Jesús pasó por el mundo haciendo el bien. Cuando ascendió a los cielos, dejó a los apóstoles y a todos aquellos que creerían en él de continuar su labor en este mundo. Jesús ya no interviene directamente para enseñar, sanar, consolar y aliviar a los necesitados. Esta misión nos la ha confiado a cada uno de los que creemos en él.
Así que Jesús no tiene otros brazos que los tuyos y los míos para socorrer a los que están faltos de ayuda. Y ciertamente en el mundo hay muchos que prestan sus brazos para hacer acciones misericordiosas entre los pobres y afligidos. Pienso en tantos científicos que buscan en el estudio la forma de atacar enfermedades, en no cuantos médicos entregados a su labor de sanar, en un ingente número de maestros dados a su labor educativa para el progreso de los pueblos, en todos los voluntarios, bomberos, y de muchas profesiones dados a salvar vidas ante los desastres naturales como los últimos ocurridos en Haití y Chile. En los que saben compartir sus bienes con aquellos que lo han perdido todo.
Todos estas personas creyentes o no creyentes, pero todos ellos compadecidos ante el dolor de las gentes, son los brazos de Cristo que como el buen samaritano cura las heridas del que asaltaron por el camino, lo lleva a la posada y paga lo que sea preciso para que lo cuiden hasta su regreso. Texto: Hna. María Nuria Gaza.
Domingo, 3 de junio
Jesús Rojano
Josep Maria Tarragona
Juan Fernandez Krohn
Asoc. Humanismo sin Credos
Pedro Tarquis
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo
Juan Jáuregui Castelo
JC Rodríguez, A Eisman