El otro día necesité un clip para poner orden a mis papeles. Pensé entonces en la cantidad de cosas pequeñas que son tan útiles en la vida diaria: un clip, un alfiler, un botón, una pinza para tender la ropa, a veces al lado de otros “instrumentos” pensados para facilitarnos la vida parecen pasar, por pequeños, inadvertidos. En ocasiones sin apreciarlos casi, solemos vivir rodeados de muchas cosas pequeñas que nos son sumamente útiles, habituales, fáciles de usar y en nuestra época fáciles también de tirar.
Y es que todo tiene su importancia, cada cosa presta su servicio, también las palabras. Una breve palabra dicha o callada en su momento oportuno puede ser el inicio de una etapa nueva en la vida. Un pequeño gesto puede expresar muchas emociones que nos invaden.
En nuestra existencia lo pequeño puede ser muy importante, y no podemos dejarlo perder. Lo pequeño es importante, marca una forma de ser y de existir centrada en lo habitual sin esperar las “grandes ocasiones” que quizás nunca llegaran.
Vamos teniendo noticias de Haití y del trabajo que nuestras hermanas realizan después del trágico terremoto. En la Plaine, un barrio de Puerto Príncipe, que no sufrió tantos desastres como el centro de la ciudad, había un centro de formación para jóvenes. Ahora este edificio se ha rehabilitado para hospital provisional y dispensario. Allí un equipo de médicos, enfermeras, entre las que se encuentran nuestras hermanas, y psicólogos, operan y atienden numerosos pacientes que acuden cada día.
Otra hermana continúa su trabajo en el hospital de niños enfermos de sida que quedó en pie. Ahí también se hace tratamiento psicológico. Una de las dos escuelas en que trabajaban nuestras hermanas y que no se derrumbó, los niños van más que para seguir el curso escolar, para hacer terapia de grupo. Los niños tienen mucho miedo de entrar en edificios. Hay que hacerles recuperar la confianza y sacarles los traumas que llevan dentro. Es un trabajo lento; poco a poco se van recuperando.
En medio de todos los problemas con que se topan diariamente, hay también escenas conmovedoras, llenas de gratitud y alegría. Contamos una:
Desde Barcelona estábamos preparando un cargamento de medicamentos, especialmente antibióticos, y material sanitario que pensábamos mandar a Republica Dominicana y desde allí las hermanas que tienen misiones en éste país, lo llevarían a Puerto Príncipe porque el aeropuerto es muy pequeño y está bloqueado por la ayuda humanitaria que llega de Estados Unidos y por los vuelos que llegan con personalidades.
Aunque no nos parezca, o no lo expresemos de forma habitual la vida está tejida por los hilos de la fe y la esperanza y el resultado de este tejido es la caridad, el amor. Mantener el nivel nuestra esperanza no es siempre fácil. Quizás el ir y venir de cada día nos hace ver demasiado el hoy y porque es tan concreto, se debilita nuestra esperanza, perdemos la confianza de lograr aquello que aún no poseemos, pero hacia lo que caminamos.
Todos al pasar por momentos en que los que aumenta nuestra convicción de que el mundo, nuestro pequeño mundo va a cambiar, confiamos en que las cosas se modificaran, y todo andará por el camino más recto que anhelamos. Pero en cualquier momento, un incidente aunque sea pequeño, puede derrumbar nuestra fuente de esperanza, y de repente la meta nos parece mucho más alejada, más difícil de lograr.
En el evangelio de San Juan aparece por tres veces el nombre de Nicodemo. Es un fariseo, dirigente de los judíos que va al encuentro de Jesús, de noche, por miedo a ser visto del resto de los fariseos. Debía estar intrigado por lo que se contaba de Jesús. Él quiere hablar con este Jesús que entusiasma al pueblo, quiere oír directamente lo que dice para hacerse una idea clara. Hay que recalcar que va de noche. La noche es oscura no se ve claro. Nicodemo tampoco ve claro lo que cuentan sobre este profeta. Va en busca de claridad.
Jesús le dice que para ver el reino de Dios hay que nacer de nuevo pero no como entiende Nicodemo que hay que entrar otra vez en el seno de la madre sino nacer de nuevo por el Espíritu. El capítulo tres de Juan no narra como terminó esta entrevista. Pero en todo caso una transformación se realizó en el interior de este fariseo que se acercó a la luz y esta luz iluminó su mente.
Dialogar es abrirse al otro, aprender a modificar los comportamientos, a rectificar las opiniones si hay que rectificarlas, desde una nueva visión, enriquecidos con otros mundos, hechos más conscientes y más libres. Los que dialogan salen de sus mundos privados en busca de un mundo común. Se entra en diálogo, pero nadie sabe a qué derroteros le llevará. En el diálogo se manifiesta la condición humana como relación recíproca. Por él se insertan los interlocutores en un mundo común, incluso cuando no están de acuerdo. Salen de sí mismos y se abren a otros.
Tenemos momentos de todo, vivimos envueltos en un mundo donde la comunicación es la orden del día, ¡es imprescindible!, buscamos con quién hablar, nos encontrarnos para tomar algo, escuchamos música para relajarnos, trabajar… o simplemente para que nos acompañe y así, no sentirnos solos.
Es una gran suerte contar con todo ello, pero también, cuando lo decidimos, somos capaces de buscar momentos de encuentro con nosotros, del silencio que nos hace bien porque ya nos saturan otras muchas cosas. La soledad en sí, no es mala, es más, cuando buscamos este silencio también estamos buscando la soledad, aquella que nos hace completos porque nos da la oportunidad de ser nosotros mismos. Es un tiempo de regalo, de gracia, porque no siempre tenemos la valentía de proponérnoslo y dejar de lado el ruido de la vida diaria.
Por otra parte, pongo un acento en todas aquellas personas que sin buscar... se encuentran, forzosamente, con el silencio de la soledad. Con aquella que los deja a un lado sin la oportunidad de cambiarla. Pienso concretamente en una persona, un interno de la prisión que halló la libertad esta semana y que experimentó la impotencia que se siente al no poder compartir lo que sentía. Al salir del centro penitenciario, aproximadamente las diez de la noche, miró a la izquierda, a la derecha y… ¿dónde ir?.
A poco más de un mes del terremoto de Haití, la tierra tiembla en Chile. Ha sido un terremoto muy fuerte seguido de un tsunami. Éste ha devastado la zona costera arrasando las casas de madera como si fueran de papel y empotrando las embarcaciones en las calles cercanas a la playa.
Cierto que la situación de Chile no es la de Haití. Con todo, Chile tiene zonas muy pobres entre ellas se encuentra Melipilla. Allí las Hermanas Dominicas de la Presentación tenemos, mejor dicho teníamos, un colegio para niños, hijos de campesinos de la zona, que ha quedado muy mal trecho; una parte hay que reconstruirla y otra derribarla. Las familias han quedado muchas sin casa, lo mismo que los profesores. Nuestra casa también ha sufrido mucho.
Atender una emergencia que abarca el 80 por ciento de los lugares más poblados del país no es fácil hacerle frente. Los chilenos se han solidarizado para la comida haciendo ollas comunes, mandando ropa especialmente mantas para que la gente pueda protegerse del frió. Muchos hospitales, iglesias y escuelas están por el suelo o hay que derribarlas. Grupos de jóvenes se prestan, con ayuda de técnicos, para trabajar en la demolición.
Dada la situación tan tremenda, una hermana me comenta: “Toda ayuda será bienvenida y servirá para atender la urgencia del colegio y ayudar a las familias de alumnos y profesores que lo han perdido todo”. Texto: Hna. María Nuria Gaza.
Para ayudas:
Dominicas de la Presentación.
Entidad bancaria: “La Caixa”.
Nº de cuenta: 2100 0832 62 0101192037. Barcelona.
Haciendo constar, para Chile.
San Pablo comenta en la segunda carta a los corintios que nuestra fuerza ante las dificultades, no estriba en nosotros sino que la recibimos de Dios. En el bautismo hemos recibido la gracia pero esta gracia la llevamos en vasijas de barro que fácilmente se pueden romper (Cfr. 2Co. 4,7) Esto nos lleva a no presumir de nuestras propias fuerzas sino en confiar que el Señor nos dará la capacidad de guardar el don recibido sin mérito alguno por nuestra parte.
En la misma carta a los corintios el Apóstol de las gentes explica como había pedido a Dios alejara de él, el aguijón que en su carne le abofeteaba, pero recibió de Dios esta respuesta: “Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza” (2Co. 13,9). Y esto es lo que hace exclamar a Pablo: “Cuando soy débil es cuando soy fuerte”.
En nuestra congregación, fundada en el siglo XVII en Francia, nos quedan poco textos de nuestra Fundadora, puesto que los episodios de la Revolución Francesa nos dejaron desprovistas de una parte escrita de nuestra historia. Sin embargo tenemos un texto bien rico que hace referencia a cuales deben ser los valores cristianos que debemos cultivar no sólo entre nosotras, sino también con los demás.
Me quiero referir hoy a un breve fragmento en el que se llama la atención de cada una para ser capaces de “no decir de las demás sino cosas buenas”. Creo que en nuestra sociedad tan fácil a la expresión oral nos falta a veces ese aspecto de prudencia y bondad. No decir de los demás sino cosas buenas, es lo mismo que evitar toda crítica destructiva o cualquier maledicencia, cualquier falso testimonio que puede ensombrecer la vida de los que tenemos cerca. No decir sino lo bueno de los demás es proponerse valorar lo positivo de cada persona, es no decir por detrás aquello que no somos capaces de repetir en presencia de la otra persona.
Jesús pasó por el mundo haciendo el bien. Cuando ascendió a los cielos, dejó a los apóstoles y a todos aquellos que creerían en él de continuar su labor en este mundo. Jesús ya no interviene directamente para enseñar, sanar, consolar y aliviar a los necesitados. Esta misión nos la ha confiado a cada uno de los que creemos en él.
Así que Jesús no tiene otros brazos que los tuyos y los míos para socorrer a los que están faltos de ayuda. Y ciertamente en el mundo hay muchos que prestan sus brazos para hacer acciones misericordiosas entre los pobres y afligidos. Pienso en tantos científicos que buscan en el estudio la forma de atacar enfermedades, en no cuantos médicos entregados a su labor de sanar, en un ingente número de maestros dados a su labor educativa para el progreso de los pueblos, en todos los voluntarios, bomberos, y de muchas profesiones dados a salvar vidas ante los desastres naturales como los últimos ocurridos en Haití y Chile. En los que saben compartir sus bienes con aquellos que lo han perdido todo.
Hay etapas de la vida en que parece que nuestros días transcurren en un ambiente casi de monotonía, roto solamente por los leves acontecimientos cambiantes que el día a día lleva consigo siendo siempre distintos los días son a veces muy iguales. Pero de repente ocurre algún hecho o tiene lugar algún encuentro inesperado que nos proporcionan un punto de vista distinto, un cambio, una luz nueva que quizás cuando somos capaces de meditarlo nos conduce a modificaciones que pueden afectar nuestra vida o nuestra visión de algunos aspectos de la misma.
Hace unos días al oír en la iglesia el canto “cuando el pobre nada tiene y aún reparte, cuando un hombre pasa sed y agua nos da. Cuando el débil a su hermano fortalece, va Dios mismo el nuestro mismo caminar”, me vino a la memoria la acción de una señora, madre de 12 hijos, de un barrio humilde de Barcelona.
En el mismo bloque que vivía esta familia, vivía también un borrachín empedernido que tuvo que ser hospitalizado. Durante su ausencia, tuvo que ir sanidad a desinfectar su casa. De tal modo que cuando este hombre fue dado de alta no tenia colchón. El dinero era escaso en aquella época. Se pudo comprar una tela de colchón, ¿y la lana? Pues la vecina me dijo: Mire hermana, yo cojo un puñado de lana de cada colchón de los míos y ya tenemos colchón para él. Otras vecinas trajeron una, una sábana, otra una manta y así el hombre al llegar a su casa encontró una cama bien preparada.
Muchas veces hemos sentido cómo la soledad se ha apoderado de nosotros en algunos momentos de nuestra vida. Nos hemos dejado llevar por la tristeza, tal vez, o el desánimo. Por supuesto, creo que es normal que estos momentos nos lleguen, aunque lo que no lo es tanto, es que sean los protagonistas de nuestro centro y no dejen espacio a lo que somos realmente. ¡Hemos de creer en nosotros! Nuestra vida es la oportunidad de escribir la propia historia, esa película que se puede compartir y en la que intervienen numerosas personas.
Sí que he dicho en varias ocasiones que no somos islas, de ello estoy convencida, porque la necesidad de relación nos empuja a construir sin parar. Por otra parte, pienso que también tenemos la necesidad de encontrarnos con esa soledad, pero aquella que nos ayuda a una mayor relación con los demás, aquella que sigue construyendo, haciéndonos crecer interiormente…
Narra el evangelio de San Lucas que Jesús vio sentado en el mostrador de los impuestos a un publicano llamado Leví. Jesús le dijo: “Sígueme”. Éste se levantó y lo siguió. Luego, Leví ofreció un banquete en honor del Maestro; estaban sus discípulos y como no, todos los amigos del cobrador de impuestos.
Esta primera parte de la narración nos muestra la alegría de este cobrador de impuestos de ser invitado por Jesús a seguirle. No sólo por la prontitud en responder a su invitación sino porque además hace participe de su alegría al dar un banquete al que participan todas sus amistades. Es un banquete de despedida. Su vida a partir de aquel momento cambiará de rumbo.
Jueves, 16 de febrero
Vicente Luis García
Asoc. Humanismo sin Credos
Vicente Haya
Manuel Mandianes
Urbano Sánchez García
Josemari Lorenzo Amelibia
Religión Digital
Francisco Margallo
Jesús Mauleón
Javier Madrazo Lavín