Mi vocación

La interrogación y réplica recíprocas

22.03.10 | 08:00. Archivado en Cosas de Dios y de la vida
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Dialogar es abrirse al otro, aprender a modificar los comportamientos, a rectificar las opiniones si hay que rectificarlas, desde una nueva visión, enriquecidos con otros mundos, hechos más conscientes y más libres. Los que dialogan salen de sus mundos privados en busca de un mundo común. Se entra en diálogo, pero nadie sabe a qué derroteros le llevará. En el diálogo se manifiesta la condición humana como relación recíproca. Por él se insertan los interlocutores en un mundo común, incluso cuando no están de acuerdo. Salen de sí mismos y se abren a otros.

Dialogar es escuchar al otro, atender a lo que dice, estar pendiente de sus palabras, pensar en ellas. Escuchar es ser receptivo, buscar su verdad, tenerla en cuenta. Es exponerse a descubrir que no estamos en la verdad. Escuchar a una persona no es sólo oír con interés y atención al otro y entender lo que dice, sino dejar que se introduzca en nuestra vida, que se encuentre con nosotros y nosotros con ella, comprenderse mutuamente.

El diálogo es, en esencia, una labor espiritual, algo que trasciende las palabras, los gestos y silencios, un modo de cultivar y de desarrollar creativamente nuestro mundo emocional. Invita al examen de consciencia, a dirigir la atención sobre uno mismo, en pocas palabras, a conocerse auténticamente. Conocerse a uno mismo exige reconocerse como no sabio. La confrontación con el otro a través del intercambio de palabras y de silencios es un ejercicio determinante para comprenderse a sí mismo y crecer espiritualmente. Texto: Magua.


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