Poder levantarse y echar a andar es para la mayoría un gesto simple, un acto que repetimos a lo largo del día sin ni pensar en ello, nos movemos físicamente para cumplir un trabajo, para llevar adelante un compromiso, para realizar un servicio a otra persona, o simplemente para gozar del hecho de poder caminar y movernos con independencia.
La movilidad es un regalo de Dios; no poder moverse limita la vida, el espacio parece que se reduce o que se agranda excesivamente y se convierte en una dificultad. Quienes padecen alguna forma de parálisis de cualquier categoría lo saben bien y saben también cuán dolorosa es para el cuerpo la inmovilidad.
Levantarse y andar, a nivel espiritual o a nivel del pensamiento es poner en marcha las mayores riquezas que poseemos. Levantarnos y andar para poder ver realizado el ideal que nos hemos propuesto, para poder cumplir la misión iniciada, es también un esfuerzo.
A veces nos entusiasmamos ante una idea, quisiéramos ver realizado aquello que soñamos, pero debemos vivir el simple día a día, como un camino en el que no faltan dificultades que deben ser sorteadas y superadas, y ese ejercicio no resulta ni cómodo ni estimulante. Podemos hacer buenos propósitos, pero debemos procurar llevarlos a la práctica, convertir en realidad el deseo de realizar algo bueno, de no quedarnos como paralizados, sin levantarnos, sin andar.
En el evangelio hallamos las palabras de Jesús a un paralítico: “Levante y anda”, también nos repite a cada uno esta invitación, levantémonos y caminemos para llevar el anuncio pascual al mundo entero, sin dejarnos vencer por la tentación de la inmovilidad. Texto: Hna. Carmen Solé.
Domingo, 3 de junio
Jesús Rojano
Josep Maria Tarragona
Juan Fernandez Krohn
Asoc. Humanismo sin Credos
Pedro Tarquis
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo
Juan Jáuregui Castelo
JC Rodríguez, A Eisman