
En el relato evangélico de la solemnidad de la Epifanía o dicha tradicionalmente de los Reyes, encontramos tres personajes, sabios, un tanto misteriosos, del Oriente, que al estudiar el firmamento ven aparecer una estrella especial, no como cualquiera de los millones de astros que hay en el cielo, ésta les hace intuir un mensaje: El nacimiento de un rey.
Se ponen en camino siguiendo el astro que les lleva hasta Jerusalén. Allí pierden su rastro y preguntan: “¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto su estrella y venimos a adorarlo” (Mt.2,2). ¡Vaya revolución que metieron estos tres hombres venidos de lejos para adorar el rey que ha nacido! Herodes, sobresaltado, con miedo a perder su dominio, convoca a los sumos sacerdotes y letrados de la ciudad. Tienen que venir de fuera para que se entere del nacimiento del Mesías. Los estudiosos de Jerusalén informan al rey Herodes de que el Mesías tiene que nacer en Belén de Judá. Es curioso que en la ciudad donde se encontraban los intelectuales, los conocedores de las Escrituras estuvieran en la inopia de lo sucedido y que estos tres magos venidos de lejos, buscarán el lugar del nacimiento de este rey. Y justo al llegar a Jerusalén, la Ciudad Santa, se les esconda la estrella. ¡Qué contrasentido, qué triste realidad! La confusión, el temor de perder el estatus, oscurecen la luz.
Al ponerse de nuevo en camino, de pronto volvió a guiarlos la estrella hasta que vino a posarse encima de la casa donde estaba el niño. Al ver la estrella los sabios se llenaron de alegría, allí encontraron al niño con María su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Igual que los pastores que acuden al portal en Belén a adorar el niño envuelto en pañales, son los rectos de corazón, los sencillos, los venidos de fuera quienes adoran a este Niño. Unos creyeron en el anuncio de los ángeles, otros con una luz interior descubren en un astro; algo extraordinario que acaba de acontecer.
Herodes no va a ir a Belén, el miedo de perder su poderío le lleva a intenciones viles, quiere saber dónde está este niño no para adorarlo sino para aniquilarlo. No ama la luz, está en la penumbra porque su corazón se cierra a la verdad.
También cada uno de nosotros puede tener miedos y cerrarse a la luz que viene de lo alto, “la que ilumina todo hombre” (Jn. 1,9). Pero la luz no tiene que darnos miedo sino todo lo contrario: Ella nos hace caminar seguros por los caminos de la vida no siempre fáciles, pero nada podemos tener porque él ha venido para caminar a nuestro lado; y como dice el salmista, “aunque pasé por valles oscuros nada temo porque tú vas conmigo” (Sl. 22,4).
Texto: Hna. Mª Nuria Gaza.
Domingo, 3 de junio
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