Poder levantarse y echar a andar es para la mayoría un gesto simple, un acto que repetimos a lo largo del día sin ni pensar en ello, nos movemos físicamente para cumplir un trabajo, para llevar adelante un compromiso, para realizar un servicio a otra persona, o simplemente para gozar del hecho de poder caminar y movernos con independencia.
La movilidad es un regalo de Dios; no poder moverse limita la vida, el espacio parece que se reduce o que se agranda excesivamente y se convierte en una dificultad. Quienes padecen alguna forma de parálisis de cualquier categoría lo saben bien y saben también cuán dolorosa es para el cuerpo la inmovilidad.
En los salmos encontramos siempre unos hombres que dialogan con Dios en toda circunstancia. Ante él exponen su dicha o su angustia. En todo lo que les ocurre acuden a Dios: Creador, padre, salvador, eterno, protector, pastor, roca, fiel, el que escucha su oración, el que hace justicia al oprimido, el que perdona sus pecados, al misericordioso el Dios santo. Por esta razón los salmos son tan oportunos para nuestra oración personal aun siendo oraciones tan antiguas.
Hoy me he detenido en unos versos del Salmo 18 (según la tradición hebrea) que como dice la Biblia de Jerusalén, es un Te Deum real:
La lectura de la contraportada de un periódico me ha llevado a la siguiente reflexión: Estábamos en una sociedad de consumo, pero la crisis mundial nos pone en guardia. ¿Es bueno consumir desproporcionadamente, pensamos en el coste de este consumo para tantos seres humanos, pensamos en las futuras generaciones?¿A qué nos conduce tener una magnifica mansión en el campo o la playa con piscina y no se cuantas cosas más? ¿Para qué tener unos coches que valen una fortuna y consumen una cantidad desmesurada de gasolina? Al fin y al cabo te llevan al mismo sitio que los coches utilitarios. Y a cuanta más potencia más contaminación, y al traste con el medio ambiente. Los que vengan detrás que se las arreglen. ¡Qué error querer deslumbrar con el tener más que con el ser más!
La Sagrada Escritura nos pone en guardia. Las riquezas de este mundo no nos servirán de nada cuando vayamos a la tumba. Lo que hay que atesorar son buenas obras porque el misericordioso alcanzará misericordia.
La vida está trenzada de infinidad de momentos que no siempre están vestidos del mismo carácter, de la misma riqueza. El éxito o el fracaso en su pequeño valor de cada día, dependen en ocasiones de tan solo un momento, saber aprovechar el momento oportuno es una gracia.
Hay quien sabe aprovechar estos buenos momentos para llevar adelante sus planes, para ver cumplidas sus pequeñas o grandes ilusiones y esperanzas. Otros parece que siempre están listos para que estos hermosos momentos les pasen desapercibidos, no se dan cuenta de ellos hasta que la oportunidad ha desaparecido, quizás para siempre.

Dichosos los que creen sin ver (Jn 20,19).
En este momento los hijos de la Iglesia nos sentimos entristecidos y abochornados por los escándalos que estos días aparecen en los medios de comunicación social, por los sacerdotes que de tantos países aparecen en ellos. Ante estos acontecimientos tan dolorosos, algunos se sienten tentados a renunciar de nuestra madre, la Iglesia, de esta santa, católica y apostólica. ¿Es esta la forma correcta de actuar?
La Iglesia como tal es una cosa y los hijos que la formamos otra. La Iglesia la formamos todos los bautizados, hombres pecadores redimidos por la sangre de Cristo. Pero todos llevamos el estigma del pecado. Nadie puede esgrimir que no tiene pecado. ¿Reprobaremos a la madre cuando uno de los hijos actúa de forma reprobable? Esto no impide reconocer la atrocidad de los hechos: ¡aprovecharse de los inocentes! Las palabras de Jesús dicen con claridad: “Hay del que escandaliza a uno de estos pequeños”.
María Magdalena cuando buscaba a Jesús desconsoladamente junto al sepulcro, se le apareció el Resucitado pero no lo reconoció, pensaba que era el hortelano. Sólo cuando Jesús la llama por su nombre: “María”, le reconoce y ella exclama “Rabbuni”. Encuentra al que buscaba, al que tanto amaba, a su Maestro.
¿Cómo debió percutir en su oído esta palabra? Ella conocía muy bien el tono de la voz de Jesús. El evangelio de Juan no lo narra pero podemos imaginarlo. Es la misma voz que desde la cruz dice: “Padre perdónalos porque no saben lo que hacen”, que dice: “Mujer ahí tienes a tu hijo, y al discípulo que tanto amaba al Maestro: “Ahí tienes a tu madre”. Y antes de expirar exclama: “Padre en sus manos pongo mi espíritu”, palabras estas de un salmo que los israelitas rezaban al atardecer.
Muchas veces nos hacemos preguntas sobre lo que estamos viviendo o sobre situaciones que viven las personas que conocemos y queremos. A veces no somos capaces de ver lo evidente porque nos cegamos con lo secundario, casi siempre superfluo y sin valor.
“¿Por qué buscáis entre los muertos a Aquel que vive?” dice Lucas en su evangelio. Es evidente que humanamente las mujeres se aferrasen al cuerpo sin vida, pero en lo que no pensaron en ese momento fue en las Palabras de Jesús cuando les dijo que al tercer día resucitaría. Es una reacción que nosotros también tenemos, buscamos antes en los rincones “acostumbrados”, en lo que ya conocemos, en la rutina… que no en la novedad del Evangelio tal como nos lo presenta Jesús. ¿Por qué no buscar? ¿por qué no cansarnos al luchar por un cambio? ¿por qué no creer en que la Vida nos está esperando? ¿por qué no arriesgarnos?

¡No tengáis miedo! Buscáis a Jesús de Nazaret, el crucificado. ¡Ha resucitado!
Pongamos en acción el mandamiento de Jesús de amar, perdonar, servir….
Texto: Magua.
El resurgir de la primavera nos lleva a recordar la gran primavera que es para los cristianos la resurrección de Jesús.
El salmo 64 dice: “Los prados se visten de rebaños, los valles se cubren de trigo, que aclaman y cantan”. Sí, en esta estación todo es nuevo, las flores, la hierba que reverdece por todas partes, los árboles sacan sus pequeños brotes hasta que vienen a cubrirse de brillantes hojas. Todo ello es la promesa de una buena cosecha.
En la celebración de la noche de Pascua, todo es nuevo: El fuego que se enciende en el atrio de la iglesia; el cirio pascual símbolo de Jesús que nos ilumina y con los pequeños cirios que cada fiel enciende en el cirio pascual es como decir que participamos de la luz que es Cristo. El agua bautismal que se bendice en esta celebración es nueva. Si hay neófitos que reciben el bautismo durante la celebración también inician una vida nueva en Cristo, son una nueva criatura. En esta noche los asistentes a la celebración, renovamos las promesas de nuestro bautismo, porque también queremos, con la gracia de Pascua, ser unos hombres nuevos, queremos dejar las malas costumbres y vivir una vida nueva que el Resucitado nos ha ganado.
Les mostró sus manos y entonces entendieron...

Magua.
Los escaparates de las confiterías se llenan estos días de “monas” de Pascua, los pasteles típicos de Cataluña para la celebración de la Resurrección de Jesús. Los niños se suelen quedar maravillados al contemplar esos pasteles y las figuras de chocolate que suelen ser reproducciones de sus héroes favoritos. Los mayores además de contemplar los dulces vemos un poco más allá y podemos pensar en cuanto significan esos dulces.
Pascua es un tiempo especial en todo. La naturaleza vestida ya de primavera nos invita a contemplar la vida que renace después del invierno con un esplendor que se nos hace cada año nuevo. Los cristianos, después del tiempo de Cuaresma y de Semana Santa, iniciamos el tiempo litúrgico de Pascua. La Resurrección de Jesús es la mayor celebración del año, porque como dice San Pablo, si Cristo no hubiese resucitado, nuestra fe sería vana, si más allá de su Pasión y Muerte Jesús no hubiese resucitado, nuestra vida habría perdido todo su sentido.
Estos días, he leído un libro de Anselm Grün, benedictino alemán. Este autor tiene una forma de escribir que penetra. Ahora que estamos en Semana Santa, y en este tiempo en que la Iglesia pone como una de las prácticas de la misma, la oración, quisiera trasmitir como presenta este benedictino la oración de Jesús en Getsemaní:
“Lucas narra la escena de la oración en el monte de los olivos con el trasfondo de la necesidad, que tanto antiguamente como hoy tiene mucho que ver con la oración. En la oración experimentamos a menudo oscuridad. Tenemos la impresión de que nuestra oración está vacía, de que no es provechosa, de que no ocurre nada en ella. Dios se esconde tras un grueso muro. Se muestra silencioso. Y como no avanzamos hacia Dios, nos ocurre a menudo como a los discípulos, nuestra oración se adormece. Y Jesús tiene que despertarnos diciendo: ‘Orad, para que podáis hacer frente a la prueba’ (Lc 22,46). Nosotros tenemos que pasar por las mismas tribulaciones que Jesús: soledad, miedo, abandono, necesidad y sufrimiento. La oración es para nosotros igual que para Jesús, el camino para superar las tentaciones que nos permite permanecer ante Dios en las extremas dificultades. La oración de Jesús en el monte de los olivos le procuró la fuerza para recorrer el camino de la pasión.
Jueves, 16 de febrero
Vicente Luis García
Asoc. Humanismo sin Credos
Vicente Haya
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Urbano Sánchez García
Josemari Lorenzo Amelibia
Religión Digital
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