto: Hna. María Nuria Gaza.
Domingo, 3 de junio
Jesús Rojano
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Juan Fernandez Krohn
Asoc. Humanismo sin Credos
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JC Rodríguez, A Eisman