Tenemos momentos de todo, vivimos envueltos en un mundo donde la comunicación es la orden del día, ¡es imprescindible!, buscamos con quién hablar, nos encontrarnos para tomar algo, escuchamos música para relajarnos, trabajar… o simplemente para que nos acompañe y así, no sentirnos solos.
Es una gran suerte contar con todo ello, pero también, cuando lo decidimos, somos capaces de buscar momentos de encuentro con nosotros, del silencio que nos hace bien porque ya nos saturan otras muchas cosas. La soledad en sí, no es mala, es más, cuando buscamos este silencio también estamos buscando la soledad, aquella que nos hace completos porque nos da la oportunidad de ser nosotros mismos. Es un tiempo de regalo, de gracia, porque no siempre tenemos la valentía de proponérnoslo y dejar de lado el ruido de la vida diaria.
Por otra parte, pongo un acento en todas aquellas personas que sin buscar... se encuentran, forzosamente, con el silencio de la soledad. Con aquella que los deja a un lado sin la oportunidad de cambiarla. Pienso concretamente en una persona, un interno de la prisión que halló la libertad esta semana y que experimentó la impotencia que se siente al no poder compartir lo que sentía. Al salir del centro penitenciario, aproximadamente las diez de la noche, miró a la izquierda, a la derecha y… ¿dónde ir?.
Jueves, 16 de febrero
Francisco Baena Calvo
Guillermo Gazanini Espinoza
Pedro Tarquis
Religión Digital
José Arregi
Francisco Margallo
Juan Fernandez Krohn
Vicente Luis García
Asoc. Humanismo sin Credos
Vicente Haya